miércoles, 25 de noviembre de 2015

El inventor



En un tren se puede conocer gente muy rara, os lo puedo asegurar. Un día conocí a un tipo de lo más curioso. En realidad, lo más curioso de ese individuo es su profesión.

Me dirigía, como cada día, al trabajo. La empresa me queda muy lejos de casa. Podría ir en coche pero prefiero el tren como medio de transporte. Así, entre cabezadita y cabezadita, puedo leer el periódico o un libro.

Ese día iba sentado a mi lado un hombre mayor, de pelo ralo y canoso, con barba de varios días, que no paraba de escribir en una libretita. Escribía con pluma estilográfica y la libreta casi pegada a la cara, como si fuera muy miope o quisiera mantener lo que escribía apartado de miradas indiscretas. En un momento de descuido por su parte, aprovechando que miraba a través de la ventanilla en una actitud más propia del que busca la inspiración que del que observa el paisaje, eché un rápido vistazo a lo que escribía. Parecían versos, pero la letra era tan menuda y apretada que no pude leer ni una sola línea. Al percatarse de mi indiscreción, me miró amenazador y apartó rápidamente la libreta cerrándola de golpe.

―Oh, disculpe, no quería…-farfullé azorado al sentirme descubierto.
―Mmm. ¿No sabe usted que es de mala educación meter las narices en asuntos ajenos? –me espetó sin contemplaciones.
―Sí, sí, le ruego que me disculpe. No he podido evitar echar un vistazo a su libreta. ¿Acaso es usted escritor? ¿O poeta? –añadí para relajar la crispación de mi vecino. Quizá si me interesaba por su afición lograría rebajar la tensión y que se mostrara conciliador y comunicativo.
―Algo parecido, joven –atajó, cerrando con ello toda posibilidad de conversación.

Como me sentía incómodo por mi conducta, me tragué mi orgullo y opté por insistir entablando una conversación intrascendente. Me inventé lo primero que me vino a la cabeza.

―Se lo decía porque a mí me gusta mucho escribir ¿sabe?

Y mirándome de soslayo y de arriba abajo, con gesto despreciativo, me contestó:

―Y ¿se puede saber qué escribe usted, joven?
―Pues de todo un poco, pero sobre todo poesía –mentí, pues jamás he escrito ni un solo verso.

Al oír esto su semblante se dulcificó, y con una sonrisa, y casi en susurros, me confesó:

―Soy inventor.
―¿Inventor? –manifesté sorprendido-. ¿Y se puede saber qué inventa? –añadí.
―Piropos. Invento piropos y los vendo.
―¿Que inventa y vende piropos?
―Pues sí, pero solo por encargo.
―¿Quiere decir que hay gente que le pide que invente piropos para ellos?
―¡ Claro! ¿Tan raro le parece?
―Hombre, tanto como raro no, pero sí un poco… no sabría decirle.
―Pues ¿qué pensaría usted si le dijera que mi padre, que en paz descanse, era recetador de libros? ¿Y que mi tío, su hermano, era vendedor de tiempo libre? Mi padre sabía, con solo ver a su cliente, el tipo de libro que le convenía. Y no se imagina a cuánta gente, que no sabía qué hacer con su tiempo, hizo feliz mi tío. Mis clientes son gente que no tienen mucha imaginación y menos sensibilidad. Me encargan galanterías para sus novias o para aquellas jóvenes a las que quieren cortejar. Aunque no lo crea, todavía hay quien confía en estas cosas. Y doy fe de que les funciona. Pedidos no me faltan.
―Pues yo creía que esto de los piropos había pasado de moda.
―¡Que va! Si supiera la de gente que solicita mis servicios se sorprendería. Tenga en cuenta que mis piropos son infalibles. El éxito está asegurado.
―¡Caramba! Me deja usted boquiabierto.

Llegado a este punto, empezó a hojear frenéticamente su libreta como si buscara algo muy importante. De pronto se detuvo y con cara de satisfacción leyó:

―”Me gustaría ser papel para envolver ese bombón”. ¿A qué es bueno? Se lo vendí a un joven enamorado de una moza que trabajaba en una pastelería.

No tuve tiempo de expresar mi opinión. Continuó leyendo.

―O ese otro, escuche, escuche: “Mi amor, cuando se te enferman los ojos, ¿vas a un oftalmólogo o a una joyería? En este caso no me acuerdo de la profesión de la chica pero sí que acabaron casándose. ¡Menuda propina me dio el interesado!

Yo no sabía si estaba ante un lunático, un viejo chocho o bien era realmente lo que decía ser: un inventor de piropos.

Si al principio se había mostrado taciturno y hostil, ahora no había forma de detener su verborrea. Decenas de piropos iban desfilando ante mis oídos. “Quiero ser bolsa de mano para andar de tu brazo” –para una dependienta de una tienda de bolsos-, “Quisiera ser chupaflor para extraer todo el néctar que hay dentro de ti” –para una que trabajaba en una floristería”. Tantos que al final decidí desconectar asintiendo con sonrisa de bobo para no decepcionarle.

Por fin llegó el momento de la despedida. Era mi parada y debía abandonar el tren. Cuando me despedí de aquel curioso escritor, me tendió la mano y me entregó una tarjeta de visita.

―Nunca se sabe. Quizá algún día deba recurrir a este humilde creador de galanterías. Llegado el caso, no lo dude ni un instante. Acuérdese: éxito garantizado.

La guardé en uno de los bolsillos de mi chaqueta y bajé del vagón a toda prisa. No tenía tiempo que perder si quería llegar puntual al trabajo. Al llegar a la oficina, ya más relajado, busqué la tarjetita y la leí. Era una cartulina que amarilleaba y en la que, con letras mayúsculas, aparecía grabado en relieve el siguiente texto:
 
HIGINIO LAFUENTE
VENDO PIROPOS A LA GENTE
Calle del ruiseñor, 22, ático 1ª
08830 San Baudilio de Llobregat (Barcelona)
Tel.: 936 300 000
 
No pude evitar sonreír al recordar los piropos que aquel hombrecillo me había leído. Todavía tenía en mis manos su tarjeta cuando una voz, a mi espalda, me sobresaltó.

―¿Qué es eso tan gracioso que estás leyendo?

Me giré en redondo. Era Luisa, la secretaria del director, que me miraba con esos ojos que me tenían embrujado y con la mejor de sus sonrisas.

―Pu pu pues nada, una tarjeta de visita que que que me ha dado un tipo que que he co conocido en el tren –contesté aturullado y tartamudeando, como siempre me ocurría cada vez que esa belleza escultural me dirigía la palabra.

