lunes, 19 de septiembre de 2016

¿Dónde están mis recuerdos? (segundo acto)


Aquella noche no lograba conciliar el sueño. Me venía continuamente a la mente ese nombre: Latorre. Pero, por muchas vueltas que le daba, no conseguía recordar nada.

Ya clareaba cuando debí quedarme dormido. Y entonces mi cerebro se puso, por fin, a trabajar. Haber repetido tantas veces ese nombre quizá hizo que mi subconsciente provocara el sueño que tuve a continuación.

Primero veía a un hombre, corpulento y vestido elegantemente, que, visiblemente encolerizado, gritaba, amenazante, a un individuo enjuto y de pelo canoso, que tenía el rostro de ese tal Utiel que aparecía en la fotografía del periódico que me había mostrado el inspector. Cada vez que aquel hombre agitaba los brazos, como aspas de un molino de viento, bajo la manga izquierda de su chaqueta asomaba un reluciente Rolex de oro. A continuación aparecía también el hombre con la cara de Utiel, sentado tras una mesa de despacho. Atemorizado, me aconsejaba que desapareciera por un tiempo, pues ambos podíamos estar en peligro.

Me desperté sobresaltado. ¿Sería un sueño revelador? ¿Pero revelador de qué?

Esa mañana no pude desayunar. Era incapaz de tragar nada, tanta era la ansiedad que me embargaba por querer encontrar un sentido a esas señales.

Poco a poco fui formándome una vaga idea de lo que significaba el sueño que había tenido: el hombre al que había visto amenazar a Utiel era quien le había hecho asesinar, cumpliendo así sus amenazas. Yo debía ser el socio de Utiel, lo cual explicaría que el vehículo en el que me hallaron estuviera a nombre de la asesoría. Y como socio suyo, Utiel me había recomendado desaparecer para no ser también objeto de la venganza de aquel hombre peligroso.

Cada vez lo veía más claro. Ese hombre, evidentemente adinerado, según los signos externos que mostraba en sueños, debía ser un cliente muy cabreado por algo que, como sus asesores financieros, no habíamos hecho correctamente o que había salido mal y le había afectado hasta el extremo de llegar a amenazar a Utiel por ello. Debía de ser algo muy grave, desde luego, para mandar matar a Utiel estando este en la cárcel. El inspector había dicho que Utiel había sido encarcelado por negocios turbios y el periódico hablaba de evasión fiscal y blanqueo de capitales en paraísos fiscales. Quizá la detención y posterior encarcelamiento de Utiel pusiera muy nervioso a ese individuo, haciéndole temer que mi socio acabaría dando nombres a cambio de una rebaja de la pena o lo que fuera que le ofrecieran por colaborar con la justicia. Por eso se deshizo de él, antes de que pudiera cantar, y luego fue a por mí, sabiéndome o creyéndome al corriente de todo. El inspector dijo también que habían hallado en el coche huellas digitales de otra persona. Todo encajaba. Así pues no se trató de un accidente sino de un intento de asesinato. Lo que no tenía claro era cómo había podido perpetrarlo ese individuo si era yo quien iba al volante. Debió obligarme a conducir hasta ese acantilado, me dejo inconsciente de algún modo y empujó el coche por la pendiente. Por eso no llevaba el cinturón de seguridad abrochado ni había huellas de frenazo.

Por un momento me sentí como Sherlock Holmes al descubrir al culpable de un asesinato. Pero acto seguido me paralizó un temor: si el asesino fallido se enteraba de que había sobrevivido y que estaba amnésico, vendría a por mí antes de que recobrara la memoria y pudiera hablar, y esta vez se aseguraría de no dejarme con vida.

Eso se lo tenía que contar al inspector en cuanto entrara por la puerta.

Pero, a los pocos minutos, quien entró por la puerta fue otra persona.

Iba vestido con una bata blanca que le quedaba a todas luces corta y estrecha, como si hubiera encogido en la secadora. Era un tipo corpulento y bien parecido. Su cara me resultaba familiar. Sonreía pero a la vez me miraba con recelo.

―¿Qué tal está usted hoy señor… Latorre? –dijo leyendo lo que parecía un expediente-. ¿Cómo va esa memoria, eh? –añadió, mientras miraba de soslayo la botella de infusión que pendía de un soporte junto a la cabecera de mi cama.

Y como yo mantenía un total mutismo, continuó:

―Tranquilo, todo irá bien. Soy neurólogo y me encargo de su caso. No tiene de qué preocuparse. La resonancia craneal que le practicaron tras su ingreso en urgencias no reveló ninguna lesión cerebral grave. Poco a poco irá recobrando la memoria. Ahora voy a administrarle un sedante suave. Ya verá como, en un estado más relajado, sus recuerdos empezarán a fluir.

Y dicho esto, sacó una jeringuilla del bolsillo de su minúscula bata y se dispuso a inyectar su contenido en una de las vías que me habían practicado para la administración intravenosa de fármacos. Cuando extendió el brazo izquierdo para sujetar la vía, un Rolex de oro asomó por debajo de la manga. Entonces lo vi claro. Esa cara, que me había resultado familiar, era la del hombre del sueño, el que amenazaba a Utiel. Era el asesino y había venido a acabar su obra incompleta.

Grité como un orate a quien intentan reducir para ponerle un chaleco de fuerza. Del susto o la sorpresa, la jeringuilla le resbaló de la mano y cayó al suelo. Yo seguía gritando con todas mis fuerzas. Al asesino no le quedó más remedio que salir corriendo antes de que llegara alguien alertado por mis gritos.

Esta vez sí que tuvieron que administrarme un sedante, el cual me dejó fuera de combate durante no sé cuánto tiempo. Cuando volví en mí, tenía al inspector Giráldez sentado junto a mi cama, con dos agentes uniformados a cada lado que, de pie, parecían custodiarle. Esta vez, el inspector me miraba con cara contrariada.

―¿Qué es eso de que le han intentado asesinar? –me espetó, sin más preámbulos, enarcando sus gruesas cejas.

Somnoliento y con la boca pastosa, le conté lo que había ocurrido y lo que había soñado la noche anterior. Giráldez se dirigió en voz baja a sus dos acompañantes y estos, asintiendo casi de forma marcial, se marcharon apresuradamente como si les hubiera encargado algo muy urgente.

