martes, 21 de mayo de 2019

La esquela



Quizá fuera cosa de la edad, pero, de pronto, me convertí en un tipo raro, y las rarezas a veces traen malas consecuencias. Y el caso que os voy a referir así lo corrobora.

Mi rareza, si puede llamarse así, consistía en leer todos los días la sección de necrológicas de varios periódicos. Debo decir que esa costumbre ya la tenía mi padre, que buscaba algún conocido entre los finados de cierta categoría, pues es obvio que no todo hijo de vecino hace público en un medio de comunicación el fallecimiento de un familiar de primer grado.

¡Caramba, si se ha muerto fulano!, exclamaba mi padre muy de vez en cuando, por fortuna, pues la marcha de alguien a quien había conocido, sobre todo si era de su misma quinta, le trastornaba profundamente. Solo se reponía de ese mal trago con otro trago, el de una generosa copa de coñac que, de paso, le protegía de los efectos de un mal resfriado, argumentaba.

Cuando ello acontecía, no perdía la ocasión para ir a dar su más sentido pésame a la viuda. Una vez me vi obligado a ir con él, pues quien había pasado a mejor vida era nuestro médico de familia de la época de mi infancia, cuando las visitas las efectuaba el facultativo en su domicilio. De aquello hacía más de veinte años y lo único que recordaba del doctor Baldrich, que así se llamaba, era su aspecto tétrico ─me recordaba a Boris Karloff─, su despacho, igualmente lúgubre, con grandes ventanales que daban a la Gran Vía barcelonesa, y la escalera del inmueble, de estilo modernista, que olía a rancio.

Han pasado ahora más de treinta años desde aquel acontecimiento y todavía recuerdo lo desagradable que me resultó tener que desfilar a lo largo de una cola interminable de parientes para darles el consabido pésame con un contundente apretón de manos. Hasta llegar a la viuda, de luto riguroso y con una mantilla que le cubría la cara, que me tendió una mano tan fláccida que parecía que era ella la finada.

Fue el día de mi sexagésimo cumpleaños cuando empezó mi hábito, hace ya cinco años. Todavía no sé por qué me detuve en esa página llena de esquelas y me puse a leerlas todas, emulando así a mi progenitor. Ya tienes una edad, me dije, en la que podrías un día hallar entre todos esos nombres uno conocido: un profesor, un jefe, un colega, un amigo al que perdiste de vista y que, a su vez, ha perdido la vida. Menuda forma de dar con él, pensé. Y, casualidades de la vida, o de la muerte, así fue. Un conocido presidió, un día, esa funesta sección, pues su esquela destacaba de forma ostensible sobre las demás. Se trataba del doctor Cayetano Sigüenza, de noventa y un años de edad, catedrático emérito de Zoología de la UB, a quien tuve que soportar en segundo de Biológicas. Un carca de armas tomar, con todos mis respetos. Tras mi sorpresa inicial, no pude reprimir las ganas de asistir al acto fúnebre. Una curiosidad morbosa ─lo reconozco─ me llevó hasta el tanatorio. Quería ver si era capaz de recordarlo, aunque presentía que, con el tiempo transcurrido, eso sería tarea imposible. Cerraba los ojos y le veía en el entarimado, frente a la pizarra, que siempre hallábamos repleta de hermosos dibujos coloreados de cualquier especie animal de dimensiones adecuadas al tamaño del encerado, como él lo llamaba: un celentéreo, un gusano, un artrópodo o lo que se terciara; unos bocetos pictóricos dificilísimos de trasladar con un mínimo de acierto a nuestros apuntes. Era un gran dibujante, pero un pésimo enseñante.

“Siempre se van los mejores”, oí cómo decía un anciano que se acercó al ataúd abierto en el que reposaba el cuerpo sin vida del doctor Sigüenza, moviendo la cabeza en señal de incomprensión, de impotencia, o de Parkinson.

Por mucho que me esforcé y tal como suponía, no pude reconocer al difunto. La imagen que me ofrecía ese cuerpo inerte nada tenía que ver con la de aquel hombre rechoncho y con cara de malas pulgas que tres días a la semana empezaba la clase pasando lista, como en el colegio, y para quien una huelga era un acto intolerable, execrable, que representaba la pérdida de los valores fundamentales y el hundimiento del sistema.

“No somos nadie” ─me oí decir antes de dar media vuelta y disponerme a regresar a casa─. “Y que usted lo diga” ─añadió el mismo anciano, balanceando nuevamente la cabeza en señal de asentimiento. ¿O sería a causa del Parkinson? De ser esto último, al pobre le quedaba poco tiempo para seguirle los pasos a su supuesto amigo. Me despedí de él con una leve sonrisa, no sin antes escrutarle de arriba abajo por si daba la casualidad de que, detrás de su aspecto simiesco, descubría a algún otro profesor de la facultad. Todo inútil. El tiempo todo lo deteriora, no solo el físico sino también la memoria.

