Animado por alguno/as lectore/as, a quienes gustó el relato publicado el 2 de junio, titulado "El sueño de Antón", y me sugirieron darle una continuación, he decidido darles ese gusto y hoy publico un nuevo capítulo. Quienes deseen recordar de qué iba la historia, podéis pinchar AQUÍ y, de este modo, podréis refrescar vuestra memoria. Esta continuación tiene unas 200 palabras más que la anterior, que ya era bastante larga. Aun así, espero que no se os haga pesada.
Juan nunca había tenido suerte en la
vida. Lo mejor que le había sucedido era su incorporación como celador en un
hospital público de su ciudad. Lleva ocupando ese puesto desde hace ya diez
años y sigue cobrando una miseria.
Pero aquel
día, de forma inesperada, la suerte pareció favorecerle. Acababan de ingresar a
un hombre, herido de bala, y lo iban a operar para extraerle el proyectil.
Seguramente había sido el resultado de un ajuste de cuentas, pero alguien le
dijo que, en realidad era un detective privado.
Tras
llevarlo hasta el quirófano, volvió sobre sus pasos y entró en la habitación
que le habían asignado al recién ingresado. Todavía no sabe explicarlo, pero se
vio tentado a hurgar en sus pertenencias, que habían dejado en el armario,
junto a la cama. De ese modo, en uno de los bolsillos de una gabardina hecha
polvo y algo ensangrentada (¿sería el resultado de una reyerta?) halló un sobre
de color manila. Preso de una malsana curiosidad, lo abrió para hallar en su
interior un pliego de documentos cuyo significado no supo comprender. Como la
intervención se tomaría un tiempo y luego el paciente tardaría otro más en
despertar de la anestesia, Juan se llevó ese fajo de papeles para estudiarlos
más detenidamente y, sospechando que podían contener información muy valiosa
(¿acaso lo habían querido asesinar por ellos?), lo consultaría con sus amigos,
los que conoció en la mili, hace ya la friolera de más de quince años, con los
que todavía se relaciona con cierta frecuencia y que tomaron el camino de la
delincuencia, para que lo ayudaran a desentrañar su contenido y su valor. Pero
cuando iba a fotocopiarlos, para devolver luego el original donde lo había
encontrado, apareció un inspector de policía preguntando por un tal Antón
Fernández, investigador privado, con la intención de interrogarlo, si es que
estaba en condiciones de responder a sus preguntas. Entretanto, dos agentes se
apostaron ante la puerta de su habitación, hasta que el inspector pudiera
hablar con él, visto lo cual, Juan se vio obligado a quedarse con ese botín.
Las
pesquisas de los amigos de Juan dieron enseguida sus frutos. Aquellos papeles parecían
la prueba de una serie de actividades fraudulentas de un tal Hermenegildo
Lafuente, un reputado empresario que, según lograron saber de una fuente que no
quisieron revelar, estaba siendo investigado por la UDEF, la policía destinada
a investigar tramas de corrupción, blanqueo de capitales, fraude fiscal y
delitos financieros.
─Juan, tío,
esto vale un potosí. Si toda la información que contienen estos papeles es
cierta, nos podemos hacer ricos. Ese hombre tiene tanta pasta que podemos sacar
una buena tajada chantajeándolo, pues si estas pruebas cayeran en manos de la
poli, a ese pringao le caerían un montón de años en chirona.
─Vale,
tíos, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?
─Tú
déjanoslo a nosotros. Ya nos apañaremos. De momento ya sabemos dónde encontrarlo.
Cuando vea lo que tenemos, pues ya debe haber descubierto que alguien le ha
robado esa documentación, todo será coser y cantar. Nos pagará lo que le
exijamos a cambio de entregarle estos papelitos.
─¿Y de
cuánto dinero estamos hablando? ─inquirió Juan, ya más relajado, al saber que
él no tendría que contactar con el supuesto delincuente millonario.
─Pues por
pedir que no quede; para empezar ─siempre estamos a tiempo de negociar─,
podríamos pedirle unos tres millones, uno para cada uno de nosotros. ¿Qué te
parece?
─Pues la
hostia, tíos.
Entretanto, Antón, ya recuperado de la
anestesia, cuenta al inspector que lleva el caso su versión de los hechos: que
una mujer lo había contratado para averiguar en qué oscuros negocios estaba
metido su examante. Despechada por haberla abandonado, quería vengarse de él
yendo a la policía con las pruebas que podían involucrarlo, ya que tenía serios
indicios de que andaba metido en líos ilegales, pues había visto unos
documentos comprometedores. Lo que no dijo Antón es cómo se hizo con esos
documentos y al ser preguntado por este detalle, le contó que se los había dado
su clienta, tras haberlos sustraído de la caja fuerte donde sabía que los
guardaba. Él solo tenía que intentar descifrarlos.
─¿Pero no
sabe usted que chantajear a una persona es un delito grave? ─observó el
inspector.