No pude concentrarme en todo el día. Solo pensaba en mi torpeza y timidez cada vez, que eran muchas, que Luisa aparecía en mi despacho para trasladarme alguna orden del jefe. “Para mí que se entretiene más de la cuenta para charlar conmigo. La forma en que me mira me da qué pensar. ¿Sentirá por mí lo mismo que yo siento por ella? Si no fuera por mi terrible y ridícula timidez, le diría algo bonito, una galantería, yo qué sé, algo que le diera a entender cuánto me gusta” –pensaba una y otra vez.

“¡Un piropo! ¡Eso es! Algo bonito pero nada cursi. Algo natural y encantador. Algo… ¿Pero qué? Soy un inútil en estos quehaceres. ¿Y si le digo algo tan ridículo que se ríe de mí?” –seguía mortificándome.

En el viaje de vuelta, estuve buscando al tal Higinio Lafuente por todo el tren pero ni rastro de él. No, si resultaría que acabaría requiriendo sus servicios, como me había sugerido. “Por probar no pasa nada –me dije-. Si el piropo que me ofrece no me gusta, pues nada. Ya pensaré en algo. Podría copiarlo de alguna parte. En internet seguro que hay miles, aunque no quisiera que Luisa supiera que lo he copiado. Imagínate que elijo uno que conoce”.

Y con este batiburrillo de pensamientos llegué a casa. Volví a mirar la dichosa tarjetita y me decidí. Llamé. Tuve que contestar a un sinfín de preguntas. ¿Cómo es físicamente? ¿A qué se dedica? ¿Qué gustos tiene? ¿Cómo anda? ¿Cómo habla? ¿Cómo ríe? Y no sé cuántas cosas más, la mayoría desconocidas para mí.

Al cabo de unos días recibí por correo el piropo para mi deseada Luisa y que decía así:

Si la estrella de Oriente guía a los marineros, yo me guío por tus ojos que alumbran más que luceros

¿Cómo iba a decirle eso a Luisa? Seguro que le parecería una cursilada. Si soltara una carcajada me sentiría el hombre más ridículo del mundo. Perdería toda mi autoestima. ¿Y si lo iba contando por ahí? Sería el hazmerreír de la empresa. Pero no tenía alternativa. O le soltaba el piropo o callaba para siempre. Que fuera lo que Dios quisiera.
 
 
******
 
 
El mar está en calma y el cielo estrellado. Es un placer navegar a bordo de este crucero que nos llevará por todo el Mediterráneo. Ha anochecido. Luisa mira las estrellas y, cobijándose entre mis brazos, me pregunta:

―¿Cuál es la estrella de Oriente, amor mío?

 
 
*Imagen: Pescador pensativo (Fisherman Deep in Thought), Guan Weixing, 2009
 
 

martes, 17 de noviembre de 2015

Una vida tranquila


«La vida en Jacksonville es apacible. Vivo en una maravillosa y tranquila zona residencial, apartada del bullicio de la ciudad, junto al lago Jackson. Como yo, son muchas las personas de cierta edad que se han instalado en esta pequeña comunidad en busca de un retiro sosegado. Desde hace poco, sin embargo, la tranquilidad ha dejado de existir por culpa de un nuevo vecino. El chiflado del doctor Watson -que nada tiene que ver con el célebre personaje de Sir Arthur Conan Doyle-, no nos deja vivir en paz.

Se hace llamar doctor pero de doctor no tiene nada. Es una más de sus excentricidades, un pretexto para meterse donde no le llaman. Maldita sea su estampa. ¿Para qué vendría a instalarse aquí, con la de lugares que hay en la zona?

Aunque dice tener sesenta años, yo creo que es mucho mayor pues muestra claros síntomas de demencia senil o de algo peor. ¡Dice que vuela! La primera vez que se lo oí comentar tuve que hacer grandes esfuerzos para no soltar una carcajada. Fue en la última fiesta que se organizó para dar la bienvenida a los nuevos en el vecindario. Lo curioso es que a nadie le pareció extraño. No sé cómo pudieron contenerse. Nunca se ha llegado a comentar semejante locura. Será porque está forrado. Tiene toda la apariencia: el cochazo, los trajes de marca, las corbatas de seda... Y ya se sabe: el dinero tuerce voluntades. Si eres rico, todo está bien. Puedes hacer y decir lo que quieras y nadie se atreverá a contradecirte. El mundo está lleno de locos ricos y famosos»
 
 
Se llama Edison y cree que es la reencarnación del famoso inventor. A quien no le cree le trata como a un apestado. Se enfurece y deja de dirigirle la palabra. Yo hice como que le creía. Cuando me presenté como doctor Watson creo que me tomó por un chiflado. Esbozó una de esas sonrisas que vienen a decir “tú estás flipando”. Me dejó con la palabra en la boca delante de todos. Pero ya tendré ocasión de demostrarle mis habilidades. Sabrá lo que es estar en mis manos. Entonces el que flipará será él. Conocimientos y ganas no me faltan.

Lo más sorprendente de ese tipo es que, sin apenas conocerme, me mira como quien ve a un espectro. Pasa por mi lado y ni siquiera me saluda. Dicen que lo hace con todos los nuevos. He conocido a muchos individuos desconfiados, pero éste es más cerrado y esquivo. Me evita y me observa con una expresión que me preocupa. No hay forma de congraciarse con él. Creo que no le caigo bien desde el día en que nos presentaron y le dije que volaba y que además lo hacía con frecuencia. Me miró de una forma extrañísima. Como si esto de volar fuera algo del otro mundo. Me miró como quien mira a un loco y se alejó hablando solo. Ya sé que ninguno de los miembros de esta comunidad está en su sano juicio pero éste es, sin duda, el que está peor.
 
 
«Pero no todo acaba ahí. ¿No dice, el muy imbécil, que en nuestra comunidad hay que implantar unas normas de convivencia estrictas, que si queremos mejorar física y mentalmente debemos seguir sus consejos al pie de la letra? Por muy doctor que sea ese Watson, cosa que sigo poniendo en duda, eso no le da derecho a dirigir nuestra vida. Además me lo encuentro en todas partes, ojo avizor. Debe tener mucho tiempo libre. ¿No dice que vuela? Pues que se dedique a volar y que me deje en paz.

