martes, 14 de marzo de 2017

100 días


Cien días es el término tras el cual suele hacerse una valoración de lo realizado y conseguido por un gobierno tras iniciar su legislatura. No es un periodo de tiempo muy largo, pero suficiente para comprobar si se están cumpliendo las expectativas en las que se basó la campaña electoral.

Del mismo modo, pues, he dejado transcurrir este mismo periodo para hacer un balance de la andadura de mi bien amado libro “Irreal como la vida misma”. ¡Qué cansino!, diréis alguno/as. Otra vez con el dichoso librito. Si ya parece Francisco Umbral, quien puso en un brete a Mercedes Milá en Antena 3TV, allá por los años 90, con su obcecación y grosero comportamiento porque en el programa no se hablaba de su libro, motivo por el cual había aceptado asistir.  

Pero no temáis, no voy a quejarme ni a lloriquear cual plañidera. Ese sería el recurso fácil para dar pena. Hay quien usa el victimismo para lograr sus propósitos que, en este caso sería conseguir más ventas. No, no es ese el objetivo de este post, aunque pueda parecerlo. Mi campaña electoral, o propagandística, concluyó con un recordatorio en Facebook, el siete de febrero pasado.

Por lo tanto, estas líneas no son más que un epílogo, el examen final de un ejercicio de meses. Como perfeccionista que soy, me gusta evaluar todo lo que hago. Y como, además, he compartido con vosotros/as la aventurada aventura de auto-publicar esta recopilación de relatos, bien os merecéis que os ponga al corriente de cómo me ha ido. Además, quién sabe si mi experiencia puede servir de revulsivo, consuelo o de ejemplo de lo que no hay que hacer, para aquello/as que se hallen en idéntica tesitura. 

En cuanto a este último aspecto, Jaume Vicent, en su blog Excentrya, dedicado a instruir al escritor novel en esta ardua tarea de escribir, editar y “vender” su obra, acaba de publicar un post titulado “¿Quién quiere leer mi libro?” Aunque no mencione mi nombre, me reconozco claramente en su párrafo introductorio. Según él, mi error fue no haber sabido elegir mi público, mi target. Recomiendo, pues, la lectura de su artículo, a todo aquel que se haga esa misma pregunta.

Al margen de los argumentos que Jaume Vicent esgrime, y que sin duda comparto, debo reconocer que fui muy ─demasiado, diría yo─ optimista a la hora de estimar las posibles ventas de mi libro. Por lo visto, soy un pésimo analista de mercados. 

Pues bien, el caso es que, al cabo de cien días de tener el libro a la venta, las ventas han sido mucho más modestas y desalentadoras de lo que esperaba. Llegado a este punto, aprovecho para expresar mi más sincera gratitud a todo/as aquello/as que confiaron en mí y en mi libro y se arriesgaron a comprarlo, a quienes tuvieron, además, el detalle de dejar un comentario en el apartado correspondiente de la web de Amazon y, de un modo especial, a David Rubio, compañero de letras y autor del blog “Relatos en su tinta”, quien el pasado domingo publicó una estupenda reseña de mi libro (por lo magníficamente bien elaborada y por los elogios recibidos), que me ha dejado con una sonrisa bobalicona de pura satisfacción. 

En otro orden de cosas, de índole práctica, he podido comprobar la todavía poca costumbre o habilidad que existe para realizar compras online. Han sido varias las personas que, por desconocimiento o falta de práctica, me han pedido que comprara yo el libro en su lugar. Posiblemente, algunas otras habrán desistido de la compra por estos motivos. Ese es, a mi juicio, el único aspecto negativo que tiene publicar en Amazon y no en una editorial convencional. La parte positiva es que la inversión económica es muy baja, de modo que el riesgo de pérdidas económicas es también muy bajo, pudiendo recuperar fácilmente lo invertido. Por contra, una editorial que trabaja con la autoedición parte de una tirada mínima de unos pocos cientos de ejemplares, siendo la inversión muchísimo mayor y solo recuperable si se logra un mínimo de ventas. Son, por lo tanto, dos opciones que deben valorarse detenidamente antes de inclinarse por una de ellas.

Y hasta aquí la valoración del funcionamiento del libro, porque en lo que respecta a este blog, el medio de cultivo y origen del recopilatorio de relatos, solo tengo palabras de agradecimiento. Desde que nació, hace casi cuatro años, me ha dado muchas satisfacciones: me ha llenado vacíos existenciales, me ha ocupado gran parte de mi tiempo libre, me ha ofrecido un espacio donde volcar el fruto de mi imaginación, y ha sido un medio que ha propiciado el encuentro con compañero/as que son un verdadero estímulo para seguir haciendo lo que hago. Con el tiempo, algunos me han abandonado, muchos otros han venido a ocupar su lugar, y otros han estado ahí desde los comienzos, fieles seguidor/as. A todos, muchas gracias por vuestra presencia y vuestro afecto.

Si “Irreal como la vida misma” no ha funcionado como esperaba solo es culpa mía, que no he podido o sabido hacerlo mejor. Pero del mismo modo que Rick Blaine (Humphrey Bogart) dijo a IIsa Lund (Ingrid Bergman), en Casablanca, aquello de que “siempre nos quedará París”, a mí siempre me quedan los “Retales de una vida”.