―Hemos descubierto que las otras huellas que encontramos en el vehículo pertenecen a un tal José Domingo Tafalla, un afamado cirujano plástico. ¿Le suena a usted ese nombre?
―No conozco a ningún cirujano plástico y espero no tener que necesitarlo. No me he visto todavía la cara pero no creo que esté tan mal como para…
―Deje de decir tonterías, señor Latorre, y dígame si le suena un tal doctor Tafalla entre los clientes de su asesoría.
―Disculpe, inspector, no pretendía… Yo… es que todavía estoy bajo los efectos del sedante que me administraron y no sé muy bien lo que me digo.
―Ahora mismo mis agentes se dirigen a la clínica del doctor Tafalla para interrogarle. ¿Está usted seguro de que era el hombre que vio en sueños?
―Completamente, inspector –asentí y suspiré un tanto aliviado al pensar que habíamos dado con el causante de toda aquella locura.
 
 
 
Pero el cirujano plástico negó –cómo no- haber estado en  el hospital. Encima, según su opinión médica, lo que yo había creído ver tenía que ser producto de mi imaginación, dado el estado de shock en el que todavía debía encontrarme.

―¿Alucinaciones? –grité cuando el inspector me informó del resultado del interrogatorio al doctor Tafalla-. ¿Y cómo justifica sus huellas dactilares en mi coche, eh? Además, si sus huellas dactilares están en la base de datos de la policía es que se trata de un delincuente –añadí creyendo haber dado en el blanco.
―Todo tiene su explicación. En primer lugar, no era su coche sino el coche de la empresa. En segundo lugar, si tenemos las huellas del doctor es porque, hace años, tuvo un pequeño altercado, nada grave, por el que resultó detenido y fichado, hasta que el tema quedó aclarado. Y en tercer lugar, en cuanto a que sus huellas aparecieran en el coche, el doctor Tafalla reconoce haber subido en él junto al fallecido señor Utiel, por ser cliente suyo.
―Querrá usted decir junto al asesinado señor Utiel –le corregí.

El inspector Giráldez, por primera vez, me miró preocupado, no sabría decir si por mi estado físico, mental  o por otra cosa. Así que le rogué que me contara todo lo que sabían, especialmente lo referente a mi identidad.
 
CONTINUARÁ...
 
 


viernes, 16 de septiembre de 2016

¿Dónde están mis recuerdos? (primer acto)



Los médicos dicen que se debe a un shock postraumático a raíz del accidente. Yo no recuerdo nada en absoluto. Al parecer, salvé la vida milagrosamente. El coche se empotró contra unas rocas al borde de un acantilado, en las costas del Garraf. De no ser por ellas me hubiera precipitado al mar desde casi cien metros de altitud. Supongo que el cinturón de seguridad y el airbag hicieron su labor, aunque resulté con un traumatismo cráneo-encefálico, varias costillas rotas y abrasiones en la cara. Eso me han contado porque cuando desperté llevaba diez días en coma y las lesiones faciales ya habían sanado. Todavía me duelen, eso sí, las costillas, al igual que la cabeza y el cuerpo entero.

¿Qué hacía yo en ese coche y en ese lugar? ¿Adónde iría? Y lo peor de todo es que ni siquiera recuerdo quién soy ni pueden asegurarme cuándo recobraré la memoria, si es que la recobro. Insisten que debo tener paciencia, que seguramente iré recordando cosas paulatinamente, pero que puede ser un proceso muy lento.

Nadie ha llamado preguntando por mí. ¿Acaso nadie ha notado mi ausencia? Amigos, familiares, compañeros del trabajo, qué se yo. Alguien a quien le extrañe mi repentina desaparición del ámbito en el que solía moverme.

La policía trabaja en ello pero, de momento, sin resultado alguno. No encontraron ningún documento que me identificara. El coche está a nombre de una empresa. De momento no me han querido decir nada más para, según el médico, no estresarme. Si sigo así, cuando me den el alta no sabré adonde ir. No sé dónde vivo. Suponen que debo ser una persona de buena posición económica. El coche de alta gama y mi ropa apuntan en esa dirección. Lo único que saben a ciencia cierta es que no estoy fichado, lo cual es todo un alivio. Han llevado a cabo un reconocimiento facial mediante un programa informático, comparando mis rasgos físicos con los de todos los delincuentes fichados. No ha habido ninguna coincidencia. Así que estoy limpio. Algo es algo. Me han dicho que han publicado mi fotografía en todos los medios, recabando información sobre mi persona. A ver si alguien me reconoce y puede decir quién soy.

Llevo ya ingresado dos semanas y no me viene nada a la memoria. Empiezo a estar muy preocupado. El hecho de que no hallaran marcas de frenazo indica que me precipité hacia el acantilado sin percatarme de ello. Quizá me desvanecí. Todo es  muy extraño, tanto como el hecho de que nadie me haya reconocido por la fotografía que han distribuido de mí. Quizá sea un individuo solitario, sin amigos ni familia. Pero en alguna parte debo haber estado trabajando y mi ausencia debería haber llamado la atención a mis colaboradores o subordinados, en caso de que sea un empresario. A menos que trabaje por cuenta propia como freelance. Pero ¿y los vecinos? Claro que si soy un hombre adinerado quizá viva en un chalé a las afueras y, en tal caso, no sea una persona muy conocida y mi ausencia haya pasado inadvertida. Demasiados interrogantes. Por no decir de lo sospechoso que resulta que fuera indocumentado. Le he estado dando muchas vueltas y, a menos que me esté volviendo paranoico, cabe la posibilidad de que alguien me sustrajera la documentación a propósito, para que no fuera reconocido. De ser así, no se trataría de un accidente fortuito sino provocado. Entonces, si el autor del mismo sabe, por los medios, que sigo con vida y con amnesia postraumática, intentará acabar conmigo antes de que recobre la memoria. Me voy a volver loco. Si no fuera por el ansiolítico que me administran, estaría al borde de la histeria.
 
 
 
Esta mañana el médico que me atiende ha entrado seguido de un individuo con cara de malas pulgas y ambos se han parado al pie de mi cama.