Si me ve en el jardín, ocioso, me amonesta y me obliga a hacer ejercicio. Se empeña en que tengo sobrepeso y debo andar. Si no me ve, viene a buscarme y, con cualquier excusa, me obliga a pasear. Este tío está como un cencerro. Incluso se entromete en mi forma de vestir y me pregunta por mis hábitos higiénicos. Se interesa por mi apetito y por si voy al baño con regularidad. Un día hasta me preguntó si mantenía relaciones sexuales con una de mis vecinas. Al parecer, me había sorprendido mirándola fijamente. No, si además resultará ser un obseso sexual»
 
 
El señor Edison tiene una conducta digna de estudio. Nunca me había encontrado con nada igual. Se ofende por todo. Si le sugiero algo me fulmina con la mirada y da media vuelta refunfuñando. Aunque le dé el mejor de los consejos, como solo alguien como yo puede darle, cree que lo hago para fastidiarle. Dice que me entrometo en su vida privada. Me consta que va difamándome por ahí. Ha llegado a mis oídos que me considera un obseso sexual. Y todo por preguntarle si tenía algo con la señora Zemeckis, la viuda con la que le veo con frecuencia. A mí no me importa si tienen sexo, solo me preocupa que se mantenga el decoro. Solo quiero que en esta pequeña pero selecta comunidad se siga una conducta ejemplar. No soportaría estar rodeado de sátiros y ninfómanas.

No sé si he hecho bien viniendo a este lugar. Me habían dicho que era un sitio ideal para mis propósitos, pero creo que mi vida aquí puede resultar conflictiva. Una cosa es estar rodeado de lunáticos y otra de perturbados potencialmente peligrosos. El peor, sin duda alguna, es Edison. A ese se le ha fundido un fusible y de los gordos. O debería decir una lámpara incandescente, jajaja.
 
 
«Ese Watson es un dictador demente. Me dice lo que debo hacer y me censura si no lo hago. “Tiene que leer más y ver menos televisión, señor Edison”, me insiste. Debe espiarme día y noche. No para de meterse en mi vida. Dice que no llevo un estilo de vida saludable. Un día, en el jardín, me obligó a hacer unos ejercicios respiratorios de relajación. “Inspire, espire, inspire, espire. No, no, así no, inspire profundamente por la nariz y suelte el aire despacio por la boca”. Es insufrible. Cuando le veo, intento desaparecer pero siempre acaba encontrándome. No sé cómo lo hace. Está en todas partes. Está obsesionado conmigo. Y, por si fuera poco, el muy cretino quiere que vaya a verle con asiduidad. Y si no voy, viene a buscarme. Ya no sé qué hacer. Tendré que acabar denunciándole por acoso. Si es necesario, pediré una orden de alejamiento.

Lo curioso es que aunque mis vecinos también se quejan, le toleran e incluso le siguen la corriente. Supongo que es porque eso es lo que hay que hacer con los locos: darles la razón. Pero es que incluso parecen impresionados ante su presencia. Admito que es un tipo con cierto carisma. Cuando te habla, te mira a los ojos de una forma que sobrecoge. No puedo aguantarle la mirada por mucho tiempo. Y esa voz tan grave y profunda que tiene…»
 
 
Cada vez que hablo con el señor Edison, parece que me escucha pero en el fondo pasa de mí. Creo que su mente está a mil kilómetros de distancia, pensando en sus  cosas, sin duda extravagantes. No me sorprendería que oyera voces dentro de su retorcido cerebro.

Tendré que buscar un modo de obligarle a que me atienda. Por las buenas o por las malas. Hay muchos recursos para ello pero no quiero ser demasiado drástico. Pero no me quedará más remedio que ser duro con él si sigue con su conducta arisca. Debe respetar mi autoridad. Soy un prominente miembro de la sociedad médica y no puedo permitir que su mal ejemplo trascienda a toda la comunidad. Si me he trasladado hasta este lugar es porque me ha parecido el idóneo para poner en práctica mi teoría: que se puede modificar la conducta asocial y violenta, los males de nuestro tiempo, con técnicas innovadoras aunque sean poco ortodoxas. Además, aquí nadie se quejará. Son todos unos corderitos. Menos ese Edison. Veré qué puedo hacer con él.
 
 
«Hoy me ha vuelto a contar no sé qué de sus vuelos. Que si vuela alto, que si vuela muy rápido, que si tiene no sé cuantas horas de vuelo. Afirma que todo el mundo, si quisiera, podría hacerlo. Quiere que lo pruebe, dice que me relajaría. Según él, es muy fácil, solo es cuestión de aprender la técnica y practicar. Pero le he dicho que estoy muy ocupado para esas cosas. ¿Qué le iba a decir sino?

Como ya es viernes, al menos no tendré que soportarlo en todo el fin de semana. No sé adónde va. Los viernes por la tarde se marcha y ya no regresa hasta el lunes por la mañana. ¡Qué descanso! Ojalá algún día se mude a otro lugar. Tendré que hacerle la vida imposible, a ver si de este modo se larga de una vez. Pero creo que está tan alelado que ni siquiera se da cuenta del odio que siento por él. A esta hora ya debe estar preparando sus alas para un largo vuelo, jajaja. Ojalá volara de verdad. A ver si de este modo se estrella y no le veo más el pelo.

Saldré al jardín. A esta hora de la tarde se está de maravilla. Si no fuera por el impertinente de Watson, éste sería un lugar maravilloso para pasar el resto de mis días, disfrutando de una vida tranquila»
 
 
 
Mientras el señor Edison intenta imaginar cómo es el paisaje al otro lado de esa tapia que todavía no entiende quién ha podido levantar frente a su jardín, el doctor Watson mira, desde su despacho, el cielo sin nubes. Ha sido una semana muy dura y desea llegar a casa para disfrutar de un largo y tranquilo fin de semana alejado de ese paciente tan rebelde. Han dicho que hará buen tiempo. Nada le impedirá volar horas y horas con su flamante avioneta Cessna 172. Esta vez hará más acrobacias que nadie. Será la envidia de sus compañeros del Club de Aeromodelismo de su localidad.
 

 

martes, 10 de noviembre de 2015

María y Armando



María está acodada en el alféizar de la ventana esperando ver a su enamorado. Como cada día, a la misma hora, le espera con el corazón en un puño. Desde hace unos días, sin embargo, Armando, el amor de su vida, no le regala los oídos con esas galanterías que a ella le erizan el vello de pura emoción. De hecho, no le dice nada, pasa sin siquiera mirarla y sigue su camino sin detenerse. ¿Acaso ya no la ama?

Hoy, cuando pase junto a su ventana, será ella la que le lance un requiebro. Lo ha leído en un librito de poemas y se lo ha aprendido de memoria. Aun así, teme que los nervios la traicionen, por lo que no deja de ojear ese corto pero precioso texto que lleva escrito en un pedacito de papel que sujeta con sus temblorosas manos.

Se hace tarde y Armando no aparece. Desde su ventana, María puede ver toda la calle hasta la plazoleta, esa en la se conocieron. No le ve. Oscurece. Son ya pocos los viandantes a aquellas horas. Y total solo son las ocho.

