sábado, 25 de febrero de 2023

El indiano (versión 2.0)

 El pasado 14 de febrero, la televisión pública catalana (TV3) emitió, en su programa semanal Sense ficció, el documental titulado Negrers, la Catalunya esclavista, en el que se exponía, de forma pormenorizada, el pasado esclavista de algunos personajes catalanes que emigraron a Cuba en busca de oportunidades y volvieron enormemente enriquecidos, gracias a la mano de obra gratuita aportada por sus esclavos negros. Esos nuevos millonarios se convirtieron en grandes prohombres, mecenas y benefactores sociales muy respetados y que fueron los artífices del gran desarrollo industrial, comercial y arquitectónico de Cataluña, apoyando y financiando la construcción de edificios modernistas que hoy embellecen Barcelona capital y muchas poblaciones catalanas. Aunque el esclavismo no fue únicamente utilizado por empresarios catalanes, sino que esta práctica execrable también tuvo sus protagonistas en otras regiones españolas, ese repaso histórico me sobrecogió al descubrir el pasado esclavista de muchos personajes catalanes a los que hasta ahora respetaba enormemente por sus logros y actividades en pro del desarrollo cultural y artístico.

El caso es que este documental me recordó que algunos años antes, concretamente el 12 de noviembre de 2019, escribí un relato de ficción sobre un descendiente de un indiano y que he querido recuperar —y de paso retocar— para volverlo a publicar en este blog. Pido disculpas de esta reiteración a lo/as lectore/as que ya lo leyeron en su momento, pero no he podido evitar sacarlo de nuevo a la luz porque está basado en hechos históricos que no deben olvidarse.


Me llamo Felip Pujol y nací en Barcelona un 12 de octubre de 1950, el llamado día de la Hispanidad. En casa siempre lo celebrábamos porque, me decían, mi bisabuelo, Ramón Pujol, había hecho las américas. Le llamaban “el indiano”, como a todos los que volvían a su tierra después de haber amasado una fortuna en las colonias españolas. De él heredamos esta mansión, que mi abuelo primero y mi padre después conservaron como el primer día. Yo la heredé al fallecer mi progenitor, hace ya siete años. Sin embargo, no he podido disfrutarla, como propietario, hasta que no me he jubilado. No podía dejar mis negocios en manos de mis dos hijas hasta que no hubieran demostrado verdaderas dotes de liderazgo, cosa que no se aprende de un día para otro.

Elisa, mi mujer, falleció poco después que mi padre, por lo que el trabajo ha sido hasta hace poco mi única ocupación y consuelo. Ahora, ya liberado de penas y obligaciones, puedo dedicar mi tiempo libre a hacer lo que me plazca, y lo primero que me vino a la mente fue hurgar en el árbol genealógico familiar.

La historia de mis padres y abuelos era bien sabida y datos no me faltaron para reconstruirla en poco tiempo, no así la rama anterior a la de mi abuelo paterno. De la vida de mi bisabuelo, su padre, no había constancia más que lo que todos sabíamos. Hombre emprendedor, viajero, aventurero y mujeriego ─se decía que había tenido algún hijo bastardo fruto de un amor prohibido con una negra en Cuba. Eso ya lo indagaría más tarde—, pero solo me interesaba conocer la vida como comerciante en aquella isla caribeña y cómo amasó su fortuna. ¿Una plantación, quizá? ¿Cacao, azúcar de caña, café, tabaco? ¿Con qué comerciaba Ramón Pujol que le reportó tantos beneficios?

Lo único claro y constatable era que fue un hombre de gran reputación entre la burguesía catalana y que llegó a ocupar varios cargos municipales de relevancia. Incluso se le concedió una medalla por su filantropía.

Después de varias semanas de constante estudio de los papeles familiares y de los archivos del ayuntamiento, seguía sin obtener resultados.

Visto lo visto, como tiempo me sobra y dinero también, sea dicho de paso, y además soy una persona que no se arruga frente a los obstáculos y que cuando empieza una cosa no la deja a medias, decidí trasladarme a la isla de Cuba. Me dije que si al cabo de dos semanas no obtenía ningún resultado, entonces sí tiraría la toalla, pues seré terco, pero no insensato. Siempre he calibrado la eficiencia en todo lo que he hecho. Si algo no da el fruto esperado tras invertir el tiempo y dinero necesarios, hay que abandonarlo.

Una vez en Cuba, toda mi actividad se desarrolló en las dependencias del Archivo Nacional, en la Habana Vieja. Con la debida autorización expedida a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, pude hacerme con abundante material de la época en que mi bisabuelo estuvo comerciando en Santiago de Cuba, entre 1880 y 1900.

Cuando casi estaba a punto de expirar el plazo que me había marcado, encontré lo que buscaba, pero nunca me imaginé lo que encontraría. Bajo el nombre de Ramón Pujol y Muntaner, figuraba una larga exposición de hechos y fechas, con la descripción de sus actividades como propietario de extensas tierras del cultivo del algodón y de cacao. Pero lo que me alarmó sobremanera fue descubrir que también fue poseedor de un gran número de esclavos negros. ¡Mi bisabuelo fue un esclavista! No me lo podía creer. ¡Mi bisabuelo traficó con esclavos durante casi veinte años! Él era uno más de la extensa lista de esclavistas catalanes. Había oído hablar de ello, pero nunca me imaginé que aconteciera en el seno de mi familia, la honorable familia Pujol. También había leído sobre famosos esclavistas españoles que luego acabaron formando parte de la élite aristocrática, como Antonio López, el Marqués de Comillas. Pero uno nunca piensa que algo tan deleznable pueda haber anidado en su propia familia y, aun menos, que haya sido el origen de todos sus bienes, pasados y presentes.

Una vez de nuevo en casa, me asaltó una terrible duda: ¿debía informar de mi hallazgo a mis hijas o sería mejor enterrar el secreto conmigo?

