sábado, 19 de octubre de 2019

Cosas de familia




─Yo soy la mayor y cuidé a madre hasta que murió y ahora a padre.
─¿Y eso qué tiene que ver? Eres mujer y no tienes ningún derecho.
─Esto ya no vale. Estamos en el siglo XX.
─Ana, Juan tiene razón. Solo el primogénito puede heredar.
─¿Ah, sí? ¿Y quién va a ser el heredero de vosotros dos, si sois gemelos?
─Yo, pues nací el primero.
─Pero ¿qué dices, Ramón? El primero en nacer fui yo. Recuerdo que madre lo dijo en más de una ocasión.
─Qué va, Juan. Ella me dijo que el primero fui yo. Así que soy el mayor. ¿A qué sí, Ana?
─Yo no me acuerdo.
─¡Anda ya! Eso lo dices para fastidiar.
─Pensad lo que queráis. El caso es que madre ya no está para preguntárselo.
─Pero padre tiene que saberlo.
─Padre hace tiempo que perdió la memoria.
─Pues tenemos que saberlo de algún modo.
─Tengo una idea.
─No me fío de ti, Ana. Seguro que tiene truco.
─Tú, Ramón, siempre tan desconfiado.
─Muy bien, ¿qué propones?
─Que le preguntemos a quién de los tres quiere más. El preferido será el heredero.
─Um, no sé. ¿Tú qué opinas, Juan.
─Por mí, de acuerdo.
─Padre, padre, ¿a quién de los tres quieres más?
─Parece que vuelve en sí.
─¿Quie nes sois?
─Padre. Responda. No nos deje así.
─Está moribundo. No hay nada qué hacer.
─¿Ves lo que has logrado, Ana?
─¿Y ahora qué hacemos?
─¿Por qué no lo echamos a suertes? Ana, trae unas pajitas.


249 palabras
Imagen obtendida de internet


viernes, 11 de octubre de 2019

Las cuitas amatorias de Teodoro Montoro

He aquí las nuevas aventuras amorosas de Teo. Quien no recuerde lo que le sucedió en el primer episodio y quiera refrescar la memoria, puede pinchar AQUÍ



Teodoro se angustió en vano, pues al inicio del nuevo curso Arnaldo Montalvo no apareció en escena. Sus padres lo habían matriculado en el Instituto de Enseñanza Media que había en el barrio. En alguna ocasión se cruzó con él de camino a casa, pero Teo ya había dejado de ser su amor platónico y fuente de inspiración poética. En aquel malogrado verano, mientras que a Teo le atormentaban los retortijones, tanto físicos como mentales, Arnaldo hizo amistad con un chaval del pueblo, un tal Gustavo Cabello Rubio, hijo del alcalde de aquella localidad veraniega, un mocetón alto y fornido como él, nada que ver con el esmirriado Teodoro. Años más tarde, todos dirían que aquellos dos hacían muy buena pareja, tan altos y rubios.

Así que finalmente se cumplió lo de aquí paz y después gloria. Pero solo en parte, porque a Teo le perseguían los problemas del amor adolescente.

Pasaron dos años desde aquel desagradable incidente. Se acababa de iniciar el curso 2010-2011 y Teo estaba a punto de cumplir los catorce años. En su curso se había incorporado una nueva alumna, venida de una ciudad castellana de cuyo nombre no puedo acordarme. Solo recuerdo que se llamaba Ana Quintana, conocida en la clase como “la nueva”, así de simple e inequívoco. Era muy bonita. La chica más bonita de la clase. Puede comprobarse fácilmente por la fotografía colectiva del curso que todavía guarda Teo en una caja de zapatos. Además, era muy simpática. Eso lo puedo asegurar porque la conocí.

A los pocos días de iniciado el curso, la Quintana ya se había hecho íntima de Sonsoles Musoles y de Adela Candela, algo difícil de entender. Ella alta y esbelta como un brioso corcel, y las otras dos como percherones de tiro. Pero no solo se distinguían por el físico, que es lo único en lo que se fijan los chicos a esa edad, sino que, mientras Ana era todo dulzura, la Musoles y la Candela eran dos zopencos. Manolito Cifuentes las llamaba “las tres Gracias”, pero hay que disculparlo porque estaba bastante cegato y era de gustos más que dudosos. El resto de chicos las apodaba “las tres Marías”. Teo, cuando se refería a ese trío tan dispar, simplemente lo llamaba “la bella y las bestias”.

Pero, como decía, los chicos, a esa edad, se fijan mucho más en el físico que en otros aspectos más profundos y en eso Teo no era una excepción. En cuanto vio a Ana se enamoró locamente, o tontamente, de ella. Abandonó de inmediato la idea de hacerse cura, una posibilidad que estuvo valorando al ver lo inútil que era para las relaciones amorosas, permutando así el amor divino por el carnal, desoyendo los consejos del padre Ángel durante las sesiones de adoctrinamiento moral.

Ojalá Ana le escribiera esos poemas que había recibido de su admirador secreto, por cursis que fueran. Pero “la nueva” pasaba olímpicamente de él y, además, las otras dos actuaban como si fueran sus guardaespaldas. Nunca podía acercarse a ella. Ya no solo temía su rechazo, sino también el mamporro que se ganaría si aquellas dos decidían protegerla de cualquier intrusión indeseada.

¿Serían lesbianas?, llegó a pensar. Tenía que urdir un plan para poder hablar con ella, costase lo que costase.

Un día, a la salida del colegio, decidió seguir al trío desde una distancia prudencial. Cuando se separaron y Ana quedó libre de su escolta, Teodoro aprovechó la ocasión y avanzó hacia ella a zancadas intentando llegar a su altura lo más rápidamente posible. Pero un maldito tropiezo dio con su escuálido cuerpo contra el duro suelo. A pesar del desgraciado y bochornoso accidente, la suerte le acompañó, pues aunque el estrépito de su caída hizo que su preciada presa se girara, por fortuna para él, lo único que vio Ana fue a un Teo atolondrado, recogiendo su mochila y limpiándose el polvo de sus vaqueros a manotazos.