Las ocho. ¿Las ocho? A ver, a ver, piensa María. ¿Es a las ocho de la mañana o de la tarde cuando pasa Amando por delante de mi ventana? Claro, ¡qué tonta! Me he equivocado de hora. Es por la mañana cuando pasa por aquí, cuando va hacia el trabajo. ¡¿Cómo he podido equivocarme de este modo?! Llevo unos días haciendo la siesta y cuando me levanto pierdo la noción del tiempo y a veces no sé si es mañana o tarde. Ahora entiendo que pasara de largo. No era él. Sería algún buen mozo que se le parece. Si llevara puestos mis anteojos eso no hubiera sucedido. Qué le vamos a hacer, ¡soy tan presumida! Debo llevar varios días asomándome a las ocho de la tarde creyendo que son las ocho de la mañana. ¿Qué habrá pensado mi querido Armando cuando, al pasar junto a mi ventana, no me ha visto esperándole? Se habrá llevado una gran decepción, el pobre. Y yo que empezaba a pensar que se había olvidado de mí. ¡Podría haberme llamado para interesarse por mí, digo yo! Pero, claro, es tan indeciso. Aunque conmigo no lo es. ¡Las cosas que me dice! No sé de dónde las saca. Hasta me hace ruborizar y mira que no soy precisamente una mojigata. Es un desvergonzado pero me encanta que lo sea cuando estamos a solas. Para eso somos novios. Porque somos novios, ¿no? Ay, ay, ay, ahora no me acuerdo si ya somos novios o todavía solo es un pretendiente. Cuando le vea, se lo preguntaré.

―María, ¿otra vez asomada a la ventana? Vas a pillar una pulmonía. Además, te he dicho mil veces que no molestes al vecindario, que luego se quejan. Y ven al comedor, que la cena ya está servida y se enfriará.
―Pero mamá, si no hago nada malo. Solo miro por la ventana por si veo pasar a Armando. Si, si, ya sé que son casi las nueve de la noche. Me he equivocado de hora, qué quieres que te diga. Y no pongas esa cara que equivocarse es de humanos, digo yo.
―¿Armando? ¿Qué Armando, querida?
―Cómo que qué Armando. Pues Armando, mi novio. ¿Quién va a ser? Bueno ahora mismo no sé si es mi novio o solo es uno de mis pretendientes.
―María, cariño, que tú no tienes novio ni pretendiente alguno. Y deja de llamarme mamá, por favor.
―Pero ¿por qué no voy a llamarte mamá? ¿Es que ya no te gusta?
―No es que no me guste, es que no soy ni podría ser tu madre.
―Pero ¿por qué dices eso? No me asustes.
―Ay querida, pues porque, entre otras cosas, si lo fuera tendría ahora mismo más de ciento veinte años.

Y María, suspirando porque se cree incomprendida, cierra la ventana y se dirige al comedor. Después de cenar volverá a leer, como cada noche, el diario en el que, a lo largo de los años, ha ido anotando, día a día, sus aventuras amorosas. Buscará entre sus notas a Armando y así sabrá qué hay de verdad entre ellos.

En la cocina, su cuidadora también suspira deseando que, si llega a la edad de María, conserve la lucidez hasta el último momento de su vida.
 

*Imagen obtenida de internet
 
 

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La playa desierta



Las barcas estaban varadas en la playa desierta. El único sonido perceptible procedía del oleaje. Densos nubarrones amenazaban con descargar un aguacero. Oscurecía a pasos agigantados.

Con la cámara todavía colgada al cuello, miraba el horizonte sentado sobre un pequeño promontorio de arena sin percatarme que alguien se acercaba. Me di cuenta de que no estaba solo cuando oí una voz aflautada a mi espalda.

―Señor, señor, venga, por favor, hay un hombre tendido ahí delante, entre las barcas –me dijo un niño que debía rondar los siete u ocho años.

Me incorporé de un salto y, sin mediar palabra, le seguí a la carrera. Tendido entre las barcas que había estado contemplando hacía tan solo unos instantes había un cuerpo. No se movía. La oscuridad no me permitía distinguirle bien. Le aparté los cabellos mojados que le cubrían el rostro. Tenía una cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda. Era un hombre de unos cincuenta años. Le zarandeé pero no reaccionó. Acerqué el oído a sus labios. De su boca, entreabierta, no salía ni el más mínimo aliento. Le tomé el pulso. Ninguna señal de vida. Estaba ante un hombre muerto. Cuando me giré para preguntarle al niño si le conocía, había desaparecido. Se había esfumado. Me había quedado solo con un cadáver.

La comisaría, a aquella hora de la tarde, estaba extrañamente solitaria. Me costó Dios y ayuda convencer al policía que me atendió para que viniera conmigo a la playa donde había encontrado el cuerpo sin vida de aquel hombre. Cuando llegamos al punto que le indiqué, no había rastro de cuerpo alguno. Debió pensar que estaba loco o que le había tomado el pelo. Dirigiéndome una mirada cargada de ironía, me pidió que le acompañara de nuevo a la comisaría para prestar declaración. No lo podía creer. Primero desaparece el niño, luego el cadáver, y yo hecho un lío sin poder dar una explicación coherente de lo ocurrido.

Una vez en la comisaría tuve que contestar un sinfín de preguntas. Cómo era el niño que me había alertado, cómo era el hombre, quién era yo, dónde vivía, a qué me dedicaba, a qué había venido al pueblo y qué hacía en la playa a aquella hora y con aquel tiempo. Tras firmar la declaración me invitó a marcharme del pueblo.

Conturbado como estaba, preferí tomar algo en un bar cercano antes de regresar a casa. No volvería a pisar aquel pueblo en el que me había detenido solo para tomar unas fotografías del paisaje. Me tomaría una reconfortante copa de coñac y desaparecería al instante.

En el bar en el que entré interrumpí una discusión entre amigos. El más joven estaba hablando a voces al resto del grupo. Era alto y fornido y estaba de espaldas a la calle. Cuando pasé por su lado y le vi la cara quedé perplejo. Era el hombre de la playa, al que había encontrado muerto entre las barcas hacía poco más de una hora. Era él. No había lugar a dudas. Hablaba animadamente dirigiéndose a un grupito de ancianos cuyas manos, como sarmientos, sujetaban un vaso de vino. En un rincón distinguí al policía que me había tomado declaración. Me miraba como quien mira a un visitante molesto.

―Como me llamo Lucas que mañana acabaré de pintar la barca –afirmó vehemente el hombre de la playa.
―Pues acabo de oír por la radio que se acerca un temporal de cuidado –le respondió el que parecía más viejo.
―Sí, el hombre del tiempo ha dicho que se espera una tormenta. Mañana lloverá a cántaros. Así que yo lo dejaría para otro día –añadió otro de los contertulios.
―Bah, yo no me creo a esos meteorólogos de pacotilla. Si fuera a llover mi pierna lo notaría. Mañana, temprano, iré a la playa a terminar el trabajo, que ya va siendo hora.