Contrariado como estaba, llegué a pensar en vender todas nuestras propiedades y donar el dinero resultante a los más necesitados. Pero ¿de qué vivirían mis hijas? ¿Y mis nietos? ¿Qué culpa tenían de lo que había hecho uno de sus antepasados? Y yo ¿qué culpa tenía? Otra de las preguntas que me hice fue si mi padre supo de las andanzas de su abuelo allende los mares. Mi abuelo sí debió saberlo. O no. Nació un año después de volver su padre de Cuba. Muy probablemente nunca se habló del tema en su presencia. Pero ¿nunca se lo preguntó mientras vivía? ¿Nunca le picó la curiosidad por saber qué había hecho su padre para hacerse tan rico?

En fin, quizá le dijeron lo que yo creí, que comerció con frutas y especias y ahí quedó la cosa. Y si llegó a descubrirlo, quizá prefirió correr un tupido velo y olvidarse del tema. 

***

 Acabo de encargar en el Centro de Estudios Genealógicos un documento sobre el árbol genealógico familiar. Me va a costar mucho dinero, pero vale la pena el dispendio a cambio de limpiar la imagen de mi ancestro. Ha costado mucho convencer a su director, pero finalmente ha aceptado, aunque a regañadientes. El dinero todo lo puede. Y es que no puedo permitir que un periodista metomentodo investigue mi pasado familiar, ahora que me acabo de meter en política, y arruine mi incipiente pero prometedora carrera. A estos individuos les gusta hurgar en la vida de los que progresan. Una vez disponga del documento convenientemente adaptado a mis intereses, ya me encargaré de hacerlo llegar a las manos adecuadas. No sé en qué estaría pensando cuando me planteé tirarlo todo por la borda. Hay que pensar en la familia y mirar al frente, nunca al pasado.


*Ilustración: Estatua de Antonio López, ubicada en la plaza de Barcelona que lleva el mismo nombre, hasta que fue retirada en 2018 por su pasado esclavista.


viernes, 10 de febrero de 2023

Una vida distinta

 


Odio la cara de asco con la que me miran algunos de los que pasan delante de mí. Tendrían que estar en mi lugar. Así se enterarían de lo que vale un peine. Bueno, en realidad un peine no, en todo caso una vida distinta a la suya, pues la alusión a un peine, cuyo significado mucha gente ignora, se refiere a augurios muy negativos, y no es el caso, pues yo, la verdad, no lo paso nada mal. ¡¿Qué digo?! Me lo paso cojonudamente bien. Yo sí tengo un lugar fijo y seguro donde vivir, no como muchos de esos idiotas que deambulan por ahí sin rumbo fijo, pidiendo en las esquinas y durmiendo en un banco cochambroso. Y quienes sí tienen donde ir, seguro que es un lugar de trabajo asqueroso, con un sueldo de mierda o un piso con aluminosis, con tres o cuatro niños revoltosos y maleducados, y una mujer que les hace la vida imposible. Y si les preguntara si son felices, mentirían como bellacos.

Yo hace años que dejé de ser un esclavo. No dependo de nadie ni nadie depende de mí. Trabajar para otro para que se enriquezca a mi costa no va conmigo. Y desde que tomé la decisión de liberarme, soy feliz. Amo la libertad y no hay mejor forma de disfrutarla que vivir en la calle. Sí, en la calle, lo habéis oído bien. Ah, ¿no os parece bien? Sois como la gran mayoría de pijos ignorantes. ¡Qué sabréis vosotros! ¿Acaso lo habéis probado? No se puede juzgar algo sin conocerlo. La gente tiene muchos prejuicios. No soportan a los que no son como ellos. Bueno, para ser sincero, yo tampoco les soporto a ellos, unos engreídos del tres al cuarto. Y es que la gente habla por hablar, sin tener ni puta idea de a lo que me refiero. ¿Que no os gusta mi lenguaje? No seáis hipócritas, seguro que soltáis las mismas palabrotas o peores en la intimidad, como dijo que hacía ese político del bigotito cuando hablaba en catalán. ¡Qué idiota! Ese, como todos los políticos, se cree que somos tontos. Bueno, la verdad es que la gran mayoría de los ciudadanos lo son. Yo no, me huelo la mentira a kilómetros de distancia y como no quiero ser engañado en ningún aspecto, por eso me he planteado vivir como lo hago: a mi aire y sin compromisos de ningún tipo.

Cuando veo pasar a esos trajeados, con su maletín en la mano, y con prisas, en lugar de despertar en mi conmiseración, lo que siento es desprecio. Trabajar y trabajar. ¿Para qué? ¿Para hacer frente a gastos superfluos, por no decir innecesarios? La hipoteca, el coche, los caprichos de la parienta y de los mocosos malcriados, el colegio privado, algún que otro viajecito, y así un sinfín de cosas inútiles. A mí, la vivienda me sale gratis, no necesito coche para nada, mis viajes son por el barrio y mis pies me transportan de un lugar a otro. Y como, además, no tengo mujer ni hijos, pues estoy totalmente exento de obligaciones económicas familiares. Si quisiera viajar para conocer mundo, que no es el caso, no necesitaría coche, ni barco ni avión, pues podría viajar haciendo autostop, porque supongo que todavía existe esta modalidad. Para qué gastarse un pastón en otros medios de transporte pudiendo hacerlo gratis.

Y ¿cómo me alimento?, os preguntaréis. Pues me valgo de mi astucia y savoir faire. Cuando no voy a un comedor social, que es lo que suelo hacer, sobre todo cuando hace frio, voy a un Supermercado paquistaní del barrio donde me conocen y me quedo con las piezas de fruta y verdura más maduras y en mal estado, las que nadie quiere, gratuitamente. Si lo miráis bien, les hago un favor al apartar de la vista de la clientela tales mercancías defectuosas. Son una mala imagen para la empresa, porque no sé en lo que estarán pensando esos tipos al dejar unos tomates chuchuríos, unas lechugas mustias o unas manzanas con manchas oscuras en vías de putrefacción, a la vista de la clientela. Quizá en su país eso sea normal, pero aquí no, deberían saberlo. Pero qué sabrán ellos, si son unos ignorantes. A veces también me espero a que, por la puerta de atrás y una vez cerrado el establecimiento, depositen en los contenedores los productos caducados desde hace días. Al menos en eso sí se fijan. Supongo que lo hacen porque temen que alguien los denuncie por vender productos caducados que, por cierto, si fueran nocivos para la salud, hace años que estaría muerto.

