Llevaba días sospechando. Su comportamiento la delataba. Esas miradas furtivas y las sonrisas reprimidas la hacían culpable, de eso estaba seguro. Ella estaba radiante, pletórica, como hacía años no la veía, y él cada vez más convencido de su infidelidad. Desde hacía unos días se la veía más nerviosa si cabe, como si quisiera confesarle algo y finalmente desistiera. Esas señales eran inequívocas, tenía un amante y los desenmascararía. Hoy había salido tras ella decidido a pillarlos in fraganti. Verían de lo que era capaz. De él no se reía nadie. Cuando, al cabo de una hora, se halló frente a la puerta por la que ella acababa de entrar, salió por fin de dudas. Una placa dorada rezaba: Consultorio del Dr. J. Beltrán - Obstetricia y Ginecología.
viernes, 30 de enero de 2015
lunes, 26 de enero de 2015
Futuro sin humos
miércoles, 21 de enero de 2015
Crimen imperfecto
No lo podía creer. Mientras se debatía entre la vida y la muerte, intentaba dilucidar cómo había podido ocurrir. El arsénico no podía haber fallado. ¿Cómo había acabado siendo él el intoxicado?
En la sala de espera, su esposa era la viva imagen de la desolación. No podía entender cómo su marido había podido confundir el arsénico líquido, que ella utilizaba para el tratamiento de la madera, por edulcorante, comentaba a los presentes.
En la UCI, un agudo y persistente pitido anunció el fatal desenlace, que alguien acababa de transmitir a la afligida viuda.
Mientras la mujer se aplicaba carmín a sus marchitados labios, éstos no pudieron dejar escapar una ligera sonrisa de satisfacción. Siempre había sido una mujer precavida.
lunes, 12 de enero de 2015
2015: Un San Valentín sangriento (No es nada personal - 2ª parte)
Mientras limpiaba la pistola, una Glock 20, 10 mm, de segunda mano, Julio sentía, de nuevo, la rabia y el odio que experimentó el día en que localizó a su enemigo, gracias a las gestiones de un detective privado. Fue un odio más intenso que el que esperaba sentir. Ese indeseable iba acompañado de su ex mujer, ambos en actitud cariñosa.
¿Cuándo empezó ese idilio? ¿Antes o después de su despido? Fuera como fuese, al agravio que había sufrido por parte de ambos, ahora se le añadía la peor de las traiciones. Ahora su objetivo era doble: acabar con los dos.
Tenía un plan. El modo: cosidos a balas. La fecha: el día de carnaval. Ocultándose bajo un disfraz podría perpetrar el asesinato, o mejor llamarlo ajusticiamiento, con total impunidad.
Llevaba varias semanas haciendo un seguimiento exhaustivo de sus futuras víctimas. Con la ayuda del investigador que había contratado, nada escrupuloso a la hora de allanar moradas, colocó micrófonos por todo el apartamento, intervino su teléfono fijo, hackeó su ordenador y su teléfono móvil para rastrear sus correos y llamadas entrantes y salientes. Ese mercenario estaba dispuesto, incluso, a cambio de una suma extra, a ser el brazo ejecutor, pero Julio quería hacerlo personalmente para saborear mejor la venganza cuando les viera tendidos en medio de un gran charco de sangre y con los ojos abiertos mirando al infinito.
Gracias a ese sabueso, supo que, a pesar de que ese año el carnaval era el 15 de febrero, al ser domingo, lo celebrarían el sábado día 14, coincidiendo con la festividad de San Valentín, en un baile de disfraces, organizado por el Ayuntamiento en el Palacete Albéniz, al que asistiría la flor y nata de la sociedad barcelonesa. Curiosa e irónica coincidencia. Morirían el día de los enamorados. Era el lugar y el momento perfectos, nadie repararía en él, pasaría desapercibido entre tantas máscaras y, una vez cumplida su misión, solo tenía que despojarse de su atuendo y huir tan veloz como pudiera.
Llegado el día, a eso de las nueve de la tarde, les vio salir, el uno disfrazado de Conde Drácula y la otra de vampiresa. Tras subir a un taxi que les estaba esperando, pusieron rumbo a su destino fatal, y él, vestido de hombre-lobo, se dispuso a seguirles, en su propio coche, hasta las cercanías del palacete.