No sabía qué pensar ni qué hacer. No podía decirle al policía que aquél era el hombre que hacía una hora yacía muerto entre las barcas, Seguro que entonces sí que me tomaría por loco. Por un momento pensé que quizá tenía un hermano gemelo. Deseché la idea al instante. Iba vestido igual y tenía aquella aparatosa cicatriz en la cara.

Anochecía. Tenía un fin de semana por delante. Nadie me esperaba en casa. Por mi profesión, soy un hombre curioso. Decidí pues quedarme y seguir los pasos de aquel hombre misterioso. Alquilé una habitación en una pensión cercana. Era el único huésped. Me levantaría al alba y acudiría a la playa tan pronto como saliera el sol. Esperaría el desarrollo de los acontecimientos. De paso, tomaría más fotos de la playa y de las barcas. El enigma y el lugar me inspirarían una de mis crónicas.

Pero el cansancio había hecho mella en mi cuerpo y desperté cuando el sol casi alcanzaba el cenit. Me vestí tan deprisa como pude. Salí corriendo de la habitación. Bajé las escaleras de dos en dos. La pensión estaba desierta. No había nadie en recepción ni en el bar. Salí a la calle y me precipité hacia la playa. Busqué las barcas. Estaban en el mismo lugar. La playa seguía desierta. Lucía el sol pero no había nadie pintando una barca. ¿Habría cambiado de opinión el tal Lucas? Esperé varias horas. El hambre arreciaba pero mi curiosidad la superaba. Permanecí sentado en el mismo promontorio que el día anterior observando la playa y sus alrededores. No había ni un alma. Nadie a la vista.

De pronto se levantó un aire frío de levante. El mar comenzó a agitarse. El oleaje era cada vez más violento y el cielo se cubrió de nubes oscuras y espesas. Estaba anocheciendo. Miré la hora: las seis y cuarto. ¿Cómo había transcurrido tanto tiempo sin percatarme? El cielo amenazaba lluvia. Decidí que allí no tenía nada que hacer. Había sido una pérdida de tiempo. Cuando me disponía a levantarme, oí unos pasos a mi espalda.

―Señor, señor, venga, por favor, hay un hombre tendido ahí delante, entre las barcas –me dijo el niño que un día antes me dejó a solas ante el cuerpo inerte de aquel desconocido.

Desde aquel instante, los acontecimientos se desarrollaron del mismo modo y en el mismo orden en que los había vivido apenas veinticuatro horas antes: el cuerpo sin vida de un hombre entre las barcas, la desaparición del niño, la comisaría con el mismo policía de guardia, el bar con idéntica clientela y con el mismo tema de discusión. Todo sucedió como la tarde anterior, cuando, sin saber muy bien porqué, decidí recalar en este pueblecito minúsculo junto a una playa desierta.

Quizá todo había sido una alucinación. Me acordé de la película “El día de la marmota” en la que el protagonista, atrapado en el tiempo, revive cada día los mismos hechos. Pero esto no era una fantasía, era real. Abandoné aquel pueblo sin más dilación. Cuando llegué a casa intenté infructuosamente hallar su nombre en el mapa. Nadie lo conoce. No existe. Solo yo soy capaz de encontrarlo cada vez que, tras la curva en la que me paré la primera vez para fotografiar la bahía, observo las mismas barcas varadas en la misma playa desierta.
 
 
Imagen: Fishing boads on the beach at Saintes-Maries-de-la-Mer. Pintura al óleo de Vincent Van Gogh (1988)


martes, 27 de octubre de 2015

Otros premios




Mi apreciada compañera de letras y bloguera María Jesús Fernández, me ha nominado para dos premios, dos, que si ella, con tan buen criterio, lo dice, debo merecer.

Muchas gracias, María Jesús, por haber pensado en mí al incluirme entre tus nominados a:

-The Blogger House

-The Versatile Blogger Award

Como todos debéis saber, María Jesús es la propietaria del blog “Reinvenciones”, que sigo con asiduidad y que os recomiendo encarecidamente visitarlo si todavía no lo habéis hecho.

Es una escritora muy prolífica, mucho más que yo pues raro es el día en que entre en sus dominios y no haya  publicado un relato nuevo y original.

Según he leído, el primero de los premios antes mencionados se otorga atendiendo a la constancia, la calidad con la que se publica, y a la pasión por lo que se publica.

El segundo se concede por méritos parecidos, a los que se les añade la imaginación, el ingenio, la singularidad de los temas tratados, y al amor que se muestra en las palabras escritas.

Teniendo todo ello en cuenta, quizá sí sea merecedor de estos premios, digo yo. Porque, por lo menos, no escatimo amor y pasión a la hora de ponerme a escribir. Sin pasión o amor por lo que uno escribe, no tendría sentido dedicar tiempo y esfuerzo a la escritura y a exponerse a un público virtual pero exigente, que a su vez publica incansablemente.

No puedo juzgar, sin caer en la presunción, la calidad de mis relatos. Lo único que puedo decir es que me gustan y me siento orgulloso de haberlos engendrado. Pero, claro, para todos los padres su hijo es el más hermoso. Son los lectores quienes deben juzgarlo. La imaginación es algo fundamental, es el origen de cualquier historia. Sin imaginación e ingenio caeríamos en la mediocridad y provocaríamos el aburrimiento del lector.

¿Soy un trabajador incansable? No lo sé. Lo que si sé es que soy pertinaz aunque con algún que otro altibajo. Sigo escribiendo después de tres años de haber creado este blog sin demasiado éxito. Y aunque un día, al comienzo de esta loca carrera sin fin, acuñé una frase que me salió del alma y de la que me sentí orgulloso, al poco tuve que rectificar reconociendo mi error.

La frase en cuestión decía así: “Escribo por placer, no para complacer”. ¿A que suena bien? Corta y contundente. Y además la dije con absoluta convicción, tanta como inexperiencia emocional en esto de la escritura. Porque al poco de haber iniciado mi andanza en este mundo de las letras, para mí totalmente desconocido, me percaté que si lo que uno escribe no lo lee nadie ¿dónde van a parar nuestras historias? ¿Qué sentido tiene escribir y publicar si no existe un receptor al otro lado? Y si lo hay pero ignoramos lo que opina del fruto de nuestra imaginación ¿cómo saber si lo que escribimos es de una mínima calidad? Así pues escribimos para un público imaginario que esperamos se manifieste de algún modo para reafirmarnos en que lo que hacemos vale la pena.

