domingo, 18 de octubre de 2026

La vida sigue

 


Este blog debe su nombre al hecho de que cuando lo inauguré tenía pensado, y así fue durante un tiempo, escribir en él mis vivencias reales durante la infancia, juventud y madurez, en forma de recortes o “retales” vitales. Al poco, dada mi afición por las historias de ficción, lo fui llenando de relatos imaginados e imaginarios. Pero hoy hago una excepción al relatar una historia entre la ficción y la realidad, lo que podría decirse una historia basada en un hecho real, el que conforma el nudo del relato; el resto es pura invención. Si queréis más información sobre él, os invito a visitar mi blog Cuaderno de bitácora y concretamente mi post titulado Adiós mi querido amigo VER AQUÍ.

 

César, viudo desde hacía quince años y recientemente jubilado, acababa de perder a su preciada mascota, un perro mestizo al que había adoptado, tras la muerte de su mujer, cuando este solo contaba con dos meses. Le puso por nombre Peludo porque de toda la camada nacida de una perrita abandonada, era el único cubierto por abundante pelo color canela, un pelo suave y sedoso que todos los que lo acariciaban alababan.

Había sido un buen perro, tranquilo y obediente. César solo se separaba de él cuando iba al trabajo y al volver a casa, Peludo le recibía con una inmensa alegría, moviendo la cola y trayéndole prendido de su boca algún objeto de valor para él. Nadie, jamás, había mostrado tanto entusiasmo al verle llegar del trabajo, se decía. Eran amigos inseparables, de ahí que le echara tanto de menos.

Necesitó varios meses para llegar a la última etapa del duelo, la de la aceptación. Aun así, todo le recordaba a su querido amigo perruno. Allí adonde mirara, veía a su amigo, pero el peor momento de cada día era por la mañana, al levantarse, salir al comedor, donde Peludo dormía en su cama y antes de encender la luz ya oía el repicar de su cola contra el parqué en señal de bienvenida. César le correspondía con una caricia acompañada de un “buenos días, Peludo”. Pero ahora todo era silencio, un silencio hiriente. Cualquier perro del barrio parecido a él, por su estampa y pelaje, le rememoraba a Peludo, produciéndole una gran nostalgia.

El último golpe sentimental lo recibió cuando el veterinario que llevó a cabo su sacrificio le entregó sus cenizas. Volviendo a casa con la pequeña urna biodegradable a cuestas, su peso le pareció enorme, un peso no solo físico sino moral, reprochándose como se había producido el final de su fiel amigo. El “y si…” lo atormentaba, y siguió atormentándolo durante mucho tiempo.

Esa pérdida tan dolorosa para César lo sumió en una gran tristeza cercana a la depresión. Nunca se había sentido tan solo en la vida desde el fallecimiento de su mujer. Sus dos hijas hacía años que vivían lejos, estaban casadas y ya le habían dado tres nietos a los que veía muy de vez en cuando. Su vida, pues, había perdido parte de su sentido. Muchos le habían aconsejado adoptar otro perro, por aquello de que un clavo saca a otro clavo, pero César no contemplaba tal posibilidad. Su Peludo no tenía reemplazo en su vida.

Viéndole tan triste y taciturno, su amigo Juan, que también había pasado por ese mismo trance años atrás, le aconsejó que, ya que tenía tanto tiempo libre, lo dedicara al cuidado de perros abandonados que, a buen seguro, le resultaría gratificante. Y así, César se hizo voluntario, a tiempo parcial, en el refugio de animales en el que tantos años atrás encontró a Peludo.

Su amigo llevaba razón, pues contrariamente a lo que pensó en un principio, César halló un gran consuelo buscando hogar para esos perros necesitados de dueño y amor.

Tras un año de actuar como cuidador de perros, se percató de que ya no se sentía solo, y no porque estuviera rodeado de animales a los que proteger y cuidar, sino porque la presencia de Virginia, la nueva responsable del centro de acogida, le aportaba la paz y el sosiego que tanto necesitaba.

Virginia, una mujer unos diez años menor que César, había quedado viuda muy joven y no había querido casarse de nuevo; decía que la compañía de aquellos animales tan necesitados de cariño la llenaba lo suficiente como para no requerir otra compañía, especialmente la humana, pues temía que se repitiera su mala experiencia con un hombre que nunca la amó y la maltrató. La viudedad fue lo mejor que pudo sucederme, le confesó un día en un momento de confidencias. El amor que recibía de “sus animales”, como ella los llamaba, era más que suficiente para sentirse feliz.

Con el paso del tiempo, César y Virginia llegaron a convertirse en amigos íntimos e inseparables con muchas cosas en común, y entre ellas estaba un amor incondicional a los animales, en especial a los que tenían a buen recaudo en su refugio. Encontrarles una familia adoptiva era lo mejor que les podía suceder a todos, seres humanos y animales.

César y Virginia no necesitaron mucho más tiempo para comprender que estaban hechos el uno para el otro y que su compañía mutua era como el rescoldo de un hogar al que uno se acerca para entrar en calor, en este caso calor humano. Ese encuentro, aparentemente fortuito ─muchas veces es difícil distinguir entre la casualidad y la causalidad─, resultó todo un acierto para ambos. César dejó el piso en el que vivía en la capital y se trasladó a la casita que Virgina tenía junto al refugio.

De este modo, César volvió a ser feliz y tuvo que agradecerle a su viejo perro no solo su cariño y compañía durante más de trece años, sino también el haberle llevado hasta Virgina.

Tras haberse instalado junto a su nueva pareja, César rescató la pequeña urna que contenía las cenizas de su amigo canino y las enterró bajo uno de los olivos que guarnecían su nuevo hogar. Todas las mañanas, al despertarse, César da los buenos días a su amada y sale al jardín a saludar a su querido Peludo.

Ahora la vida sigue sin su compañía física, pero sigue, al fin y al cabo, de la mejor forma posible.

 

La imagen de la ilustración es un collage de las distintas etapas de Pelut (su verdadero nombre en catalán), y que hoy se cumplen 10 días de su eutanasia. 

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