Pero esto no es un epitafio. El libro no ha muerto. Ahí sigue, esperando, atento. Quizá intente aprender y practicar nuevas vías de promoción. A ver si, de este modo, resucita. A fin de cuentas, 100 días no son nada.



jueves, 9 de marzo de 2017

Un cambio de vida



Quería cambiar de vida, pero no parecía tarea fácil. “Naciste pobre y pobre morirás”, me dijo un amigo en la mili tanto o más pobre que yo. De eso hace veinte años. Al licenciarme, volví al pueblo para seguir ayudando a mis padres en las tareas del campo y en el cuidado del ganado. Ni el campo ni el ganado eran nuestros. No teníamos más que un humilde jornal y un techo donde cobijarnos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Sin apenas estudios, muy pocas, sino nulas, eran las posibilidades de prosperar.

Cuando por fin abandoné el pueblo y mi familia, todos me desearon suerte. “La vas a necesitar, hijo” ─me dijo mi padre─. “Ve con cuidado y no andes con malas compañías” ─apostilló mi madre.

Acabo de cumplir los cuarenta y soy muy rico. Parecía imposible, pero lo he logrado. No ha resultado fácil y he debido pagar algún peaje a cambio. Ahora soy la envidia de muchos. Mis padres, ya viejos, se enorgullecen de mí. Yo les cuento lo que quieren oír. Y ellos me creen. 

Seguí los consejos de mi madre solo a medias. He ido siempre con tiento, pero no sé qué pensaría si supiera quiénes me rodean.


Con este relato, participé en la VI edición del concurso de microrrelatos "Microconcurso La Microbiblioteca" organizado por la Biblioteca Pública Municipal Esteve Paluzie del Ayuntamiento de Barberà del Vallès (Barcelona), en su convocatoria del mes de febrero. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Un bosque bajo el mar


Cuando Alfredo se internó, tras veinte años de ausencia, en el bosque, sintió escalofríos. De repente, dejó de ser el treintañero enérgico y luchador en que se había convertido para volver a ser aquel niño atemorizado de diez años, cuando vivía con sus padres muy cerca de donde ahora ponía los pies.

Las viejas casas junto al mar ya no existen. Hace ya tiempo que las derribó la mano implacable de la Ley de Costas. Pero el bosque sigue allí, a cien metros escasos de la que fue su casa. Es un pinar colosal salpicado de encinas que parece otear la cala donde, cuando era niño, varaban las barcas de los pescadores. Desde que Alfredo marchó a la capital, el paisaje ha cambiado mucho, pero el bosque sigue allí, imperturbable, altivo, frondoso, encerrando un gran secreto. Nadie ha osado talar ni un solo árbol. Pero esa respetuosa conservación parece que no va a durar mucho. El nuevo consistorio pretende construir un puerto deportivo y una zona residencial de lujo, y el bosque es un obstáculo que se interpone entre los chalés a edificar y la futura marina. La solución pasa por hacerlo desaparecer bajo el agua. Un proyecto que acabaría con ese pulmón vegetal para permitir, de este modo, que los propietarios de las embarcaciones pudieran recalar a pocos metros de su residencia. El proyecto, de llevarse a cabo, revitalizaría la zona y enriquecería a sus habitantes. Eso es lo que dicen los promotores y defensores del proyecto. Pero Alfredo tiene una razón de peso, además de la ecológica, para detener o, por lo menos, demorar tal agresión al medio ambiente.

Alfredo ha querido volver al lugar donde nació y creció hasta que trágicas circunstancias le obligaron a abandonar el pueblo. Ha vivido con el recuerdo demasiado tiempo, sin contarle a nadie lo allí ocurrido hace tantos años. Ni siquiera se lo contó a su madre, quien nunca entendió la obsesión enfermiza que sentía por aquel bosque. Tan pronto cumplió la mayoría de edad, se marchó para no volver. Nadie entendió sus motivos porque nunca se atrevió a confesar la verdad. Pero nunca es demasiado tarde. Esperó a que sus padres ya no estuvieran para regresar y cumplir con su deber.

Vilamajor es un pueblo costero que creció entre el mar y la montaña, junto a una playa de arena blanca, que en verano hace las delicias de locales y visitantes por sus aguas cristalinas que invitan al baño y por sus adyacentes calas rocosas, cuyo fondo marino invita a la práctica del submarinismo.

En verano, al salir el sol, una intensa bruma avanza sobre la playa y sube, despacio, por la ladera del bosque, quedando éste a merced de una espesa niebla que ni los rayos solares se atreven a franquear. Ese es el momento, según los viejos del lugar, en que el bosque cobra vida, momento en que nadie debe perturbar la paz reinante. 

Alfredo, una mañana que quería contemplar la salida del sol y presenciar ese fenómeno, fue testigo de un hecho escalofriante. Atraído por unos gritos sofocados, se acercó sigilosamente hacia la entrada del bosque. Al poco de internarse, vio cómo dos individuos arrastraban a una joven que se resistía inútilmente. Un tercer hombre iba al frente abriendo camino. 

“No te adentres jamás en el bosque, ni siquiera te acerques a él”, le había repetido su madre hasta la saciedad. Si le hubiera hecho caso, no habría descubierto la terrible verdad, la que ahora deseaba a toda costa sacar a la luz.