De este modo, se cumplió aquello de que no hay mal que por bien no venga, y Teo pudo finalmente disfrutar de la compañía de Ana hasta que llegaron al portal de su casa. Durante el trayecto, que se le hizo muy corto, Teo pudo saber algunas cosas de la vida de su enamorada: sus gustos musicales, sus hobbies, que su padre era policía nacional y le acababan de trasladar a la ciudad, que su madre era maestra ─ojalá la admitieran en su colegio─ y que tenía un hermano menor que iba dos cursos por detrás de ella.

De vuelta a casa, Teo iba cavilando el modo de poder disfrutar de la compañía de Ana por más tiempo y sin tener que esperar a que sus dos guardaespaldas le dejaran libre el camino. Ahora ya sabía donde vivía. Así pues, la esperaría todas las mañanas delante del portal de su casa e irían juntos hasta el colegio. Si los dos zopencos aparecían durante el trayecto, no tendrían más remedio que aguantarse. Y así lo hizo.

Pero el día en cuestión, cuando se abrió la puerta de la calle y asomó la bella y dulce figura de su chica, apareció tras ella un individuo alto y robusto con el uniforme de la Policía Nacional. ¡Su padre! Teo no entendía de grados, pero aquel hombretón lucía unos galones muy llamativos, con dibujos y coronas cuyo significado desconocía, pero que le hizo pensar que ocupaba un cargo muy importante. No le quedaba más remedio que batirse en retirada, pero antes los siguió en la distancia un trecho y comprobó que al poco subían a un vehículo y emprendían la marcha a todo gas, desapareciendo de su vista en cuestión de segundos. El gozo en un pozo.

Pero esta no fue la única desgracia emocional que tuvo que soportar Teodoro Montoro. Cuando ya vislumbraba el edificio del colegio, una pandilla de chicos mayores se le interpuso en el camino.

─Así que tú eres Teodoro “el pupas” ─le dijo el más alto y con nariz de aguilucho.

Teo quiso esquivarlos sin responder a la pregunta, pero el trío buscabullas se lo impidió, acorralándolo.

─Te he hecho una pregunta, canijo ─insistió el aprendiz de matón.
─Sí, me llamo Teodoro, por qué lo preguntas ─acabó diciendo con una voz aflautada por el miedo.
─Porque no quiero darle una paliza al chico equivocado.
─¿U…, una paliza? ¿A mí? ¿P…, pero por qué? ─contestó, ahora temblando, mientras los tres reían a carcajadas.
─Porque nadie me levanta a la novia, ¿te has enterado?
─¿Tu, tu, tu novia? Pero ¿quién es tu novia?
─Quién va a ser, imbécil. Esa preciosidad con la que te vi ayer de camino a su casa, la hija del comisario de policía, para que te enteres, “pringao”.

Teo llegó a clase quince minutos tarde y con un ojo hinchado y amoratado. La excusa de que había tropezado y chocado contra un árbol no acabó de convencer al profesor de matemáticas, pero no insistió. Antes de ocupar su puesto, miró a la concurrencia. Todos lo miraban con cara de asombro, menos tres personas: la Musoles y la Candela sonreían por lo bajini, y Ana lo observaba con cara de pena, ¿Sabría alguna de ellas lo que realmente había sucedido?

Cuando llegó a casa, su madre se alarmó, por mucho que dijera que estaba bien, que solo había sido un accidente, pero su padre le sacó la verdad bajo una amenaza ante la cual Teo no pudo resistirse y acabó contándolo todo con pelos y señales. ¿Cómo iba a soportar una semana sin el iPhone que le habían regalado por Reyes? Y más ahora, que había conseguido el teléfono de Ana y necesitaba hablar con ella más que nunca.

Don Isidoro Montoro, que en su juventud había practicado boxeo en plan amateur, le conminó a hacer frente a aquellos matones del tres al cuarto, por mucho que un amedrentado Teodoro le asegurara que a su lado él era prácticamente un enano.

─Eso no es excusa para no plantarles cara ─le aseguró su padre─. Además, el tamaño no importa en boxeo. Yo era peso-pluma y todavía sería capaz de derribar a un gigantón. Todo es cuestión de técnica y de un buen derechazo dado en el momento oportuno. Yo te enseñaré.

Aquella noche, Teo no pudo pegar ojo, pensando en lo que se le avecinaba. La parte positiva fue que Ana, a la que llamó de inmediato tras la pequeña pero tensa conversación con su padre, le confirmó que no sabía de qué novio le hablaba. Ella no tenía novio y por la descripción que le dio del chulo que le había zurrado se trataba de un tipo que no dejaba de importunarla, un tal Germán. Ese trío eran unos gamberros de cuidado, conocidos en el barrio por sus bravuconadas. Su padre les tenía puesto el ojo y solo esperaba una pequeña excusa para hacerles pasar una noche en comisaría.

Saber aquello animó a Teodoro. Se entrenaría a fondo gracias a su padre y les daría su merecido a aquellos tres. Se veía como el chaval de la película Karate Kid que acababa de ver en el cine. Pero quizá sería mejor hacerlo ante la presencia de Ana y de su padre. Pero debería parecer que actuaba en defensa propia, no como el provocador. Debía establecer un plan.

Al día siguiente, tras darle los buenos días, le preguntó a su padre:

─Papá, ¿cuánto tiempo necesitaré para estar en forma y poder tumbar a esos gamberros?
─Pueeesss, entrenando una hora diaria y suponiendo que esos chavales no tengan ni idea de boxeo, unos tres meses.
─¿Quéeee? ¿Tanto?

