Hoy vengo con otro relato recuperado del baúl de los recuerdos. Data de septiembre de 2013, poco después de abrir este blog. Lo he intentado recortar, pero he logrado el efecto contrario, pues durante mi revisión ha ido creciendo, de las 1.540 palabras originales hasta las 2.160 actuales, y todo por culpa de querer lavarle la cara. Espero que este nuevo lavado no os resulte demasiado pesado.
Antón se tenía por un tipo duro, de esos
que no se amedrentan ante ningún problema por grave que sea. Era un hombre de
recursos y siempre le habían salido bien los encargos “especiales” que le
encomendaban. Pero esta vez se sentía inusualmente muy nervioso. Esa mañana, al
salir de casa, tuvo un mal augurio y eso que no era supersticioso, pero aquel
sueño…
Había soñado
que era un cazador y que tras horas deambulando por el monte junto a sus
compañeros de cacería, se dio cuenta de que se hallaba solo en medio de la
espesura y emprendiendo una alocada búsqueda de sus amigos caía en una profunda
trampa que apareció de repente bajo sus pies, una especie de pozo profundo del
que no podía salir. Y así, herido y atemorizado, caía la noche y el único
sonido que le acompañaba era la de unos aullidos lejanos. Cuando la silueta de dos
enormes lobos asomaba en lo alto del pozo y parecían prestos a saltar sobre él,
se despertó cubierto de ese sudor frío que sólo el pánico provoca.
De eso hacía un
par de horas y aún no había conseguido sacarse ese maldito sueño de la cabeza,
una pesadilla que le había dejado muy mal sabor de boca.
¿Será posible?
Venga, termina de desayunar que se hace tarde y tienes mucho que hacer, se dijo
al cabo de un buen rato. Y tras abonar la cuenta, con el periódico bajo el
brazo y las manos en los bolsillos de la gabardina, cruzó la calle y se dirigió
con paso raudo hacia su destino.
En menos de
quince minutos está plantado ante ese edificio que tan bien conoce por haber
estado montando guardia frente a él tantos días seguidos, mañana, tarde e
incluso alguna que otra noche.
¿Por qué se
había hecho detective? Sería por amor a la aventura, porque en lo que se
refiere al dinero, éste había resultado ser una amante esquiva. Vivía
medianamente bien pero no era lo que esperaba, pero ya tenía una edad y no
estaba para más cambios. Pero ese caso iba a ser sonado. Si todo salía como
tenía previsto, sería rico y tendría asegurado un buen y merecido retiro.
Pero bueno, no
vayamos a vender la piel del oso antes de cazarlo. Todo a su debido tiempo.
Ahora lo que tengo que hacer requiere de toda mi concentración para no dar un
paso en falso.
Y así, Antón se
introduce a hurtadillas en el edificio por la puerta trasera, esa que él bien
sabe que el portero suele dejar abierta para poder escabullirse cada vez que
quiere fumarse un pitillo sin que le vean los escrupulosos vecinos.
Una vez dentro,
sin nadie que merodee por el rellano, sube, para no ser visto, por el
montacargas hasta la sexta planta. Una vez frente a la puerta, mira a ambos lados
del largo pasillo, se seca con el dorso de la mano el sudor de su frente y
respira hondo.
Lo tenía todo
estudiado. Sólo tenía que abrir la puerta y colarse en el lujoso apartamento. Su
clienta, esa mujer que le dejó sin habla cuando se presentó en su despacho por
primera vez, le había dado una copia de la llave y el código para desactivar la
alarma. Él todavía estaría durmiendo, le dijo. Desde luego, los hay que viven
como les da la realísima gana, sin apenas dar golpe, viviendo la noche a todo
tren y levantándose cuando la gran mayoría de mortales hace horas que está
currando.
Sabía que no
tenía nada que temer, pues el tipo afortunado dormía hasta las tantas y usaba
tapones en los oídos para que el ruido de la calle no le despertara. Ese
detalle sólo lo podía conocer su clienta, por algo habían compartido cama durante
estos últimos años. Antón, lo único que había constatado después de tantos días
de vigilancia, era que nunca salía a la calle antes de las doce del mediodía y
siempre para dirigirse al bar de la esquina para tomarse su primera copa del
día.
Así que tenía
tiempo de sobras, pues sólo eran las ocho y el pájaro debía estar profundamente
dormido. Sólo tenía que entrar lo más sigilosamente posible, dirigirse al despacho
que estaba al final del pasillo, abrir la caja fuerte cuya combinación su
clienta también le había facilitado y apoderarse de un sobre de color manila.