Desde entonces me reafirmé en esa costumbre que me ha acompañado estos últimos años. He visto esquelas de políticos y servidores públicos, médicos, economistas, abogados, notarios, registradores de la propiedad y un sinfín de personalidades y personajes de cierto renombre. Debo decir, sin embargo, que pocas sorpresas me he llevado tras la lectura de las más de cincuenta esquelas que me he leído a diario. Incluyendo esa primera experiencia que acabo de mencionar, solo han sido tres las visitas a un tanatorio por conocer, directa o indirectamente, al finado. Solo en tres ocasiones, pues, tuve que decir “la acompaño en el sentimiento” antes de marcharme sin darle opción a la viuda a preguntarme quién era yo.


A mi mujer todo esto le daba mucho reparo. Decía que esa “distracción” podía traer malas consecuencias, que no era sano, ni para el cuerpo ni para la mente. Y ahora quizá deba darle la razón.

Si al principio decía que las rarezas ─ahora las calificaría mejor como malas costumbres─ pueden acaban mal es por lo que me ocurrió hace tan solo un par de meses. Era lunes y me había quedado en casa por culpa de un fuerte resfriado que había contraído durante el fin de semana. Llevaba todo el día guardando cama. Sería alrededor de las cinco de la tarde cuando me levanté. Me sentía mucho mejor pero todavía me dolía la cabeza. Me tomé otro paracetamol acompañado de un café bien cargado y me puse a leer los periódicos que encontré sobre la mesa de centro del salón. Cuando llegué a la sección de las necrológicas, en la primera página y en lugar bien visible apareció ante mis ojos el siguiente nombre:

JUAN PABLO OLIVARES MONTERO

No podía creerlo, todo me empezó a dar vueltas y se me nubló la vista. No podía ser. Tuve que hacer un esfuerzo para serenarme y seguir leyendo. Pero lo que leí a continuación me acabó de convencer de que no andaba errado:

Catedrático de Microbiología de la Universidad de Barcelona
Ha fallecido cristianamente, el 4 de marzo de 2019, a la edad de 65 años
Su viuda, Amalia Ruiz, sus hijos Antonio, Juan y Eulalia, sus nietos…

Ya no pude seguir leyendo. Cerré los ojos. Al cabo de unos instantes volví a abrirlos con la esperanza de que todo había sido fruto de mi imaginación. Pero no lo era. ¡Ese era yo! Pero ¿qué significaba esa locura? Hice lo que supongo que hace quien le ha tocado el premio gordo, que mira y remira el boleto para asegurarse de que no hay ningún error, que el número premiado es el correcto, que la fecha es la correcta, que el billete está entero, cualquier cosa que le demuestre que es real y que él es el agraciado sin lugar a dudas.

Tenía que tratarse de un error. Pero toda la información coincidía: nombre, edad, cargo, familia. ¿Una broma pesada, quizá? Me levanté de un salto e instintivamente llamé a mi mujer. Pero no hubo respuesta. Solía regresar a eso de las cinco y media. Miré el reloj. Eran las seis menos cuarto.

El periódico había quedado abierto sobre mi butaca. Volví a leer la esquela. El cuerpo de ese Juan Pablo Olivares estaría expuesto en el Tanatorio Sancho de Ávila desde las dieciséis horas de esa misma tarde hasta las once horas del día siguiente, cuando tendría lugar la ceremonia religiosa y el subsiguiente sepelio. Pero entonces me percaté de algo todavía más escalofriante y que me había pasado por alto: la fecha del fallecimiento que se indicaba en la esquela era el 4 de marzo. ¡Pero si estábamos a lunes, 4 de marzo! ¿Cómo podía haberse producido ese fallecimiento el mismo día en que se hacía público? Miré entonces la fecha del periódico por si se trataba de un error tipográfico, pero la que aparecía en la primera plana era la de 5 de marzo de 2019. ¿Qué significaba toda esa locura? ¡No podía haberme pasado un día entero en la cama sin enterarme!

Llamé a mi mujer al móvil, pero estaba apagado o fuera de cobertura. Llamé a mis hijos, pero ninguno contestaba. Saltaba el maldito contestador. Finalmente llamé al lugar de trabajo de mi mujer, por si se había retrasado más de lo normal, pero al preguntar por Amalia Ruiz, una voz grave, titubeante, me contestó: “Lo siento, pero la señora Ruiz no está, su marido ha fallecido y no vendrá en un par de días. ¿Quiere que le deje un recado?”