El bullicio era ensordecedor. El palacete resplandecía. Su invitación resultó una falsificación perfecta. Pasó el control sin ningún problema. Estaba satisfecho. En poco más de una hora todo habría acabado.
Antes de entrar en el salón principal, se palpó el arma y los cuatro cargadores con quince balas cada uno que llevaba pegados al cuerpo con cinta-aislante. Tal como le había asegurado su hombre, no hubo ningún control de metales pues, de lo contrario, todo habría sido en balde.
Tras comprobar que todo estaba en orden, levantó la mirada hacia la concurrencia dispuesto a mezclarse con el resto de invitados. No podía dar crédito a lo que veía: todos iban de igual guisa, todos los hombres disfrazados de Conde Drácula, y las mujeres de vampiresa. Esa debió ser la consigna recibida por los verdaderos invitados.
Dio unos pasos dubitativos y, en cuestión de segundos, se vio rodeado de una multitud que se reía de él a carcajadas, pensando, con toda seguridad, que había sido objeto de una broma pesada o que se había confundido de fiesta.
De pronto, se sintió ridículo, como un colegial del que se burlan sus compañeros. Se sintió nuevamente en el despacho de su ex director, humillado, desolado, paralizado. Pero él había venido a cumplir su objetivo y no se marcharía de allí sin haberlo hecho. El problema era que no sabía quién era quién, todos con idéntico disfraz.
Se sobresaltó cuando alguien posó una mano en su hombro. Era un hombre poco más alto que él. Le dijo: “no te lo tomes a mal, hombre, no es nada personal”. Julio sintió un acaloramiento repentino y una rabia incontrolable. Sacó su arma de debajo del disfraz y apuntó a la cabeza del que le había hablado así, seguro de haber reconocido aquella voz.
Los invitados quedaron mudos por unos segundos para estallar nuevamente en carcajadas, creyendo que se trataba de una broma y que el arma era de juguete. Cuando adivinaron que no había chanza alguna en aquel acto, se abalanzaron sobre él para arrebatarle la pistola. Entonces empezó la fiesta.
Julio descargó, uno tras otro, los cinco cargadores que, en total, formaban su pequeño pero efectivo arsenal, hasta que ya no quedaron balas que disparar.
La escena parecía dantesca, sangre y cuerpos desparramados por todas partes, unos tendidos sobre los sofás, otros bajo las mesas, refugios inútiles, cristales rotos de lámparas y ventanas, cortinas rasgadas por quienes pretendieron, en vano, esconderse tras ellas, jarrones hechos añicos, al igual que algún que otro cráneo.
Pero Julio no podía abandonar el lugar sin antes cerciorarse de que, entre aquel amasijo de cuerpos retorcidos, estaban los de sus víctimas.
Nadie había sobrevivido a la ejecución en masa, ni siquiera el personal del catering. Los guardias jurado, tomados desprevenidos, también yacían aquí y allá. Con manos temblorosas de excitación fue arrancando, una a una, las máscaras que cubrían las caras de sus víctimas hasta que dio con las que buscaba. Estaban muertos, los dos, no había duda. Había cumplido su venganza.
Entonces fue cuando sintió una punzada en el costado izquierdo, un dolor intenso que le irradiaba hasta el brazo. Se quitó, con gran esfuerzo, su disfraz y vio una gran mancha de sangre que le cubría el tórax hasta casi la cintura. Había sido alcanzado por una bala de alguno de los vigilantes jurado.
Una vez en el jardín, respiró hondo e hizo acopio de fuerzas para llegar hasta su coche, aparcado a un centenar de metros de aquel lugar. Se sentó en el asiento del copiloto y trató de relajarse. Todo había salido a pedir de boca excepto el final. Pero él había previsto hasta el último detalle, así que abrió la guantera, tomó el cargador que había guardado para esa eventualidad y lo introdujo en la pistola.
El día de San Valentín del año 2015, a las 11:30 horas, un fogonazo iluminó por un segundo la oscuridad reinante en un recodo del parque que circunda el palacete Albéniz.
martes, 30 de diciembre de 2014
No es nada personal
“No es nada personal”, le dijo. Han transcurrido más de dos años y Julio aun recuerda, como si fuera hoy, estas palabras. Y si las recuerda tan bien es porque, con ellas, aquel director propició su desgracia y lo empujó a ser lo que es ahora: un sin techo.