Desde luego, esa mujer había pensado en todo.
¿Qué contenía
ese sobre para que estuviera dispuesta a pagar tanto dinero por él? Según le
contó, había descubierto ciertas actividades ilegales de su amante y en ese
sobre habían suficientes pruebas incriminatorias con las que pretendía hacerle chantaje.
¿Por qué? Por venganza. Ese ricachón engreído se había librado de ella de la
noche a la mañana y se lo haría pagar caro. Había dejado a su marido por él,
creyendo en sus promesas, y la había dejado sin un maldito euro, el muy
traidor. Le había dado los mejores años de su vida y ahora esto. Así que o
cedía al chantaje o iría con las pruebas a la policía.
¿Sería un
asunto de fraude fiscal, tráfico de drogas, prostitución, trata de blancas,
tráfico de armas? Qué más daba, el caso es que la rubia despampanante le había
dicho que pensaba exigirle unos cuantos millones, así que el asunto debía de ser
gordo.
Pero lo que no
sabía ese monumento de mujer es que sería él, Antón Olivares, quien, una vez
con las pruebas en la mano, extorsionaría al ex amante. ¿Por qué conformarse
con unos miserables cientos de miles de euros de honorarios cuando podía hacerse
con un dineral? Ya vería el modo de burlar a su despechada clienta y largarse luego
con toda la pasta sin dejar rastro. De algo le tenían que servir tantos años
desperdiciados en la policía por un mísero salario. De momento, todo marchaba
según lo planeado. Ya estaba llegando al final de la primera etapa, la más
difícil, sin contratiempos.
Y en esto anda
fabulando Antón cuando, justo después de esconder el sobre en el bolsillo
interior de su raída gabardina, siente un intenso dolor en la espalda y cae
desplomado. Se da la vuelta para ver quien le ha disparado usando un
silenciador, pero no logra ver a nadie.
Antón yace inmóvil
en el frío suelo del despacho, los ojos abiertos dirigidos hacia el oscuro
techo y con su mano derecha todavía a la altura de ese corazón que quiere
saltársele del pecho ensangrentado. Sigue vivo pero ¿por cuánto tiempo? No
puede moverse y apenas respirar. Las cortinas se descorren y la luz invade de
repente la estancia. Una cara esbozando una sonrisa cínica le contempla desde
lo alto antes de arrodillarse a su lado.
─Pobre infeliz ─dice
la esbelta y sensual rubia─. ¿Realmente creías que te saldrías con la tuya?
Todavía no ha nacido quien pueda joderme e irse de rositas. Eres más estúpido
de lo que creía. ¿Por qué crees que te encargué un caso que hubiera podido
resolver yo sola sin tener que compartir parte del botín con un viejo borracho
como tú? Hubiera podido entrar tranquilamente con el duplicado de las llaves y
abrir la caja fuerte en un abrir y cerrar de ojos y salir por esa puerta sin
que nadie sospechara nada. Ahora sí que veo que estás acabado, mira que no
sospechar nada pero, claro, ha pasado tanto tiempo…
Y Antón, con su
mirada extraviada y borrosa sólo logra vislumbrar cómo otra figura, alta y
corpulenta, se acerca, y entre la mujer y ese desconocido lo arrastran envuelto
en una especie de manta hasta el montacargas, y tras unos instantes que se le
antojan una eternidad, lo echan sobre la dura superficie de una furgoneta y
desde esa oscuridad cada vez más profunda y mientras se le escapa la vida por
los poros de su maltrecho cuerpo, oye como la mujer dice:
─Por fin ha
tenido su merecido ese puerco de Antón. He tenido que esperar algunos años pero
ha valido la pena. De poco le ha servido haberme enviado a la cárcel. Su mente
de viejo sabueso bien que pudo resolver aquel caso y descubrirme, pero no ha
sido capaz de reconocerme y ha pagado cara su decrepitud. Yo habré estado diez
cochinos años en la trena, pero ese viejo cabrón va a pasar la eternidad en ese
agujero que le hemos preparado.
─Sí ─oye cómo
le contesta una voz de hombre─, eso sí que es matar dos pájaros de un tiro. Tú
te vengas de ese cabrón y los dos podremos empezar una nueva vida lejos de aquí
y forrados.