A Teodoro Montoro se le pusieron los pelos de punta. ¿Qué haría mientras tanto si se cruzaba con aquellos tres? Tendría que pensar en algo. Y rápido.

Pero la agilidad mental de Teo no era su fuerte y al cabo de tres días de entreno pugilístico intensivo volvió a darse de bruces con el Germán de marras. Por fortuna iba solo, pero con ganas de bronca.

Aunque Teo intentó evadir por las buenas un nuevo encontronazo violento, argumentando que Ana le había dicho que él no era su novio y, por lo tanto, no tenía ningún derecho a meterse con él, que tan solo era un compañero de clase, ello soliviantó todavía más al energúmeno, que, sin mediar palabra, intentó propinarle un puñetazo. Teo todavía no dominaba las técnicas más básicas del boxeo, pero había aprendido a esquivar los golpes directos a la cara. De este modo, cuando el chaval intentó romperle la nariz con el brazo izquierdo, Teo se encogió espontáneamente hacia la derecha haciendo perder el equilibro a su oponente pugilístico. Solo tuvo que hacerle la zancadilla para que aquel se abalanzara contra un coche aparcado justo detrás de Teo y quedara KO por unos segundos, tiempo que aprovechó para poner pies en polvorosa. Ya vería cómo se las apañaría en la siguiente ocasión.

Pero esta vez la suerte volvió a sonreírle, pues Ana fue testigo de su proeza, cuando, junto a sus dos acompañantes inseparables, se disponía a cruzar la calle para entrar en el colegio. El padre de Ana Quintana, que todavía no había arrancado el coche desde que la dejara en los aledaños de la escuela, también vio la escena y, hombre recto como era, salió del vehículo para poner orden tras la reyerta que acababa de presenciar. Cuando Ana se percató de las intenciones de su padre, se apresuró a justificar el comportamiento de Teo explicándole quien era ese intruso y cuáles eran sus pretensiones. Germán, el malo de la película, después de las amenazas proferidas por el comisario, nunca más hizo acto de presencia por aquel barrio y Teodoro se convirtió, de la noche a la mañana, en el héroe particular de Ana y en la admiración de la clase tan pronto como corrió la voz.

Al poco llegaron las vacaciones de Semana Santa y el enamorado Teo no podía posponer por más tiempo su declaración de amor, que daba por correspondido después de aquella hazaña y de ganarse el aprecio de su amada. Como era corto en palabras y no se le daba bien la improvisación, decidió entregarle una nota a la salida de la última clase antes del paréntesis académico.

Emulando a aquel aprendiz de poeta que tanto le había atormentado, escribió lo siguiente:

Ana Quintana
Te quiero semana tras semana
Dime si soy correspondido
Para que pueda vivir tranquilo

No era gran cosa, la poesía tampoco era su fuerte, pero era la pura verdad. Ahora solo faltaba recibir una respuesta afirmativa.

Llegó a casa con el corazón hecho una locomotora de carbón. Esperaba que la respuesta le llegara de un momento a otro, de modo que no se separó de su iPhone ni para ir al baño. Finalmente, justo antes de cenar, oyó el sonido característico de la entrada de un mensaje. Había un SMS procedente de Ana. Respiró profundamente y lo abrió, temblando por fuera y por dentro. El mensaje decía así:

Pobre Teodoro Montoro
Te aprecio, pero no te adoro,
Tanto como tú a mí, por lo que veo.
Espero que no te ralles si te digo
Que solo podemos ser amigos
P.D.- Ya sé que no es un quinteto como debe ser, pero es todo lo que me ha salido. Lo siento. Además, hay un chico que me gusta, aunque todavía no lo sabe.

Otras vacaciones que Teo pasaría en la cama, argumentando que tenía retortijones. Debía haber comido algo que le había sentado mal. Lo que les extrañó a sus padres es que le durara toda la Semana Santa. Tampoco entendió su padre por qué se negaba a seguir con las clases de boxeo.

 CONTINUARÁ ALGÚN DÍA 

jueves, 3 de octubre de 2019

Por culpa del amor





Creo que no debería arrepentirme de nada. O quizá sí. No lo sé. Podría decir aquello de que fue bonito mientras duró. Yo la amaba de verdad. Me pilló en horas bajas, vulnerable a sus encantos. Me acababa de divorciar y me sentía solo y abatido. Pero si me entregué a ese amor desenfrenado no fue por la necesidad de llenar el vacío que sentía tras una relación de más de diez años con Isabel, sino porque me enamoré perdidamente de ella.

Trini apareció cuando menos lo esperaba ─pues era reacio a iniciar una nueva relación cuando solo habían transcurrido unas pocas semanas desde el divorcio─ pero quizá cuando más lo necesitaba. La diferencia de edad ─era quince años más joven que yo─ no fue un impedimento para nuestro amor. Era todo lo contrario de Isabel: divertida, despreocupada, atolondrada, como la niña que llevaba dentro. Venía de otras relaciones, pero nunca quise conocer su pasado. ¿Para qué? Se convirtió, de la noche a la mañana, en una droga de la que no podía prescindir. En su ausencia sentía que me faltaba el aire. Su presencia era lo único que aliviaba mi angustia. Y ella lo sabía. En más de una ocasión me dijo que, una vez hubiera superado el trauma de mi divorcio, una vez recuperado de ese fracaso sentimental, la dejaría, porque ya no la necesitaría para que me consolara.

Aunque le juré que jamás me apartaría de ella, que mi amor era sincero, nuestra vida en común duró muy poco. Fue ella la que un día, sin mediar explicación alguna, me abandonó. Ni una nota de despedida ni una dirección. Desapareció. Y ahora creo entender por qué. Yo salí perdiendo, pero ¿qué ganó ella?