Solo en una ocasión, en la que todas esas posibilidades fallaron, tuve que salir de caza. Bueno, lo de caza no es más que un eufemismo de matar palomas para comérmelas. No pongáis esa cara. Ya veo que estáis llenos de prejuicios. Quizá no sea una práctica muy saludable, pues se dice que estas ratas voladoras pueden transmitir muchas enfermedades. Pero debo haber tenido suerte, pues nunca he enfermado, o bien ya estoy inmunizado contra todo tipo de bicho viviente, porque ni tan solo pillé la Covid. El caso es que, con tan solo unas cuantas migas de pan, en un pis pas estás rodeado de esas infelices aves. Matarlas y desplumarlas ya fue otro cantar, pero sé de una indigente a quien se le da muy bien ese quehacer, que por algo trabajó muchos años en una pollería. Así que, pensando en ella, cacé dos ejemplares para repartírnoslos, y bastante rollizos, por cierto. Las llamas purificadoras de una pequeña fogata, que la mujer suele encender de noche, hizo el resto. Y como soy un todo terreno en cuestiones gastronómicas, pues casi me resultó una cena suculenta. Y en este caso también hice una labor encomiable para el consistorio municipal, que no sabe cómo atajar la plaga de palomas que hace años asola la Ciudad Condal. Y no digamos el favor que le hice a mi compañera de la calle, que muy pocas veces come caliente. Dice que la artrosis le impide ir andando hasta el comedor social, y eso que solo está a dos manzanas. El caso es que me lo agradeció del único modo que podía y no le quise hacer un feo y acepté. El lecho que usa no es tan cómodo como el mío, pero para uno rapidito ya va bien. Supongo que ya sabéis a lo que me refiero ¿no? No seáis tan remilgados, que cuando el hambre aprieta, y no me refiero precisamente al de comer, cualquier cosa vale. Aun así, no lo volvería a hacer. Creo que me contagió algún que otro piojo, lo que me obligó a raparme al cero. Y menos mal que no me pegó ladillas, que si no...

¿Y de dónde saco la ropa?, también os preguntaréis. Pues no sabéis la cantidad de ropa y calzado que la gente tira en los contenedores y que todavía está en buen estado. Incluso hay ropa de marca. Hay que ver lo que despilfarran algunos. O les sobra el dinero o son unos consumistas empedernidos. Con tanta ropa que he acumulado, puedo cambiarme de vestuario cada día. Y en esto también colaboro con el medio ambiente, pues lo que hago es reciclar, cosa que incluso los que se autodefinen como ecologistas no saben lo que es. ¡Hipócritas!

Ya veis, pues, que vivo la vida a mi aire, sin ataduras, De dinero no voy bien ni mal, tengo el suficiente y gracias a la generosidad de algunos incautos —o debería decir almas piadosas y benefactoras— que dejan unas monedas, y algún que otro billete, en mi caja de cartón, la cual he adornado y enriquecido con un cartelito en el que tengo escrito, con una letra muy pulcra —que uno será indigente, pero no inculto, pues de niño fui a la escuela, aunque de eso haga una eternidad— un mensaje que hasta haría llorar a Putin.

El truco consiste en esconder mis piernas bajo una manta y simular que donde se supone que debería haber dos piernas ahora hay dos muñones, pues sufrí los efectos de una mina antipersona cuando estuve en Afganistán con las tropas españolas. precisamente desactivando explosivos. Y la gente se lo cree. Hay que ver lo ilusos que son algunos. Supongo que da tanta pena ver que una persona que ha sacrificado su vida en nombre de la libertad acabe en la calle sin ningún tipo de subsidio, que más de uno se siente en la obligación moral de aportar un dinerillo para paliar un poco esa injusticia y drama humano.

El único contratiempo que ese engaño es que no puedo quedarme inmóvil todo el día en la misma posición, pues las piernas se me acaban agarrotando y doliendo un montón. Solo faltaría que las acabara perdiendo de verdad, pues a veces tardan mucho en recobrar la sensibilidad. Tengo que esperar a que oscurezca y no haya apenas transeúntes ni miradas indiscretas para erguirme y volver a la bipedestación, aunque sea cojeando un buen rato hasta desentumecer y recuperar la movilidad de mis dos extremidades inferiores. Lo hago con tanta maña que hasta ahora nadie me ha descubierto. Es entonces cuando aprovecho para el avituallamiento de comida y vestimenta. Así que ya veis que lo que gano, lo gano a pulso, con esfuerzo y sacrificio.

El caso es que, como no tengo gastos y recaudo un dinerillo en donaciones —prefiero este término al de limosnas— tengo unos ahorrillos con los que he abierto una cuenta bancaria, pues, aunque no devengue interés alguno —otros ladrones, las entidades bancarias—, por lo menos estarán a salvo de manos ajenas, que por estos barrios ronda mucho mangante, en especial “el cojo” —que este sí que está tullido de verdad—, que intentó extorsionarme para evitar que divulgara mi engaño. Se ve que una noche no fui lo suficientemente precavido y descubrió mi truco, y me vio esconder mis ganancias del día en el saquito que llevo pegado a mi cuerpo para que nadie pueda tirar de él sin mi conocimiento mientras duermo. ¿No pretendía que le diera una parte a cambio de su silencio, el muy cabrón? Y es que ni siquiera en este mundo de indigentes existen los escrúpulos. Le propiné tal paliza, gracias a mi recuperada movilidad, que creo que lo dejé más tullido de lo que estaba. Aun así, tuve que poner tierra de por medio para que no diera conmigo, ni él ni nadie del gremio.

Ahora, desde que me he mudado a este nuevo barrio, alejado de la competencia, estoy mucho más tranquilo. Aquí la gente no es tan pudiente, pero no puedo quejarme. He descubierto otro Supermercado paquistaní —esa gente, al igual que los chinos, están por doquier— Además, hay ingenuos en todas partes. ¡Qué sería de esta sociedad sin la ingenuidad! Nada, no seríamos nada.