Lo último que
puede ver Antón antes de perder totalmente la consciencia son dos sombras que
desde lo alto de una especie de pozo le observan, sus bocas son como fauces,
parecen lobos que se relamen de gusto tras cazar a su presa. ¿Dónde ha visto antes
esa imagen? ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Será un sueño? Claro, eso es, se
trata de una pesadilla, como la que tuvo esa madrugada.
Y cuando la
primera palada de tierra le cubre su cara, se da cuenta de que esa horrible
pesadilla se había hecho realidad. Y antes de que todo acabe, nota como algo se
le clava en el pecho a la altura del corazón. ¿Será la bala que le han
disparado? No, debe ser ese sobre de color manila que tenía que cambiar su
vida.
─¡Pero serás
imbécil! ¿No tenías tú el sobre? ─grita, fuera de sí, la rubia.
─A ver, yo
creía que lo habías cogido tú. ─le responde su compinche.
─No me jodas.
¿Y ahora dónde encontramos el lugar en el que lo sepultamos, eh?
─Pues tiene que
estar por aquí, recuerdo ese claro en medio del bosquecillo y, además, tenemos
que ver la tierra removida, por mucho que la aprisioné para que no se notara
que había algo enterrado.
─Como no lo
encontremos ya, te corto los huevos, idiota.
─Vale, vale,
tranquila, que lo vamos a encontrar. Total, solo han pasado unas horas y nadie
ni nada ha podido borrar el rastro. ¡Mira, allí se ve un montículo!
─¿Cómo que un
montículo? ¿No habías aplanado el terreno?
Ambos se
acercan velozmente a ese montón de tierra y comprueban, atónitos, que es una
fosa vacía, la misma que habían preparado para Antón.
─¡No está, se
ha largado! ¿Pero cómo ha podido? ¿Acaso no te aseguraste de que estaba muerto,
subnormal? ─grita, ahora histérica, la mujer.
─Pero si lo
parecía, no respiraba, o eso creo.
─¿Eso crees? Ya
lo estás buscando por tierra, mar y aire, pero ese cabrón no se larga con el
sobre, lo juro por mis muertos.
Y en ese preciso instante, se oyen dos
disparos y ambos dan en el blanco. ¿Cabrán dos cuerpos en el mismo hoyo
excavado para él? ─piensa Antón. Pronto saldrá de dudas. Y el detective
expolicía da gracias a que se haya cumplido lo que muchos argumentan: que el
asesino (en este caso los asesinos) siempre vuelven al lugar del crimen.
Antón se guarda el revolver que esos dos
capullos no advirtieron que guardaba en la riñonera, se limpia las manos de la
tierra que ha tenido que remover para cubrir la fosa con los dos cuerpos, se
sacude el polvo de la vieja gabardina ─ahora todavía más sucia y deteriorada─ y,
asegurándose que el sobre sigue en su sitio, se larga rápidamente del lugar. Primero
acudirá a su amigo cirujano para que le extraiga la maldita bala que, por
fortuna, no parece haber hecho un daño irreparable y luego, esa misma tarde,
pondrá en marcha su plan original. Ahora el sueño de Antón será otro muy
distinto. Pero a medida que avanza hacia la carretera que vislumbra desde el
bosque, se siente cada vez más débil, le cuesta respirar, anda con dificultad, teme
no llegar a la carretera. Y cuando, por fin, la alcanza y alza la mano para que
el coche que se acerca se detenga, siente un vahído y cae justo antes de ser
atropellado.
Ahora está en
el hospital y en la puerta de su habitación hay un policía de guardia.
─Aguanta, tío,
que ahora vendrán los de criminalística para que des parte de lo ocurrido.
─¿Y mi
gabardina? ¿Dónde está mi gabardina? ─le pregunta al policía casi a voz en
grito.
─Cálmate, tío,
no te agobies, que estás hecho un asco, según nos han dicho los médicos.
─Pero ¿dónde
está mi ropa? ─insiste Antón, cada vez más nervioso.
─Está aquí,
hombre, en el armario. ¿Para que la quieres, si se puede saber?
─Hazme el favor
de mirar si en el bolsillo interior de mi gabardina hay un sobre color manila ─cosa
que el agente se aviene a hacer.
─Aquí no hay ningún
sobre, ni en el bolsillo interior ni en los exteriores. ¿Era importante?
Y al oír esto,
Antón vuelve a perder la consciencia. ¿Qué habrá sido del sobre, y qué será de él
ahora?

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