domingo, 21 de junio de 2026

El sueño de Antón II

Animado por alguno/as lectore/as, a quienes gustó el relato publicado el 2 de junio, titulado "El sueño de Antón", y me sugirieron darle una continuación, he decidido darles ese gusto y hoy publico un nuevo capítulo. Quienes deseen recordar de qué iba la historia, podéis pinchar AQUÍ y, de este modo, podréis refrescar vuestra memoria. Esta continuación tiene unas 200 palabras más que la anterior, que ya era bastante larga. Aun así, espero que no se os haga pesada.


Juan nunca había tenido suerte en la vida. Lo mejor que le había sucedido era su incorporación como celador en un hospital público de su ciudad. Lleva ocupando ese puesto desde hace ya diez años y sigue cobrando una miseria.

Pero aquel día, de forma inesperada, la suerte pareció favorecerle. Acababan de ingresar a un hombre, herido de bala, y lo iban a operar para extraerle el proyectil. Seguramente había sido el resultado de un ajuste de cuentas, pero alguien le dijo que, en realidad era un detective privado.

Tras llevarlo hasta el quirófano, volvió sobre sus pasos y entró en la habitación que le habían asignado al recién ingresado. Todavía no sabe explicarlo, pero se vio tentado a hurgar en sus pertenencias, que habían dejado en el armario, junto a la cama. De ese modo, en uno de los bolsillos de una gabardina hecha polvo y algo ensangrentada (¿sería el resultado de una reyerta?) halló un sobre de color manila. Preso de una malsana curiosidad, lo abrió para hallar en su interior un pliego de documentos cuyo significado no supo comprender. Como la intervención se tomaría un tiempo y luego el paciente tardaría otro más en despertar de la anestesia, Juan se llevó ese fajo de papeles para estudiarlos más detenidamente y, sospechando que podían contener información muy valiosa (¿acaso lo habían querido asesinar por ellos?), lo consultaría con sus amigos, los que conoció en la mili, hace ya la friolera de más de quince años, con los que todavía se relaciona con cierta frecuencia y que tomaron el camino de la delincuencia, para que lo ayudaran a desentrañar su contenido y su valor. Pero cuando iba a fotocopiarlos, para devolver luego el original donde lo había encontrado, apareció un inspector de policía preguntando por un tal Antón Fernández, investigador privado, con la intención de interrogarlo, si es que estaba en condiciones de responder a sus preguntas. Entretanto, dos agentes se apostaron ante la puerta de su habitación, hasta que el inspector pudiera hablar con él, visto lo cual, Juan se vio obligado a quedarse con ese botín.

Las pesquisas de los amigos de Juan dieron enseguida sus frutos. Aquellos papeles parecían la prueba de una serie de actividades fraudulentas de un tal Hermenegildo Lafuente, un reputado empresario que, según lograron saber de una fuente que no quisieron revelar, estaba siendo investigado por la UDEF, la policía destinada a investigar tramas de corrupción, blanqueo de capitales, fraude fiscal y delitos financieros.

─Juan, tío, esto vale un potosí. Si toda la información que contienen estos papeles es cierta, nos podemos hacer ricos. Ese hombre tiene tanta pasta que podemos sacar una buena tajada chantajeándolo, pues si estas pruebas cayeran en manos de la poli, a ese pringao le caerían un montón de años en chirona.

─Vale, tíos, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

─Tú déjanoslo a nosotros. Ya nos apañaremos. De momento ya sabemos dónde encontrarlo. Cuando vea lo que tenemos, pues ya debe haber descubierto que alguien le ha robado esa documentación, todo será coser y cantar. Nos pagará lo que le exijamos a cambio de entregarle estos papelitos.

─¿Y de cuánto dinero estamos hablando? ─inquirió Juan, ya más relajado, al saber que él no tendría que contactar con el supuesto delincuente millonario.

─Pues por pedir que no quede; para empezar ─siempre estamos a tiempo de negociar─, podríamos pedirle unos tres millones, uno para cada uno de nosotros. ¿Qué te parece?

─Pues la hostia, tíos.

 

Entretanto, Antón, ya recuperado de la anestesia, cuenta al inspector que lleva el caso su versión de los hechos: que una mujer lo había contratado para averiguar en qué oscuros negocios estaba metido su examante. Despechada por haberla abandonado, quería vengarse de él yendo a la policía con las pruebas que podían involucrarlo, ya que tenía serios indicios de que andaba metido en líos ilegales, pues había visto unos documentos comprometedores. Lo que no dijo Antón es cómo se hizo con esos documentos y al ser preguntado por este detalle, le contó que se los había dado su clienta, tras haberlos sustraído de la caja fuerte donde sabía que los guardaba. Él solo tenía que intentar descifrarlos.

─¿Pero no sabe usted que chantajear a una persona es un delito grave? ─observó el inspector.