Seguía sin poder creerlo. Si quería comprender lo que estaba sucediendo, si quería aclarar el entuerto, acabar con esa broma de mal gusto, no me quedaba otra alternativa que ir al tanatorio, descubrir quién estaba detrás de toda aquella farsa o pedir explicaciones a quien fuera que hubiera metido la pata.

Y me presenté en el tanatorio. Eran las siete de la tarde.

Una vez en el vestíbulo, me dirigí al tablón donde se indican las salas de velatorio. En el décimo lugar figuraba mi nombre. Cuando llegué a la zona indicada, casi no podía dar un paso. Entonces me vino a la memoria lo que en una ocasión oí decir a alguien en broma: que le gustaría estar presente en su funeral para ver cuánta gente asistía. Si todos aquellos habían venido por mí, era más de lo que podía esperar.

Aparté de inmediato ese ridículo pensamiento mientras me abría paso hasta la sala donde se suponía que yacía mi cuerpo, con la convicción de encontrarme con caras desconocidas y un perfecto extraño yaciendo en el ataúd.

Contrariamente a lo que creía, allí estaba toda mi familia. Mi mujer, mis dos hijos, mi hija, nueras y yerno, nietos, cuñados y demás parentela llenaban el reducido y claustrofóbico espacio. Estaban todos tan afligidos que casi me entraron ganas de llorar. No podía emitir sonido alguno, por mucho que me esforzaba en decirles ¿Qué os ocurre? ¿Acaso no veis que estoy aquí? Todo es un error. Estoy vivo. Miradme. Pero nadie se percataba de mi presencia. Cuando mi mujer se levantó para situarse junto al féretro, me acerqué sigilosamente para no sobresaltarla, pues si creía realmente que estaba muerto, menudo susto se iba a llevar al verme. Le puse una mano en su hombro izquierdo y no se inmutó. Entonces dirigí la mirada hacia donde ella había fijado la suya y, horrorizado, comprobé que el cuerpo que reposaba allí dentro era el mío.

De repente sentí náuseas, la impresión me provocó un estado de irrealidad, me sentía flotar, fuera de lugar. Salí a que me diera el aire, pues el que respiraba allí estaba viciado. La mezcla entre el olor a flores y a humanidad me mareaba.

Una vez fuera, en la zona donde departían relajadamente los que habían hecho acto de presencia para presentar sus respetos a la familia del finado, o sea un servidor, alcancé a oír lo que decía uno de los allí presentes, a quien no reconocí: “tengo entendido que le dio un infarto. Su mujer lo encontró con el periódico en su regazo, abierto por la sección de necrológicas. Quizá sufrió una gran impresión al ver la esquela de un amigo muy querido. Pero vete tú a saber.”    

Viendo que nadie reparaba en mí, me acerqué, movido por la curiosidad, a otro corrillo, pues me pareció que me mentaban.

─Sé que no está bien hablar mal de los muertos, pero vaya pájaro de cuidado era Juan Pablo.
─Ya lo creo, un hipócrita y un prepotente. Siempre quería tener la razón, nunca podías llevarle la contraria. Si lo hacías, ya entrabas en su lista negra y te hacía la vida imposible. Y siempre con esa sonrisa irónica en los labios.
─Un cabronazo. Eso es lo que era. Después de esto, creeré en el karma. Se lo tenía merecido.
─Dicen que en todo hay que buscar el lado positivo, ¿no? Pues en este caso, ha dejado la plaza libre en la cátedra, ja, ja, ja.
─Shhh, calla, hombre, que te pueden oír.

Dejé allí a esos cuatro malnacidos echando pestes sobre mi persona. Pero ¡¿quién coño se creían que eran esos imbéciles?! A esos sí que los reconocí. Siempre holgazaneando, pasando más horas en el bar de la Facultad que en el laboratorio. ¿Hipócrita yo? ¡Hipócritas ellos! Siempre haciéndome la pelota, dándome la razón en todo, jamás cuestionando nada. Esos, de científicos no tenían nada. ¿Acaso creían que iban a ocupar mi plaza? Cualquier aspirante, por escasos méritos que tuviera, ganaría la oposición antes que uno de esos inútiles. Todavía no entiendo cómo accedí a que formaran parte de mi equipo investigador. Y así me lo pagan.

