martes, 2 de junio de 2026

El sueño de Antón

Hoy vengo con otro relato recuperado del baúl de los recuerdos. Data de septiembre de 2013, poco después de abrir este blog. Lo he intentado recortar, pero he logrado el efecto contrario, pues durante mi revisión ha ido creciendo, de las 1.540 palabras originales hasta las 2.160 actuales, y todo por culpa de querer lavarle la cara. Espero que este nuevo lavado no os resulte demasiado pesado.


Antón se tenía por un tipo duro, de esos que no se amedrentan ante ningún problema por grave que sea. Era un hombre de recursos y siempre le habían salido bien los encargos “especiales” que le encomendaban. Pero esta vez se sentía inusualmente muy nervioso. Esa mañana, al salir de casa, tuvo un mal augurio y eso que no era supersticioso, pero aquel sueño…

Había soñado que era un cazador y que tras horas deambulando por el monte junto a sus compañeros de cacería, se dio cuenta de que se hallaba solo en medio de la espesura y emprendiendo una alocada búsqueda de sus amigos caía en una profunda trampa que apareció de repente bajo sus pies, una especie de pozo profundo del que no podía salir. Y así, herido y atemorizado, caía la noche y el único sonido que le acompañaba era la de unos aullidos lejanos. Cuando la silueta de dos enormes lobos asomaba en lo alto del pozo y parecían prestos a saltar sobre él, se despertó cubierto de ese sudor frío que sólo el pánico provoca.

De eso hacía un par de horas y aún no había conseguido sacarse ese maldito sueño de la cabeza, una pesadilla que le había dejado muy mal sabor de boca.

¿Será posible? Venga, termina de desayunar que se hace tarde y tienes mucho que hacer, se dijo al cabo de un buen rato. Y tras abonar la cuenta, con el periódico bajo el brazo y las manos en los bolsillos de la gabardina, cruzó la calle y se dirigió con paso raudo hacia su destino.

En menos de quince minutos está plantado ante ese edificio que tan bien conoce por haber estado montando guardia frente a él tantos días seguidos, mañana, tarde e incluso alguna que otra noche.

¿Por qué se había hecho detective? Sería por amor a la aventura, porque en lo que se refiere al dinero, éste había resultado ser una amante esquiva. Vivía medianamente bien pero no era lo que esperaba, pero ya tenía una edad y no estaba para más cambios. Pero ese caso iba a ser sonado. Si todo salía como tenía previsto, sería rico y tendría asegurado un buen y merecido retiro.

Pero bueno, no vayamos a vender la piel del oso antes de cazarlo. Todo a su debido tiempo. Ahora lo que tengo que hacer requiere de toda mi concentración para no dar un paso en falso.

Y así, Antón se introduce a hurtadillas en el edificio por la puerta trasera, esa que él bien sabe que el portero suele dejar abierta para poder escabullirse cada vez que quiere fumarse un pitillo sin que le vean los escrupulosos vecinos.

Una vez dentro, sin nadie que merodee por el rellano, sube, para no ser visto, por el montacargas hasta la sexta planta. Una vez frente a la puerta, mira a ambos lados del largo pasillo, se seca con el dorso de la mano el sudor de su frente y respira hondo.

Lo tenía todo estudiado. Sólo tenía que abrir la puerta y colarse en el lujoso apartamento. Su clienta, esa mujer que le dejó sin habla cuando se presentó en su despacho por primera vez, le había dado una copia de la llave y el código para desactivar la alarma. Él todavía estaría durmiendo, le dijo. Desde luego, los hay que viven como les da la realísima gana, sin apenas dar golpe, viviendo la noche a todo tren y levantándose cuando la gran mayoría de mortales hace horas que está currando.

Sabía que no tenía nada que temer, pues el tipo afortunado dormía hasta las tantas y usaba tapones en los oídos para que el ruido de la calle no le despertara. Ese detalle sólo lo podía conocer su clienta, por algo habían compartido cama durante estos últimos años. Antón, lo único que había constatado después de tantos días de vigilancia, era que nunca salía a la calle antes de las doce del mediodía y siempre para dirigirse al bar de la esquina para tomarse su primera copa del día.