Aunque quiero pensar que lo ignoraba, tengo serias dudas. Si lo sabía, ¿desde cuándo? Posiblemente me dejó al enterarse y no quiso o no se atrevió a confesármelo.

Afortunadamente esta enfermedad, aunque no tenga todavía curación, ha dejado de ser mortal. Pero ha cambiado drásticamente mi vida. Sin embargo, no me queda más remedio que resignarme. Soy seropositivo y debo tomar ese maldito coctel antirretroviral hasta el día en que se halle una cura definitiva. Y todo por culpa del amor.


domingo, 22 de septiembre de 2019

El precio de la libertad


A falta de relatos recién salidos del horno, he decidido descongelar dos micros de la pasada temporada, cocinarlos a fuego lento, sazonarlos un poco y ponerlos a disposición de mis queridos lectores para ir haciendo boca. Aunque cada uno tiene su propio título, los he englobado bajo el encabezamiento de “El precio de la libertad” porque, tal como lo veo, ese es su denominador común. Espero que sean de vuestro agrado.


¿Quién pudo ser?

Cuando tuve la oportunidad de marcharme, a pesar de haber estado deseando poder dar ese paso, temí abrir la puerta. Ignoraba qué me aguardaba al otro lado. Mi mirada recorrió la estancia a modo de despedida. No había mucho que ver. Todo estaba como el primer día. El libro, viejo y manoseado, seguía en la mesilla de madera carcomida. Ya estaba ahí cuando llegué. ¿Cuántos debieron haberlo leído antes que yo y en las mismas circunstancias? ¿Cuántas manos temblorosas lo habrían sostenido? ¿Cuántos ojos asustados habrían recorrido sus páginas?

Esas cuatro paredes habían sido mi morada durante demasiado tiempo. Luego supe que fueron exactamente cuatro meses, dos semanas y tres días. Salvo las escasas y breves visitas que recibía a diario, la soledad, la incertidumbre y aquel libro fueron mi única compañía.

Últimamente dormía de un tirón ─hay qué ver cómo el cuerpo y la mente pueden llegar a adaptarse a las peores situaciones─, pero aquella madrugada algo me despertó. Oí unos pasos y luego el sonido de la puerta al cerrarse. Pero esa vez sin la habitual doble vuelta de llave.

Cuando abrí la luz, no observé nada extraño, salvo que el desayuno no estaba en el lugar de costumbre. Todavía era muy temprano para eso. Corrí hacia la puerta. Como sospechaba, no estaba cerrada con llave. No pudo haber sido un descuido. Uno de mis carceleros había decidido dejarme marchar. Pero ¿quién pudo ser?

Curiosamente, una vez con la mano en el pomo, me invadió un repentino sentimiento de apego hacia algo que un día me resultó terriblemente hostil. Lo último que recuerdo es que corrí y corrí hasta desfallecer sin que nadie se percatara de mi huida.

***

Llevo ya varias semanas en casa. He vuelto a mi exitosa y cómoda vida. Ahora, además, soy una celebridad, una heroína. Hallaron el zulo, pero ningún rastro de mis captores. Solo unos cuantos pasamontañas junto a un libro, viejo y ajado. No dejo de preguntarme quién decidió liberarme. Desearía saber quién, por primera vez en mi anodina existencia, ha podido sentir algún tipo de afecto por mí. Presiento que fue el de los ojos claros y mirada bondadosa, el único que me dirigía la palabra.

Desde hace unos días, a pesar de las recomendaciones, he vuelto a hacer footing por el mismo lugar y a la misma hora. Pero no aparece. Quizá lo haría si supiera que no le delataría.

Nunca pensé que echaría de menos aquella falta de libertad.



 Decisión fallida


Antes de darme a la fuga me aseguré que llevaba conmigo todo lo imprescindible. Era arriesgado, pero lo había planeado minuciosamente durante varios meses. No podía fallar. Lo tenía todo calculado. O eso creía.

Si el plan salía mal tenía mucho que perder. Tenía que ser optimista, ver la botella medio llena, no medio vacía. ¿O es el vaso? Bueno, da igual. Lo que realmente importaba era pensar en positivo. Y yo era muy positivo.

Al cabo de cinco minutos de haber salido de casa, ya estaba en un autobús con destino a la estación central. Tomaría el primer tren hacia el sur. Siempre me ha gustado el sol y el calor. No soporto los días grises, fríos y lluviosos del norte.

Tenía que darme prisa antes de que notaran mi ausencia. Una vez llegara a mi destino empezaría una nueva vida. Mi único temor era que el expendedor de billetes o el revisor sospecharan algo y dieran aviso a la policía.

El panel de información indicaba que los primeros trenes en partir eran de cercanías. No me valían. Había uno a Málaga. Lo suficientemente lejos. Podría vivir junto al mar. Pero debía esperar varias horas hasta su salida y me arriesgaba a que, entretanto, dieran conmigo. Los nervios me reconcomían.

Pregunté cuánto costaba el billete. No tenía dinero suficiente. ¡Maldito dinero! Era lo único en lo que no había reparado. Entonces, para mí el dinero no tenía mucho valor. Los veinte euros que había reunido por mi cumpleaños no me llegaban para ir tan lejos.

Volví a casa cabizbajo. Sabía que me esperaba una buena bronca. Pero no tenía otra opción. Pensé, resignado, que ya volvería a intentarlo cuando fuera mayor.

Ahora soy lo suficientemente mayor y sigo donde siempre he estado.



lunes, 22 de julio de 2019

Tiempo de lectura y descanso



En esta ocasión mis dos blogs comparten, excepcionalmente, contenido. Por lo tanto, si estáis leyendo este, podéis absteneros de visitar el otro. Hay que ahorrar tiempo, y de tiempo, en cierto modo, es de lo que tratan.