A su edad, resultó imposible encontrar trabajo y la exigua indemnización, el escaso subsidio de desempleo y las muchas deudas que había contraído cuando la vida le sonreía, le llevó a una situación desesperada. No solo perdió sus bienes materiales, malvendidos unos y embargados los otros, sino también lo que nunca creyó que sería tan frágil y volátil: el amor que su esposa dijo, en su día, profesarle. En la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe. Bonitas palabras pero sentimientos fugaces que se los llevó el viento o, mejor dicho, la ruina.
Faltaban escasos días para la Navidad cuando Julio, para combatir el frío del invierno recién llegado, deambulaba por esos grandes almacenes que antaño tanto frecuentaba con su mujer, siguiendo las reglas del consumismo. Ahora debía contentarse con observar cómo los demás hacían cola en la caja, cargados de paquetes y de sonrisas ilusionadas.
Esa noche, que prometía ser muy fría, no tendría suficiente abrigo en su ya habitual refugio nocturno: el cajero automático de aquella oficina de La Caixa. Allí dormía arropado por los cartones y papeles de periódico que renovaba regularmente, gracias a la inconsciente generosidad de los vecinos que vertían esos materiales de desecho en los contenedores.
A punto estaba de marcharse, resignado, cuando, en el departamento de material deportivo, descubrió unos excelentes sacos de dormir, rellenos de plumón de oca, que le procurarían –pensó- un calor físico, a falta del humano, para resistir las bajas temperaturas que se avecinaban.
No pudo o no quiso resistir la tentación de hacerse con uno de esos ejemplares expuestos al público y, creyendo no ser visto, se dio a la fuga, escaleras abajo, con el preciado artículo bajo el brazo.
Pero otro brazo, el de un vigilante jurado que, ojo avizor, le había descubierto en plena faena, le agarró tan fuertemente que le tumbó cuan largo era. Otro vigilante, alertado por las voces y la agitación del personal que, en aquellos momentos, abarrotaban el local, acudió en ayuda de su compañero. De este modo, entre los dos, se llevaron al ladrón en volandas al despacho del director del centro comercial para depositarlo, como si de un fardo se tratara, en una rígida e incómoda silla, que afortunadamente no era eléctrica.
Qué gran parecido tenía ese individuo con aquel otro director que lo envió al paro y a malvivir. Los mismos ojos escrutadores, la misma sonrisa sardónica, la misma cara amenazadora. Pero a éste, a diferencia de aquél, los argumentos que dio en su defensa parecieron conmoverle, le valieron una exculpación e incluso una mirada misericordiosa. Ese hombre, aparentemente frío y adusto, movido por el espíritu navideño o por su disimulada humanidad, acabó apiadándose de él. Despachó a sus gorilas de turno y, echando mano de su cartera, le dio a Julio lo que denominó un aguinaldo, como el que se le daba al cartero, al barrendero, al farolero y al sereno, en estas fechas, cuando ambos eran niños; un aguinaldo tan espléndido que le llenaría el estómago varios días.
Cuando Julio, sin poderse creer tanta generosidad por parte de un desconocido, se disponía a abandonar el despacho de aquel buen samaritano, éste le dijo:
-Pero hombre, no se olvide el paquete, que esta noche y en las próximas le va a hacer un gran servicio, no en vano es un saco de la mejor calidad.
Ya en la calle, avergonzado pero aliviado y agradecido a la vez, Julio se juró no volver a repetir tal tropelía. Nunca más sería increpado por apropiarse de un bien ajeno. No volvería a caer tan bajo. Sería pobre pero honrado.
Pero tal propósito duró bien poco. Al pasar junto a un quiosco de la ONCE, no pudo evitar darle un tirón a la hilera de boletos para el Cuponazo del viernes que, sujetos por unas pinzas, pendían de un alambre. De este modo, se llevó, sin que el pobre vendedor se apercibiera, un billete que, de resultar premiado, le haría millonario.
Ahora, estrenado el año nuevo y su nueva condición, se le acumulan los proyectos. Primero, una vivienda digna y luego, poco a poco, recompondría su malograda existencia. Entretanto, sin prisas pero sin pausa, iría pergeñando su venganza. Para empezar, localizará a quien, años atrás, le dijera aquellas hipócritas palabras antes de señalarle la puerta; luego se comprará un arma.