Salí del tanatorio como alma que lleva el diablo. Deseaba despertar de esa pesadilla, pero no lo conseguía. Tropezaba con la gente que acudía a dar el pésame a algún familiar o conocido, pero nadie se percataba de nuestro tropiezo. Me senté en el primer banco que hallé en mi huida y traté de serenarme. Tenía que hallar una explicación plausible a todo lo que me estaba ocurriendo.

Pensé que quizá tuvieran razón quienes afirmaban que hay difuntos que deambulan como almas en pena hasta que no han tomado conciencia de que están muertos. Quizá yo era uno de ellos. De haber visto esa luz blanca al final del túnel que todos se empeñan en afirmar que perciben los que acaban de traspasar, habría comprendido cuál era mi verdadera situación. Pero no vi absolutamente nada. De ahí mi confusión. Supuse pues, que, si aceptaba mi nuevo estado, por duro que resultara, abandonaría definitivamente este mundo y emprendería un viaje al más allá. Me consolé pensando que, más tarde que temprano ─pues mi mujer es bastante más joven que yo─, vendría mi querida Amalia a reunirse conmigo. Entretanto ello no sucedía, quizá algún amigo viniera a hacerme compañía, aunque esperaba que no fuera ninguno de aquellos cuatro mentecatos deslenguados. ¡Idos a la mierda!, grité, sabiendo que nadie me oiría.

Pero me equivoqué, pues una voz y unas palmaditas en la cara, propinadas por una mano invisible, me devolvieron parcialmente la lucidez.

─Papá, papá, ¿qué murmuras?, ¿que nos quieres decir?, ¡abre los ojos, por favor! Mamá, mamá, corre, ven, que papá está volviendo en sí. ¡Que alguien llame al médico! ─Era la voz de mi hija Eulalia. Pero ¿qué hacía Eulalia allí?

Esa misma fue la pregunta que hice al abrir los ojos y ver a parte de mi familia junto a la cama en la que yacía.

─¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ─logré balbucir.

Estaba en la UCI. Según me contaron, había tenido un ictus, del que, por fortuna, me estoy recuperado bastante bien. No morí, aunque poco me faltó. Cojeo un poco y siento un hormigueo en la mejilla y mano derecha, pero puedo comer sin ayuda y valerme por mí mismo.

Nunca he sido supersticioso, pero ahora me salto las páginas de las necrológicas. Por si acaso. Mi mujer cree que esa maldita costumbre casi me lleva al otro barrio. En la página del periódico que hallaron en mis manos, había una esquela a gran tamaño de un tal Juan Pablo Olivares Montoya. Montoya, no Montero. Según ella, esa absurda manía y mi cerebro me jugaron una mala pasada. De todos modos, estoy convencido de que, mientras estuve inconsciente, tuve una experiencia paranormal. Creo recordar que un día trataron de eso en Cuarto Milenio. Pero lo que ahora más me preocupa es que si fue así y durante mi estado comatoso tuve una visión, quizá ello signifique que acabaré en verdad muriendo de un infarto de miocardio.

Ahora me tomo la vida con mucha más tranquilidad, hasta el punto de que incluso evito ver los partidos de fútbol que puedan alterarme. He vuelto al trabajo después de dos meses de baja laboral, pero regreso a casa muy temprano. Tengo que morderme la lengua cada vez que me cruzo con esos imbéciles que me sacan de quicio. Quiero pensar que todo aquello fue fruto de mi imaginación o de una alucinación. Pero es que con solo pensar que pueda ser cierto, que tengan tan mal concepto de mí y puedan ir diciendo todas aquellas barbaridades a mis espaldas, me pongo de una mala leche que, que, que… ¡Ay!, ¡qué dolor! ¡Qué punzada tan fuerte en el pecho! Y me irradia hacia el hombro y brazo izquierdo. ¡Son los síntomas de un infarto! ¡No quiero morir! Todavía no. ¡Ayuda! ¡Amalia, Amalia!

─Juan Pablo, cariño, ¿qué ocurre? ¿Por qué gritabas de ese modo? ¿Otra pesadilla? Anda, levántate. Hace un domingo precioso y te he preparado una taza de chocolate como a ti te gusta y acabo de ir a por unos churritos recién hechos. Y de paso te he comprado tus periódicos. No te quejarás. Mira si te cuido. Y eso que no te lo mereces, que eres un cascarrabias de tomo y lomo. Venga, ven a desayunar, que el chocolate se enfriará.

Tengo una mujer que vale un potosí. Está en todo. Me mima como a un niño. ¿Qué haría sin ella? Huele a chocolate. ¡Qué rico! Pero solo tomaré media taza y un par de churros, que tanto azúcar no es bueno.