Todo llega en esta vida, y algunas cosas llegan en muchas ocasiones. Esta, en concreto, una vez al año, por lo menos.

No es que sienta envidia de mis compañeros, masculinos y femeninos, habitantes y asiduos de esta blogosfera, y quiera emularlos. Pero sí es cierto que a medida que avanza el verano aumentan las ausencias y calores, mientras disminuyen los lectores, masculinos y femeninos.

Aun así, podría seguir escribiendo, pero prefiero tomarme también un descanso, no sé si merecido o no. Hay tiempo para todo, también para el silencio, el silencio de las teclas, porque la mente sigue hablando. La mente siempre está en modo ON. El día que esté en OFF, la habremos espichado, con perdón de la vulgaridad.

Si bien siempre hay tiempo para la lectura, aunque los holgazanes digan lo contrario, se acerca el momento de dejarle más espacio. Las horas mal llamadas muertas, a las que prefiero llamar indolentes, nos ofrecen la gran oportunidad de pasar más tiempo en compañía de un buen libro.

Así pues, yo también iré preparando las maletas para disfrutar de un tiempo de lectura y descanso. En tanto el tren no haya salido de la estación, seguiré pegado a los blogs de quienes sigan al pie del cañón, pero una vez aquel haya arrancado, yo también me habré convertido en un ausente más de este mundo virtual.

Que disfrutéis de vuestro tiempo de reposo, haciendo lo que sea o no haciendo absolutamente nada.

¡Hasta la vuelta!

miércoles, 10 de julio de 2019

El secreto mejor guardado





Antes de abrir la puerta respiré hondo. Nunca había estado tan nervioso. Parecía como si el pomo se negara a girar. Pero eran mis manos las que se resistían. Sabía lo que dejaba atrás, pero ignoraba lo que me esperaba tras atravesar el umbral. “La esperanza nunca hay que perderla”. Recordé esas palabras que mi madre me repetía hasta la saciedad. Por desgracia mi madre no estaba para infundirme ánimos. Mi padre, de haber estado, tampoco habría sido de mucha ayuda, pues todo parecía darle igual. Siempre afirmaba que el futuro había perdido todo interés para él, que lo importante era vivir el presente. Siempre que me hallaba frente a una nueva etapa de mi vida decía: “Tal como están las cosas, nada puede ir a peor”. Así de parco era mi padre.

Sin embargo, esto era distinto. Aunque mis pies no querían avanzar, algo me empujaba a dar el paso y, una vez dado, no habría vuelta atrás. ¿Y si resultaba que todas las promesas eran falsas? No podía quedarme parado, el tiempo apremiaba. Es curioso, pensé. ¿Por qué la gente se empeñaba en que, llegado este instante, se veía una luz al final de un túnel y yo solo tenía ante mí una simple puerta?

Una vez al otro lado, lo que vi es algo inenarrable. Me han prohibido contarlo. Como a todos los que me han precedido. Es y será, sin duda, el secreto mejor guardado.





martes, 2 de julio de 2019

Traición o justicia



Era una mujer feliz. Había hecho realidad mi sueño adolescente: casarme con Julio. Claro que entonces todavía era una joven inmadura. A los quince años, creía que lo mejor que me podía pasar era casarme con él, mi primer y único amor.

Era simpático, cariñoso y romántico. Y de buena familia, lo único que supieron valorar mis padres cuando vieron que salíamos juntos. Fue un amor de juventud que acabó en el altar. Lo de pasar por la iglesia fue por imperativo de nuestras respectivas familias. Si se hacía, se hacía bien. Nunca se nos habría pasado por la cabeza contrariarles. 

A pesar de la reticencia de mis padres y los malos augurios de mi abuela, que decía tener un sexto sentido para esas cosas, fui feliz ─y creo que él también lo fue, por lo menos a su manera─ durante los primeros diez años de matrimonio. Lo tenía todo. Dos criaturas preciosas, un marido espléndido, atento y afectuoso. Solo me faltaba una cosa para sentirme completamente realizada: un trabajo. Mientras los niños fueron pequeños, me dediqué exclusivamente a ellos y a las labores de ama de casa pero, ya crecidos, decidí que quería estudiar periodismo, algo que siempre me había atraído. A Julio le pareció una soberana tontería, algo inútil, y no veía con buenos ojos que fuera a la Universidad. ¿Para qué? ¿Acaso no estás bien cómo estás?, decía. Aquella fue nuestra primera discusión en diez años. Siempre había sido una mujer sumisa y de las que dejan todas las decisiones en manos de su marido. Para no contrariarlo demasiado, le propuse estudiar desde casa y hacer un Grado de Comunicación a distancia por la UOC. Tras mucho pensarlo, acabó aceptando, pues eso de no salir de casa era, según él, una garantía para no desatender a nuestros hijos ni ciertas responsabilidades domésticas que no se debían delegar en terceras personas.

Su actitud me hizo despertar de un profundo sueño embriagador. Por primera vez en diez años no había reparado en que mi marido era un machista cargado de prejuicios. ¿Cómo había podido pasar por alto algo tan evidente? De pronto, me pareció haber crecido y convertido en mujer en cuestión de minutos. Con treinta años y madre de una niña de ocho y de un niño de seis, acababa de tomar conciencia de la esclavitud a la que Julio me había tenido sometida, aunque hubiera vivido en una jaula dorada. De repente, pasaron frente a mí multitud de situaciones y escenas que hasta entonces me habían parecido triviales, sin importancia, propias de un marido escrupuloso, perfeccionista, que necesita tenerlo todo bajo control, y que vela por el bienestar de su familia.

Pero, como digo, fue su expresa autorización y las condiciones que impuso para que pudiera estudiar periodismo lo que me hizo recapacitar y tomar conciencia de quién era él en realidad y quién había sido yo hasta ese preciso instante. Y me juré que, a partir de entonces, viviría de acuerdo a mis principios. En el fondo, Julio era una buena persona que había sido educada en una familia de mentalidad retrógrada. Solo esperaba que mi difunta abuela no tuviera razón con sus malos augurios.