Así que tenía tiempo de sobras, pues sólo eran las ocho y el pájaro debía estar profundamente dormido. Sólo tenía que entrar lo más sigilosamente posible, dirigirse al despacho que estaba al final del pasillo, abrir la caja fuerte cuya combinación su clienta también le había facilitado y apoderarse de un sobre de color manila. Desde luego, esa mujer había pensado en todo.

¿Qué contenía ese sobre para que estuviera dispuesta a pagar tanto dinero por él? Según le contó, había descubierto ciertas actividades ilegales de su amante y en ese sobre habían suficientes pruebas incriminatorias con las que pretendía hacerle chantaje. ¿Por qué? Por venganza. Ese ricachón engreído se había librado de ella de la noche a la mañana y se lo haría pagar caro. Había dejado a su marido por él, creyendo en sus promesas, y la había dejado sin un maldito euro, el muy traidor. Le había dado los mejores años de su vida y ahora esto. Así que o cedía al chantaje o iría con las pruebas a la policía.

¿Sería un asunto de fraude fiscal, tráfico de drogas, prostitución, trata de blancas, tráfico de armas? Qué más daba, el caso es que la rubia despampanante le había dicho que pensaba exigirle unos cuantos millones, así que el asunto debía de ser gordo.

Pero lo que no sabía ese monumento de mujer es que sería él, Antón Olivares, quien, una vez con las pruebas en la mano, extorsionaría al ex amante. ¿Por qué conformarse con unos miserables cientos de miles de euros de honorarios cuando podía hacerse con un dineral? Ya vería el modo de burlar a su despechada clienta y largarse luego con toda la pasta sin dejar rastro. De algo le tenían que servir tantos años desperdiciados en la policía por un mísero salario. De momento, todo marchaba según lo planeado. Ya estaba llegando al final de la primera etapa, la más difícil, sin contratiempos.

Y en esto anda fabulando Antón cuando, justo después de esconder el sobre en el bolsillo interior de su raída gabardina, siente un intenso dolor en la espalda y cae desplomado. Se da la vuelta para ver quien le ha disparado usando un silenciador, pero no logra ver a nadie.

Antón yace inmóvil en el frío suelo del despacho, los ojos abiertos dirigidos hacia el oscuro techo y con su mano derecha todavía a la altura de ese corazón que quiere saltársele del pecho ensangrentado. Sigue vivo pero ¿por cuánto tiempo? No puede moverse y apenas respirar. Las cortinas se descorren y la luz invade de repente la estancia. Una cara esbozando una sonrisa cínica le contempla desde lo alto antes de arrodillarse a su lado.

─Pobre infeliz ─dice la esbelta y sensual rubia─. ¿Realmente creías que te saldrías con la tuya? Todavía no ha nacido quien pueda joderme e irse de rositas. Eres más estúpido de lo que creía. ¿Por qué crees que te encargué un caso que hubiera podido resolver yo sola sin tener que compartir parte del botín con un viejo borracho como tú? Hubiera podido entrar tranquilamente con el duplicado de las llaves y abrir la caja fuerte en un abrir y cerrar de ojos y salir por esa puerta sin que nadie sospechara nada. Ahora sí que veo que estás acabado, mira que no sospechar nada pero, claro, ha pasado tanto tiempo…

Y Antón, con su mirada extraviada y borrosa sólo logra vislumbrar cómo otra figura, alta y corpulenta, se acerca, y entre la mujer y ese desconocido lo arrastran envuelto en una especie de manta hasta el montacargas, y tras unos instantes que se le antojan una eternidad, lo echan sobre la dura superficie de una furgoneta y desde esa oscuridad cada vez más profunda y mientras se le escapa la vida por los poros de su maltrecho cuerpo, oye como la mujer dice:

─Por fin ha tenido su merecido ese puerco de Antón. He tenido que esperar algunos años pero ha valido la pena. De poco le ha servido haberme enviado a la cárcel. Su mente de viejo sabueso bien que pudo resolver aquel caso y descubrirme, pero no ha sido capaz de reconocerme y ha pagado cara su decrepitud. Yo habré estado diez cochinos años en la trena, pero ese viejo cabrón va a pasar la eternidad en ese agujero que le hemos preparado.

─Sí ─oye cómo le contesta una voz de hombre─, eso sí que es matar dos pájaros de un tiro. Tú te vengas de ese cabrón y los dos podremos empezar una nueva vida lejos de aquí y forrados.