Alfredo se había obligado a ocultar aquella experiencia, guardándosela para sí, sin compartirla con nadie, por temor a represalias. Pero cuando tuvo conocimiento de aquellos planes urbanísticos, no pudo dejar que la verdad quedara enterrada bajo el agua. Veinte años eran muchos, pero los padres de la joven todavía no se habían resignado a su pérdida. No creyeron la versión de una fuga premeditada. Y él conocía a los autores de aquella desaparición. Alguno ya peinaba canas, pero aún estaba a tiempo de hacer justicia. Demasiado tiempo había dejado pasar. Los asesinos debían pagar por su crimen. En esta ocasión no huiría despavorido como lo hiciera entonces, cuando vio lo que le hacían a aquella chica y cómo sepultaban luego su cadáver entre la espesura. 

Por su profesión de periodista, nadie sospechó el motivo de su verdadero interés por el bosque. De no hacer nada, acabará bajo el mar, argumentaba, y esa podía ser una crónica social de gran interés mediático. 

Cuando el calor latente y la humedad volvieran a producir la espesa niebla matutina, se adentraría en el bosque, como hizo aquel día, para no ser visto, e intentaría localizar el lugar donde aquellos asesinos hicieron desaparecer a la chica. Se internaría en el lugar del crimen siguiendo la misma senda brumosa que recorrió de niño.

No le dio tiempo a reaccionar cuando dos sombras que se le abalanzaron mientras intentaba reconocer la zona. Debieron adivinar lo que pretendía hacer y se le adelantaron. Así que sabían que los había descubierto veinte años atrás y dieron por hecho que entonces no les delataría. Pero no podían dejar que ahora hablara. Para él era muy fácil, pues aquél a quien no quiso delatar ya no vivía. Tener a un padre violador y asesino no es algo de lo que estar orgulloso. 

Lo último que Alfredo vio, además de unas caras envejecidas por el tiempo y enrojecidas por el odio, fue una pala de acero que le golpeó brutalmente la frente. Todavía seguía con vida cuando paladas de tierra cubrían su rostro. Hasta que se hizo la oscuridad.

Alfredo había imaginado muchas veces que quizá encontraría una muerte heroica en el campo de batalla, como corresponsal de guerra, o a manos de narcos o mafiosos, como periodista de investigación. Lo que nunca había imaginado era que sucumbiría por querer hacer justicia a una joven y que, como ella, acabaría en un bosque bajo el mar.

Fotografía: Cala Mitjana (Menorca)
Nota: La localidad mencionada en este relato con el nombre de Vilamajor es un pueblo ficticio.


viernes, 24 de febrero de 2017

El coche fantástico


Charlie me puso el apodo de “el coche fantástico”, como el deportivo de aquella serie norteamericana tan cutre. Y, por si fuera poco, también me llamaba como él: Kitt. Vale, de acuerdo, también soy un Pontiac Firebird 8 válvulas, pero, aparte de eso, no tengo nada más en común con aquel trasto. Porque yo, además de fantástico, soy inteligente. Aunque debo reconocer que de poco me ha servido.

Micky, mi anterior dueño, era un coleccionista de coches americanos de los años sesenta. Me compró junto a un Ford Mustang. Ambos nacimos en 1968, pero yo le sobreviví. Y todo gracias a mi inteligencia, que de artificial no tiene nada. Charlie, en su ignorancia, simplemente lo achacaba a algún accesorio que me habían instalado. Me anticipo a sus deseos y a sus reflejos. Más de un peatón sigue con vida gracias a mi pericia. No sé cómo adquirí este don, pero creo que fue a raíz del shock que experimenté cuando enviaron a mi querido Micky a la trena. Gracias a mí pudo pagar la fianza. Así fue cómo tuvo que abandonarme.

Con Micky vivía muy bien, pues me trataba de maravilla. No me faltaba de nada. Me mantenía limpio y bien nutrido. Se gastaba una pasta gansa en mi conservación, no en vano era la envidia de sus amistades. Micky era de esos ladrones a los que llaman de “guante blanco”. Charlie, en cambio, es muy distinto. No solo es un tipo duro, como todos los de su calaña, sino también un delincuente peligroso. En mi guantera y en mi maletero hay más pistolas, revólveres y escopetas que en una armería. 

Pero no fue hasta hace poco que empecé a sentir temor de verdad. Pero no por mí sino por un individuo, un buen tipo, al que conocía del barrio y que me caía muy bien. Siempre que me veía soltaba un silbido de admiración y me echaba algún que otro piropo, mientras deslizaba suavemente su mano por toda mi carrocería al estilo de una amorosa caricia. Estaba, sin duda, enamorado de mí. En más de una ocasión quiso comprarme, pero Charlie se negó repetidamente. Lo malo de Leslie, que así se llamaba, era sus muchas deudas de juego y su afición a la bebida. Por lo demás, era un tío muy majo. Y mira por dónde, precisamente le encargaron a Charlie, por ser vecinos y conocidos, la labor de apretarle las tuercas para que soltara, por las buenas o por las malas, la pasta que debía. 

Al principio solo fueron amenazas, luego vinieron las palizas, cada vez más violentas. La última envió a Leslie al hospital por una larga temporada. Yo sabía que, de haber una próxima, ya no lo contaría. Al cabo de pocos días, oí el plan que tenían montado Charlie y un tal Moreno, su compinche, para acabar con el infeliz. Si éste ya no andaba normalmente muy bien de dinero, entonces debía estar sin blanca, después de perder el trabajo por culpa de la baja que tuvo que tomarse tras la última refriega con mi dueño. Eso es lo malo de no tener un contrato laboral.

Me daba tanta pena nuestro vecino, que ideé una forma de advertirle del peligro que corría. Por una vez quise emular a mi doble cinematográfico y hacer algo digno de encomio, ser un héroe, pero sin seguir las órdenes de nadie sino mi propia iniciativa. 

