Han pasado cuatro meses y no he podido quitármela de la cabeza. Durante los ocho que duró el curso de inglés, la veía tres tardes a la semana. Esperaba esos días con fruición. Todavía la recuerdo junto a la pizarra o paseándose por el aula. Alta, esbelta, con esa mirada dulce y penetrante. Siempre de buen humor, receptiva, amable, dispuesta a aclarar cualquier duda. Su voz, sus gestos al hablar, su sonrisa, su cabello, su piel de aspecto suave, sus curvas, su forma de vestir, todo me cautivó. Me llevé una gran desilusión cuando un día nos dijo que tenía novio. Nos lo contó, ruborizándose, porque ese día cumplían un año de relación y el chico le mandó un ramo de flores. Cuando el mensajero entró en el aula para hacerle entrega del obsequio, se puso muy nerviosa, adivinando de quien procedía. Tras leer la nota contenida en un sobre pegado al ramo, le brillaron los ojos y enrojecieron sus mejillas. Entonces se vio obligada a confesárnoslo. Todo el alumnado aplaudió, algunos incluso silbaron. Yo también me añadí a los aplausos pero tragándome la decepción. Mi adorable profesora tenía novio. Nada de particular teniendo en cuenta lo guapa que es y que, según nos dijo un día, no sé a santo de qué, tiene ya treinta y seis años. Pero no los aparenta. Yo le hubiera puesto treinta, a lo sumo.
Ya sabía que la diferencia de edad –por no hablar de mi timidez-, sería un gran obstáculo para que mi afecto por ella pudiera ser correspondido. Y aun peor con un contrincante de por medio. Pero el amor es así: aparece sin llamar a la puerta y se instala como un vulgar okupa en tu corazón y no hay quien lo eche. Primero pensé que se trataba del típico caso del amor platónico entre alumno y profesora pero, después del tiempo transcurrido desde que acabó el curso, sigo sintiendo lo mismo. ¡Qué digo!, lo mismo no, pues el distanciamiento ha aumentado mis sentimientos. La echo mucho de menos y no dejo de pensar en ella. Un día la vi por la calle. Parecía tener prisa. No se detuvo pero me saludó con una gran sonrisa y agitando la mano en un saludo muy efusivo. Estaba muy guapa.
Me siendo celoso. He llegado a desear que su relación con ese chico, alto y bien parecido, al que un día conocí casualmente a la salida de clase, se rompiera. Pero no quiero que sufra. En todo caso que sea ella la que corte con él, que se dé cuenta de que es un zángano de cuidado –tiene toda la pinta- y que no tienen un futuro en común. Pero entonces, ¿qué haría yo? ¿Declararle mi amor? En el mejor de los casos, se reiría; en el peor –y quizá más probable- se horrorizaría. Veinte años de diferencia son muchos. Aunque me correspondiera, ¿qué diría la gente? Nos mirarían mal. Quizá incluso le ocasionaría problemas en el trabajo y entonces me sentiría culpable. Tendré que seguir amándola en silencio.
Pero cada día que pasa me siento más incapaz de dominar mi impulso de hacer algo que seguramente sea una locura: declararme y ver qué ocurre. ¿Acaso no dicen que en el amor no importa la edad? Lo que ahora me tiene sobre ascuas es el modo de hacerlo. He fantaseado cientos de veces con la escena. En mi imaginación todo parece perfecto pero cuando despierto de la ensoñación, me tiemblan las piernas y me sudan las manos con solo imaginarme diciéndole, cara a cara, lo que siento por ella desde el primer día que la vi.
Aunque parezca más propio de un cobarde, he pensado que podría enviarle un correo electrónico, a la dirección que nos facilitó para comunicarnos con ella en caso de dudas sobre la asignatura. A fin de cuentas se me da mucho mejor expresarme por escrito, especialmente cuando se trata de una declaración de amor. Si no me contesta, interpretaré su silencio como un rechazo. Como ya no la volveré a tener como profesora ni frecuentaré más la escuela de idiomas, todo resultará mucho más fácil, aunque no por ello menos doloroso. Lo malo sería que me contestara molesta, tachándome de loco o de algo peor. No sé si podría soportarlo. Pero no puedo reprimirme por más tiempo. Por lo menos me habré desahogado. Si no me corresponde –lo más probable- daré carpetazo al asunto por mucho que me duela. La vida y el amor son así. Hay que aceptar las cosas tal como vienen y tal como se van.
Por fin le he enviado el correo. Ahora solo es cuestión de esperar. Sé que mi impaciencia me mantendrá ansioso hasta que no reciba una respuesta por su parte. Sé que ella revisa su correo a diario. Pero ello no significa que tenga que responderme enseguida. Sea cual sea su reacción, tendrá que pensárselo muy bien antes de escribirme. Sé que es muy detallista y sensible. Seguro que necesita tiempo para decidir lo que va a decirme y cómo hacerlo. También he sopesado la posibilidad de que, dada su timidez –porque también es muy tímida- quizá se quede tan azorada que no sepa cómo reaccionar.
Ha pasado una semana y no sé nada de ella. Me queda la duda de si habrá leído mi correo. Seguramente lo habrá eliminado incluso de la papelera de reciclaje. Quizá sea mejor así. ¿Qué esperaba, tonto de mí? Este habrá sido uno más de mis amores fallidos. Y en el que más me he arriesgado, pues nunca antes me había atrevido a hacer algo así sabiendo el obstáculo insalvable entre dos personas tan distintas en edad. Ahora me siento ridículo. Afortunadamente no se lo he confesado a nadie. Se habrían reído de mí.
Mientras estoy escribiendo esto, a modo de diario personal –últimamente tengo mucho tiempo libre y he hallado gusto por la escritura- ha sonado un clinc que indica que acaba de entrar un correo. ¿Será ella?
¡Es ella! ¡Me ha contestado! ¡Qué nervios! ¿Qué dirá? Siento emoción y, a la vez, temor. Allá voy. Que sea lo que Dios quiera.
Lo ha dejado con aquel chico. Intuía que no estaban hechos el uno para el otro. Eso me ha dado esperanzas pero lo que ha escrito a continuación me ha devuelto a la dura realidad. Lo que me temía. Pero por lo menos ha sido muy delicada en su forma de expresarlo. Me aprecia pero nuestra relación es imposible. Cierra la puerta incluso a una simple amistad. En eso ha sido tajante. Mejor que ni tan solo nos veamos, ha dicho. Y el motivo, el que suponía: la diferencia de edad. Veinte años son un abismo. ¿Qué podía esperar yo a mis cincuenta y seis años?