─Lo sé,
inspector, pero mi cometido solo era, como le he dicho, interpretar el valor de
aquellos documentos, ahí terminaba mi intervención. Lo que hiciera esa mujer
con ellos ya no me concierne ─se justificó Antón.
─Pero
¿acaso me toma por tonto? Usted ha sido policía y sabe que trabajar con
documentos robados es un delito. Pero dejemos esto de momento. ¿Dónde han ido a
parar esos papeles?
─Pues ahí
está lo curioso ─afirmó Antón─. Los tenía en un bolsillo de mi gabardina y han
desaparecido. Cuando me desperté, lo primero que pedí al policía que estaba custodiando
la habitación es que mirara en mi gabardina colgada del ropero. Y no había
rastro del sobre donde guardaba esa documentación. Así que alguien de este
hospital me lo ha robado, alguien que sabe de su valor.
Ya de
vuelta en comisaría, el inspector informa al comisario del resultado del
interrogatorio. La policía, conocedora de los antecedentes de Hermenegildo
Lafuente, a quien la fiscalía llevaba tiempo investigando, tiene ahora por
objetivo hallar esos documentos desaparecidos, empezando por averiguar quién
los ha sustraído en el hospital. Así que lo primero que van a hacer es visionar
las cámaras de vigilancia para comprobar quien entró y salió de la habitación
de Antón después de que este la abandonara camino del quirófano.
Las cámaras
no engañan, las imágenes son muy claras: la única persona que entró y salió de
la habitación asignada a Antón fue el celador que fue a recogerlo y llevarlo al
quirófano, un tal Juan García López, de treinta y cinco años y trabajador de
ese centro hospitalario desde hace diez años, sin que se haya descubierto un
historial delictivo, excepto en su adolescencia, cuando fue detenido y dejado
en libertad sin cargos por un supuesto caso de extorsión a un empresario
propietario de un taller mecánico, quien retiró los cargos aduciendo que no
podía asegurar que los detenidos fueran quienes lo habían agredido porque llevaban
pasamontañas. En la tercera imagen captada por la cámara, cuando el celador sale por
segunda vez de la habitación del paciente, tras haber vuelto después de dejarlo
en la sala de operaciones, se ve claramente que este lleva bajo la bata blanca
un sobre que no puede ocultar en su totalidad por sus grandes dimensiones.
Cuando el
inspector le comenta a Antón la identidad del ladrón y que este ha desaparecido
sin dejar rastro, aquel decide recuperar el sobre, cazando a ese celador por su
cuenta, antes de que este pueda hacer algo con esa valiosa posesión.
Hermenegildo Lafuente, por su parte,
tiene el convencimiento de que la desaparición de los documentos que tenía a
buen recaudo es obra de su examante, esa furcia que solo quería su dinero y que
le hizo creer que le amaba y que se divorciaría de su marido para casarse con
él, cuando en realidad descubrió que no existía marido alguno y que salía con
un individuo de baja estofa con el que, con toda seguridad, habían perpetrado
el robo a su caja fuerte. No sabía cómo esa mujer se había hecho con el código,
pero de alguna forma lo había conseguido. Lo más alarmante es que cuando, una
vez despierto, salió de su dormitorio, olió a pólvora y de su despacho había
desaparecido la alfombra que cubría el parqué. Evidentemente, no presentó una
denuncia a la policía, no iba a levantar la liebre, pues sospechaba que esta le
seguía los pasos desde hacía algún tiempo. Así pues, decidió contratar a un
detective privado para que diera con esa furcia y, sobre todo, con los papeles
que le incriminaban y lo podían llevar a la cárcel. Pero ¿qué detective podía
contratar? Le encargaría esto a su fiel secretaria, pues ella había tenido en
el pasado algún contratiempo económico y amoroso y había tenido que contratar a
uno.
─Hermenegildo
─la fiel secretaria y su jefe se tuteaban desde que ella había sucumbido a su
belleza millonaria─, yo contraté hace algún tiempo a un detective que me
solventó aquel problema tan turbio que tú sabes. Si quieres lo llamo, se llama
Antón no-sé-qué, ahora no me acuerdo, ya lo buscaré, pero te aseguro que es
bueno y, sobre todo, muy discreto.
Al cuarto timbrazo, Antón, todavía
convaleciente, descuelga el teléfono de su mesa de la oficina y, tras escuchar
a su interlocutora largo rato y asentir en varias ocasiones, cuelga el aparato
y en su cara aparece una sonrisa entre la sorpresa y la dicha malévola. Le
acaban de contratar para descubrir el paradero de la supuesta ladrona y del
sobre comprometedor. Lo primero ya lo sabe de sobras, lo segundo coincide con
sus propios intereses, pero en este caso cobrará por ello. Y cuando tenga el
sobre en sus manos, seguirá con el plan inicialmente diseñado. Ese cretino no
sabe con quién se las verá. Obtendrá una sustanciosa cantidad para hacerse con
algo que en su día ya tuvo en sus manos y, una vez conseguido, le amenazará con
ir a la policía con esa documentación tan comprometedora para él a cambio
de su silencio y se largará con el dinero del chantaje a vivir la vida padre en
las islas Seychelles o donde sea que no haya un tratado de extradición con el
Reino de España.