CONTINUARÁ
martes, 23 de diciembre de 2014
Una nueva vida
Yacía en medio de un gran charco de sangre y rodeado de coches patrulla y más de veinte agentes fuertemente armados. Por fin habían dado con él. Lo habían tenido que abatir a tiros pues no era de los que se dejaba atrapar sin plantar cara. Morir matando, ese era su lema favorito.
En su haber, treinta atracos a mano armada, tres de ellos con rehenes. Treinta entidades bancarias habían sufrido su agresiva intrusión. Se había convertido, en poco más de un año, en el enemigo público número uno, ahora que el terrorismo de ETA había dejado al país en calma. A su lado, los delincuentes más violentos que nutrían las cárceles españolas, eran niños de párvulos.
Los meses de persecución habían, por fin, dado su fruto. Ahí estaba, boca abajo, con el cuerpo retorcido, esperando a que el juez dictara el levantamiento del cadáver.
Todos los ciudadanos que habían tenido que sufrir sus desmanes, todos los agentes que habían intervenido en su búsqueda y final captura, todos los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado celebraban el éxito, todos los ciudadanos de bien se congratulaban por el feliz desenlace, todos estaban encantados, satisfechos, podían descansar tranquilos. Todos menos una persona: su madre.
Alonso Quijano, apodado “el Quijote”, era hijo único de una pareja de alcohólicos y drogadictos. Su padre era el camello del barrio hasta que un chute excesivo de heroína se lo llevó a otro barrio mucho más tranquilo. Su madre, ahora una anciana que sobrevivía gracias a la beneficencia, había “hecho de todo”, como ella decía, para sacar adelante a aquel chiquillo tan rebelde. Sus clientes se contaban por cientos o quién sabe si por miles, pues eran caras y cuerpos de paso que se detenían unos minutos en aquel cuchitril, donde madre e hijo malvivían, por unos cuantos billetes de cien, pues la mujer no era un género de suficiente calidad como para ser muy generosos por sus servicios. Así, los gastos en vino, coca y por la manutención del chaval se compensaban en el catre.
Alonso fue un niño muy tímido e introvertido, un buen chaval aunque un tanto “rarito” como decían sus compañeros de clase, hasta que no hubo más clases y cambió esos “compis” de curso por los “colegas” del barrio que, como él, pateaban las calles en busca de emoción y de algo que llevarse al bolsillo sin tener que currar. Vivía muchísimo mejor al aire libre que bajo aquel techo maloliente y en aquel ambiente que de familiar no tenía nada.
Alonso no tuvo una niñez feliz ni una adolescencia fácil. Gracias a sus contactos y a su ingenio pudo sobrevivir medianamente bien en aquella jungla en la que se movía, pero si quería mejorar su estatus, personal y económico, tenía que echarle agallas, dejar de ser uno más, vencer sus miedos e inseguridades y ganarse la confianza y el respeto del grupo al que pertenecía. Y gracias a ese empeño, en unos pocos años llegó a lo más alto de la pirámide de la zona, convirtiéndose en el respetado cabecilla de la banda.
Dinero fácil, mujeres y drogas acabaron siendo todo su mundo; el dinero y las mujeres siempre al alcance de la mano, las drogas lejos, solo para comerciar. No quería convertirse en lo que se convirtieron sus “viejos”, nombre que prefería utilizar para aquellos dos seres que no llegaron a ser verdaderos padres.
Pero el dinero atrae más dinero y éste nunca era suficiente para satisfacer sus necesidades. Así que del mundo de la droga y de las mafias, cada vez más competitivo y peligroso, saltó al de los atracos a furgones blindados y entidades bancarias. Era mucho más limpio. Además, quien roba a un ladrón… se decía.
Los éxitos sucesivos en sus incursiones a bancos y cajas de ahorros y, sobre todo, en sus asaltos a los furgones le hicieron creer que era imbatible y los botines obtenidos en cada una de esas operaciones solo acrecentaban su sed de dinero y hambre de aventura. De la intimidación con pistolas de juguete pasó a las de fogueo y, finamente, a armas de mayor calibre, tanto pistolas y revólveres como escopetas y fusiles.
Quería creer que era una especie de Robin Hood pero a los pobres no les llegaba nada de sus “incautaciones”, todo iba a parar a sus bolsillos, a los de su banda de atracadores y al de las prostitutas con las que jugaba a ser un cariñoso y buen amante.