―Querido amigo –no sé por qué ese doctor se toma siempre tanta familiaridad llamándome amigo cuando no me conoce de nada- le presento al inspector Giráldez, que quiere hacerle algunas preguntas –y dicho esto me ha dejado a solas con el susodicho inspector, que me miraba como quien observa a un bicho raro y que, tras un  ligero carraspeo introductorio, ha intentado ponerme en antecedentes.

―Supongo que le habrán referido que le encontramos, inconsciente, en un Audi A6 gris plata que, por fortuna, se había empotrado contra unas rocas en las costas del Garraf. Digo por fortuna porque de no haber estado ahí esas rocas se hubiera precipitado al mar y en ese trecho la altura es considerable. Ni el airbag le hubiera salvado la vida. Pero hay tres cosas que nos llaman la atención: iba usted indocumentado, no llevaba puesto el cinturón de seguridad y en el pavimento no había señales de frenada. Me ha dicho el doctor que sigue sin recordar quién es, pero ¿no recuerda usted nada de lo sucedido?

Desconcertado como estaba, solo negué con la cabeza. El hombre prosiguió refiriéndome lo poco que sabían.

―Desde que le ingresaron en este hospital, hace de eso dos semanas, hemos intentado esclarecer los hechos que rodean a este aparente enigma. El vehículo está a nombre de una empresa, Asesoría Utiel, S.L., con sede social en la calle Pelayo, 22, 3º 2ª, de Barcelona. Cuando nos personamos en esa dirección allí no había nadie. Se trata de un piso cuyo propietario se halla actualmente en “chirona”, a la espera de juicio por... bueno, eso es lo de menos. Su nombre completo es… -y tras leer en una pequeña libreta que se sacó del interior de su chaqueta continuó- Francisco Utiel Arroyo. ¿Le suena este nombre?

¿Asesoría Utiel?, ¿Francisco Utiel no sé qué? No tenía ni idea de lo que me estaba hablando aquel individuo. Así que negué de nuevo, aunque sin demasiada convicción dado mi estado amnésico.

―No, señor, digo inspector- acerté a decir-. No me suenan de nada esos nombres.
―Además –prosiguió el inspector-, en el coche hemos hallado tres tipos de huellas: unas pertenecen al mencionado Utiel, cosa que no es de extrañar si, según parece, era el propietario; otras son suyas, como es lógico, pues le encontraron sentado al volante; y las restantes todavía no lo sabemos. Todas estaban en lugares que solo un conductor puede dejarlas. En otras palabras, usted, el señor Utiel y esa tercera persona habían conducido el coche en alguna ocasión. Pero vayamos por partes.

Entonces, sin dejar de dirigirme una mirada escrutadora, de uno de los bolsillos de su abrigo sacó un periódico, lo desdobló y me lo tendió. Estaba abierto por lo que parecía ser la página de sucesos.

―Vamos a intentar refrescarle la memoria. ¿Le dice algo lo que pone ahí y esa fotografía? –me preguntó señalándome un artículo firmado por un tal A. Nieto.

Tomé el periódico no sin cierta aprensión por lo que pudiera descubrir. Leí la noticia que el inspector no cesaba de señalarme con su hirsuto dedo índice. Decía así: “Ayer, a las siete de la mañana, fue hallado muerto, en su celda de la prisión de Cuatro Caminos, Francisco Utiel Arroyo, que llevaba ingresado en ese centro penitenciario desde principios de año, a la espera de juicio, por su implicación en negocios turbios, y acusado de actuar como intermediario en la evasión fiscal y el blanqueo de capitales en paraísos fiscales. El cuerpo del finado apareció, en su cama, con indicios de haber sido estrangulado, según la información preliminar a la que hemos podido tener acceso en tanto no se dispone de los resultados de la autopsia. Utiel era el propietario de una asesoría fiscal y financiera que llevaba su nombre. Se sospecha que se trata de un asesinato por encargo, seguramente por parte de algún cliente que temía ser delatado. La policía está llevando a cabo una intensa investigación para esclarecer los hechos y encontrar al culpable o culpables, tanto dentro como fuera de la cárcel”.

―¿Sigue sin recordar nada, señor Latorre? –me espetó aquel hombre que, arrebatándome el periódico de las manos, me sonrió sardónicamente,  como si desconfiara de la veracidad de mi amnesia.
―¿Latorre? ¿Por qué me llama así? ¿Es ese mi nombre? ¿Acaso sabe quién soy? ¿No decía que no conocían mi identidad? –balbucí, atónito, tras lo cual el inspector se despidió con un leve movimiento de la cabeza mientras mantenía aquella enigmática sonrisa en los labios.
―Tranquilo, ahora descanse. Volveré mañana para ver cómo se encuentra y si ha recordado algo. Quién sabe, a lo mejor en sueños tiene una revelación –y sin más, dio media vuelta y desapareció por donde había venido.


CONTINUARÁ...
 


viernes, 9 de septiembre de 2016

Debajo de la cama



Siempre me han gustado las historias de terror. Mi abuela materna me contaba cuentos y leyendas sobre brujas y fantasmas. Aunque disfrutaba con  ello, por la noche me costaba conciliar el sueño y, cuando lo hacía, solía tener terribles pesadillas. La que se hizo más frecuente y repetitiva consistía en que un ser demoníaco, agazapado bajo mi cama, me atrapaba con sus garras y me arrastraba bajo la cama y de ahí a lo más profundo del averno. Cuando despertaba, aterrorizado, todavía notaba en mis brazos o en mis piernas la presión de sus afiladas uñas.

Desde entonces, aun sabiendo lo ridículo que era, no podía meterme en la cama sin antes mirar debajo de ella para cerciorarme que no había nada ni nadie. Aun así, la pesadilla seguía atormentándome cada noche.

Cuando se lo conté, un tanto avergonzado, a mi abuela, esta me dijo que rezara diez padrenuestros y dos avemarías y me encomendara a mi ángel de la guarda para que me protegiera. De este modo no me ocurriría nada malo.

Aun así, el engendro seguía tirando de mi cada noche, momento en que me despertaba con un sudor frío y el corazón cabalgando como un potro desbocado. Abría la luz, miraba bajo la cama y, lógicamente, allí no había nadie. Pero la sensación de una presencia extraña no desaparecía. Decidí entonces dormir con la luz abierta. Cada noche, cuando mis padres ya se habían acostado, encendía la luz de la lamparilla de mi mesilla y así me dormía más relajado.

