Charles y Christine entran nuevamente en escena, pero con una historia totalmente distinta a la de “Las apariencias engañan”. Las únicas coincidencias con respecto al relato anterior son: el nombre de los protagonistas, la frase de arranque (el día era perfecto), algún que otro detalle y las cinco palabras elegidas al azar: éxtasis, diablo, pintor, Edén y nubes. Éste es el resultado.
El día era perfecto. Estaba seguro de que todo iría bien. Las apariencias no siempre engañan. Desde que Charles Parker había vuelto a Charleston, la vida le sonreía. Cuando se licenció juró no volver nunca más. Quería olvidar. Pero no pudo resistirse a la propuesta de hacer una exposición de sus obras en esta ciudad, en una de las mejores galerías de arte del Estado. Y fue un acierto. Tuvo un gran éxito como pintor y decidió quedarse. Lo único que temía era encontrarse con ella. Pero el azar, siempre tan caprichoso, había hecho que así fuera. Ahora que la había vuelto a ver, ni el mismísimo diablo podría arruinarle esta segunda oportunidad.
Christine Rogers –ese era su apellido de soltera- vivía ahora en una zona residencial de Mount Pleasant, a las afueras de Charleston. Se fue a vivir allí tras casarse con el imbécil de Jeffrey Simmons, el pivot del equipo de básquet. Vivía con sus dos hijos de corta edad. Llevaba dos años divorciada. Era profesora de Historia del Arte en la Facultad donde ambos se conocieron.
Desde que se encontró casualmente con ella, un sábado por la tarde, Charles vivía en un constate éxtasis. Verla de nuevo le hizo revivir aquel curso en la Facultad de Bellas Artes en el que había logrado salir con la más guapa, adorable y deseada cheerleader de todo el campus.
Al día siguiente, domingo, las nubes se habían retirado para dejar paso a un sol radiante. En Carolina del Sur el otoño es muy cálido. El estanque del parque y sus alrededores se asemejaban al mismísimo Edén. Solo faltaba que su Eva le diera a probar la manzana. Pero todo a su tiempo. Habían quedado a las doce. Irían a comer a un restaurante del barrio histórico de la ciudad y luego... lo que surgiera. Al ex marido de Christine le tocaba estar todo el fin de semana con los niños. Tenían lo que quedaba del día para estar juntos.
Sería su primera cita tras quince años de separación. Charles no olvidaría jamás la noche que fue a recogerla a casa de sus padres con su Ford Mustang de 1966, de color rojo y de tercera mano. Christine había aceptado ser su pareja en el baile de fin de curso. Esa noche se le declararía. El tenía veinte años, ella diecinueve.
Charles quería ahora causarle buena impresión. Ella seguía bellísima. La maternidad no le había pasado factura. Conservaba un cuerpo de vértigo, casi como el de una adolescente. Él, en cambio, lucía una incipiente calvicie y la falta de ejercicio le había obsequiado con una tripa que amenazaba con hacer saltar algunos botones de la camisa entallada. Esperaba que ella no se fijara en esas minucias. Aunque después de tanto tiempo ¿qué pretendía? ¿Qué cayera rendida en sus brazos? ¿Después de lo que pasó? Pero había algo a su favor. Su mirada y su expresión, al hablarle el día anterior de su vida de casada, la delataron. Había sido muy infeliz y deseaba rehacer su vida. Todavía había un resquicio de esperanza. Si había accedido a ese encuentro era porque todavía sentía algo por él.
Eran las doce y media y Christine no llegaba. Tenía reservada una mesa a la una en punto en el Halls Chophouse. Estaba hecho un manojo de nervios. ¿Y si se había arrepentido y no acudía a la cita? ¡Tan bien que había empezado el día! Las dos. La situación estaba tomando un cariz preocupante. A las dos y cuarto comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Habían vuelto a aparecer las nubes y el aire amenazaba lluvia. Le pareció oír un trueno lejano. Con un suspiro de resignación, arrojó a la papelera la gardenia que le había comprado –su flor favorita- y abandonó el lugar cabizbajo. Ya tuve mi oportunidad hace quince años y no la supe aprovechar. ¿Qué esperabas? –se dijo.
Cuando arrancó el coche, un Ford también rojo pero de matriculación reciente, cambió de opinión. Iría a verla. Necesitaba hablar con ella. Aunque no tuviera ninguna oportunidad de recuperarla, por lo menos quería dejar las cosas claras, disculparse, cerrar aquel episodio.
Conduciendo por la Interestatal camino de Mount Pleasant, tras dejar atrás Charleston, su mente voló hasta los días felices antes de su ruptura. Recordó aquella mañana de otoño cuando la conoció. Ella iba un curso por detrás de él. La había visto miles de veces pero nunca se había atrevido a decirle nada pues la consideraba inalcanzable. Era sin duda la chica más guapa de la Facultad. Todos suspiraban por ella. Pero aquel día se sentó a su lado, en el césped del campus, y empezaron a hablar. Recordó aquella tarde de invierno, patinando en el pabellón municipal cogidos de la mano. Recordó la primavera siguiente, cuando oficializaron su relación y le presentó a sus padres. Y volvió a recordar aquella aciaga noche de verano cuando fueron al baile de fin de curso. En menos de un año, durante cuatro estaciones, pasó de la ilusión a la decepción, del enamoramiento alocado a la tortura del abandono. Y todo por culpa del chico más famoso y más alto de la Facultad, un guaperas con un pedazo de serrín por cabeza. Lo único que tenía era una buena planta y unos padres muy ricos. Y mucha labia. Con esos únicos atributos le robó la que tenía que ser su novia. Ni siquiera le dio tiempo a declararse. Se la arrebató literalmente de las manos y lo dejaron tirado en medio de la pista de baile.
El rencor le hizo decir y hacer cosas de las que ahora se arrepiente. Los celos y la rabia le nublaron la razón y le empujaron a ser cruel con ella. No volvió a dirigirle la palabra aun cuando ella lo intentó. Supo, por sus amigas, que se sentía profundamente arrepentida, que reconocía haber cometido un error. Pero él no quiso reconciliarse con ella. ¿Cómo pretendía que la perdonara después de lo que le hizo? Cuando él terminó los estudios supo que se había prometido con aquel ladrón de novias. No hizo nada por evitarlo.
Andaba recordando todo esto cuando sonó su móvil. Lo había dejado en el asiento del copiloto. Lo tomó intentando mantener la vista en la carretera. Cuando lo tuvo en sus manos vio que era ella quien llamaba. “Chris” aparecía en la pantalla. La fotografía que había usado para identificarla en su directorio era la que le hizo la noche que iban al baile, con una gardenia prendida en su cabello. Estaba preciosa. ¿Por qué tuvieron que acabar de aquel modo? Pero ahora todo volvería a ser como antes. Seguro que llamaba para disculparse. Habría tenido un contratiempo y no había podido acudir a la cita. Charles deslizó el dedo pulgar sobre la pantalla para contestar la llamada y se acercó el aparato al oído a la vez que volvía la mirada al frente.
La colisión fue brutal. El conductor del camión no tuvo tiempo de esquivarlo. Entre el amasijo de metal y plástico en el que se convirtió el Ford Mondeo, el móvil de Charles apareció intacto. Cuando uno de los bomberos lo recuperó, comprobó que había muchas llamadas entrantes. Todas eran de “Chris”. Un SMS decía: “Lo siento, mi ex ha vuelto antes de tiempo. Tengo que quedarme con los niños. Nos veremos otro día. Te he echado mucho de menos.”.
Aquella tarde de otoño un feroz aguacero descargó sobre todo el condado.