He leído que quien acepta la nominación a estos premios debe cumplir con algunos requisitos. La mayoría ya los he cumplido aunque de una forma anárquica, como a mí me gusta. Quedan los dos que me resultan más difícil de cumplimentar: contar siete cosas sobre mí y nominar a 10 blogueros que, según mi criterio, sean también merecedores de estas distinciones.

Vamos allá:

- Amo la naturaleza y la respeto como a mí mismo. Me tira mucho la montaña. ¿Será porque vivo junto al mar? Como extensión de ese amor por la naturaleza, amo también a los animales. Tengo un perro al que le he dedicado algún relato y hasta un poema.
- Siempre me ha gustado escribir aunque no fue hasta que me retiré de la vida laboral que puse en práctica esta afición. De niño gané dos veces el primer premio de redacción en el colegio. Esos debieron ser mis inicios.
- Soy un obseso del orden y de la organización. En más de un test psicológico me definieron por perfeccionista. Pero que nadie se lleva a engaño, no es una virtud, para mí es un defecto. Se sufre mucho. Nunca estás satisfecho con el resultado de tus obras.
- Siempre he estado rodeado de mujeres. En casa y en el trabajo. Madre, dos hermanas y una abuela. Mujer y dos hijas, y ahora una nieta. Y en el trabajo siempre dirigiendo a mujeres. Esta última parte es la más dura. Menos mal que ya me jubilé. (Una aclaración para las feministas: mi sentido del humor no tiene límite, no os sintáis ofendidas).
- Soy tremendamente malo para el bricolaje. He sido un autodidacta para muchas cosas menos para los trabajos manuales (creo que la escritura es la única excepción aunque de manual tiene muy poco).
- Si algo he aprendido esos últimos años es que hoy en día de lo único que no conviene hablar es de política si no quieres perder amigos. Aunque bien pensado, si los pierdes es que nunca lo fueron.
- No entiendo a quienes no les gusta la lectura. No podría vivir sin tener un libro en mis manos o en la mesilla de noche y otros esperando su turno. Desde mi primer libro, a los diez años, “Las Aventuras de Tom Sawyer”, no he dejado de leer. Los precursores de la lectura de libros fueron, como no, los tebeos o, como ahora se les llama, los comics. Quien no lee no puede escribir.

Finalmente, si contar siete cosas sobre mí no es tarea fácil, nominar a diez blogs sin volver a mencionar a los mismos, evitando así una endogamia literaria, me resulta altamente complicado. Sigo un limitado número de blogs. Mi tiempo libre dedicado a la lectura de blogs es breve, me ocupa una hora al día aproximadamente. Me dedico a otros muchos menesteres. Por lo tanto, es inevitable recurrir a mi reducido círculo de bloguero/as a sabiendas de que más de uno/a ya habrán recibido la misma distinción. Intentaré, sin embargo, no repetirme demasiado:

- Apócrifos y compulsivos, de Ragnar Lothbrok
- De aquí y de allí, de Paola Panzieri
- El mirador, de José Antonio López Rastoll
- Escritora mamá, de María Campra Peláez
- Las cosas de la caja, de Vichoff
- Más poesía, menos hipocresía, de Moon Om
- Mi pluma de cristal, de María Perlada
- Palabras Narradas, de Ricardo Zamorano Valverde
- Pequeños retazos del pensamiento, de Elda
- Relatos Antilógicos, de Santiago Estenas Novoa


jueves, 22 de octubre de 2015

Rebelde con causa



Alfredo era el empleado perfecto: puntual, disciplinado, sumiso, prudente, organizado y leal. Digamos, para abreviar, que era un perfeccionista. Pero de todas sus virtudes la única de la que no se sentía orgulloso era la sumisión. Le provocaba muchos más perjuicios que ventajas. No sabía decir que no ni siquiera a las propuestas más descabelladas de sus superiores. Quería cumplir a rajatabla los objetivos que, de una forma generalmente arbitraria, le fijaban. Cuando no lograba cumplirlos se sentía frustrado. Si, por el contrario, tenía éxito en sus propósitos, no recibía recompensa alguna, ni tan solo unas palabras de reconocimiento.

A pesar de todos estos inconvenientes, a Alfredo le agradaba su trabajo. Tenía una gran experiencia acumulada después de más de veinte años en la misma empresa. Últimamente, sin embargo, las cosas no marchaban bien. La crisis había afectado las ventas, los beneficios iban menguando y habían tenido que reducir la plantilla. “Para sobrevivir a esta crisis hay que optimizar los recursos”, era la consigna de la dirección general. Si no lograban superar ese bache, los primeros en caer serían los directivos. En este escenario, era lógico que los altos cargos presionaran a los empleados del modo en que lo hacían. La empresa tenía que producir más con menos personal y menores salarios.

Alfredo era un mando intermedio. Dirigía un pequeño grupo de empleados. Todos excepto uno eran mucho mayores que él. Rondaban los sesenta años. El más joven era Eduardo, con veintisiete, veinte años menos que Alfredo. Era la última incorporación a la empresa. En solo tres años había demostrado poseer dotes de liderazgo. Era un buen trabajador pero también un arribista, lo que se conoce coloquialmente como un “trepa”. En más de una ocasión, Alfredo tuvo que reprenderle por incitar a sus compañeros a rebelarse contra su autoridad. Como responsable del departamento, se encontraba entre dos bandos: la empresa que le pagaba un buen salario y el personal al que dirigía. Muchas veces debía dar unas órdenes que consideraba injustas. Cada vez eran más las ocasiones en que pensaba que sus subordinados tenían razón al exponer sus quejas, pero debía hacer cumplir el mandato de sus superiores. Él no podía rebelarse. Su puesto de trabajo estaba en juego. No tenía más remedio que aguantar el chaparrón.

Cuando llegaba a casa, abatido y desmotivado, su mujer, con la mejor de las intenciones, le espoleaba diciéndole que no permitiera que nadie le pisoteara. Debía hacer frente a cualquiera que intentara minar su autoridad y autoestima. Él valía mucho –le repetía- y no debía dejarse amilanar, ni por un superior ni por un subordinado.

A medida que el ambiente laboral se caldeaba a su alrededor, Alfredo fue, poco a poco, calentándose mentalmente. Su cerebro bullía cada vez que recibía una orden que consideraba inapropiada pues anticipaba las quejas airadas de sus subalternos. Éstos le reprochaban su falta de coraje para negarse a obedecerlas. “Un buen jefe debe ser como un paraguas. Debe proteger a sus empleados de las injusticias y amenazas laborales” –le increpaba Eduardo ante la aquiescencia del resto del grupo. Y Alfredo no sabía qué contestar. Intentaba persuadirles de que se trataba de una situación pasajera, que debían tener paciencia y que, por el bien de todos, debían acatar las órdenes de quienes aseguraban sus puestos de trabajo.