La única forma para llevar a cabo mi heroicidad era presentarme, de noche, en su domicilio y enviarle a través de la ventana un mensaje en código morse. En una ocasión oí que había hecho el servicio militar en la marina, así que debía conocer este sistema de comunicación. Además, mi futuro damnificado vivía en una planta baja, a pie de calle, de modo que comunicarme con él sería coser y cantar. El plan no podía fallar. Lo tenía todo controlado. O eso creía.

Pero tenía que actuar sin demora, antes de que aquellos desaprensivos perpetraran el homicidio o lo que tuvieran pensado hacerle a ese pobre desgraciado.

Así pues, al día siguiente de haber tomado esta determinación, aprovechando que Charlie y su compinche se estaban emborrachando en el Roxy, el antro que suelen frecuentar los sábados por la noche, me dirigí raudo en busca de Leslie. Estaba en casa, pues distinguí una tenue luz en su interior. Orienté mi morro hacia la fachada e hice sonar el claxon varias veces. Vi que alguien descorría ligeramente una cortina y pegaba su careto al cristal. Era él, no cabía duda. Sin más dilación, empecé a emitir las ráfagas luminosas hasta completar el mensaje. Por toda respuesta, bajó la persiana cerrando toda posibilidad de contacto visual. Volví a accionar el claxon y la persiana volvió a levantarse y la cortina a descorrerse. Y vuelta a empezar. Y nuevamente idéntica respuesta por parte del que ahora consideraba a todas luces un cretino integral.

Por lo que después deduje, el interfecto no sabía morse y estaba borracho como una cuba. No había contado con esa eventualidad ni con que, con toda esa táctica, había pasado el tiempo volando y yo plantado delante de la casa de ese imbécil indigno de mis desvelos. Era inútil insistir, pues ya eran varios los vecinos que, asomados, me increpaban ─o más bien a quien suponían dentro del auto─ y amenazaban con llamar a los municipales. Cuando iba a maniobrar para poner ruedas en polvorosa y volver al Roxy, casi me calo del susto. Por la siguiente bocacalle aparecieron Charlie y su colega. Supuse que, al no encontrarme a la salida del local, donde había quedado aparcado, pensaron que alguien me había sustraído y volvían a pie con un cabreo de padre y señor mío.

Lo que siguió desbarató todos mis planes. Viéndome parado ante la vivienda de su inminente víctima, Charlie dio por sentado que había sido él quien me había secuestrado ─no en vano sabía del amor que me profesaba─ y que se disponía a huir conmigo de inmediato ─todo por haberme hallado con el motor en marcha y las luces encendidas frene a su puerta─ y no se lo pensó dos veces. En cuestión de segundos, los dos maleantes sacaban a Leslie a rastras, que no paraba de gritar, con lengua estropajosa, que yo había aparecido allí, de repente, haciendo sonar el claxon y haciéndole luces sin parar. 

Y aquí estoy ahora, colgando de un gigantesco electroimán y a punto de ser convertido en un bloque de chatarra que alimentará este cementerio de coches desguazados. Y, por si fuera poco, con un cadáver en el maletero.



miércoles, 15 de febrero de 2017

¿Soñar o despertar?


Hace años leí esta frase: “solo se despierta de un sueño una vez”. Aunque entonces no entendí muy bien su significado, me gustó tanto que incluso la anoté. Nunca pensé que llegaría el momento en que sabría interpretarla.

Ahora, desde que tengo este sueño, no quiero despertar para que no deje de serlo. Sueño que soy feliz. Por eso no quiero dejar de soñar. 

Cuando lo que tenía eran pesadillas, hacía esfuerzos para despertar y finalmente lo lograba. Ahora no. Ahora quiero seguir sumergido en mi dulce sueño y no deseo abandonarlo. 

Todos me dicen que eso de vivir en un sueño no es normal, que debo despertar de una vez y volver a la realidad. Pero ¿por qué debería hacerlo si con ello voy a dejar de ser feliz? 

Deben creer que me he trastornado. Sé que un sueño es algo irreal, ficticio, algo que crea la mente. Algunas veces se sueña con lo que se anhela y no podemos conseguir, otras con lo que tememos, nos preocupa o nos angustia. Yo hace tiempo que dejé atrás los sueños que solo producen desasosiego. Ahora me siento feliz soñando porque sé con lo que tengo que soñar.  

Sueño que puedo andar, que mis piernas me sostienen. Sueño que Alexandra sigue a mi lado. Sueño con que los dos estamos sentados en el coche, que le hago caso y aminoro la marcha. Y que esta vez no hay hielo en la carretera. Y que el coche no patina en la curva. Y que no salimos despedidos de la calzada hacia el barranco.