La siguiente contrariedad fue la negativa a que utilizara su ordenador personal. Alegó que era una patosa y que podía borrarle algunos archivos accidentalmente. No discutí. Me compré un portátil, Mejor así. No habría interferencias y podría usarlo sin pedirle permiso. Afortunadamente no puso reparos. No solo me pude conectar a la web de la UOC, sino que también me bajé algunas aplicaciones y me di de alta en varias redes sociales. Así podría matar el aburrimiento y dedicar el poco tiempo libre a contactar con otros usuarios, posibles amistades, aunque fueran virtuales. Por el largo camino de nuestra relación había perdido prácticamente a todas mis escasas amigas y desde que empecé a salir con Julio, los chicos se alejaban de mí. Solo podía ser para él. Entonces me pareció normal.

Después de casarnos, poco a poco dejamos de ir al pueblo con tanta frecuencia como al principio; a mis padres les llamaba por teléfono y siempre aprovechando que estaba sola en casa para no contrariar a Julio, pues parecía que le molestaba que hablara con ellos con asiduidad. Siendo hija única, sé que me extrañaban mucho y yo no entendía por qué Julio siempre ponía excusas para no ir a verlos. En cambio, a los suyos los visitábamos muy a menudo. Decía que era porque vivían más cerca.

Si bien accedió a que estudiara, siempre que podía controlaba las páginas que visitaba con mi ordenador, qué aplicaciones usaba y con quién chateaba. Llegó un momento en que vi de forma diáfana que vivía con un maltratador. Temía que algún día tuviéramos un grave altercado, pues no podía seguir tolerando su intromisión en mi privacidad. Me di cuenta de que yo había experimentado lo mismo que muchas mujeres maltratadas, que disculpan a sus maridos porque, en el fondo, los quieren y no saben o no pueden pasar sin ellos. Por fortuna, a diferencia de ellas, tomé conciencia de que aquella situación era inaceptable y que, a pesar de mi inseguridad y mis miedos, sabía lo que quería y no permitiría someterme nunca más a la voluntad y deseos de mi marido. Solo temía una cosa: que los niños sufrieran las consecuencias.

Vivía en un continuo desasosiego, pero, por el momento, habitaba en nuestro hogar una relativa calma, o más bien debería decir una tensa calma. Y así siguieron las cosas durante casi un año. Hasta aquel horrible hallazgo.

Ocurrió como tantos otros descubrimientos de la vida: por casualidad. Buscando una cosa encontré otra. Creo que a eso se le llama serendipia.

En uno de los ejercicios de fin de curso, teníamos que elegir un tema que supusiera una labor de investigación sobre algún asunto grave y de rabiosa actualidad. No se me ocurrió nada mejor que dedicar ese trabajo a la violencia de género. Pero os equivocáis si pensáis que Julio montó en cólera, sintiéndose aludido. En absoluto. Su única reacción fue de burla condescendiente, ridiculizando y banalizando esas situaciones tan dramáticas. Lógicamente me enfurecí, pero acabé aparcando el tema de discusión. No ganaría nada y podía perder mucho. Tenía mis planes. Si me esforzaba, podría sacarme el título con otros dos años de intensa dedicación. Mis hijos tendrían once y nueve años y yo, con un título bajo el brazo y, en caso necesario, la ayuda de mis padres, encontraría el modo de seguir adelante. No necesitaría de su sustento y me procuraría un buen abogado por si se le ocurría reclamar la custodia de los niños cuando le solicitara el divorcio. De momento, debía tener paciencia. Pero tras aquel terrible descubrimiento, las alarmas se dispararon y perdí el autocontrol.

Haciendo acopio de información sobre los casos de violencia de género que había terminado con la vida de hasta cuarenta y siete mujeres en un año, di con una noticia que nada tenía que ver con ello. Se trataba del caso del “asesino del Raval”, como los medios le habían bautizado, que había cometido durante los últimos seis meses seis asesinatos de mujeres, todas ellas prostitutas. Solo había una superviviente que pudo describirlo: su séptima y última víctima. De eso hacía ya dos meses y el asesino no había vuelto a actuar, seguramente esperando a que el tema se enfriara. La mujer, bajo los efectos de las drogas y del alcohol, solo pudo alcanzar a ver algunos detalles de su fisonomía. Dijo que le recordaba a Pablo Escobar, el narcotraficante del cartel de Medellín, pero a quien se refería en realidad era al actor que había encarnado a ese personaje en la serie de televisión Narcos. Un hombre más bien grueso, de cara redondeada, pelo ondulado y bigote. Y llevaba unas gafas oscuras en el momento del ataque. No resultaría fácil identificarlo, pues lo más probable era que la vestimenta fuera una suerte de disfraz.

Iba a pasar al asunto que me había tenido ocupada cuando vi su retrato robot. Era un dibujo de muy buena calidad, pero no era más que eso, un dibujo. No pude evitar mirarlo fijamente. Quienquiera que estuviera detrás de ese retrato, se había llevado por delante a seis mujeres inocentes y a punto estuvo de matar a otra. Tenía que acabar pagándolo caro, tarde o temprano. Y entonces me quedé paralizada. Un escalofrío seguido de un temblor de piernas me dejó en estado de conmoción. Esa cara me resultada familiar. Me la imaginé desprotegida. Sin gafas de sol, sin bigote y sin esa mata de cabello desmadejado era Julio. La redondez de sus facciones, sus labios carnosos, la nariz prominente y su ancha frente eran sus señales de identidad. La chica afirmó que llevaba puesta una sudadera de color gris con capucha, la cual se le había soltado con el forcejeo, y unos pantalones vaqueros. Fue gracias a un viandante, quien oyó sus gritos de auxilio, que salió ilesa, aunque malherida. Aquel solo pudo corroborar la vestimenta del atacante y añadir que también calzaba unas zapatillas deportivas de color blanco y con unas bandas rojas. Fue todo lo que pudo ver en la oscuridad, mientras el agresor huía.