Lo último que puede ver Antón antes de perder totalmente la consciencia son dos sombras que desde lo alto de una especie de pozo le observan, sus bocas son como fauces, parecen lobos que se relamen de gusto tras cazar a su presa. ¿Dónde ha visto antes esa imagen? ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Será un sueño? Claro, eso es, se trata de una pesadilla, como la que tuvo esa madrugada.

Y cuando la primera palada de tierra le cubre su cara, se da cuenta de que esa horrible pesadilla se había hecho realidad. Y antes de que todo acabe, nota como algo se le clava en el pecho a la altura del corazón. ¿Será la bala que le han disparado? No, debe ser ese sobre de color manila que tenía que cambiar su vida.

  

─¡Pero serás imbécil! ¿No tenías tú el sobre? ─grita, fuera de sí, la rubia.

─A ver, yo creía que lo habías cogido tú. ─le responde su compinche.

─No me jodas. ¿Y ahora dónde encontramos el lugar en el que lo sepultamos, eh?

─Pues tiene que estar por aquí, recuerdo ese claro en medio del bosquecillo y, además, tenemos que ver la tierra removida, por mucho que la aprisioné para que no se notara que había algo enterrado.

─Como no lo encontremos ya, te corto los huevos, idiota.

─Vale, vale, tranquila, que lo vamos a encontrar. Total, solo han pasado unas horas y nadie ni nada ha podido borrar el rastro. ¡Mira, allí se ve un montículo!

─¿Cómo que un montículo? ¿No habías aplanado el terreno?

Ambos se acercan velozmente a ese montón de tierra y comprueban, atónitos, que es una fosa vacía, la misma que habían preparado para Antón.

─¡No está, se ha largado! ¿Pero cómo ha podido? ¿Acaso no te aseguraste de que estaba muerto, subnormal? ─grita, ahora histérica, la mujer.

─Pero si lo parecía, no respiraba, o eso creo.

─¿Eso crees? Ya lo estás buscando por tierra, mar y aire, pero ese cabrón no se larga con el sobre, lo juro por mis muertos.

Y en ese preciso instante, se oyen dos disparos y ambos dan en el blanco. ¿Cabrán dos cuerpos en el mismo hoyo excavado para él? ─piensa Antón. Pronto saldrá de dudas. Y el detective expolicía da gracias a que se haya cumplido lo que muchos argumentan: que el asesino (en este caso los asesinos) siempre vuelven al lugar del crimen.

Antón se guarda el revolver que esos dos capullos no advirtieron que guardaba en la riñonera, se limpia las manos de la tierra que ha tenido que remover para cubrir la fosa con los dos cuerpos, se sacude el polvo de la vieja gabardina ─ahora todavía más sucia y deteriorada─ y, asegurándose que el sobre sigue en su sitio, se larga rápidamente del lugar. Primero acudirá a su amigo cirujano para que le extraiga la maldita bala que, por fortuna, no parece haber hecho un daño irreparable y luego, esa misma tarde, pondrá en marcha su plan original. Ahora el sueño de Antón será otro muy distinto. Pero a medida que avanza hacia la carretera que vislumbra desde el bosque, se siente cada vez más débil, le cuesta respirar, anda con dificultad, teme no llegar a la carretera. Y cuando, por fin, la alcanza y alza la mano para que el coche que se acerca se detenga, siente un vahído y cae justo antes de ser atropellado.

 

Ahora está en el hospital y en la puerta de su habitación hay un policía de guardia.

─Aguanta, tío, que ahora vendrán los de criminalística para que des parte de lo ocurrido.

─¿Y mi gabardina? ¿Dónde está mi gabardina? ─le pregunta al policía casi a voz en grito.

─Cálmate, tío, no te agobies, que estás hecho un asco, según nos han dicho los médicos.

─Pero ¿dónde está mi ropa? ─insiste Antón, cada vez más nervioso.

─Está aquí, hombre, en el armario. ¿Para que la quieres, si se puede saber?

─Hazme el favor de mirar si en el bolsillo interior de mi gabardina hay un sobre color manila ─cosa que el agente se aviene a hacer.

─Aquí no hay ningún sobre, ni en el bolsillo interior ni en los exteriores. ¿Era importante?

Y al oír esto, Antón vuelve a perder la consciencia. ¿Qué habrá sido del sobre, y qué será de él ahora?


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