Si despertara de mi sueño, ya no habría vuelta atrás. Habría perdido la oportunidad de volver a ser feliz. No podría volver a disfrutar de su sonrisa, de su voz, de sus caricias, ni de sus besos. Si volviera a la realidad, todo esto dejaría de existir. Y dejaría de ser feliz. Una vez despertado de mi sueño, no podía volver a soñar.


miércoles, 8 de febrero de 2017

El incrédulo (y II)


Aquella noche, tras haber decidido hacer caso a su amigo, Fernando no tuvo la hasta entonces recurrente pesadilla ni aparición alguna, lo que le confirmó que todo había sido fruto de su mente alterada, la cual se había apaciguado, brindándole una tregua, una vez había aceptado visitar a la médium. Y fue al pensar en ella cuando recordó que había tenido un sueño, pero esta vez placentero. La mente volvía a jugar con él. Había soñado precisamente con Rosaura. La veía como una mujer muy atractiva, de ojos negros y labios carnosos, pintados de un rojo sangre, ataviada como la típica adivina de las ferias ambulantes, con una ancha túnica estampada, acicalada con collares y brazaletes dorados, con un pañuelo en la cabeza a modo de diadema, del que pendían unos brillantes abalorios, dejando al descubierto una larga y ondulada melena de color caoba. Sentada ante una mesa camilla, tenía ante sí una gran bola de cristal que absorbía su atención. No hablaba, solo le sonreía sensual y enigmáticamente mientras acariciaba con sus manos la suave superficie de la esfera, que despedía una luz tan cegadora como la de su aparición.

Que el poder de la mente es extraordinario lo sabía de sobras, pero no podía imaginar hasta qué extremo, pues cuando el viernes, a las siete en punto de la tarde, la puerta del gabinete de Rosaura se abrió, respondiendo a la llamada del timbre con sonido de campanillas, Fernando se percató, asombrado, de que la mujer que les sonreía y les invitaba a pasar era tal como la había soñado. Su melodiosa voz, invitándoles a entrar, le sonó a Fernando a música celestial. Cuando, al cabo de unos instantes, se sentaba ante la misma mesa camilla de su sueño, todavía llevaba pegada en la boca una sonrisa de bobalicón, cosa que le hizo sentir de inmediato profundamente culpable, deseando que su difunta esposa, si es que realmente podía verle, no se lo tuviera en cuenta.

─¿Fernando, ¿verdad? Me ha dicho Ramón que quieres comunicarte con tu difunta mujer. No te importa que te tutee, ¿verdad? ─le dijo Rosaura, mirando al mencionado intermediario de soslayo.
─Ssssí, bueno, no. Digo, sí a lo primero y a lo tercero, que me llamo Fernando y que puedes tutearme, pero no a lo segundo.

Y ante la extrañeza de la mujer, que ya hacía ademán de preguntarle algo como “¿entonces a qué has venido?”, Fernando prosiguió, algo más sosegado.

─Verá, digo verás, desde que falleció mi esposa, he vivido en un túnel sin salida. Mi vida ha dejado de tener sentido. El tratamiento médico, sin embargo, había logrado controlar más o menos mis “alteraciones nerviosas” hasta que empecé a soñar con ella. Todas las noches tenía el mismo sueño, en el que me decía que estaba bien y que quería contarme algo, pero, llegado a este punto me despertaba. Después de… bueno, comentárselo a mi amigo, aquí presente, este me aconsejó que viniera a verla, digo a verte, pero yo…
─Pero tú rehusaste porque no crees en estas paparruchas, ¿no es así? ─le cortó la mujer─. Pero has tenido una experiencia paranormal, una aparición del más allá, y entonces has accedido a venir ─acabó diciéndole con una sonrisa condescendiente.
─Pero… cómo sabes que yo… ¡Ah, claro!, te lo contó Ramón el otro día, cuando te llamó para pedirte cita ─le espetó Fernando, sintiéndose más aliviado.
─Pues lo creas o no, te equivocas. Tu amigo no me comentó nada de esto. Solo me dijo que habías perdido a tu mujer, que no creías en el espiritismo ni en el más allá pero que te había convencido para que vinieras a verme, Eso es todo. Pero por experiencia sé que hasta que no se tiene una experiencia “espiritual”, o como quieras llamarla, la gente incrédula no decide ponerse en manos de profesionales como yo.
─Ya, ya… ─fue todo lo que pudo decir Fernando, porque antes de que añadiera cualquier cosa, un golpe fuerte y seco retumbó en la pared más próxima. Tan fuerte fue el golpe, que derribó los objetos que Rosaura tenía dispuestos en las estanterías adosadas al tabique.
─¿Qué ha sido esto? ─casi gritaron los dos amigos al unísono, levantándose tan raudos que derribaron sus sillas. La mujer, que también sufrió un gran sobresalto, les invitó a sentarse de nuevo.
─Tranquilos, tranquilos ─se apresuró a decir Rosaura─, esto es lo que suele ocurrir cuando un espíritu se enoja. Quien quiera que sea, le ha molestado tu incredulidad o quiere llamar tu atención ─se vio obligada a afirmar la médium dirigiéndose a Fernando─. Ahora volved a sentaros y empecemos la sesión.

Mientras Rosaura, visiblemente agitada, acercaba su cara a la bola de cristal, preparándose para captar en ella las posibles respuestas a las preguntas que su cliente quisiera formular, este no dejaba de escudriñar, con la mirada, el aposento en busca de algún falso fantasma escondido tras las cortinas.

─Pero yo creía que la bola solo se usaba para adivinar el futuro, no para comunicarse con los muertos ─comentó Fernando entre desconcertado y receloso─. Creía que era con la ouija o invocándoles una médium en trance como se hacía esto ─añadió con un cierto retintín.
─Querido, el modo de contactar con el más allá no depende del instrumento que se use para ello sino del poder del intermediario, en este caso yo. Ahora necesito concentración ─atajó Rosaura con su voz meliflua.