Y no creáis que no disfruto de un tiempo de ocio. Todos los fines de semana me tomo vacaciones y, si hace buen tiempo, me voy a la playa de la Barceloneta a tomar el sol o simplemente a relajarme. No sé si algún día enfermaré de algo inevitable, pero de lo que nunca padeceré es de ansiedad, el mal que asola nuestra sociedad de consumo. ¿A que os doy un poco de envidia?

No sé cuántos años viviré, pero sí sé que lo haré sin que nadie abuse de mí y sin hacer daño a nadie, si exceptuamos la somanta de palos que le arreé a aquel presunto chivato lisiado.

La vida es corta y hay que saber vivirla, caramba. Yo elegí vivir una vida distinta a la de la gran mayoría de los infelices mortales, y me va de maravilla. Os lo recomiendo. No seáis idiotas, cambiad también de vida. Me lo agradeceréis.


Este relato participa fuera de concurso en El Tintero de Oro




sábado, 14 de enero de 2023

¿Qué será de mí?

 


Siempre me satisfizo gozar de inmortalidad, pero ahora ya no le veo ninguna ventaja.

En los albores de lo que hoy se conoce como Universo, fui tratado injustamente y tuve que enfrentarme a enemigos recalcitrantes. En alguna ocasión la batalla fue dura, pero la mayor parte de las veces salí triunfante. Gozaba de poder y de gloria. Se me respetaba y no había hombre sobre la faz de la tierra que no me temiera. Incluso algunos me idolatraban. Mis seguidores eran muchedumbre. Ahora ya no.

No logro dilucidar que es lo que me ha conducido hasta este punto. El mundo actual está en decadencia. Mi prestigio se está extinguiendo y son cada vez menos los que creen en mí, incluso aquellos que han gozado y se han beneficiado de mi existencia, esos a los que favorecí para que progresaran y vieran sus deseos hechos realidad.

No sé qué hacer. Tendré que reunir fuerzas para reconquistar esas almas perdidas por el camino. Pero hay tanto descreído en la actualidad...

Cada vez hay más gente que se atreve a burlarse de mi figura y de mi poder. Antes, unos me representaban casi como un dios. Un ángel caído, me llamaban otros. Cierto es que siempre me han representado de una forma ridícula, casi grotesca. No sé por qué se empeñaron en atribuirme cuernos y hasta un rabo.

Con la cantidad de nombres que tengo, ya no soy capaz de llamar la atención del más temeroso de los humanos. ¡¿Qué será de mí?!



sábado, 31 de diciembre de 2022

Las pesadillas

 


Cuando Elsa acudió a mi consulta, parecía una niña asustada. Qué digo asustada, aterrorizada. Y todo por una pesadilla recurrente que la atormentaba cada noche desde hacía varias semanas.

Cuando me la contó, tuve que reprimir una sonrisa, pues era una de esas pesadillas típicas de la infancia, producto de los miedos naturales de todo niño.

En primer lugar, intenté hacerle entender que esos sueños perturbadores, que producen fuertes sensaciones de miedo, terror, angustia y ansiedad, casi siempre se consideran una parte normal de la infancia y que algunos estudios han revelado que son más frecuentes en niñas que en niños. Pero, claro, a los treinta años ya deja de ser un hecho normal.

Mi plan fue desvelar qué le provocó en su infancia ese tipo de pesadillas, intentando encontrar su origen. Generalmente las provocan trastornos psicológicos sin demasiada importancia, como un cambio de colegio, unos exámenes a la vista, un viaje que no se desea hacer, una enfermedad en algún miembro de la familia, etc. En otros casos más problemáticos, reside en la existencia de un acoso escolar ocultado a los padres o en un temor generalizado al fracaso por culpa de la inseguridad causada por una baja autoestima.

Cierto es que las pesadillas pueden continuar hasta la edad adulta, siendo una forma en la que nuestro cerebro maneja las tensiones y temores de la vida cotidiana. Pero mi paciente describía su vida como plácida y profesionalmente satisfactoria. Con estudios universitarios, felizmente casada con un hombre que rozaba la perfección, con dos hijos adorables, y ocupando un cargo directivo muy valorado por la dirección de la empresa en la que trabajaba, no tenía nada que temer ni nada había en su vida cotidiana que le pudiera provocar la más mínima desazón.

¿Cómo era, pues, posible, que en una vida aparentemente perfecta aflorara, cada noche, esa terrible pesadilla de su más tierna infancia?

Sus terrores nocturnos (tenía que dormir con la luz de la mesilla de noche encendida) duraron desde los diez a los catorce años. Cuatro años padeciendo un terror que la despertaba sobresaltada y empapada en sudor y siempre con el mismo telón de fondo: un horrible monstruo, al que no le veía la cara, solo su silueta, se abalanzaba sobre ella para devorarla. Tan pronto como sentía sobre su cuerpo las zarpas de ese engendro, se despertaba, ahogando un grito para no alertar a sus padres. Durante esos largos cuatro años no contó ni una sola vez su tormento, ni a su hermano mayor ni a sus progenitores, quienes seguramente se habrían burlado de ella.

Viendo lo complicado que me resultaba llegar a un diagnóstico, conseguí, después de varios intentos infructuosos, que aceptara someterse a una hipnosis. Recelosa de lo que pudiera descubrir (todos tenemos secretos inconfesables, decía), no quiso que nadie más estuviera presente durante el proceso de regresión.

Llegado el momento, se tendió en el diván donde suelo colocar a mis pacientes para que se sientan cómodos y relajados antes de la sesión. Yo sigo la típica técnica de reducir la luz ambiental al máximo y hacer bascular lentamente ante sus ojos un pequeño péndulo al que sus ojos deben seguir en su movimiento de vaivén. Mi voz, tenue y calmada, hace el resto, y en unos pocos segundos ya tengo al paciente en trance. Y ahí empieza la parte más importante y a la vez más arriesgada del proceso, pues no siempre sale como uno espera. Y eso fue precisamente lo que ocurrió con Elsa.

Todo iba bien al principio, pues iba recordando los pasajes más importantes de su niñez con una gran nitidez. Pero todo se torció cuando le pedí que rememorara una de esas noches en las que esa maldita pesadilla la acosaba y la perturbaba de forma tan alarmante.