Al principio todo fue bien. Lo que fuera que intentaba apresarme desde debajo de mi cama dejó de manifestarse en sueños. Así que lo que le debía haber ahuyentado no eran los rezos sino la luz.

Pero una noche, en un estado de duermevela, sentí de nuevo como una fuerza invisible tiraba de mí. Abrí los ojos sobresaltado. No veía nada pero mi cuerpo era arrastrado lentamente fuera de la cama por mucho que me resistía agarrándome con todas mis fueras a ella. Proferí un grito como nunca había salido de mi garganta y la fuerza de arrastre cesó de repente. Mis padres, alarmados, corrieron a ver qué había ocurrido y no tuve más remedio que contarles lo que me había estado pasando.

Mi madre intentó, cariñosamente, convencerme de que todo había sido fruto de mi imaginación desbocada y lo achacó a esas historias con las que me llenaba la cabeza mi abuela y los cuentos y películas de terror que tanto me gustaban. Mi padre, en cambio, se burló de mí haciéndome ver que ya era lo suficientemente mayor para esas tonterías. Como yo no cesaba de gimotear y temblar de puro miedo, arremetió contra mí diciendo que debía comportarme como un hombre, ser valiente, y no lloriquear como una niña. Añadió que a él nunca le había ocurrido nada de eso porque simplemente no creía en esas supercherías de vieja.

―La próxima vez que veas a ese demonio o lo que sea que te atormenta, le dices que venga a mi cama, que sabrá lo que es bueno –atajó mi padre con chanza y dando así el asunto por concluido ante la cara de circunstancias de mi madre.

Lejos de haberlas ahuyentado, mis pesadillas nocturnas siguieron visitándome a diario incluso con la luz abierta. Hasta que un día, al acostarme, y tras rezar mis oraciones, me dirigí al ente que me tenía aterrorizado.

―Conmigo eres muy valiente porque soy un niño pero seguro que con mi padre no te atreves. La próxima vez por qué no vas a su cama y verás lo que es bueno –dije en voz baja pero contundente, esperando que ese desafío funcionara.

Esa noche fue la primera de muchas que el demonio de mis desvelos no vino a visitarme. Dormí de un tirón sin pesadilla alguna.

Por la mañana, a pesar de ser festivo, me desperté muy temprano y salté de la cama contento por haber pasado una noche tranquila y con el deseo imperioso de contárselo a mis padres aunque me regañaran por haberlos despertado antes de tiempo.

En la habitación de mis padres encontré a mi madre llorando, pegada al cabezal de la cama y con la manta hasta la barbilla, como si quisiera ocultarse o protegerse de alguien. Cuando me vio, abrió lo ojos de una forma desmesurada, reflejando un pánico incontenible. El lugar que ocupaba mi padre en la cama de matrimonio estaba vacío. La cama revuelta como si se hubiera librado una batalla.

―¿Y papá? –pregunté temiendo la respuesta.
―No lo sé, hijo. Algo…, algo se lo llevó de madrugada. Le oí gritar y agitarse violentamente. Cuando abrí la luz solo tuve tiempo de verle desaparecer debajo de la cama.
 
 
 

martes, 26 de julio de 2016

Cerrado por vacaciones



Pues sí, este año me voy a la playa (y espero que algunos días a la montaña) sin portátil y sin iPad. El reloj de pulsera y el móvil sí que se vienen conmigo. El primero me acompaña a todas partes desde que mis padres me regalaron el primero a la vuelta de un viaje por Italia. Yo tendría por entonces unos diez años. No, no fui uno de esos niños a los que se les regalaba su primer reloj por su Primera Comunión. En mi época, ese sacramento-ritual se celebraba a la temprana edad de siete años. Ahora es a los diez, edad en la que los niños reciben ahora su primer Smartphone.

Bueno, pues como decía, no soy capaz de abandonar ninguno de esos dos aparatos. Por una arte, me gusta controlar el tiempo aunque sea para no hacer nada importante. En segundo lugar, necesito estar conectado con e mndo exterior. Sé que, además de usar el teléfono móvil “inteligente” para hacer y recibir algunas llamadas (no muchas), enviar y recibir algún WhatsApp (bastantes), y leer algún que otro correo electrónico (más bien borrar la multitud de envíos automáticos), también caeré en la tentación de pasarme por Facebook y darle algún “Me gusta” y compartir alguna que otra publicación. Soy curiosón por naturaleza.

Pero sí estaré desconectado de la blogosfera hasta la vuelta al dulce hogar en septiembre, si Dios o el destino así lo disponen. Mi mente, sin embargo, estará activa para pensar y esbozar algún que otro relato para mis “retales de una vida”, y para tomar nota de hechos que luego pueda trasladar a mi “cuaderno de bitácora”.

Espero que el tiempo me acompañe. Y si no, para eso tengo a mis amigos de casi toda la vida para hacerme pasar un rato muy agradable: los libros. Y de paso pensaré (y soñaré) en la posible publicación en otoño de mi segunda recopilación de relatos cortos. Amazon me tiene ya bastante atrapado.

Hasta la vuelta, amigos lectores*
 
 
 
*La RAE considera innecesario, desde el punto de vista lingüístico, el desdoblamiento de un término en sus géneros masculino y femenino.
 
 

viernes, 15 de julio de 2016

El laberinto del amor



Había oído hablar de lo que se conoce como un dejà vu, esa sensación de haber vivido con anterioridad una situación o de haber visitado un lugar en el que no has estado jamás.

Tuve esa sensación cuando aquella tarde de un sábado, en el parque, me hallé ante lo que decía ser un laberinto. Nunca me había fijado en él. “El laberinto del amor”, rezaba un cartel en la entrada. Y en letras más pequeñas añadía: “Entra y encontrarás a tu amor verdadero”.

Aquello sonaba a esas leyendas turísticas que aseguran que si lanzas unas monedas en un estanque o bebes de una fuente, regresarás a ese lugar.