─Lo sé, inspector, pero mi cometido solo era, como le he dicho, interpretar el valor de aquellos documentos, ahí terminaba mi intervención. Lo que hiciera esa mujer con ellos ya no me concierne ─se justificó Antón.

─Pero ¿acaso me toma por tonto? Usted ha sido policía y sabe que trabajar con documentos robados es un delito. Pero dejemos esto de momento. ¿Dónde han ido a parar esos papeles?

─Pues ahí está lo curioso ─afirmó Antón─. Los tenía en un bolsillo de mi gabardina y han desaparecido. Cuando me desperté, lo primero que pedí al policía que estaba custodiando la habitación es que mirara en mi gabardina colgada del ropero. Y no había rastro del sobre donde guardaba esa documentación. Así que alguien de este hospital me lo ha robado, alguien que sabe de su valor.

Ya de vuelta en comisaría, el inspector informa al comisario del resultado del interrogatorio. La policía, conocedora de los antecedentes de Hermenegildo Lafuente, a quien la fiscalía llevaba tiempo investigando, tiene ahora por objetivo hallar esos documentos desaparecidos, empezando por averiguar quién los ha sustraído en el hospital. Así que lo primero que van a hacer es visionar las cámaras de vigilancia para comprobar quien entró y salió de la habitación de Antón después de que este la abandonara camino del quirófano.

Las cámaras no engañan, las imágenes son muy claras: la única persona que entró y salió de la habitación asignada a Antón fue el celador que fue a recogerlo y llevarlo al quirófano, un tal Juan García López, de treinta y cinco años y trabajador de ese centro hospitalario desde hace diez años, sin que se haya descubierto un historial delictivo, excepto en su adolescencia, cuando fue detenido y dejado en libertad sin cargos por un supuesto caso de extorsión a un empresario propietario de un taller mecánico, quien retiró los cargos aduciendo que no podía asegurar que los detenidos fueran quienes lo habían agredido porque llevaban pasamontañas. En la tercera imagen captada por la cámara, cuando el celador sale por segunda vez de la habitación del paciente, tras haber vuelto después de dejarlo en la sala de operaciones, se ve claramente que este lleva bajo la bata blanca un sobre que no puede ocultar en su totalidad por sus grandes dimensiones.

Cuando el inspector le comenta a Antón la identidad del ladrón y que este ha desaparecido sin dejar rastro, aquel decide recuperar el sobre, cazando a ese celador por su cuenta, antes de que este pueda hacer algo con esa valiosa posesión.

 

Hermenegildo Lafuente, por su parte, tiene el convencimiento de que la desaparición de los documentos que tenía a buen recaudo es obra de su examante, esa furcia que solo quería su dinero y que le hizo creer que le amaba y que se divorciaría de su marido para casarse con él, cuando en realidad descubrió que no existía marido alguno y que salía con un individuo de baja estofa con el que, con toda seguridad, habían perpetrado el robo a su caja fuerte. No sabía cómo esa mujer se había hecho con el código, pero de alguna forma lo había conseguido. Lo más alarmante es que cuando, una vez despierto, salió de su dormitorio, olió a pólvora y de su despacho había desaparecido la alfombra que cubría el parqué. Evidentemente, no presentó una denuncia a la policía, no iba a levantar la liebre, pues sospechaba que esta le seguía los pasos desde hacía algún tiempo. Así pues, decidió contratar a un detective privado para que diera con esa furcia y, sobre todo, con los papeles que le incriminaban y lo podían llevar a la cárcel. Pero ¿qué detective podía contratar? Le encargaría esto a su fiel secretaria, pues ella había tenido en el pasado algún contratiempo económico y amoroso y había tenido que contratar a uno.

─Hermenegildo ─la fiel secretaria y su jefe se tuteaban desde que ella había sucumbido a su belleza millonaria─, yo contraté hace algún tiempo a un detective que me solventó aquel problema tan turbio que tú sabes. Si quieres lo llamo, se llama Antón no-sé-qué, ahora no me acuerdo, ya lo buscaré, pero te aseguro que es bueno y, sobre todo, muy discreto.

 

Al cuarto timbrazo, Antón, todavía convaleciente, descuelga el teléfono de su mesa de la oficina y, tras escuchar a su interlocutora largo rato y asentir en varias ocasiones, cuelga el aparato y en su cara aparece una sonrisa entre la sorpresa y la dicha malévola. Le acaban de contratar para descubrir el paradero de la supuesta ladrona y del sobre comprometedor. Lo primero ya lo sabe de sobras, lo segundo coincide con sus propios intereses, pero en este caso cobrará por ello. Y cuando tenga el sobre en sus manos, seguirá con el plan inicialmente diseñado. Ese cretino no sabe con quién se las verá. Obtendrá una sustanciosa cantidad para hacerse con algo que en su día ya tuvo en sus manos y, una vez conseguido, le amenazará con ir a la policía con esa documentación tan comprometedora para él a cambio de su silencio y se largará con el dinero del chantaje a vivir la vida padre en las islas Seychelles o donde sea que no haya un tratado de extradición con el Reino de España.