Lo primero
que hace Antón es investigar la vida de Juan, el celador, y de sus compinches,
esos antiguos amiguetes a los que conoció cuando ejercía de policía. Cuando dé
con ellos, dará también con Juan del modo que sea. Y, en efecto, la fortuna le
sonríe, pues, en un tiempo récord ─por eso es un buen sabueso─ los encuentra
justo cuando estos acaban de enviar a Hermenegildo una nota anónima exigiéndole
el pago de tres millones de euros en metálico a cambio del sobre.
Cuando la
secretaria de Hermenegildo le hace entrega a Antón de la nota ─el típico texto
formado por retales de letras obtenidas de un periódico o revista─, este
propone actuar como mediador y hacer el intercambio de “papeles”, a lo cual
Hermenegildo accede gustosamente. Pero antes del encuentro, Antón sustituye los
billetes auténticos por unos falsos ─qué sabrán es idiotas─ y como preveía, esos
delincuentes de pacotilla no se dan cuenta del cambiazo y se largan tan
contentos dando saltos de alegría.
Una vez en
su oficina, Antón comprueba que el sobre contiene, efectivamente, unos
documentos muy comprometedores para quien lo ha contratado y decide dar el
siguiente paso: Con un distorsionador de voz, llama a Hermenegildo, simulando
ser uno de los delincuentes y haciéndole creer que se han cargado a su emisario
porque el dinero era falso y le exige una nueva entrega de tres millones de
euros, esta vez auténticos, o entregarán el sobre a la policía. Ante el estupor
de Hermenegildo ─los billetes eran auténticos, él mismo los sacó del banco y
los metió en la maleta─ este acepta el encuentro propuesto por quien le habla y
acuerdan encontrarse en un bosquecillo ─el mismo donde Antón enterró a la rubia
y a su compinche, por lo apartado del lugar y porque desea demostrar a
Hermenegildo que no se anda con chiquitas─ a las diez en punto de la noche.
A esa hora
en punto, Hermenegildo aparece con su Porche y camina, portando una maleta,
hacia el individuo que le espera, a quien no logra distinguir porque ya ha
oscurecido y no se ve bien la cara. Hasta que están frente a frente.
─Pero,
pero… ¿qué quieres? ─tartamudea Hermenegildo─. ¿Tú no eres el investigador
privado al que contraté?, ¿qué significa todo esto?
─Significa
que, si quieres el sobre, tienes que darme a mí los tres millones que te he
pedido.
─¿Y Andrea,
mi examante? Te pedí que la encontraras primero a ella. ¿Acaso estás conchabado
con esa loca?
─¿Quieres
saber dónde está? Pues ahí la tienes, bajo ese pequeño túmulo. Ahí descansa su
cuerpo y el de su compinche ─le dice Antón señalando el lugar donde los enterró
con un gesto de la barbilla.
─No
entiendo nada. ¿De qué coño va todo esto? ─pregunta un Hermenegildo desencajado─.
Y Antón le hace un breve resumen de toda la historia, desde el día en que una
rubia despampanante entró en su oficina para encargarle un caso “especial”.
Han pasado dos meses desde ese
encuentro y Antón ha visto por fin cumplido su sueño, tumbado bajo una
sombrilla y saboreando un cóctel tropical en una playa paradisíaca de Las
Bahamas. Está leyendo un número atrasado de un periódico español en el que se
informa de la detención de un empresario por estafa y una gran variedad de
delitos económicos, por los que la Fiscalía pide 20 años de cárcel y, al mismo
tiempo, del descubrimiento de dos cadáveres enterrados en un bosque que, según
la versión de dicho empresario, es obra de un detective privado que le engañó
y…
En este
punto, Antón abandona la lectura de lo que conoce de primera mano y se dispone
a echar una siestecita, acariciado por una brisa marina que le otorga una paz
que solo se ve interrumpida por un zarandeo de alguien que, a sus espaldas, le
apunta con un revolver, y le dice:
─Por fin he dado contigo, cabrón. De esta no te vas a salvar. No te puedo entregar porque aquí no existe un tratado de extradición, pero pagarás por lo que has hecho. Y sin más, Antón recuerda fielmente aquel momento, en el despacho de Hermenegildo, cuando, con un sobre de color manila metido en un bolsillo interior de su gabardina, oyó una detonación amortiguada por el uso de un silenciador, sintió un intenso dolor en su espalda y cayó desplomado. Y así vuelve a suceder, pero en esta ocasión no queda tendido sobre una alfombra sino sobre la fina arena que rodea a su tumbona. Lo último que oye antes de perder la consciencia es una voz de hombre ─se parece mucho a la de aquel inspector de policía─ que le dice a otro: “Misión cumplida, ya podemos informar a Hermenegildo, se pondrá contento”.

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