Quizá estaba paranoica o quizá estuviera en lo cierto. ¿Cómo iba a ser Julio un asesino en serie? Todavía no sé qué me movió a hacerlo, pero me puse a buscar, frenéticamente, pruebas incriminatorias.

Quizá su ordenador contuviera información inculpatoria, pero no conocía la contraseña y no me vi capacitada para lograr descubrirla antes de que se bloqueara el acceso, a diferencia de lo que ocurre en las películas, que siempre dan con ella al tercer intento. Entonces caí en la cuenta de que el trastero era su espacio intocable, donde tenía todos sus trastos, como los llamaba, y herramientas. Yo no podía poner los pies allí, ni siquiera tenía la llave. Y eso aumentó mis sospechas. Así pues, empecé por informarme en internet sobre cómo preparar un molde, Cuando hube adquirido la masilla de porcelana necesaria lo hice, siguiendo las instrucciones, con la llave que Julio guardaba celosamente en su llavero y que le arrebaté aprovechando su siesta de los domingos.

Acudí al cerrajero del barrio para que me hiciera una copia a partir del molde. No hizo preguntas ni puso reparos. Me conocía de otros encargos, y no sospechó nada. Le dije que había perdido mi llave y no quería dejar a mi marido sin la suya mientras me hacía la copia, pues suponía que no la tendría al instante. Y así fue. Tuve que pasar a recogerla al cabo de dos días. Mientras tanto, me reconcomían los nervios, los mismos que hicieron que me costara varios intentos lograr abrir la maldita puerta. Disponía de, por lo menos, dos horas para buscar no sabía qué, hasta que Julio despertara del profundo sueño inducido por el ansiolítico que le puse en el vino, el mismo que yo tomaba por prescripción de mi médico desde hacía algún tiempo.  

Ya me daba por vencida cuando, cansada, sudorosa y al borde de un ataque de nervios, reparé en una caja, como la que usamos para guardar los adornos de Navidad, al fondo del altillo del armario donde, por lo que vi, guardaba un batiburrillo de enseres, desde trofeos del instituto hasta películas de VHS. La caja era cuadrada y grande pero bastante liviana. Lo más probable era que contuviera cualquier nadería, como una de sus colecciones de cromos de futbolistas o de los coches en miniatura de cuando era niño. Pero al abrirla, una extraña frialdad me invadió todo el cuerpo y mis manos empezaron a temblar. Estaba en lo cierto. Aquella caja contenía una sudadera gris con capucha, unas deportivas como las que había descrito el único testigo presencial, unas gafas de sol envolventes, una peluca y un bigote postizo. ¿Qué hacer con todas esas pruebas? Esperando que no las buscara por un tiempo, me las llevé y las guardé en el maletero de mi coche. El lunes las llevaría a la comisaría de policía más próxima.

Llegado el momento, sin embargo, me entraron las dudas. ¿Y si cometía un terrible error y existía alguna otra explicación? ¿Y si, aun siendo el asesino de aquellas mujeres, no reunían las pruebas suficientes para inculparlo y, tras quedar en libertad, se ensañaba conmigo como venganza? Incluso llegando a ser encarcelado sin fianza, juzgado y hallado culpable, les privaría a mis hijos de su padre, al que adoraban. ¿Debía entregarlo y hacer justicia? ¿No sería ello más bien una venganza por su forma de tratarme, aunque nunca me hubiera puesto la mano encima?

Ese lunes no fui a la comisaría, ni al otro, ni al siguiente. Acabé devolviendo la caja a su lugar, al fondo del altillo de aquel maldito armario. Pero decidí no quitarle la vista de encima y contar las veces que Julio visitaba el trastero, pues podría ser la antesala de un próximo ataque.

Si de verdad era el responsable de tales atrocidades, ¿cuándo pudo haberlas cometido? ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Así que volví a revisar caso por caso y anotar las fechas en las que tuvieron lugar las agresiones. De esa pesquisa resultó que cada ocasión coincidía con uno de sus viajes de negocios. Lo recordaba perfectamente, pues no era habitual en mi marido ese tipo de viajes y mucho menos que incluyeran un fin de semana. Todas esas agresiones se habían producido un viernes o sábado por la noche. ¿A qué esperaba para denunciarlo? Al margen de que fuera mi marido y el padre de mis hijos, no podía permitir que un asesino violador anduviera suelto y pudiera seguir cometiendo esas barbaridades. Aunque su familia me considerase una traidora, les debía justicia a todas esas chicas que habían perecido bajo sus garras.

Habían pasado casi tres meses desde el último incidente y, de pronto, Julio me anunció otro de sus viajes inesperados. Esa vez se iba a Palma de Mallorca, según dijo, donde su empresa celebraría la convención anual. ¿Sería cierto o uno más de sus engaños? Resultó fácil descubrirlo. Llamé a su secretaria una mañana que sabía que no estaría en la oficina, pues tenía una visita a un cliente muy importante ─era el tipo de cosas que le encantaba comentar─, y pregunté por él. Después de que la joven me diera toda clase de explicaciones sobre su ausencia en esos momentos, me las ingenié para sacar el tema a colación. “¿La convención anual?”, preguntó, desconcertada, la joven. “Pero si jamás hemos tenido una convención”, ni anual, ni semestral, ni nada de nada, añadió en tono jocoso. Me excusé argumentando que debía de ser un error y que lo habría malinterpretado. Colgué el teléfono rogando que no se le ocurriera comentarle a mi marido lo de la convención fantasma. Se vería descubierto y ello podría acarrearme muy malas consecuencias. Estás aterrorizada, me dije. No puedes seguir así. Toma ya una decisión. Esto no puede continuar de este modo.