*

Al cabo de media hora, Fernando bajaba las escaleras de dos en dos, hecho una furia. Una vez en la calle, se dirigió a toda prisa a la cafetería de enfrente y solo entrar pidió un café bien cargado al camarero que, solícito, le señalaba una mesa libre. Al poco hizo acto de presencia Ramón, quien se sentó a su lado sin atreverse a decir esta boca es mía. Fernando parecía ausente. Con la taza humeante de café en las manos, miraba al infinito, mientras su amigo le observaba contrito.

─Lo, lo siento ─farfulló Ramón al cabo de un rato.
─¿Por qué me ha hecho esto mi mujer? ¿Por qué me ha hecho venir para decirme eso? 
─Bueno, ya sabes que Isabel era muy sincera y…
─¡Y que no sabía mantener la boca cerrada! Sí, lo sé ─le espetó Fernando.
─Bueno, míralo por la parte positiva, ahora sabes que existe un más allá y que…
─Y que voy a ir a ese más allá dentro de cinco semanas, ¡no te jode! 
─Al menos tendrás tiempo para hacer los preparativos, dejarlo todo bien atado ─dijo, siempre tan práctico, Ramón. 
─¡Joder, Ramón! ¿Pero te estás oyendo? ¿Pero tú te has creído esa estupidez? Estoy perfectamente sano. ¿Cómo voy a morirme en cinco semanas? ─ dijo alzando la voz provocando las miradas airadas de los clientes que llenaban el local. 
─Shhh, baja la voz, Fernando. Y cálmate, por favor ─intentaba en vano apaciguarle Ramón─ Quién sabe, un accidente lo puede tener cualquiera, o un ataque al corazón, o... ─calló ante la mirada fulminante de su enervado amigo y, por una vez, consciente de su poco tacto.
─Pues si quien sea que ha montado este tinglado pretende amedrentarme, no lo conseguirá. No pienso hacer caso a esa agorera predicción, venga de quien venga. 
─Pues a mí me ha parecido todo tan real… Al menos, podrías ir con cautela. Piensa que si Isabel se ha tomado la molestia de mostrarse primero en sueños y ahora a través de la médium para comunicarte que…
─Calla, por lo que más quieras. No quiero seguir con este absurdo juego. Ya he hecho suficiente con venir a este antro siguiendo tus estúpidos consejos. ¿Sabes qué voy a hacer? ─añadió, pensativo, ante la cara esperanzada de Ramón─. Dentro de un mes es la final de la Copa del Mundo y ya hace tiempo que tengo las entradas, los billetes de avión y las reservas de hotel, así que seguiré con mis planes como si nada. ¿Te ha quedado bien claro?
─No seas así, por Dios. Anúlalo. Si le explicas a la agencia de viajes el motivo por el que no puedes ir, quizá puedas recuperar parte de lo que has pagado, digo yo.
─Ramón, lo tuyo no tiene remedio. Primero de todo, no me mentes a Dios y, en segundo lugar, para que tuviera derecho a una devolución, aunque fuera parcial, necesitaría un documento acreditativo. ¿Acaso crees que Isabel me podría conseguir uno en el más allá? ─dijo Fernando escupiendo, con sorna colérica, esas palabras, tras lo cual abandonó la cafetería sin siquiera despedirse de Ramón, quien vio, impotente, como su amigo se alejaba sin haber logrado hacerle recapacitar.

*

Cuando, terminada su jornada laboral, Rosaura pasó por delante de la cafetería que hay enfrente de su gabinete, vio a los dos amigos sentados junto al ventanal que da a la calle, enzarzados en lo que parecía una agria discusión. No pudo por menos que sentir pena por Fernando, como la sentía por todos sus clientes. Pero ese día sus razones eran distintas. Se sentía muy afectada, incluso atemorizada. Ella no hacía daño a nadie, simplemente les daba a sus clientes lo que querían: las respuestas que esperaban recibir. Pero lo de aquella tarde había sido diferente. Los objetos no habían caído de las estanterías ni los golpes en la pared habían sonado como solía ocurrir. En esta ocasión no había llegado a accionar el artilugio que tenía instalado en su mesa camilla y que usaba habitualmente para impresionar a la clientela. Y, por si fuera poco, la bola había “actuado”, sin que fuera ella quien ideara, con sus hábiles argucias, las respuestas. Había sentido miedo, por primera vez en su vida, cuando vio reflejada en la brillante esfera la cara de Isabel, y leyó de sus labios el mensaje que anunciaba la muerte prematura de su cliente. Quizá debería haber callado e inventado cualquier otro vaticinio, pero era la primera vez que un espíritu se ponía en contacto con ella y no le podía ignorar. Quién sabe de lo que son capaces si no sigues sus dictados.

La sesión de aquel viernes cercenó de golpe la incredulidad de dos personas a la vez: la de Fernando, que veía trastabillar su recalcitrante ateísmo, y la de Rosaura, que desde ahora se tomaría su profesión mucho más en serio.

*

Fernando viajó a Moscú (1) para asistir al mundial de fútbol, como tenía previsto, sin importarle la terrible predicción que le había transmitido Rosaura de parte de su querida Isabel. Tras la consternación inicial, Fernando recobró la cordura de forma milagrosa ─como todo el mundo, incluido su terapeuta, calificó─ y vivió esos incidentes paranormales como una demostración más de lo que puede llegar a hacer la mente. La simple convicción de este hecho le sacó del embotamiento mental que había estado padeciendo. “Si la mente te puede hundir, también te puede salvar”, le dijo a su inseparable amigo, de quien se despidió otro viernes en la terminal del aeropuerto. 