Me levanto y, tras asearme un poco, salgo al comedor, y ahí está todo preparado. La taza de chocolate todavía está humeando y los churros dicen cómeme. Me siento a la mesa y, mientras degusto esas dulces exquisiteces, ojeo el primer periódico del montón. Cuando llego a las necrológicas, no sé qué hacer. Levanto la mirada y veo cómo mi mujer me observa con cara de reprobación. Dudo, pero finalmente opto por saltarme toda la sección y pasar a la de deportes. Hoy el Barça juega el partido de vuelta contra el Liverpool. Puedo estar tranquilo. Seguro que nos clasificamos para la final de la Champions.



jueves, 9 de mayo de 2019

Otelo y Cornelio



Se conocieron por casualidad y desde entonces son grandes amigos, a pesar de las diferencias que los separan. La única característica común es su color. Ambos son negros, lo que despierta un desagradable recelo entre la mayoría de gente que les rodea. Solo unos pocos vecinos los aceptan; junto a ellos, ninguno de los dos se siente marginado.

Se conocieron en el parque que hay a la salida del pueblo, una mañana calurosa de un mes de mayo. Era festivo y, por ello, el lugar estaba muy frecuentado. Otelo dormitaba a los pies del sauce llorón más frondoso de los que bordean las aguas del lago, como a él le gusta llamar a esa tranquila masa de agua que todo el mundo conoce como el estanque dorado, en alusión a la famosa película. Cornelio, en cambio, no paraba quieto, temiendo que algún chiquillo le lanzara una piedra si le veía ocioso. Siempre había sido el objetivo de algún que otro gamberro. No entendía por qué provocaba en la gente, pero sobre todo en los niños, esa actitud tan perversa. Él, a pesar de su aspecto, era pacífico, no hacía daño a nadie.

La mañana de ese encuentro hacía tanto calor que Cornelio no quiso ceder a las amenazas de esos niños zafios y malcriados. Prefirió exponerse a una pedrada ─a fin de cuentas un chiquillo no podría manejar una piedra demasiado grande─ a cambio de disfrutar del frescor que despedía el estanque bajo la sombra de los árboles. Pero al acercarse a la orilla, con las prisas, chocó accidentalmente con Otelo justo cuando este se incorporaba tras una breve siesta mañanera.

Contra lo que cabría esperar, ese accidente acabó uniendo a dos extraños, aunque la primera reacción del lastimado Otelo no fue precisamente cordial.

─¡Mira por dónde vas, imbécil! ¿Es que no tienes ojos? ─le increpó.
─Ay, perdona, es que no te había visto ─le contestó Cornelio, avergonzado.
─No me extraña, no paras quieto ni un momento. Arriba y abajo, arriba y abajo. Que te tengo calado. Eres de esos que no saben estar sin hacer nada. Un culo inquieto, vaya.
─¿Acaso me espías? ─inquirió Cornelio, intrigado.
─No te espío, tío. Cuando hace buen tiempo, suelo venir aquí a refrescarme y cada vez que lo hago te veo dando vueltas sin parar. No sé exactamente qué haces. Parece como si estuvieras buscando algo.
─Pues, para empezar, busco comida. Sí, sí, no me mires con esa cara. Soy lo que la gente llama un sintecho. Pero también busco hallar a alguien a quien no le desagrade mi presencia. Un amigo, vamos.
─Así que no tienes amigos. Vaya rollo más chungo, tío. ¿Y cómo es eso?
─Donde vivía antes, tenía familia y amigos, formábamos un grupo muy bien avenido, allí no existía ningún tipo de prejuicios. Aquí, en cambio, estoy solo, no tengo a nadie y todo el mundo se aparta de mí.
─¿Dónde vivías? y ¿por qué te fuiste, si estabas tan bien?
─Bueno, hemos estado por todas partes. Recorrimos el país entero, pero donde más tiempo vivimos fue en el norte. Allí están acostumbrados a la presencia de nuestra comunidad, pero como cada vez éramos más, acabaron echándonos. O nos íbamos por las buenas o por las malas. A los que no quisieron marcharse, se los cargaron. Así que me quedé solo y emigré hacia aquí, en busca de un lugar mejor.
─Pero ¿por qué os trataron de esa forma? ─exclamó Otelo, escandalizado.
─Pues porque decían que éramos peligrosos, que no respetábamos la propiedad privada, que éramos unos ladrones, que éramos sucios y que lo dejábamos todo hecho una porquería. Si yo te contara…

Y, tras las presentaciones de rigor, Cornelio le contó a Otelo cómo había sido su vida hasta entonces. Y a medida que le iba contando sus tribulaciones y miserias, Otelo se iba encogiendo y pensaba en lo afortunado que era. Tenía a Otilia, que cuidaba de él y procuraba hacerle feliz. La buena de Otilia, siempre pendiente de su salud y bienestar. Otilia y Otelo, vaya pareja. Y se sonrió al recordar cuándo se conocieron.

