Andrés estaba abochornado después de lo ocurrido.
El día
anterior, en el bar donde desayunaba, oyó una conversación que mantenían en la
mesa de al lado dos individuos con aspecto sospechoso, uno alto y delgado y el
otro más bajo pero fornido y con cara de malas pulgas. Hablaban tan bajo que
resultaba difícil entender lo que decían, pero parecía que discutían algo muy
importante.
Andrés, picado
por la curiosidad, aguzó el oído todo lo que pudo, pues el ruino reinante en el
bar dificultaba la audición. Solo cuando, unos minutos más tarde, los ruidosos
clientes abandonaron el local, pudo entender medianamente el contenido de aquel
diálogo.
─Ándate con
cuidado, pues si nos descubren la habremos pringao y el jefe nos molerá
a palos ─le decía, casi en susurros, el alto a su compañero sentado enfrente.
Pero tranquilo, que él lo tiene todo controlado ─añadió, intentando calmarlo.
Pero lo que
alarmó a Andrés fue lo que oyó a continuación.
─Hay que
liquidarlo cuanto antes y ya está, continuó. Hay mucho dinero de por medio. Y ya
viste lo que le hizo el jefe a Remigio por no querer cumplir con ese mismo
encargo. Lo puso de patitas en la calle sin contemplaciones.
─Pero cómo
vamos a ocultar que hemos sido nosotros. El jefe lo tiene muy claro, pero yo
no. Él está acostumbrao, debe haberlo hecho muchas veces, pero para mí es la
primera vez ─le contestó éste.
─Tú hazlo y
todo saldrá bien. Una vez hayas cumplido el encargo con ese fulano y veas que no
pasa nada, la siguiente será más fácil. Además, ¿acaso crees que nadie más lo
hace? Es pan comido, tío.
─Si es tan
fácil, por qué no lo hace él en persona, que por eso es el jefe.
─Porque si la
policía investiga y hay algún testigo o alguien se va de la boca, a él lo
cazarían enseguida. Es muy conocido en este mundillo, ya estuvo metido en líos
hace tiempo y lo tienen fichado. A ti, en cambio, nadie te conoce y aunque alguien
se cruzara contigo antes o después de haber estado allí, no se acordarían de tu
careto.
─Vale. Mañana a
las diez iré a casa de ese tío y asunto liquidao.
─Pues manos a
la obra. ¿Sabes la dirección?
─Pos claro.
Lo tengo aquí apuntao: Calle Rocío, veintitrés, tercero segunda.
Cuando los dos
sujetos salieron del bar, Andrés se apresuró a seguirlos. Su curiosidad iba en
aumento y quería saber dónde se dirigían. Si estaba en lo cierto, podía salvar
la vida de un inocente, pues lo que pretendían esos dos era cumplir el mandato
de liquidar a alguien, de eso estaba seguro.
Tras un largo
trayecto a pie, los dos tipos se internaron en un callejón, desapareciendo de
su vista. Al cabo de una hora de rondar por los alrededores sin resultado
alguno, Andrés optó por dar media vuelta y volver a casa.
Estuvo el resto
del día intentando elaborar un plan de actuación. No sabía si acudir primero a
la policía y contarles lo que sabía o bien apostarse al día siguiente frente al
número 23 de la Calle Rocío para ser testigo del delito antes de ponerlo en
conocimiento de las autoridades.
A las ocho de
la mañana, dos horas antes de que se llevara a cabo aquel macabro encargo, se
decidió por lo primero. Contrariamente a lo que temía, dieron crédito a lo que
contó. A las diez en punto, un contingente policial armado hasta las cejas entró
en el domicilio de quien habían identificado como el juez Aurelio Latorre, tirando
la puerta abajo. Querían pillar al asesino antes de que atentara contra la vida
de aquel magistrado que, seguramente, habría enviado a la cárcel a algún delincuente
que ahora quería vengarse contratando a un sicario.
Pero en la mano
del presunto asesino no había ningún arma sino una hoja de papel que tendía a
su presunta víctima. ¿Qué sucedía allí? Estaba claro que se estaba cometiendo un
delito pues las caras de ambos individuos era un poema al ser sorprendidos con
las manos en la masa. Lo que estuvieran maquinando, se aclararía en comisaría.
El señor
comisario se puso las gafas para leer aquel papel que le acababa de entregar el
sargento al mando de la dotación y que aclararía los hechos.
Se trataba de
un recibo expedido por Hermanos Gutiérrez (un nombre que resultó ser falso) por
la “reforma integral de todo el apartamento” que ascendía a 58.750 euros.
─¿Qué significa
esto? ─gritó el comisario, blandiendo la hoja de papel ante las narices del
sargento, que lucía una cara de satisfacción por el resultado de la
intervención policial.
─¿No se da
cuenta, señor comisario? ¡Es la prueba! ─contestó el interpelado constatando lo
evidente─. Les hemos pillado en flagrante delito. A los dos. Ese tipo con cara
de bruto le intentaba cobrar a un juez del Tribunal Superior de Justicia, ni
más ni menos, un pastón por unas reformas en su domicilio.
Y ante la cara
de incomprensión airada del comisario, el sargento añadió:
─¡Sin cobrarle
el IVA, señor comisario, sin cobrarle el IVA!