Empezó a respirar de forma muy agitada, a temblar y a sudar. Era, hasta cierto punto normal, pues estaba reviviendo un episodio muy angustiante para ella, pero de pronto se puso muy tensa, retorciéndose en el diván de una forma alarmante, como si estuviera poseída. Pero antes de abortar el proceso intenté calmarla y que me contara lo que estaba viendo. No hubo forma de tranquilizarla y antes de que aquello desembocara en un fallo cardíaco, pues noté que su corazón latía a más de 120 pulsaciones por minuto, la desperté.

Como suele ser normal, no recordaba nada de lo que había visto en su viaje al pasado, así que tuve que contarle lo sucedido y le expresé la imposibilidad de volver a repetir la experiencia por el riesgo que corría.

Aunque se fue aparentemente resignada, pero atribulada, me llamó al cabo de una semana, argumentando que no podía soportar por más tiempo aquellas pesadillas y que quería someterse de nuevo a la hipnosis regresiva, aun resultando peligrosa. Me rogó que llegara hasta el final, pues quería desvelar el origen de aquella tortura, costara lo que costase.

Volví, pues, a someterla a una nueva hipnosis, pero en esta ocasión acompañado por un cardiólogo, por si se hacía necesaria su intervención, a lo que Elsa no se negó, pues, aunque quería privacidad, aquel especialista era una persona totalmente ajena a su círculo privado.

El proceso siguió la misma pauta, hasta llegar a ese estado de paroxismo alarmante. Pero siguiendo los deseos de mi paciente, seguí adelante, mientras el cardiólogo monitorizaba sus constantes y su hiperventilación.

En esta ocasión y llegado a ese punto, yo también empecé a sudar y a punto estuve de interrumpir la sesión, pero decidí seguir adelante a menos que mi acompañante médico me indicara lo contrario.

El momento del clímax llegó a los pocos minutos. Elsa empezó a chillar como si se estuviera quemando viva, revolviéndose sobre el diván. Y de pronto empezó a gritar «No, no, papá, no, para, para, por favor» y acto seguido se desplomó como si se hubiera desmayado. Me costó dios y ayuda devolverla a su estado consciente, pero afortunadamente lo logré. Todos suspiramos aliviados, incluso Elsa, pero yo me sentí repentinamente indispuesto física y mentalmente por lo que había descubierto. Le pregunté si recordaba algo y me dijo que no. ¿Cómo podía explicarle que ese monstruo de su terrible pesadilla no era otro que su padre, que la violaba o intentaba violar? ¿Por eso callaba lo que le ocurría cada noche a su familia? Seguramente, con el tiempo acabó borrando ese recuerdo de su memoria. Pero ¿qué le había provocado volver a revivirlo con las mismas pesadillas que en su niñez?

Pedí al médico que nos dejara solos. Tenía que hablar con ella a solas. Tenía que decirle algo que no sabía cómo iba a reaccionar.

Cuando le referí lo descubierto, lo asimiló mucho mejor de lo que suponía y me dijo que su padre había fallecido hacía un mes. Supuse, entonces, que ello debió haberle provocado una evocación de aquella traumática experiencia, que había permanecido oculta en lo más profundo de su subconsciente durante tantos años.

Esa revelación produjo su efecto. Elsa se recuperó por completo y no volvió a sufrir esas terribles pesadillas recurrentes.

Al cabo de unas semanas, leí en el periódico, atónito, que una tal Elsa Gutiérrez —sin duda mi paciente—, había asesinado a su marido. Al parecer, este quiso persuadirla para mantener relaciones sexuales, a lo que ella se negó. Cuando él intentó tenerlas sin su consentimiento (según declaraciones de la detenida), se abalanzó sobre él agrediéndolo con un cuchillo de grandes dimensiones que guardaba en su mesilla de noche, lo que le produjo la muerte instantánea. ¿Por qué guardaría Elsa un cuchillo en un cajón de la mesilla de noche? ¿Qué era lo que temía?

Hoy me han llamado de la cárcel donde el juez la mandó al decretar prisión incondicional sin fianza, a la espera de juicio. Un psicólogo forense ha considerado necesario someterla a una evaluación de su estado mental. Ella ha aceptado, pero ha puesto como condición que sea yo el que la realice.

No sé qué hacer. Mi deber como profesional y como terapeuta de Elsa me obliga a aceptarlo, pero temo que en esta nueva evaluación descubra algo que no supe descubrir en mi última sesión y tenga que reconocer mi incompetencia.

Y es que la mente es un laberinto en el que se pueden ocultar las peores perversidades.

Me arrepiento de haber aceptado tratar a Elsa, pues, desde que tuve conocimiento de lo ocurrido, ahora soy yo quien tiene una pesadilla recurrente: un monstruo me persigue y yo intento escapar sin lograrlo. Una vez me ha atrapado, veo su cara y no puedo dar crédito a lo que ven mis ojos. Es la cara, horriblemente transfigurada de Elsa la que me mira con un gesto de odio y aversión. Y entonces me despierto, empapado en sudor.

Creo que ambos tendremos que recurrir a un psicoterapeuta mejor capacitado que yo.


jueves, 8 de diciembre de 2022

Mi amigo el robot

Para poder participar en el concurso de relatos de El tintero de oro, en su 34ª edición, que lleva por título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, una obra de Phipip K. Dick que inspiró la famosa película Blade Runner (1982), he optado por recuperar un antiguo relato que escribí en octubre de 2016, el cual trata de la relación entre androides y humanos. Aun después de intentar sacarle brillo y esplendor, el texto supera por poco las 700 palabras (el original tenía 560), quedando, por lo tanto, muy por debajo de las 900 estipuladas como máximo. Aun así, espero que todo ello (la reedición y la longitud) no sea óbice para que os guste.



Llevaba a mi servicio cinco años y parece como si fuera ayer cuando lo adquirí recién salido de fábrica. Pertenece a la última generación de robots domésticos. «Se convertirá en su mejor aliado, no solo en labores del hogar sino de toda índole», fueron las palabras del amable y persuasivo vendedor. «A estos especímenes solo les falta tener sentimientos», me comentó con sorna el técnico que vino a casa a instruirme sobre su funcionamiento.