Pero lo que me llamó la atención no fue ese señuelo pueril, más bien propio de una feria ambulante, sino el hecho de que últimamente soñaba cada día con un laberinto como ese. Claro que todos los laberintos son iguales por fuera, pero ese tenía, al igual que el de mis sueños, una particularidad: dos pequeñas estatuas, una a cada lado de la entrada. Una era la efigie de Eros y la otra de Cupido. Las dos parecían invitar al paseante a entrar.

Estuve dudando largo tiempo, pues tiempo era lo que más me sobraba. Al final fue el hastío lo que me convenció. Y la curiosidad, por qué negarlo. Llevaba mucho tiempo sin salir de casa, desde que enviudé, y me apetecía perderme y no pensar en nada. ¿Y qué mejor lugar para llevar a cabo ambas cosas?

El recorrido hasta lo que me pareció el punto más interno del laberinto fue bastante fácil. A lo sumo tardé unos cinco minutos en alcanzarlo. Era una especie de plazoleta circular. En su centro había lo que parecían los restos de una pequeña pérgola y pegada a un lado de la pared circular que formaban los setos perfectamente recortados había una pequeña caseta. Pensé que seguramente debía servir para guardar los utensilios del jardinero. En lo que debió ser en su día la base de la pérgola había una anotación que parecía escrita a mano: “Si has llegado hasta aquí, encontrarás a tu amor”.

Mucho amor, pensé. Lo raro era que no se veía ni un alma paseando por el lugar y esas cosas suelen atraer a las parejas de enamorados. Antes de encaminarme hacia la salida, volví a observar aquella caseta que, de pronto, me pareció fuera de lugar. Tenía algo que me atraía sobremanera. Una vulgar caseta de jardinero ejercía un influjo que no sabría definir. Y, curioso de mí, no pude evitar mirar dentro. La puerta, desvencijada, cedió al mínimo esfuerzo por abrirla. No tendría más de un metro y medio de altura y unos cuatro metros cuadrados de superficie. Estaba vacía pero despedía un olor extraño, tan extraño como el frescor que emitía, por lo que entré para resguardarme del sol de la tarde de verano que todavía calentaba inclemente. Me senté para descansar y cerré los ojos por un momento. Unos siseos me obligaron a abrirlos. Y allí estaba ella. Y me sonrió. Parecía tan real… Me pareció incluso oír su voz. Pero no movía los labios.

Los consejos de amigos y parientes habían resultado inútiles. Salir y distraerme no había servido para nada. Sabía que allá donde fuera su imagen me seguiría. A fin de cuentas solo llevaba dos meses muerta. Pero nunca antes la había visto con tanta claridad.

Me incorporé para acercarme a ella pero me embargó un repentino frío glacial seguido de un vahído que me nubló la vista, lo que me obligó a sentarme de nuevo apoyando la espalda en la rugosa y helada pared. ¿Cómo podía hacer allí tanto frío si fuera estábamos a más de treinta grados?

Una vez recuperado de ese extraño mareo vi que ya no estaba. Tan solo ha sido una visión, un espejismo, un golpe de calor -pensé. Me incorporé con la intención de salir raudo de aquel lugar. Todo aquello me daba muy mala espina. A ver si en lugar de amor, encuentro mi desgracia, me dije con ironía.

Así pues me encaminé hacia la senda que se abría a mi derecha suponiendo que me resultaría tan fácil salir como lo fue entrar, pues la estructura del laberinto me había parecido muy simple. Pero una hora después todavía no había podido hallar la salida. Estaba oscureciendo y, si no me daba prisa, pronto cerrarían el parque y me quedaría allí a pasar la noche. Además, las nubes amenazaban lluvia.

Aunque lo juzgué ridículo, opté por pedir ayuda. Alguien habría por allí que pudiera indicarme la salida. Pero mis gritos cayeron en saco roto. Un silencio sepulcral dominaba el recinto. Estaba solo.

No me quedó, pues, más remedio que tirar por la calle de en medio, y nunca mejor dicho, pues aunque me lastimara y destrozara los setos que bordeaban el camino, los atravesaría, abriendo así un atajo hasta dar con el exterior.

Después de un tiempo que se me hizo eterno por la lentitud de mi avance, con la ropa desgarrada y la cara y manos sangrando por los rasguños y rozaduras de las ramas de los arbustos que formaban las interminables hileras de setos, llegué a la misma plazoleta de la que había partido unas tres horas antes, según indicaba mi reloj. Eso me recordó mi pesadilla recurrente. ¿Estaría soñando?, pensé por un momento. Pero no. Volvía a estar, agotado y magullado, en el centro del laberinto. ¡Maldito laberinto y maldito el momento en que decidí entrar! –grité para mí, pues nadie más podía oírme.

Para rematar la situación, la lluvia hizo acto de presencia, tal como presagiaban aquellos oscuros nubarrones. Impotente y desesperado, decidí, pues, refugiarse en la caseta donde apenas se colaba un fino rayo de luz a través una pequeñísima celosía. Al menos estaría a salvo de la lluvia. Pensé que al día siguiente, domingo, seguramente habría visitantes o, por lo menos, algún vigilante o guarda, que me indicarían la salida. Me sentí como un niño que se ha perdido en el bosque después de haberse escapado de casa. Pero lo que tenía que hacer era tranquilizarme y descansar. Por fortuna nadie me esperaba en casa. Tampoco podía llamar a nadie. Por primera vez lamenté mi aversión hacia los teléfonos móviles.

Pero el sueño se resistía a adueñarse de mí. No podía quitarme de la cabeza esa visión que había tenido de mi difunta esposa y la sensación de dejà vu que me había embargado cuando, a primera hora de esa tarde, me hallé frente a la entrada del laberinto. Lo había visto antes, pero en mis sueños, cuyo significado había intentado descifrar en vano. Además, siempre despertaba cuando, angustiado y sudoroso, me detenía en una explanada que ahora reconocía como la plazoleta a la que hacía solo unas horas había llegado por mi propio pie.