Al cabo de una hora estaba en la comisaría con la caja del trastero en mis manos y con la historia de la próxima convención en Palma de Mallorca entre mis atolondradas explicaciones. Llegué a pensar que me tomarían por loca. Pero no. Demostraron estar muy interesados. Aun así, en lugar de proceder, como imaginaba, a su arresto, decidieron poner en marcha un plan. Introdujeron un diminuto localizador en la sudadera. De este modo, podrían seguir todos sus movimientos y atraparlo in fraganti. Así pues, devolví esos enseres a su lugar, a la espera de que Julio decidiera volver al ataque.

Cuando se despidió, con una maleta en una mano y un portafolios en la otra, tan guapo y elegante, le di los dos besos de rigor y me sentí como Judas, sabiendo que con mi delación lo entregaba y que pasaría muchos años entre rejas. Se lo tenía merecido, pero aun así me parecía imposible que el hombre con el que había convivido más de diez años fuera un violador y un asesino.

Tras verle partir, me abalancé al trastero y pude comprobar que, efectivamente, todos aquellos elementos de camuflaje no estaban en su caja. Se los había llevado consigo para usarlos en su próxima cacería.

Al día siguiente, por la mañana, supe que estaba detenido en comisaría acusado de intento de violación. La chica a quien había intentado agredir sexualmente era una de las agentes camufladas que, como cebo, llevaban varios días rondando por la zona a la espera de la aparición del hombre más buscado durante el último año.

Cuando compareció ante el juez, se declaró inocente, alegando una serie de excusas de lo más absurdas, como que llevaba una doble vida y que por la noche frecuentaba los prostíbulos; que era adicto a la cocaína y que se proveía de ella en los clubs de alterne, de ahí que anduviera por ese barrio; que para no ser reconocido se servía de un atuendo de camuflaje, pero no el que yo había hallado en el trastero, que no era suyo y nunca lo había visto y que, probablemente, lo había colocado para inculparle y deshacerme de él, pues le odiaba; que la chica que había identificado a su agresor debía estar tan colocada que dijo lo primero que le vino a la cabeza; que el supuesto testigo se equivocaba o debía estar pagado para prestar una declaración falsa; que si las pruebas de ADN habían dado positivo era porque seguramente se había acostado con esas prostitutas en más de una ocasión y le gustaba practicar el sexo duro; que la chica policía que lo había detenido le había provocado ofreciéndole sus servicios de forma tan lasciva que no pudo reprimirse, pero que él no había intentado agredirla, solo “comprobar la mercancía”; que todo era una patraña para dar el caso por cerrado aunque fuera a expensas de un inocente; y así toda una serie de patrañas que no le sirvieron para evitar que se le imputaran las cinco muertes con agresión sexual y los dos intentos de violación, con el agravante de nocturnidad y alevosía.

Y ahora pensaréis que la historia acaba aquí. Pues no. El juicio concluyó con una sentencia a prisión permanente revisable, con lo que parecería que el caso había llegado a su fin.

Sin embargo, pasados seis meses desde que Julio entrara en prisión me enteré por las noticias que habían hallado el cadáver de una adolescente en el barrio del Raval, una joven rumana que ejercía la prostitución. El mismo modus operandi. Fue violada, degollada y abandonada desangrándose. Una cámara grabó la imagen de un individuo saliendo, apresurado, del callejón donde fue hallado el cuerpo sin vida de la muchacha. Vestía una sudadera gris con capucha, unos vaqueros y unas deportivas blancas con bandas rojas. No se le veía bien la cara, pero al aumentar la imagen se pudo comprobar que llevaba unas gafas oscuras y lucía un bigote. Quiero creer, y en eso coincide la policía, que se trata de un imitador.

Julio insiste, desde la cárcel, en su inocencia, pero yo no le creo. Ahora vivo tranquila, pues me he librado de un maltratador. Estoy progresando en mis estudios, acabo de solicitar el divorcio y hoy voy a una entrevista de trabajo en una editorial. Me vendrá bien el dinero para costearme los estudios sin necesidad de tocar nada de lo que percibo en concepto de manutención. Eso solo es para los niños. Nada ni nadie perturbará mi nuevo futuro. A mis hijos les he contado una mentira piadosa. Todavía son pequeños para digerir la verdad. No han hecho preguntas. Algún día me las harán. Cuando les cuente la verdad, no sé si me considerarán una traidora a su padre o pensarán que hice un acto de justicia.

Espero que el dispositivo policial en busca del “imitador del Raval” dé sus frutos y acaben atrapándolo.

Hoy he vuelto al trastero con la intención de deshacerme de las pruebas materiales incriminatorias que me devolvió la policía al concluir el juicio. Las guardé en una bolsa mientras no decidía qué hacer con ellas. Solo con verlas sentía una aprensión incontenible. No quería conservarlas más tiempo como un horrible recuerdo del monstruo con el que había vivido tantos años.

La bolsa ha desaparecido. Alguien ha debido llevársela. Pero ¿quién y por qué? Los niños no han podido ser, no tienen acceso a la llave y no sabían de la existencia de esa bolsa. La puerta del trastero no parece haber sido forzada. Si alguien ha entrado ha sido usando una llave. He buscado la original, de la que salió mi copia, y la he hallado entre las pertenencias que aún conservo de Julio.

Ahora tengo más miedo que cuando vivía con él. Esta tarde iré a la comisaría. Pero antes haré cambiar todas las cerraduras. Iré al mismo cerrajero que la vez anterior. Es discreto y no hace preguntas. Parece un buen hombre.


*Imagen obtenida de internet