A finales del pasado mes de julio, a dos días del inicio de las vacaciones de verano, Alfredo fue llamado al despacho del director de Recursos Humanos. Olía mal, muy mal. Los últimos despidos se habían producido justo unos días antes de las vacaciones de Navidad y de Semana Santa, así que debía tratarse de eso. Alguien de su departamento se iría a la calle en menos de veinticuatro horas. De ser así, su equipo se reduciría a un nivel intolerable para la carga de trabajo que llevaban soportando desde hacía tiempo. Si habían decidido prescindir de alguno de sus empleados, en esta ocasión lucharía como un jabato en su defensa, aunque se tratara del incordio de Eduardo. Por muy molesto que resultara, era un trabajador muy válido.

La sorpresa que se llevó Alfredo fue mayúscula. El despedido era él. El motivo: no saber dirigir de forma eficiente a un pequeño grupo de fieles y esforzados trabajadores. Los resultados estaban muy claros: el rendimiento había disminuido notablemente los últimos meses. Le sustituiría Eduardo. Savia nueva. Tenía lo que a él le faltaba: iniciativa, empuje y dotes de líder. Y sacando cuentas, se ahorraban unas buenas decenas de miles de euros al año. “Optimizar recursos, ¿recuerda? Esta es la filosofía de la empresa, una filosofía que, al parecer, a usted se le ha olvidado” –fue lo que le espetó aquel individuo sentado al otro lado de la mesa, con cara de perro.

Más de veinte años dedicados a esa empresa que ahora le dejaba en la calle con una mísera indemnización. ¿Dónde estaba su arrojo? ¿Y su amor propio? A su mente le vinieron los consejos de su mujer pero se sentía incapaz de ponerlos en práctica. Ante los tribunales no podría ganar un litigio contra la empresa. Ésta usaría cualquier pretexto y nadie saldría en su defensa.

Al volver a su despacho, solo con ver la cara de satisfacción contenida de Eduardo y las de pena mal disimulada de sus hasta entonces colaboradores, supo que le habían traicionado. Aquel joven ambicioso y sin escrúpulos se había apoderado –vete tú a saber con qué artimañas- de su puesto y los demás habían secundado su pretensión. Pero aquello no podía quedar así. No se resignaría a permanecer con los brazos cruzados. Pero ¿qué podía hacer?

Le habían dado veinticuatro horas para que pusiera al corriente a su sucesor en el cargo y le traspasara toda la información necesaria para el buen funcionamiento del departamento. “Esperamos que demuestre su profesionalidad hasta el último momento y colabore en todo lo necesario para que el señor Moreno –Eduardo- pueda desempeñar perfectamente su trabajo sin dilación –le había manifestado el de la cara de perro.

Si tenía veinticuatro horas para “colaborar” con sus verdugos, bien podía emplear unos minutos para hablar con su  mujer. Se encerró en su despacho, atrancó la puerta con una silla y la llamó desde su móvil, no fuera que tuvieran intervenida la línea en la centralita. “Dales su merecido” –fueron las últimas palabras de ella antes de colgar.

Cuando volvió a abrir la puerta, todo su ex equipo le observaba desde sus puestos de trabajo. Eduardo le observaba de reojo desde la máquina de café. Nadie podía sospechar lo que Alfredo se disponía a hacer. Su mujer le había dado la idea al recordarle una de las anécdotas más sorprendentes que él le había contado de su infancia: la de la cristalera.

De niño, Alfredo había cometido un acto de rebeldía muy sonado. Era domingo de Ramos y habían venido a almorzar sus abuelos y sus tíos paternos y maternos. Toda la familia al completo. 

Después de la comida, cuando los mayores se hallaban en el salón tomando el café, Juan, el bruto de su hermano menor, chutó la pelota con la que jugaban con tan mala fortuna que la estrelló contra la cristalera del comedor. El vidrio sufrió un evidente y feo desperfecto --una grieta en forma de uve justo en el centro-, pero quedó de una pieza. No obstante, esa horrible fisura arruinaba por completo la magnífica vidriera modernista de la que tanto se enorgullecía su madre, y que tenía más de cien años, tantos como la casa donde vivían.

Cuando se presentaron todos en tropel para comprobar qué había provocado aquel estruendo, Juan señaló con mano acusadora a Alfredo. “Ha sido él, ha sido él” –repetía sin cesar. Y, ante la cara de asombro de éste, todos creyeron a Juan, el pequeño, el obediente. Por mucho que Alfredo desmintió al embustero de su hermano, por mucho que gritó defendiendo su inocencia, no hubo forma de convencer a sus padres de que él no había sido el autor de aquel atentado artístico. El castigo se adivinaba de gran calibre, tan grande como el mal genio que gastaba su padre, que era quien aplicaba los correctivos. Ante tamaña impotencia, la rabia inundó todo el cuerpo y la mente de Alfredo. Su reacción no se hizo esperar. Pensó que si le iban a castigar, que fuera por algo que hubiera hecho de verdad. Se encaminó hacia su cuarto, dejando con la palabra en la boca a su progenitor mientras enunciaba la cadena de castigos que le caerían encima. Al poco reapareció, rojo de ira, con un bate de beisbol en la mano, el que le había regalado su querido padre las últimas Navidades, y ni corto ni perezoso aporreó con él una y otra vez la hermosa vidriera que de herida pasó a peor vida quedando hecha añicos. “Ahora sí que me merezco el castigo” –fue todo lo que exclamó Alfredo antes de desaparecer, dejando a la concurrencia con la boca abierta.

Ahora Alfredo, más de treinta años después de aquel suceso, iba a darles a todos aquellos bastardos un escarmiento. Ya no le importaba las consecuencias. Poco más podía perder y mucho que ganar: su autoestima.

Su acto solo le llevó unas pocas horas. Su meticulosidad le fue de gran ayuda. Recorrió pasillos. Entró en todos los despachos donde solía reunirse con los responsables de otros departamentos. Accedió a los talleres y laboratorios en los que su presencia era habitual. Abría y cerraba armarios y archivadores ante la mirada impasible del personal que ignoraba lo acontecido. Lo único extraño era la fruición con la que parecía remover tal cantidad de papeles. Cuanto más material manipulaba más satisfecho se sentía. Parecía un niño jugando con sus nuevos juguetes. Cuando por fin se marchó para no volver, había dejado tras de sí un caos documental de tal magnitud que ni el listo de Eduardo podría resolverlo en varias semanas. Le había bastado con traspapelar, desordenar y esconder los suficientes documentos imprescindibles para la organización, planificación y contabilidad como para paralizar la empresa durante un tiempo. Pedidos archivados como mercancías servidas, facturas pendientes de cobro registradas como ingresos, procedimientos de trabajo guardados junto a los materiales publicitarios, certificados de calidad junto al inventario de productos en desarrollo. Nadie podría trabajar de forma eficaz y segura. Los números no cuadrarían y el desorden los devoraría. No tendrían más remedio que colgar el cartelito de “cerrado por inventario”. De lo contario sería la ruina.