Cuando la tormenta amainó caí en un sopor y debí quedarme profundamente dormido. Como era de esperar, soñé que me había perdido en un laberinto, ese laberinto onírico idéntico al real. Pero esta vez el sueño se prolongaba mucho más. En la explanada de  mis sueños había también una pérgola y una caseta cuyo techo me llegaba a la altura del hombro. Algo me arrastraba hacia el interior de la caseta sin poder resistirme. Cuando entraba, un olor nauseabundo impregnaba mi pituitaria. Al principio solo veía lo que parecían ser unos bultos pero, tan pronto como la vista se acostumbró a la semioscuridad, resultaban ser cuerpos humanos en estado de descomposición. Algunos solo eran esqueletos, huesos cubiertos por jirones de ropa putrefacta.

Llegado a este punto, me desperté sobresaltado. Para librarme de esa horrible pesadilla, me incorporé de un salto, propinándome un fuerte golpe en la cabeza que casi me hace perder el sentido. Abrí la puerta de par en par para dejar entrar la luz y el aire del exterior. Todavía no había amanecido. La luz de la luna llena iluminaba todo el espacio. Una vez fuera, dándome la vuelta, me encaré hacia la entrada de la caseta para ver nuevamente su interior. Y entonces volví a revivir mi pesadilla. La caseta estaba repleta de cadáveres. ¿De dónde habían salido? Estaba vacía cuando la inspeccioné la tarde anterior y cuando entré luego para guarecerme. Debían llevar mucho tiempo muertos, dado el avanzado estado de descomposición. Había un cuerpo justo donde yo había estado recostado mientras dormía. ¿Cómo no había notado su presencia ni la de los demás cuerpos? Además, iba vestido con una ropa parecida a la mía, solo que estaba en un lamentable estado, rota y manchada de sangre. Quizá todavía estaba vivo, quizá era alguien que, como yo, se había perdido y se había albergado allí mientras yo dormía. No sabía qué pensar. Todo me parecía inverosímil. Lo zarandeé ligeramente. Su cuerpo se desplomó dejando la cara al descubierto. Me acerqué para verla bien. No pude evitar proferir un grito de pánico. ¡Era yo!
 
 
*************
 
Ahora soy uno más de los habitantes de este laberinto que casi nadie visita. Son muy pocos los que buscan a su amor o los que su amor les reclama. Ya somos diez los que hemos venido a parar aquí. Paseamos por los intrincados caminos que no llevan a ninguna parte y juntos recordamos nuestras vidas pasadas. Y esperamos con ilusión a posibles visitantes a los que acoger, como hicieron conmigo. Yo tardé en comprender pero finalmente lo asumí, convirtiéndome en uno más del grupo. Somos felices. Hemos visto cumplido nuestro mayor deseo. Formamos, de momento, cinco parejas que han podido reunirse con quienes amaron en vida. En la caseta dejamos atrás el mundo del que procedimos, lo que fuimos y en lo que nos convertimos. Es un vestigio de nuestras vidas pasadas, para que no nos olvidemos de ellas.

Ahora doy gracias a que mi deseo se hiciera realidad aunque todavía ignoro cómo fue posible. Era mi amor quien me llamaba sin yo saberlo. Algo hacía que mi sueño recurrente se interrumpiera en el mismo punto y no pudiera llegar a verla. Debían ser mis amigos y familiares que, con sus persuasivas palabras, me retenían en aquel mundo infeliz y me bloqueaban la mente. Lo que nadie me ha sabido explicar es cómo apareció el laberinto en el parque. El poder del subconsciente es inimaginable, lo sé. Quizá será que siempre he sido un romántico y que, de hecho, estaba más muerto que vivo.

¿Habrá más laberintos del amor? Espero que sí. Debería haber muchísimos más, del mismo modo que deberíamos recibir nuevos visitantes. De lo contrario, el amor verdadero sería un bien my escaso. Pero tampoco nadie ha sabido decírmelo.
 
 
 

miércoles, 6 de julio de 2016

El cazador


Desde que su progenitor le contagió la pasión por la caza, Anselmo siempre acudía al mismo lugar, un coto privado donde se encontraban buenos ejemplares. De niño iba con los amigos de su padre pero ahora tenía su propio grupo. Juan, Fernando y Paco eran buenos tiradores pero él era el mejor y en eso todos estaban de acuerdo, aunque seguían rivalizando para ver quién se cobraba la mejor pieza. Desde hacía años formaban una piña y nunca faltaban a las citas cinegéticas que Anselmo organizaba.

Esas salidas al monte, a más de cien kilómetros de casa, eran para Anselmo una válvula de escape y una costumbre inquebrantable que nada ni nadie podía contravenir. A veces se les unía algún amigo de sus amigos. Cuantos más eran, más divertida y estimulante resultaba la cacería.

En el coto en el que practicaban esta actividad podían cazar jabalíes, gamos, muflones y venados. La caza del jabalí era, sin duda, la más complicada; requería la participación de perreros, quienes, como su nombre indica, gobiernan a los perros de caza. Son también los que asestan el golpe de gracia al animal herido, rajándole el vientre mientras, aun con vida, es furiosamente dentelleado por los perros que, frenéticos, no cesan de ladrar. Ladridos y berridos del animal caído se confunden con el griterío triunfal de los cazadores.

La caza de un gamo, un muflón o un venado discurre, en cambio, de forma mucho más pacífica a la vez que segura para el cazador, pues su integridad física no se ve comprometida en ningún momento. El disparo se produce a mucha distancia y con la ayuda inestimable de una mira telescópica. No es preciso más accesorios que el arma y la paciencia. Aun así, Anselmo prefería la caza extrema, a corta distancia, lo que requiere de mucha más astucia y pericia, como si de la caza de un león se tratara.

La decisión de cazar una u otra de esas especies dependía de la temporada y, en el caso del jabalí, de si disponían de un perrero con una buena manada de canes, pues nadie del grupo, y mucho menos sus esposas, estaban dispuestos a comprar y mantener una jauría de perros cazadores.

Las salidas de caza eran para Anselmo y sus amigos su pasatiempo favorito. Disfrutaban tanto de su planificación como de su desarrollo y de las discusiones posteriores para disputarse el mérito de la mejor pieza cobrada.

Hoy, sin embargo, era un día muy especial para Anselmo. Sus amigos le habían dejado solo. Por muy justificadas que estuvieran sus ausencias, no les perdonaría su deserción. Pero para él no había obstáculo, por insalvable que pareciera, que le impidiera cumplir con lo que había estado esperando durante tanto tiempo. Era la temporada para la caza a rececho del ciervo macho, que solo dura un mes, y no podía perderse esa oportunidad. Siempre había deseado tener, como trofeo, una gran cornamenta presidiendo el salón de su chalé de montaña, aunque ello le procurara alguna que otra crítica por parte de sus amigos defensores de la naturaleza.
 