Por mucho que Ramón insistiera en acompañarlo, Fernando se negó en redondo, replicándole que aquello debía hacerlo solo y que, a la vuelta, le demostraría que nada de lo últimamente vivido había sido real.

Fernando no volvió de aquel viaje. Se le perdió la pista, según los empleados del hotel, el día en que se cumplían cinco semanas desde aquella sesión de espiritismo. Al cabo de diez días de intensa búsqueda, su cadáver apareció entre unos cañizales del río Moscova, a varios kilómetros de la capital rusa.

[1] La Copa Mundial de la FIFA tendrá lugar en Rusia entre el 14 de junio y el 15 de julio de 2018



sábado, 4 de febrero de 2017

El incrédulo


Fernando se calificaba a sí mismo como el mayor de los incrédulos. Si bien de niño había sido un ferviente creyente y practicante, con los años su fe en la existencia de un más allá se fue diluyendo hasta acabar en el ateísmo más recalcitrante. Era un ateo practicante y proselitista, como le gustaba autodefinirse, y no había creyente, del signo y credo que fuera, que escapara a sus invectivas, habiendo perdido por ello más de una amistad, incluso entre las filas de su propia familia. El único amigo “refractario” que conservaba era Ramón, agnóstico tolerante con las creencias ajenas, con el que, a pesar de todo, le unía una camaradería inquebrantable desde su más tierna infancia.

Para Fernando, la muerte era el final definitivo, sin retorno. No había traspaso a ninguna otra orilla que no fuera la nada. Y cualquiera que pensara de distinta forma era, como mínimo, un ignorante sin dos dedos de frente, digno del peor de los escarnios. “La religión es el opio del pueblo”, no se cansaba de repetir, parafraseando a su admirado Marx (1). Y respecto al espiritismo, se despachaba a gusto con calificativos del tipo superchería de analfabetos, burla a la inteligencia, cuento chino para cabezas de chorlito, montaje de vividores y fraude digno de juzgado de guardia, entre otras lindezas. 

Siendo así, no fue de extrañar que la mayor de sus contrariedades se produjera cuando Ramón osó sugerirle que acudiera a una conocida médium.

*

Tras sufrir la dolorosa pérdida de Isabel, su mujer, en un accidente de tráfico, Fernando cayó en una depresión que nada bueno presagiaba. Ramón lo achacó al trauma lógico de quien ha perdido a quien más quería en este mundo y a quien no volvería a ver jamás. A esa pena se le sumaba el agravante de culpabilidad, dadas las circunstancias en que se produjo la muerte de su esposa. Fernando no se perdonaba haberse dormido al volante. Pero un año en semejante situación no era normal. Ni el antidepresivo de última generación, ni el ansiolítico más potente, ni siquiera la psicoterapia hacían el efecto esperado.  El dolor le consumía. Era un muerto viviente y solo hablaba de la inutilidad e injusticia de seguir con vida. Ramón intentaba pasar el mayor tiempo posible con él pues temía por su integridad física, ya que la psíquica ya hacía tiempo que la había perdido. Con el paso del tiempo, la depresión y la ansiedad degeneraron en una psicosis. Fernando empezó a oír voces en su interior y a ver sombras a su alrededor, como si alguien le acompañara en todo momento. Ramón pensó al principio que aquello no era más que una forma de exteriorizar el shock postraumático. Hasta el más lógico de los humanos puede tener un bache en su intelecto, pero ese bache duraba demasiado y podía acabar tragándose a su mejor amigo. Debía y quería ayudarle. Pero ¿cómo?

Cuando Ramón, con la mejor de las intenciones, le habló de una médium que ayudaba a la gente a contactar con sus seres queridos fallecidos, Fernando, salió de su ensimismamiento montando en cólera y profiriéndole todo tipo de insultos. Por mucho que su amigo le dijera que nada tenía que perder por visitar a la supuesta vidente, Fernando no pudo por menos que reprocharle vehementemente su traición al intelecto, despreciándole cruelmente. Aceptaba el hecho de que quisiera ayudarle, pero no entendía que para ello hubiera caído tan bajo. Estaba ciertamente desolado, pero no por ello iba a ponerse en manos de una bruja vividora de las penas ajenas.

Fue tal el rifirrafe que se organizó, que la amistad que les había unido durante tantos años estuvo a punto de quebrarse como la más delicada de las copas de cristal de Bohemia al estrellarse contra el duro suelo. La amistad entre Fernando y Ramón era irrompible, pero desde entonces se vio seriamente dañada.

El único poder en el que Fernando creía era el de la mente. Y así se lo demostraron los sueños ─o quizá debería llamarlos pesadillas─ en los que se vio sumergido al poco de haberse peleado  con su viejo amigo. El sueño se repetía cada noche con una fidelidad pasmosa. Siempre era igual, como si se tratara de una película que se rebobinara y volviera a pasar ante sus ojos una y otra vez. 

En el sueño, Isabel, más bella que nunca, le hablaba con esa voz tan dulce que Fernando recordaba perfectamente. 

─Hola, Fernando ─le decía─. Estoy bien. No te aflijas, pues volveremos a estar juntos. Estábamos equivocados. Sí existe otra forma de vida. He venido a decirte que …

Y aquí se cortaba el sueño. Cada noche, en el mismo punto. La imagen se tornaba borrosa y la voz distorsionada, como si sufriera interferencias, como las de un televisor primitivo. Solo que aquí no había antenas de cuernos que direccionar para mejorar la señal.