Esta fue la segunda vez en su vida que Alfredo se rebeló ante una injusticia. En la primera muchos fueron los testigos; en ésta nadie podría atestiguar en su contra. Nadie le había visto hacer aquella “fechoría”, como algunos la calificaron después. No podría contar con unas buenas referencias a la hora de encontrar un nuevo empleo pero ya se las apañaría. Cambiaría de profesión. Hacía tiempo que se planteaba un cambio. Ahora lo tenía claro. Se dedicaría al coaching. Estaba de moda y daba mucho dinero. Experiencia no le faltaba.
 
Fotografía: James Dean, protagonista de la célebre película "Rebelde sin causa"
 
 

martes, 20 de octubre de 2015

Un premio


Hoy voy a hacer un breve paréntesis y dedicaré esta entrada a un hecho que calificaría de “especial”: mi estimada y admirada Julia C. Cambil (Palabras y Latidos) ha nominado este blog para el premio Parabatais justamente cuando acaba de contabilizar algo más de 20.000 visitas tras dos años de existencia, lo que no es mucho, francamente, habida cuenta de lo que abunda a mi alrededor. Así pues debo sentirme honrado y satisfecho que un blog tan modesto como el mío haya sido merecedor de un premio. Gracias, Julia.

Éste no es el primer premio que recibe uno de mis blogs, por lo que más de uno/a sabréis que para esto de los premios soy, digamos, también “muy especial”. No es que me dé reparo recibir una distinción de este tipo, al contrario. Lo que ocurre es que siempre he sido atípico en muchos aspectos y he rehuido la notoriedad, he preferido pasar desapercibido y en este mundo de los blogs la verdad es que no me prodigo mucho. Pero, claro, si abres un blog de relatos es con la intención de que te lean y que guste lo que escribes y esto conlleva una serie de deberes para con quien te sigue. Pero es que fuera del ámbito laboral soy un poco anárquico e intento no ceñirme a las reglas. Me incomodan las normas y el protocolo.

Una vez me definí como “rarito” cuando, amablemente, creo yo, decliné seguir con la cadena de nominaciones y contestar a una serie de preguntas, que es la norma que debe seguir quien recibe uno de estos premios. A mí estas cosas no me van, soy así, y por ello he obviado en alguna ocasión cumplir con la norma. Espero no haber ofendido a nadie.

Dicho esto a modo de presentación y justificación, voy a quebrantar mis “principios” y, además de mi agradecimiento a Julia por haber pensado en mí y en este blog, voy a resumiros mi perfil y el de “Retales de una vida”, saltándome, cómo no, el programa y dándole mi “toque personal”. Creo que lo importante no es la forma sino el fondo:

-Este blog lo crearon y diseñaron mis dos hijas como obsequio de mi 63 cumpleaños. Yo solo tuve que añadir mi perfil y empezar a escribir. Sabían de mi gusto por la escritura y llevaba algún tiempo escribiendo relatos breves que colgaba en facebook y que, por aquel entonces, tenían un tono claramente intimista. Eran relatos mezcla de ficción y realidad, basados en experiencias de mi infancia y adolescencia y alguna que otra reflexión existencial. De ahí que le bautizaran con el nombre “Retales de una vida” (la mía).

-Al cabo de un tiempo, sin embargo, e impulsado esta vez por mi mujer, que bien conoce mis “dotes” de imaginación, el contenido del blog viró hacia la pura ficción y fantasía, abarcando, si no todos, muchos géneros literarios, según iban fluyendo de mi cabeza.

-Al principio, las ideas (y los relatos) se me agolpaban y en más de una ocasión tuve que levantarme de la cama, a medianoche, para escribir lo que se me acababa de ocurrir, no fuera que el sueño reparador borrara las ideas. Ahora, en cambio, suelo publicar en este blog un relato a la semana. Debo decir que, al margen de que mi inspiración pueda estar sufriendo un enfriamiento momentáneo, también tengo otros dos blog a los que alimentar.

-Mis publicaciones están al alcance de quien tenga acceso a mi cuenta de facebook (uso mi nombre real) y de Google+, donde las comparto de forma pública.

-Más que bloguero (que lo soy por el mero hecho de tener un blog activo), me considero aspirante a escritor, aunque prefiero llamarme escribidor, pues el término escritor me va todavía un poco grande. Aunque he estado tentado por la novela, de momento me siento muy a gusto con los relatos. Asisto desde hace dos años a un taller de escritura creativa que se imparte en mi población y, de este modo, voy obteniendo el utillaje necesario para saber desenvolverme con cierta “dignidad” en el mundo de la escritura.

-Me apasiona la lectura. No podría vivir sin un libro que leer cada día. Leer es la mejor forma para aprender a escribir y es, a la vez, una fuente de inspiración.

-Escribo a partir de cualquier vivencia, idea, imagen, comentario, que recala en mi cerebro y este lo procesa y se las ingenia para darle un toque de suspense, humor, terror, romance, etc., etc.

-Tras la mutación de los “Retales de una vida” hacia el género libre de la ficción, creé otro blog, al que llamé Cuaderno de bitácora, que tomó el relevo de aquél en lo concerniente a las reflexiones y relatos más intimistas y reales. El tercer y último blog, lo creé para poderme expresar en mi lengua paterna (digo paterna y no materna porque mi madre era de Murcia), el catalán, como un modo de ahondar en mi bilingüismo.

Espero seguir contando con vuestra presencia y animo a todos los que visitan este blog a que dejen sus comentarios. Para mí, ésta sería la mejor forma de premiar mi esfuerzo y dedicación.

Y finalmente, quiero, a mi vez, nominar, por orden alfabético (uno es así de meticuloso), a los diez blogs de los que soy un asiduo seguidor, aun sospechando que algunos ya habrán recibido esta misma distinción con anterioridad:

-Absurdamente, de Pedro Fabelo
-Desde mi rama, de Pedro Pablo de Andrés
-Contigo en la distancia, de Elda Gallego
-Ese otro tiempo, de MariCarmen Fabre
-Las letras suicidas, de Campanilla Feroz
-Mari Carmen Azcona
-Palabras nómadas del viento, de Fanny Sinrima
-Relatos oscuros, de Federico Rivolta
-Rincón creativo de Edgar K. Yera
-Testamento de miércoles, de Nanny Ogg (Dolo Espinosa)