 
 

Mucha gente no entiende, o no quiere entender, lo emocionante que es la caza a rececho, ir tras una presa, pacientemente, hasta lograr acorralarla y abatirla de un disparo certero. La caza es un deporte injustamente criticado por algunos quisquillosos. Diría incluso que es un arte, pues hay que tener una gran destreza. No todo el mundo está dotado para practicarla. Con los años que llevo cazando, me atrevería a decir que me he convertido en un cazador de élite, de los que donde ponen el ojo ponen la bala.

Pero hoy es un día muy especial. Parece como si el destino hubiera querido ponerme a prueba. Como nadie más ha podido acudir a la cita, he venido solo, a pesar de las protestas de mi mujer, siempre tan temerosa. Con esta escopeta no hay animal, por grande y peligroso que sea, que se me resista. Y con mi experiencia, reflejos y puntería, antes de que se acercara a menos de diez metros ya habría caído abatido de un solo disparo.

Debo reconocer que no será lo mismo que cuando somos cuatro o cinco, pues entonces siempre hay quien hace de vigía y entre todos podemos luego transportar la pieza sin problema. Aunque, por otra parte, cazar en solitario tiene su enjundia. Cuando vuelva a casa con un ciervo macho de más de doscientos kilos y con más de seis puntas por cuerna, se morirán de envidia y entonces lamentarán no haber venido.
 
 
Creo que no voy a tener suerte. Llevo ya más de dos horas y no he visto ni un solo ejemplar. Algo se ha movido a lo lejos, entre la maleza, pero no ha salido al desabrigo del boscaje. No me quedará más remedio que acercarme con sigilo, ocultándome entre el monte bajo.

Este bosque es más tupido de lo que parece a simple vista. Si hay algún macho por aquí, sin duda evitará la espesura pues su cornamenta podría quedar enredada entre tanto ramaje. Tendré que buscar algún claro.

Me ha parecido oír un crujido, aunque my leve. Ahora otro, p
ero en dirección opuesta. El viento sopla del norte, así que si es un animal no puede olerme pues esos ruidos procedían del este y del oeste.

Sea lo que sea, ahora parece envolverme. Debe de tratarse de una pequeña manada. Calculo que serán seis o siete especímenes, a lo sumo. Es extraño que no vayan en grupo. Quizá sean unas crías que se han apartado de la madre y ésta las está buscando.
 
Cada vez están más cerca. Desde la oquedad donde me he refugiado podré ver sin que me vean.

El ruido ha cesado de pronto. ¿Me habrán olido? No creo. Estoy muy bien protegido por la hojarasca y las rocas circundantes. Voy a tirar una piedra hacia donde me ha parecido oír los últimos pasos, a ver qué ocurre.

Silencio total. ¿Qué animal queda inmóvil cuando alguien le lanza una piedra? Hasta un roedor sale corriendo a esconderse en algún agujero o madriguera.

Aquí no ocurre nada, nada se mueve pero, no sé si serán imaginaciones mías pero me parece oír una respiración agitada. Y ahora otra, y otra. Cada vez más cerca. Esto no me gusta nada. Quizá se trate de otros cazadores y me han tomado por una presa a abatir. Si me muevo pueden dispararme. Mejor será que me identifique. Así sabrán que no soy un animal.

¡Eh, ¿hay alguien ahí?! ¡No disparen, soy un cazador! ¿Me oyen?

Pero… ¿qué es eso? ¿Qué es lo que avanza hacia mí tan raudo? Mejor me largo y me procuro un refugio más seguro.
 
 
 

La persecución no se hizo esperar. Algo parecido a un jabalí, de grandes dimensiones y poderosos colmillos, surgió de la espesura para abalanzarse sobre su presa, a la que llevaba horas observando, esperando su oportunidad. Viendo lo que se le venía encima, el experimentado cazador cambió de parecer y decidió lanzarse a la carrera hacia donde tenía aparcado su todoterreno.

La caza se había invertido. Ahora eran más de diez sus feroces perseguidores y estaban bien organizados. Mientras unos se distribuyeron a ambos lados, cerrándole cada vez más el paso, otros le pisaban los talones. Corrían como gamos y Anselmo ya estaba exhausto tras correr apenas cien metros. Cuando lo tuvieron a su alcance, empezaron a emitir unos gritos escalofriantes, agresivos y festivos a la vez. Parecían estar disfrutando. Iban de caza. Por fin había llegado la oportunidad que habían estado esperando. Habían aprendido de los humanos, pero ellos eran mejores y más rápidos. No necesitaban arma alguna, ni perros cazadores, solo sus afilados dientes y colmillos.

Anselmo no tuvo tiempo de salir de la zona boscosa. En su desesperada huida, perdió el arma, tropezó y cayó rodando por una pequeña vaguada regada por un riachuelo. Allí, aturdido y aterrorizado, quedó a merced de sus captores. Ahora era él quien, herido, profería gritos de auxilio mientras que sus cazadores salivaban abundantemente con solo imaginarse el festín que les esperaba. Se habían cobrado una buena pieza, la primera en su vida de cazadores de hombres. Tras las profundas dentelladas de sus congéneres, el jefe de la manada se le acercó y, mostrándole su dentadura, en una mueca semejante a una sonrisa diabólica, le clavó uno de sus largos colmillos en el abdomen, como si él fuera el perrero y Anselmo el indefenso jabalí. Aunque lo mereciera, no valía la pena prolongarle más el sufrimiento –pensó la bestia. Ellos no querían acabar siendo tan inhumanos como sus, hasta ahora, cazadores. De todos modos, la aventura solo acababa de empezar.
 
 

lunes, 27 de junio de 2016

Cuestión de seguridad



Tomás Valiente temía por su seguridad y ese temor se había convertido en una obsesión. Por tal motivo, tenía a su disposición todos los medios necesarios para vivir relativamente tranquilo. Y digo relativamente porque es bien sabido, y Tomás era consciente de ello, que la seguridad absoluta no existe.