Un día vio por la calle a su “vieja”, haciendo cola a la puerta de un local de Caritas donde, a aquella hora, servían comida caliente a los indigentes del barrio. Eso le removió las entrañas sin saber muy bien porqué, pues hacía ya muchos años que había renegado de su condición filial para con aquella mujer que nada le dio, ni siquiera cariño, cuando más lo necesitó.
Esa visión fue, sin embargo, un revulsivo que le hizo reconsiderar su ideario moral y ver con otros ojos su vida presente y futura. De pronto, como si de una revelación se tratara, vio con toda claridad que esa no era la vida que quería seguir llevando, que no quería acabar con sus huesos en la cárcel, cosa que ocurriría tarde o temprano, que no quería seguir huyendo y escondiéndose de nada ni de nadie, que quería llevar una vida tranquila aunque para ello tuviera que trabajar en lo que fuera y disponer de unos magros ingresos que no le permitirían seguir llevando su actual tren de vida.
Estaba decidido. Cambiaría radicalmente de estilo de vida. Cambiaría, si era necesario, de identidad y comenzaría una nueva etapa, desde cero. Pero antes debía llevar a cabo ese golpe, el último. Se lo debía a sus compadres. No los podía dejar en la estacada precisamente ahora. Todo estaba preparado y él capitanearía el atraco tal como lo habían planeado. Luego, cedería su liderazgo a “el manco”, su mano derecha desde hacía muchos años, desde sus inicios.
Ese golpe, el último de su vida de delincuente, les daría para aguantar muchos meses. Él solo se quedaría con un pellizco, para permitirle resistir hasta que tuviera algo aceptable con lo que vivir. Esa sería su última aportación al grupo con el que tantas aventuras había vivido.
Su último atraco y a empezar de nuevo. A la salida de aquella sucursal bancaria se le abriría la puerta hacia una nueva vida. Si todo iba bien, hasta podría ir en busca de su madre, sacarla de aquella triste y sucia existencia. Podía perdonarla. Seguramente habría cambiado. Ahora podrían ser madre e hijo de verdad.
A la salida de aquella oficina de La Caixa, le esperaba una nueva vida, de eso estaba convencido. Y salió corriendo, pistola en mano, hacia su nuevo destino.
viernes, 19 de diciembre de 2014
La revelación
Hacía mucho tiempo que no leía una novela que le enganchara de ese modo. Hacía mucho que no esperaba la hora de acostarse para poder seguir con la lectura ahí donde la había dejado la noche anterior, cuando sus párpados se habían cerrado contra su voluntad a pesar del interés por seguir el curso de esa historia tan fascinante que le tenía atrapado.
Ya llevaba unas cien páginas leídas, en pleno nudo de la novela, cuando reparó en algo que le dejó estupefacto. ¿Cómo no se había dado cuenta? Parecía increíble pero lo que el protagonista experimentaba era casi idéntico a lo que él estaba viviendo. Al principio pensó que se trataba de una curiosa casualidad pero a medida que avanzaba en la lectura su desconcierto iba en aumento. Hasta que por fin se convenció de que lo que le ocurría al personaje central de la obra, le acababa sucediendo a él. Releyó atentamente los últimos capítulos y, sin duda alguna, estaba en lo cierto. Era como si alguien estuviera dictando su vida desde esas líneas impresas.
A medida que pasaban los días, más convencido estaba que aquello, por increíble y sobrenatural que pareciera, iba en serio. Quería dejar de leer para evitar obsesionarse con aquella idea absurda pero cada vez se sentía más enganchado a la historia que tenía frente a sus ojos. Era como leer su futuro.
Al llegar al capítulo 33, ya en pleno desenlace de la trama, lo que leyó le dejó en un momentáneo estado de shock. Aquello no podía ocurrirle. Tenía que tomar una decisión. Si estaba destinado a que su vida siguiera el guión de esa novela, no tenía otra opción que huir de inmediato, como hacía su protagonista, si quería salvar su vida. Huir. Pero ¿adónde? Pasó las restantes páginas ávidamente, leyendo en diagonal, hasta llegar al último capítulo y comprobar cuál era el destino de su alter ego en la ficción, su destino.
Tenía, pues, que hacer las maletas y marcharse sin demora. Solo tenía tres días, a lo sumo, para desaparecer, el tiempo que, según había podido comprobar, tardaban los sucesos que leía en hacerse realidad.