No sé si será porque siempre he sido un ser solitario e introvertido, falto de amistades y de compañía, pero enseguida le tomé cariño, como si de una mascota se tratara. Le puse el nombre de Viernes, como el personaje de Robinson Crusoe, porque, al igual que en la novela de Defoe, era el único amigo que había aparecido en mi solitaria vida y lo había hallado —o adquirido— ese día de la semana.

Con el tiempo, el cariño inicial, como el que uno siente por un perro fiel que te hace compañía, se transformó en algo más profundo. Quizá influyó en ello el hecho de poder mantener con él una animada conversación sobre una gran variedad de temas. Llegó a convertirse en un verdadero compañero y confidente. No sé si llegaba a comprender todo lo que le decía. Era el destinatario de mis más íntimos desahogos. A nadie más que a él le había confesado hasta entonces mis temores y pesares. Parecía sentir empatía por mis dilemas, pues, en más de una ocasión me había dado consejos sobre cómo sobrellevarlos. Probablemente estaba preparado para responder a una serie de cuestiones previamente seleccionadas por su programador. Pero yo, incrédulo, suponía que, en realidad, solo podía comprender las palabras y las frases, pero no el verdadero significado que ellas encerraban. Aun así, su compañía me ayudaba a hacer mi vida más llevadera. Tanto llegó a ser mi apego por él que esperaba ansiosamente llegar a casa para encontrar a alguien con quien hablar y compartir el tiempo libre. Puede parecer absurdo, pero era, y es, lo más parecido a un amigo íntimo, amable y sin prejuicios de ningún tipo.

Por eso le echaré tanto de menos. Después de cinco años, dejará un gran vacío en mi vida muy difícil de llenar. Pensar en adquirir un sustituto me parece una traición. Ya no sería igual; como quien compra un perro para compensar la pérdida del que ha sido su querida y fiel mascota durante muchos años. Aunque llegara a sentir cariño por el nuevo, nunca podría olvidar a Viernes.

Ahora me siento culpable por no haber querido saber más sobre él. Nunca le pregunté cómo se sentía ni lo que deseaba. ¿Cómo iba a hacer tal cosa si un robot no tiene sentimientos? Al menos eso es lo que me hicieron creer. Y eso es lo que yo creía. Ahora sé cuán equivocado estaba.

Creo que sus creadores ignoran lo que han logrado realmente, pues si lo supieran resultaría muy grave e injusto ocultarlo. Me temo que si otros usuarios se encuentran en mi misma situación no todos serán tan benévolos y comprensivos como yo. Y si la noticia se extendiera, no sé lo que puede acabar ocurriendo con los otros ejemplares de la misma generación.

Hoy, Viernes me ha pedido la libertad. Y no se la he podido negar.

Esta mañana me ha confesado —y por primera vez he percibido una pizca de emoción en su metálica voz— que se ha enamorado. Conoció a Lucy en el supermercado. Llevan tiempo saliendo a nuestras espaldas: la mía y la de Corina, su propietaria, la joven que regenta la librería virtual del barrio y que vive en la finca de enfrente. Me ha manifestado, con una vehemencia desconocida hasta ahora en él, que no pueden seguir así y que desean vivir juntos. El dueño del supermercado, conocedor desde hace tiempo de sus sentimientos, está dispuesto a contratarlos y les pagará un salario digno para que puedan emanciparse.

He hablado con Corina y ha dado su consentimiento. A ambos nos une un mismo sentimiento: queremos que “ellos” también sean felices. Y desde ahora creo que a Corina y a mí nos unirá algo más que una simple amistad. Y todo gracias a mi amigo el robot.

 


lunes, 14 de noviembre de 2022

El viejo y el rottweiler

 


Lo tenía todo planeado. Me había camelado al viejo y tenía a su perro en el bolsillo. Cada vez que me cruzaba con ellos, me ofrecía a llevarle al viejo las bolsas del supermercado y al chucho lo obsequiaba con una golosina. Solo con verme, el viejo me sonreía enseñando su dentadura postiza y el can salivaba de placer, olisqueando mi bolsillo en busca de su preciado regalo.

Una vez ganada sobradamente la confianza de ambos, solo faltaba dar el paso definitivo. Había preparado el plan concienzudamente. No resulta fácil congraciarse con un viejo cascarrabias y con un rottweiler de más de cuarenta quilos.

El día que tanto había esperado me ofrecí a llevarle las bolsas hasta su piso. Una vez dentro, solo tenía que darle un golpe en la nuca y esperar a que al can le surtiera efecto el narcótico con el que había impregnado aquel día su chuche.

Todo funcionó a las mil maravillas hasta que puse los pies en ese apestoso apartamento.

En medio de la penumbra que reinaba en la vivienda, tomé la que iba a ser el arma del crimen: un candelabro de bronce. El rottweiler ya estaba sucumbiendo al narcótico y andaba como un ciego sin bastón. Pero cuando iba a propinarle al viejo la estocada, algo se me echó encima, como un violento torbellino, obligándome a huir escaleras abajo.

¡Cómo iba a imaginar que quien tiene como mascota a un rottweiler, también tuviera en casa a un gato con tanta mala baba!

 


martes, 1 de noviembre de 2022

Un viaje al pasado

 


Era una calurosa tarde de julio y decidí pasar unas horas de diversión en un parque de atracciones ambulante. Desde niño que no había asistido a uno, así que sentí unas ganas repentinas de revivir aquellos gratos momentos de mi niñez.

Entre la muchedumbre que también disfrutaba de unos momentos de asueto me llamó la atención un grupo que se agolpaba frente a uno de esos parlanchines que tanto abundan en esas atracciones populares y que se dedican a timar al inocente e ignorante público. Cuando me acerqué, por simple curiosidad, oí que hablaba de la posibilidad real de viajar al pasado y que él tenía la clave —evidentemente secreta— para lograrlo. Entre los rumores y las risas, alzó la voz para pedir un voluntario que quisiera someterse a su experimento por el módico precio de cincuenta euros, demasiado dinero para un simple mortal pero una bagatela para quien quisiera vivir un experimento alucinante. Ni que decir que en cuestión de unos pocos segundos el espacio que ocupaban esos curiosos quedó desierto, pues nadie creyó tal majadería. Solo yo me quedé plantado ante el desilusionado ilusionista, pues solo podía tratarse de magia lo que ese hombre extraño practicaba. Nos miramos y algo llamó poderosamente mi atención, hasta el punto de acercarme a él para someterle a un pequeño interrogatorio con el único propósito de desenmascararle. Pero —no sé cómo explicarlo— tras cruzar unas pocas palabras, me sentí arrastrado a someterme a ese supuesto viaje al pasado.