Como el dinero no era ningún problema para él, disponía de los sistemas más sofisticados para evitar cualquier intrusión en su hogar. La calle, sin embargo, era el punto débil, como casi para cualquier ciudadano. Su coche estaba blindado pero quedaba forzosamente desprotegido a lo largo del trayecto desde el parking de la empresa a su despacho, y viceversa, y durante los frecuentes almuerzos de trabajo a los que tenía que asistir, ocasiones éstas en las que podía quedar a merced de cualquier depredador, ya fuera un secuestrador o un asesino a sueldo. Porque ¿quién no tiene enemigos cuando es millonario y ha tenido que luchar duro para abrirse paso en el competitivo mundo de los negocios? Y como de resentidos está el mundo lleno, había contratado a dos robustos guardaespaldas que se encargaban de su protección en todo momento. Solo le abandonaban cuando cerraba la puerta de su mansión, a eso de las ocho de la tarde, para entregarse al confort de su búnker personal, vigilado por decenas de cámaras y monitores que, en caso necesario, le avisarían de cualquier injerencia.

Vivir solo era otro motivo de inseguridad, tanto física como anímica. Su terapeuta le había insinuado que todo el temor que sentía por su seguridad personal no era más que el resultado de la soledad a la que se había condenado. Era de trato difícil, muy poco sociable y nada empático, “cualidades” éstas que impedían toda posibilidad de encontrar pareja. En lugar de su media naranja, debería buscar su medio limón.

Cuando más inseguro se sentía era cuando estaba rodeado de personas que no eran de su total confianza, lo cual reducía enormemente su círculo de relaciones humanas. Pero el peor momento para Tomás era el fin de semana, que se le hacía interminable. Los escasos ejercicios al aire libre los hacía siempre acompañado de sus guardaespaldas. El servicio doméstico lo integraba un reducido y selecto grupo de profesionales que combinaban su faceta de sirvientes refinados con la de expertos en artes marciales.

De este modo discurría su deplorable y desconfiada forma de vida: encerrado entre las cuatro paredes de su casa, de su oficina o del reservado del más selecto restaurante, de lunes a viernes, y recorriendo un restringido circuito de running o viendo la televisión, los fines de semana. Siempre la misma rutina.

Su vida cambiaría de forma inesperada tras conocer a Sara Velázquez. Sara vino a sustituir a Juana, la que fuera su fiel y eficiente secretaria hasta el momento de su jubilación. La paranoia de Tomás obligó a la candidata al puesto a superar los más exigentes test psicotécnicos. Aun así, una vez contratada, se la sometió a un seguimiento constante por parte de un equipo de investigadores privados. Sara superó la prueba con creces. Al parecer, era casi tan paranoica como su nuevo jefe. Cuando salía de casa, para ir al trabajo, de compras o para cualquier otro quehacer, tomaba un taxi, pero si el trayecto era corto lo recorría al trote y siempre mirando a diestra y siniestra, como si temiera ser asaltada. Era más escurridiza que una anguila. Tal era su pericia que, en más de una ocasión, logró despistar a los experimentados sabuesos que la seguían allá donde fuera. Según el casero, había instalado más de cuatro cerrojos en la puerta blindada de su apartamento y solo la abría a quien contestara correctamente la contraseña, que solo facilitaba a unos pocos conocidos y que cambiaba con cierta frecuencia.

Tomás vio en ella a su media naranja, o medio limón, según se mirara y quien lo mirara. Era la mujer de su vida, su alma gemela. Y como ya no eran unos adolescentes -ambos habían superado la cuarentena-, tuvieron un noviazgo relámpago, contrayendo matrimonio al cabo de los seis meses que Sara estuvo a prueba en la empresa.

Fue una boda íntima como pocas, y blindada como ninguna. Los medios de seguridad que protegieron a los contrayentes durante la ceremonia, el banquete y el viaje de luna de miel solo podrían compararse a los de un presidente de Gobierno, y creo que me quedaría corto.

Pero no todo salió como cabía esperar. A la mañana siguiente de la noche de bodas, las paredes de la suite nupcial del hotel de cinco estrellas donde se alojaron aparecieron salpicadas de sangre y el cuerpo sin vida de Tomás tendido sobre la cama con un profundo y limpio corte en la garganta. Sara apareció, inconsciente, a los pies de la cama. No recordaba nada de lo ocurrido. En la mesita en la que les habían servido la cena estaba el arma del crimen: uno de los cuchillos del servicio de mesa, sin huella alguna. En las copas de champán y en su cuerpo se hallaron trazas de una benzodiazepina. Alguien la había sedado para que no viera al asesino. Nadie oyó nada.

Tomás Valiente murió sin saber por qué. Esto solo lo sabe quien acabó con su vida: la única persona en la que confiaba y quien, con tiempo y paciencia, consiguió burlar el muro infranqueable que protegía a su presa. Y yo, por supuesto.

Sara Velázquez acabó cumpliendo el juramento que le había hecho a su hermana: vengar la muerte de su marido, a quien Tomás había dejado en la miseria tras hacerse fraudulentamente con todo el paquete de acciones que ambos hermanos habían heredado. Cuando Ana Velázquez le contó el motivo del suicidio de su marido, Sara le juró que se lo haría pagar caro a su cuñado. Ella era una profesional y sabría cómo acercarse a él y desenvolverse sin levantar sospechas ni dejar pruebas. No le cobraría los altos honorarios propios de este tipo de trabajos. No hacía falta. Ya se lo cobraría cuando, a su vez, enviudara y se hiciera con la fortuna de Tomás Valiente, un hombre despreciable a quien no le faltaban enemigos que quisieran verlo muerto.

Por qué lo hizo, ya ha quedado claro; cómo lo hizo, ya os lo podéis imaginar, pues prefiero pasarlo por alto; cuándo lo hizo, en el momento en que cualquier hombre, por precavido que sea, es más vulnerable. Murió en el acto, nunca mejor dicho.

Sara hizo un trabajo impecable. Nunca sospecharon de ella. Tomó todas las precauciones posibles. Una simple cuestión de seguridad.

Y quién soy yo, os preguntaréis. Esto, sintiéndolo mucho, no os lo puedo revelar.