─Te veo ensimismado. No te habré deprimido con mis problemas ─interrumpió, de este modo, Cornelio, sus pensamientos.
─¿Eh? No, no. Estaba pensando en que, bien mirado, yo habría podido pasar por algo parecido a lo que tu pasaste. También soy negro, muchos me miran con recelo, algún crio también se ha metido conmigo, pero, por lo general, no puedo quejarme. Me respetan, aunque quizá sea porque doy miedo a más de uno. Simplemente se apartan o cambian de acera para no cruzarse conmigo. Pero, aparte de eso, soy feliz. Tuve la gran suerte de conocer a quien más me ha querido en este mundo: a mi querida Otilia.
─¿Otilia? ¡Que gracia! Otilia y Otelo, ja, ja, ja. ¡Qué casualidad!
─No es ninguna casualidad. Ella me bautizó así. Cuando me recogió, yo no tenía nombre, no era nada, solo un simple gato abandonado.
─Pues sí que has tenido suerte, sí. Preferiría ser un gato negro que un cuervo.
─Quizá en la próxima reencarnación, je, je.
─Quizá.

Y desde entonces, Otelo y Cornelio fueron grandes amigos. Otilia acogió al nuevo amigo de Otelo sin poner ningún reparo. Solo tuvo que evitar tener a su alcance cualquier joya brillante, pues en eso era un obsesivo-compulsivo. Por lo demás, no creó ningún problema, no era nada exigente con la comida, a diferencia del remilgado de Otelo, era muy amigable e incluso demostró que, si se lo proponía, podía hablar.

Otelo seguía frecuentando el parque mientras su amigo córvido se quedaba a vigilar la casa. Nadie se atrevía a aproximarse cuando le veían asomado en el tejado. Más de una beata se santiguaba cuando sus miradas se cruzaban. La verdad era que su graznido les ponía a muchos la carne de gallina. Había quien decía que predecía la muerte de alguien próximo. ¡Habladurías!

Un día, aprovechando que Otelo había marchado a hacer su paseo diario y que Otilia había ido al mercado, un par de granujas se colaron en la casa y, con una red, atraparon al pobre Cornelio. Graznó y graznó, pero nadie acudió en su ayuda.

Por mucho que Otilia y Otelo le buscaron, no dieron con su paradero. Hasta que el gato decidió comportarse por una vez como un auténtico felino. Todas las noches, aprovechando la oscuridad con la que se confundía, Otelo patrullaba las calles del pueblo en busca de su amigo.

─No puede ser que se haya marchado, así, sin más, con lo bien que estaba ─le decía una y otra vez a una afligida Otilia, que no entendía lo que quería decir con sus maullidos lastimeros.
─Con tanto animal suelto, seguro que uno de esos desaprensivos le habrá hecho algo muy malo, que no quiero ni pensar ─farfullaba Otilia entre hipidos, mientras que Otelo ronroneaba, intentando así animarla.

Al amanecer, Otelo, volvía cansado y triste, viendo que sus pesquisas no daban resultado. Tras varios días de búsqueda infructuosa, una cada vez más desconsolada Otilia, acabó desatendiendo sus quehaceres hasta el punto de olvidarse de prepararle la comida a su, hasta entonces, queridísimo Otelo. Este, viendo la predilección que sentía su ama por Cornelio, acabó sintiendo unos celos irrefrenables, de ahí que cesara sus pesquisas y abandonara a su suerte a quien había sido hasta entonces su único amigo animal.

Pasaron las semanas y, contra todo pronóstico, Otilia seguía siendo incapaz de volver a ser la misma de antes. Cada vez que Otelo buscaba sus mimos y saltaba a su regazo solo conseguía alguna que otra caricia desganada y un suspiro de resignación de su adorada ama. Viéndola tan triste y desconsolada, Otelo acabó sintiéndose culpable y reconoció que había sido injusto tirando la toalla tan pronto. El pueblo era muy grande y solo había recorrido una parte de él. Cornelio podía estar en el otro extremo esperando que alguien fuera a rescatarlo. Entonces se dijo que, si lograba dar con el paradero de Cornelio y traerlo a casa, no solo recuperaría a su amigo sino también el amor de Otilia. Bien podía compartir ese afecto humano con quien había sido un amigo fiel.