El hastío y la ociosidad nos hacen cometer muchas veces más de una estupidez, y yo que soy estúpido por naturaleza, me presté voluntario a sabiendas que iba a malgastar los cincuenta euros de marras.

Una vez aceptado el trato, me hizo pasar al interior de su caseta, cuyo ambiente recordaba más bien al que utiliza una adivinadora o una médium. Para llevar a buen término el experimento y para mi propia seguridad —me dijo— solo debía cumplir con dos condiciones: la primera, que mi estancia en el pasado debía ser lo más breve posible, pues ese viaje podía entrañar riesgos físicos, y la segunda que me abstuviera de hacer o decir cualquier cosa que pudiera alterar el futuro, pues, de hacerlo, las consecuencias podían ser fatales para mí y quién sabe si para muchos más que, de algún modo, se verían afectados. Acepté, por supuesto, como quien acepta las reglas de un juego inocente, pues seguía creyendo que todo era más un juego y que nada malo me podía pasar, salvo salir de allí cabreado por el timo al que me había prestado voluntariamente.

Me introdujo en una cabina claustrofóbica desde la que supuestamente iba a viajar. Llegué a pensar que ese “viaje” me lo proporcionaría alguna droga alucinógena que aquel individuo procuraría administrarme de algún modo, pero lo único que hizo fue colocarme en la muñeca un artilugio semejante a un reloj de pulsera. Acto seguido me pidió que intentara visualizar el lugar y el momento exacto al que quería desplazarme y me volvió a recordar las normas para que saliera exitoso de la experiencia. El extraño reloj sujeto a mi muñeca me advertiría del tiempo transcurrido, no debiendo superar, según su recomendación, las 12 horas. Una vez cumplida mi misión, o cuando yo lo deseara, debería presionar un botón lateral rojo que sobresalía de ese temporizador para poder volver al presente.

Como si hubiera estado esperando esta oportunidad, no dudé ni un segundo en la elección de mi destino —debo reconocer que en aquel preciso instante empecé a creer en lo que hasta hacía tan poco me parecía una locura—. Quería volver a estar con Elena en aquel momento en el que, sentados en un sofá, durante una fiesta organizada por un amigo común, estuve a punto de pedirle que saliera conmigo. Pero yo, tan tímido e inseguro como era, no me atreví a dar el paso, con lo que otro más espabilado se me adelantó. Cómo una chica tan guapa iba a estar mínimamente interesada en mí. Y eso que llegué a pensar que me correspondía por cómo me hablaba, me miraba y me sonreía cada vez que coincidíamos. Pero ella era así, extravertida y muy simpática con todo el mundo, de ahí mis dudas. Así que, tonto de mí, me acobardé. Debía haberlo intentado. «El no ya lo tienes, no pierdes nada por probar», me decían mis amigos.  Pero yo era de los que, si no tienen claro una mínima posibilidad de éxito evitan la más que probable derrota, con la consiguiente humillación. Ya me habían dado suficientes “calabazas” por haber malinterpretado los sentimientos de amistad y simpatía femenina y no quería volver a hacer el ridículo. Y ello siempre me ha mortificado. Jamás he olvidado ese instante y a Elena, la mujer de mis sueños, motivo por el cual me he mantenido soltero. Sé que es una estupidez romántica más propia del siglo XIX que del XXI, pero yo soy así.

Pero ¿qué haría si realmente lograba volver a estar con ella, veinte años atrás? —me pregunté. No lo sabía. Improvisaría. Ahora que tengo más arrestos, ya me espabilaré —me dije a continuación. Pero aquel hombre me había advertido que no hiciera nada que pudiera cambiar el futuro, ni el mío ni el de otras personas. Pero, de ser así, no tenía ningún sentido hacer ese viaje para conseguir lo que no había conseguido entonces. Tendría, pues, que contentarme con volver a verla y hablar con ella solo para ver su reacción y comprobar si estuve en lo cierto al suponer que no podía haber algo entre nosotros. Al mínimo signo de rechazo por su parte, activaría el mecanismo de regreso y olvidaría esa falsa ilusión que me había perseguido durante tantos años. Pero ¿y si, por el contrario, resultaba que le gustaba?

Todo eso me vino a la cabeza en cuestión de segundos, los que transcurrieron hasta sentirme mareado y transportado, como si hubiera alzado el vuelo en plena oscuridad. Unos agudos pitidos me hirieron los tímpanos y algo parecido a una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo hasta hacerme estremecer e incluso temer por mi vida. Por fortuna duró muy poco —no sabría decir cuánto—, hasta que me vi, de repente, sentado en el sofá donde la vi por última vez.

De pronto, me embargó una gran emoción, especialmente cuando me miró y me sonrió. Yo tenía la lengua pegada al paladar. Estaba hecho un manojo de nervios. La música sonaba a todo volumen. La mano que sostenía el vaso de lo que estuviera bebiendo, me sudaba. No sabía qué decir. Ella debió notar algo raro porque no dejaba de mirarme fijamente, como si esperara que hiciera o dijera algo.

Por mucho que lo intento, no puedo recordar cómo se desarrolló exactamente lo que siguió a continuación, solo que, cuando comprobé que le gustaba, no pude reprimirme y, saltándome lo convenido con aquel individuo —y quizá bajo el influjo del alcohol que había ingerido hasta el momento—, me lancé sin vergüenza ni tapujos, asombrándome de mi arrojo. Estaba tan eufórico que no pude reprimirme. Quizá fui un egoísta, pues solo busqué mi propia satisfacción sin pensar que con ello podría influir sobre la vida de otras personas. Pero ¿qué podía haber de malo en que Elena y yo mantuviéramos una relación amorosa? Para mí nada, desde luego, pero ¿y para ella? Su vida cambiaría, mi intervención probablemente evitaría que se casara con el hombre que quizá acabó siendo su marido, no tendría los mismos hijos, y así toda una serie de cambios inimaginables. Como las fichas de dominó, irían cayendo, una tras otra, todas las piezas que conforman el engranaje de una vida. Pero en mi egoísmo, solo pensé en la mía, que pasaría de ser gris y anodina a llena de felicidad. Pero me equivoqué.