A primera hora de la mañana podía estar en el aeropuerto para tomar el primer vuelo con destino a cualquier parte, lejos, muy lejos, donde nadie pudiera dar con él. Con una semana de ausencia tendría más que suficiente pues ya habría pasado, de sobras, el periodo de peligro. Su otro yo escapaba de la muerte tomando un vuelo a Río de Janeiro, pero cualquier otro destino podía ser igualmente válido, pensó.
Así pues, tras enviar un correo electrónico a su socio pidiéndole que se encargara él solo del negocio en su ausencia, motivada por un asunto familiar grave, y una nota a la asistenta con las indicaciones de rigor, se plantó, a las ocho en punto, frente al panel de información de vuelos de la terminal 1 del aeropuerto.
El vuelo IB 2345, con destino a Buenos Aires, partía a las 16:20, así que tenía tiempo de sobra para comprar un billete, si es que quedaba alguna plaza disponible. Por la tarde, estaría a salvo, a miles de kilómetros de casa, donde nadie podría encontrarle.
Las horas que tuvo que permanecer en el aeropuerto hasta tener en sus manos la tarjeta de embarque, se le hicieron eternas. Contaba los minutos que faltaban para estar sobrevolando el Atlántico, a 30.000 pies de altura y sentirse definitivamente a salvo. La larga y lenta cola de pasajeros que debían pasar el control de equipaje le resultó insoportable. No sintió un incipiente relax hasta que se encontró en la puerta de embarque. Afortunadamente, los pasajeros que viajaban en Business tuvieron preferencia a la hora de embarcar pero, por otra parte, ser de los primeros en tomar asiento significaba que el tiempo de espera hasta el despegue sería mayor. Mientras esperaba el cierre de las puertas, sudoroso y agitado, se decidió por un vaso de whiskey, eso le calmaría, de entre las bebidas que le ofreció la azafata, mientras el resto del pasaje acababa de ocupar sus asientos.
Solo respiró tranquilo cuando el avión, con treinta horribles minutos de retraso, apuntó su protuberante morro hacia las algodonosas nubes y vio cómo el paisaje aéreo de su ciudad iba menguando en tamaño hasta perderse de vista tan pronto la nave viró hacia el mar. Su nerviosismo había alcanzado cotas tan elevadas que se sentía agotado tanto física como psíquicamente, de modo que a los pocos minutos, cuando el comandante se disponía a dar la bienvenida a los pasajeros e informar de los pormenores del vuelo, él ya había caído en una profunda inconsciencia.
Ni las turbulencias, ni la voz del sobrecargo por megafonía, ni la pesadilla que le atormentaba, lograron despertarlo. En sueños, evocó las secuencias más angustiosas de la novela. Se removía en su asiento sin poder liberarse de aquel tormento. No abrió los ojos hasta que una mano se posó sobre su hombro. Aquel contacto inesperado actuó como un resorte. Cuando alzó la vista, vio, de pie a su lado, a un sujeto de edad indefinida que le sonreía de una forma enigmática.
Antes de que pudiera articular palabra, el individuo se inclinó hacia él y en voz muy baja, para no llamar la atención de oídos indiscretos, le dijo:
-No me ha resultado fácil pero al fin te he encontrado. Para el destino, nada es imposible. Te crees seguro, ¿verdad? Crees haber escapado a tu sino. Pero te equivocas. Si hubieras leído el epílogo de la novela, en el que no reparaste por culpa de las prisas, sabrías que el protagonista de nuestra historia no acaba burlando su fatal destino. Si hubieras leído hasta el final, sabrías que su avión sufre una avería en pleno vuelo y acaba en el fondo del Océano.
¿Se trataba de una alucinación, de una trampa del subconsciente? ¿Seguía soñando? Mientras intentaba serenarse y razonar de forma lógica, una súbita y brutal sacudida casi le expulsó de su asiento. Aferrándose a los reposabrazos, dirigió una mirada interrogante al misterioso personaje y, mientras éste le dirigía una sonrisa sardónica y asentía con la cabeza, la aeronave parecía que iba a desmantelarse, saltaron las máscaras de oxígeno y, entre los gritos de pánico y el ruido ensordecedor del fuselaje, el avión con destino a Buenos Aires empezó a precipitarse sobre la oscura y agitada superficie del Océano Atlántico, que en cuestión de segundos se teñiría de sangre y metal.
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