A la noche siguiente, Otelo volvió a salir de ronda, pero esta vez no lo hizo solo. Reclutó a media docena de gatos callejeros a los que prometió una buena recompensa a base de los sabrosos guisos de Otilia. Entre todos planearon llevar a cabo una exhaustiva batida y se pusieron patas a la obra. Sus constantes y agudos maullidos llamarían la atención de Cornelio, en caso de que este estuviera retenido contra su voluntad. De ser así, contestaría con sus desagradables graznidos.

Al principio, lo único que consiguieron fue unos cuantos cubos de agua que les lanzaron algunos vecinos que habían visto interrumpido su plácido descanso nocturno. “Malditos gatos, idos a otra parte a armar jaleo”, gritaban. Pero un día, cuando ya clareaba y la “troupe” estaba de vuelta con el rabo entre las patas, un “croac” débil pero perfectamente audible gracias al silencio reinante a aquellas horas, alertó a Otelo y a sus camaradas de ronda.

─Es él, muchachos. Su voz es inconfundible. Escuchemos con atención para descubrir de dónde procede. Maullemos una vez más. A la una, a las dos y a las tres. ¡Miaaaauuu!
─¡Cruaaac cruaaac! ¡Estoy aquí! ¡Socorro! ─en realidad solo Otelo entendió esto último, habituado como estaba a la forma de hablar de su desaparecido amigo. El resto de felinos callejeros solo oyeron su doble graznido.
─Es por allí, gritaron todos al unísono.

Y todos se plantaron, en menos que canta un gallo ─de hecho, ya hacía un buen rato que los gallos del pueblo lo habían hecho─, delante de una casa destartalada que, según creía recordar Otelo por habérselo oído contar a Otilia, pertenecía a una vieja a la que algunos consideraban una bruja.

─¿Una bruja? No me vengas con eso, anda ─recordó Otelo que le había contestado, cuando Otilia se lo refirió.
─Pues es tan cierto como que tú eres un gato negro ─le había contestado aquella, ofendida por la incredulidad de su querido Otelo─. Llegó a tener un gato, todavía más negro que tú, al que se le atribuían poderes mágicos, y un cuervo grande y viejo que actuaba de mensajero con otras brujas de la comarca, pero que murió de viejo.

Otelo sintió un repentino escalofrío al recordar las palabras de Otilia. En más de una ocasión había visto entrar y salir de aquella casa a un gato negro y gordo, con cara de malas pulgas. ¿Y si esa vieja, bruja o no, se había hecho con el pobre Cornelio para que hiciera de sustituto del viejo cuervo difunto? Por la zona no abundaban los cuervos y bien podía haberse valido de algún indeseable para cazarlo. Otilia tenía la mala costumbre de dejar la puerta de la calle abierta, que siempre tenía que acabar cerrando él.

─Pero, ¿quién va a querer entrar en esta casa si no hay nada de valor? Además, este es un pueblo tranquilo. Nunca ha habido robos ─argumentaba la buena mujer.

Pues ahora se había producido, sino un robo sí un secuestro, el de Cornelio.

No fue difícil amedrentar al gato, viejo y gordo, de la casa. Tan pronto vio cómo siete gatos ─cuarenta y nueve vidas contra siete─, le plantaban cara, puso patas en polvorosa y no se le vio más. Los maullidos ensordecedores de los felinos rescatadores fueron contestados por los graznidos de auxilio de Cornelio, a quien encontraron en la buhardilla, desnutrido y famélico, encerrado en una jaula. ¡Un cuervo en una jaula! ¡Qué crueldad! Según contaría más tarde Cornelio, la vieja lo intentaba amaestrar, pero él se hacía el tonto, lo cual, siendo tan inteligente, era un verdadero sacrificio.

Cuando iban a liberar a Cornelio, hizo acto de presencia la vieja propietaria de la vivienda quien, escoba en ristre, pretendía machacarlos a todos. Misión más que imposible. Ágiles y astutos, los mininos arrabaleros se cebaron en la anciana dejándola casi sin ropa y con más arañazos que quien ha caído en un zarzal. Viendo que perdería la batalla y acabaría malparada, se batió en retirada huyendo escaleras abajo. Pero un traspié le hizo perder el equilibrio y se precipitó directamente hasta la planta baja, donde la dejaron aullando de dolor.

La vieja, cuyo nombre nadie sabía en realidad, fue llevada primero a un hospital y luego a una residencia geriátrica de Caritas, pues no tenía a nadie que pudiera hacerse cargo de ella. Sola y sin ningún animal de compañía, se resignó a pasar el resto de sus días encerrada. Se dice que tiene a todos los ancianos amedrentados, pues les amenaza con hechizarlos. No cesa de invocar a su gato para que vuelva con ella, pero parece que este hace oídos sordos.