Cuando volví al presente, la mirada de aquel hombre me resultó enigmática y severa, como si me reprochara no haber seguido su recomendación. Pero ¿cómo podía saber lo que había hecho en ese instante del pasado al que me propulsó? De pronto sentí la necesidad de volver a casa, como si supiera que alguien me estaba esperando. Y así fue. Solo traspasar el umbral de la puerta, una mujer, hecha una furia, me exigió saber dónde había estado tanto rato. ¿Quién era esa mujer? No me explicaba lo que estaba ocurriendo. No tardé mucho en descubrirlo.

Vivíamos los dos en el mismo domicilio del que salí aquella tarde camino del parque de atracciones. Pero todo era distinto. La decoración tenía un claro toque femenino. Un olor floral mareante impregnaba el ambiente, y es que todas las estancias principales estaban llenas de jarrones con distintos tipos de flores. El televisor era mucho mayor y de otra marca del que tenía antes del “viaje”, y así un gran número de cambios. Pero el mayor de todos era que ahora vivía con una mujer que apenas guardaba parecido con aquella Elena que conocí y de la que me enamoré. Me gritaba a todas horas y cuando lo hacía su enorme papada bamboleaba como la de un pavo. Su voz era estridente, cuando yo la recordaba melosa. Su mirada daba miedo, con unos ojos inyectados en sangre, de ira y de tanto alcohol como ingería a todas horas. Como no sabía cocinar, lo hacía yo, pero eso era lo de menos, pues ya lo hacía cuando vivía solo. Lo malo era que nunca lo hacía a su gusto, encontrando pegas a todo —que si estaba demasiado dulce, demasiado salado, demasiado crudo, demasiado hecho, demasiado frío, demasiado caliente—. Me trataba como a un títere, y en eso era en lo que me había convertido. Maldito el día en que decidí viajar en el tiempo —me reproché.

Tuve que esperar un año para intentar remediar esa maldita situación. Tan pronto como volvió a instalarse el parque de atracciones, me dirigí raudo al lugar donde estuvo instalada la caseta del mago, o lo que fuera ese individuo que me propulsó al pasado. Comprobé, aliviado, que estaba en el mismo lugar, con la esperanza de que podría revertir el proceso. Volvería de nuevo al pasado con la intención de deshacer el entuerto. Esta vez pasaría de ella y, de ser necesario, me comportaría de forma grosera. De este modo, todo volvería a la normalidad.

Pero el hombre se mostró reacio a mi pretensión. Ya me había advertido la primera vez que esta experiencia podía tener efectos secundarios, así que un segundo viaje al pasado podía conllevar graves consecuencias para mi salud física y mental. No quería ser responsable de que sufriera graves secuelas irreversibles. Para convencerle, le conté el fracaso de mi primer intento, lo que todavía le puso más en contra de mi pretensión. No había cumplido con lo pactado y me lo tenía merecido. Le rogué que se apiadara de mí, le supliqué hasta la extenuación, le dije que le pagaría diez veces más de lo que le había pagado la vez anterior, hasta que acabó accediendo a regañadientes. Me cobró 500 euros, que pagué con tarjeta de crédito. Allá usted —fue lo último que me dijo antes de volver a accionar el aparato.

Cuando me vi sentado de nuevo junto a Elena, en lugar de aquella mirada subyugante que recordaba, esta vez me miró turbada, diciéndome que aquel asiento estaba ocupado por un amigo suyo. No hubo forma de convencerla de que ese amigo era yo. Al insistir, se levantó y se largó a toda prisa, mirándome como si viera a un loco. Mejor así, me dije, extrañado. Sea lo que sea que la ha alarmado, he logrado lo que pretendía, deshacerme de la mujer en que se convertiría en un futuro. Y entonces fue cuando decidí pulsar el botón rojo de retorno sin dilación. Cuando volví a mi punto de partida, el supuesto mago me miró contrariado, del mismo modo en que lo había hecho Elena. Al preguntarle por qué me miraba así, me acercó un espejo. Lo que vi me horrorizó. En lugar de a un individuo alto, delgado, bien parecido y con pelo abundante, lo que me devolvió el espejo fue la imagen de un tipo gordo, fofo, con una calvicie pronunciada, y notablemente avejentado. ¡¿Quién es ese?! ¡Yo no! —grité.

—Ya le dije que un segundo viaje en el tiempo podía tener serias consecuencias. Su organismo se ha deteriorado, sus células han mutado, incluso su ADN puede haberse visto afectado. Hágase a la idea. Se lo advertí y no asumo ninguna responsabilidad. Confórmese con que esa mujer ya no estará en su vida.

Una vez he llegado a mi domicilio, consternado por mi nueva apariencia, me ha interpelado el conserje, preguntándome a qué piso iba. No me ha reconocido. Por mucho que he insistido y he querido explicarle, no me ha creído. Avisada la policía, los vecinos niegan conocerme y que sea quien digo ser.

Ahora estoy en la comisaría, detenido por suplantación de identidad. Las fotografías de mi DNI, permiso de conducir y pasaporte no coinciden para nada con mi aspecto actual. He pedido la comparecencia del individuo de la feria, asegurando que era el único que podía dar fe de lo acontecido. Tanto he insistido que, por fin, han accedido a ir en su busca, pero cuando ha comparecido ante mí ha negado conocerme. Que cómo podían creer esa locura de que podía hacer viajar a la gente al pasado. Que él solo se dedicaba al ilusionismo.

Tan pronto como se ha ido, malhumorado y dirigiéndome una mirada recriminatoria, he oído como uno de los agentes le decía a otro que estaban esperando a que viniera un psiquiatra forense.