Aun sin ser experto en interpretación de los sueños, la explicación era evidente: la trágica muerte de Isabel le había perturbado hasta el punto de provocarle esas pesadillas recurrentes. ¿Pero por qué ahora? ¿Quizá la disputa con Ramón había sido el detonante para que su subconsciente le traicionara de ese modo? ─se preguntaba.

Después de varias semanas repitiéndose idéntico sueño, sintiéndose impotente por evitarlo, estuvo tentado de comentárselo a su terapeuta, pero no quería que le atiborrara con más medicamentos inútiles y acabó confesándoselo a Ramón. Haciendo de tripas corazón, decidió ir a verle. A pesar de lo ocurrido, le echaba de menos, necesitaba desahogarse y, de paso, recuperarlo como amigo. Aun así, no pudo evitar acusarle de ser quien, con esas majaderías, le había trastornado, poniendo su caso de ejemplo de cómo la mente puede llegar a desvirtuar la realidad y nuestras percepciones hasta límites increíbles. 

Tras unos segundos en silencio ─que Fernando interpretó como señal de asentimiento por parte de su amigo─, Ramón le dijo, muy serio: “Tienes que ir a ver a Rosaura”.

─¿A Rosaura? ¿Qué Rosaura? ─le interpeló Fernando.
─La médium de la que te hablé ─le respondió Ramón, imperturbable.

La nueva trifulca que se armó tras esas palabras fue de órdago, Fernando lanzando improperios acerca de la salud mental de su amigo y este reconviniéndole para que abandonara su actitud intransigente y acabara aceptando la realidad.

─¿Realidad, qué realidad? ─gritó Fernando, fuera de sí, a menos de un palmo de la cara de un Ramón todo paz y serenidad.
─Pues que Isabel quiere transmitirte un mensaje. Y debe ser importante cuando insiste tanto y, por algún motivo, no te lo puede dar en sueños. La intervención de esa médium facilitaría muchísimo el contacto con ella.

Fernando tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para contenerse ante esa idiotez que acaba de proferir su amigo. ¿Cómo una persona hasta entonces tan sensata podía, de pronto, creer en tales idioteces? Tras inspirar profundamente, se relajó, lo miró a los ojos y, ante la estupefacción de Ramón, estalló en una sonora carcajada, abandonando el apartamento reprimiendo a duras penas los espasmos que la risa contenida le producía, dejando a su amigo seriamente preocupado por su salud mental.

Cuando aquella noche, ya en la cama, Fernando reflexionaba hasta qué punto el bueno de Ramón había perdido definitivamente la sensatez, no sabiendo si compadecerlo o despreciarlo, oyó un ruido semejante al producido cuando se desgarra una tela. A continuación, un frío intenso invadió la habitación hasta el punto de que unos intensos tiritones sacudían su cuerpo como si la temperatura hubiera caído repentinamente por debajo de los cero grados centígrados.

─Esto es lo que sucede en las películas de terror cuando quieren indicar la presencia de un espíritu ─pensó instintivamente─. Pero ¿acaso estoy perdiendo yo también el juicio? ─se dijo a continuación.

No tuvo tiempo de encender la luz. Lo que al principio fue un tenue resplandor, procedente de una esquina de la habitación, se fue agrandando e intensificando hasta adquirir una reluciente silueta humana. Se movía de forma ondulante y sus contornos se desdibujaban de vez en cuando. Cuando la luz se hizo casi cegadora, una voz apenas audible, como si procediera de un eco lejano, susurró, arrastrando las palabras: “Quieero hablaarr contiigoo. Tieeness que sabeerloo. Veen proontoo”. Dicho esto, se hizo de nuevo la oscuridad y el silencio, y la temperatura volvió a la normalidad. Quien no volvió a la normalidad fue Fernando, que no puso pegar ojo en toda la noche, a pesar de las dos cápsulas de somnífero que se tomó.

A la mañana siguiente, tras haber recorrido el apartamento de un extremo a otro unas cuantas decenas de veces pensando qué hacer, decidió ir nuevamente al encuentro de Ramón. Mejor un amigo que un psiquiatra. Pero esta vez se obligaría a ser lo más objetivo y comedido posible. Si tenía que hacer caso a lo que le dictaba la razón, aquello era un despropósito, peor aún, una locura. Pero la evidencia le indicaba todo lo contrario. Nunca en su vida había estado tan desconcertado.

Tras exponerle a su amigo lo vivido ─porque lo había vivido, pues estaba completamente despierto cuando ocurrió─ la noche anterior, aquel le aconsejó que hiciera un acto de humildad y un esfuerzo, acudiendo al gabinete de Rosaura. Él le acompañaría.

Luego de un tira y afloja que duró casi una hora, los dos amigos llegaron a un acuerdo. Ramón llamaría a su médium de confianza ─como así la había calificado─ y, en cuanto esta tuviera un hueco, irían a verla. Al cabo de unos minutos ya tenía una cita acordada. Rosaura les esperaba el viernes, a las siete de la tarde. Eso sería al cabo de tres días. 

CONTINUARÁ...

(1) Aunque esta frase se le atribuye a Karl Marx, por aparecer en su publicación “Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” (1844), la comparación de la religión con el opio no es original de Marx, pues ya había aparecido anteriormente en escritos de Immanuel Kant, Herder y Ludwig Feuerbach, entre otros filósofos del s. XIX.