Lo primero que hace Antón es investigar la vida de Juan, el celador, y de sus compinches, esos antiguos amiguetes a los que conoció cuando ejercía de policía. Cuando dé con ellos, dará también con Juan del modo que sea. Y, en efecto, la fortuna le sonríe, pues, en un tiempo récord ─por eso es un buen sabueso─ los encuentra justo cuando estos acaban de enviar a Hermenegildo una nota anónima exigiéndole el pago de tres millones de euros en metálico a cambio del sobre.

Cuando la secretaria de Hermenegildo le hace entrega a Antón de la nota ─el típico texto formado por retales de letras obtenidas de un periódico o revista─, este propone actuar como mediador y hacer el intercambio de “papeles”, a lo cual Hermenegildo accede gustosamente. Pero antes del encuentro, Antón sustituye los billetes auténticos por unos falsos ─qué sabrán es idiotas─ y como preveía, esos delincuentes de pacotilla no se dan cuenta del cambiazo y se largan tan contentos dando saltos de alegría.

Una vez en su oficina, Antón comprueba que el sobre contiene, efectivamente, unos documentos muy comprometedores para quien lo ha contratado y decide dar el siguiente paso: Con un distorsionador de voz, llama a Hermenegildo, simulando ser uno de los delincuentes y haciéndole creer que se han cargado a su emisario porque el dinero era falso y le exige una nueva entrega de tres millones de euros, esta vez auténticos, o entregarán el sobre a la policía. Ante el estupor de Hermenegildo ─los billetes eran auténticos, él mismo los sacó del banco y los metió en la maleta─ este acepta el encuentro propuesto por quien le habla y acuerdan encontrarse en un bosquecillo ─el mismo donde Antón enterró a la rubia y a su compinche, por lo apartado del lugar y porque desea demostrar a Hermenegildo que no se anda con chiquitas─ a las diez en punto de la noche.

A esa hora en punto, Hermenegildo aparece con su Porche y camina, portando una maleta, hacia el individuo que le espera, a quien no logra distinguir porque ya ha oscurecido y no se ve bien la cara. Hasta que están frente a frente.

─Pero, pero… ¿qué quieres? ─tartamudea Hermenegildo─. ¿Tú no eres el investigador privado al que contraté?, ¿qué significa todo esto?

─Significa que, si quieres el sobre, tienes que darme a mí los tres millones que te he pedido.

─¿Y Andrea, mi examante? Te pedí que la encontraras primero a ella. ¿Acaso estás conchabado con esa loca?

─¿Quieres saber dónde está? Pues ahí la tienes, bajo ese pequeño túmulo. Ahí descansa su cuerpo y el de su compinche ─le dice Antón señalando el lugar donde los enterró con un gesto de la barbilla.

─No entiendo nada. ¿De qué coño va todo esto? ─pregunta un Hermenegildo desencajado─. Y Antón le hace un breve resumen de toda la historia, desde el día en que una rubia despampanante entró en su oficina para encargarle un caso “especial”.

 

Han pasado dos meses desde ese encuentro y Antón ha visto por fin cumplido su sueño, tumbado bajo una sombrilla y saboreando un cóctel tropical en una playa paradisíaca de Las Bahamas. Está leyendo un número atrasado de un periódico español en el que se informa de la detención de un empresario por estafa y una gran variedad de delitos económicos, por los que la Fiscalía pide 20 años de cárcel y, al mismo tiempo, del descubrimiento de dos cadáveres enterrados en un bosque que, según la versión de dicho empresario, es obra de un detective privado que le engañó y…

En este punto, Antón abandona la lectura de lo que conoce de primera mano y se dispone a echar una siestecita, acariciado por una brisa marina que le otorga una paz que solo se ve interrumpida por un zarandeo de alguien que, a sus espaldas, le apunta con un revolver, y le dice:

─Por fin he dado contigo, cabrón. De esta no te vas a salvar. No te puedo entregar porque aquí no existe un tratado de extradición, pero pagarás por lo que has hecho. Y sin más, Antón recuerda fielmente aquel momento, en el despacho de Hermenegildo, cuando, con un sobre de color manila metido en un bolsillo interior de su gabardina, oyó una detonación amortiguada por el uso de un silenciador, sintió un intenso dolor en su espalda y cayó desplomado. Y así vuelve a suceder, pero en esta ocasión no queda tendido sobre una alfombra sino sobre la fina arena que rodea a su tumbona. Lo último que oye antes de perder la consciencia es una voz de hombre ─se parece mucho a la de aquel inspector de policía─ que le dice a otro: “Misión cumplida, ya podemos informar a Hermenegildo, se pondrá contento”.


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