Y así, Otilia, Otelo y Cornelio volvieron a estar juntos y vivieron felices por el resto de su tranquila vida. Son todos ya viejos. Cornelio cuenta con 12 años, Otelo con diez y Otilia con unos setenta y pico ─nunca quiso decir su edad, la muy coqueta─. Forman los tres una familia muy heterogénea pero ejemplar.

¡A cuántos les gustaría poder decir lo mismo!


martes, 23 de abril de 2019

María y Armando



María está acodada en el alféizar de la ventana anhelando ver a su enamorado. Como cada día, a la misma hora, le espera con el corazón en un puño. Desde hace unos días, sin embargo, Armando, el amor de su vida, no le regala los oídos con esas galanterías que a ella le erizan el vello de pura emoción. De hecho, no le dice nada, pasa sin siquiera mirarla y sigue su camino sin detenerse. ¿Acaso ya no la ama?

Hoy, cuando pase junto a su ventana, será ella la que le lance un requiebro. Lo ha leído en un librito de poemas y se lo ha aprendido de memoria. Aun así, teme que los nervios la traicionen, por lo que no deja de ojear ese corto pero precioso texto que lleva escrito en un pedacito de papel que sujeta con sus temblorosas manos.

Se hace tarde y Armando no aparece. Desde su ventana, María puede ver toda la calle hasta la plazoleta, esa en la que se conocieron. No le ve. Oscurece. Son ya pocos los viandantes a aquellas horas. Y total solo son las ocho.

“Las ocho. ¿Las ocho? A ver, a ver, piensa María. ¿Es a las ocho de la mañana o de la tarde cuando pasa Amando por delante de mi ventana? Claro, ¡qué tonta! Me he equivocado de hora. Es por la mañana cuando pasa por aquí, cuando va hacia el trabajo. ¡¿Cómo he podido equivocarme de ese modo?! Llevo unos días haciendo la siesta y cuando me levanto pierdo la noción del tiempo y a veces no sé si es mañana o tarde. Ahora entiendo que pasara de largo. No era él. Sería algún buen mozo que se le parece. Si llevara puestos mis anteojos eso no hubiera sucedido. Qué le vamos a hacer, ¡soy tan presumida! Debo llevar varios días asomándome a las ocho de la tarde creyendo que son las ocho de la mañana. ¿Qué habrá pensado mi querido Armando cuando, al pasar junto a mi ventana, no me ha visto esperándole? Se habrá llevado una gran decepción, el pobre. Y yo que empezaba a pensar que se había olvidado de mí. ¡Podría haberme llamado para interesarse, digo yo! Pero, claro, es tan tímido... Aunque conmigo no lo es. ¡Las cosas que me dice! No sé de dónde las saca. Hasta me hace ruborizar y mira que no soy precisamente una mojigata. Es un desvergonzado, pero me encanta que lo sea cuando estamos a solas. Para eso somos novios. Porque somos novios, ¿no? Ay, ay, ay, ahora no sé si somos novios o solo es un pretendiente. Cuando le vea, se lo preguntaré.”

―María, ¿otra vez asomada a la ventana? Vas a pillar un resfriado. Además, te he dicho mil veces que no molestes al vecindario, que luego se quejan. Y ven al comedor, que la cena ya está servida y se enfriará.
―Pero mamá, si no hago nada malo. Solo miro por la ventana por si veo pasar a Armando. Sí, sí, ya sé que son casi las nueve de la noche. Me he equivocado de hora, qué quieres que te diga. Y no pongas esa cara, que equivocarse es de humanos, digo yo.
―¿Armando? ¿Qué Armando, querida?
―Cómo que qué Armando. Pues Armando, mi novio. ¿Quién va a ser? Bueno ahora mismo no sé si es mi novio o solo es uno de mis pretendientes.
―María, cariño, que tú no tienes novio ni pretendiente alguno. Y deja de llamarme mamá, por favor.
―Pero ¿por qué no voy a llamarte mamá? ¿Es que ya no te gusta?
―No es que no me guste, es que no soy ni podría ser tu madre.
―Pero ¿por qué dices eso? No me asustes.
―Ay querida, pues porque, entre otras cosas, si lo fuera tendría ahora mismo más de ciento veinte años.

Y María, suspirando porque se cree incomprendida, cierra la ventana y se dirige al comedor. Después de cenar volverá a leer, como cada noche, el diario en el que, a lo largo de los años, ha ido anotando, día a día, sus aventuras amorosas. Buscará entre sus notas a Armando y así sabrá qué hay de verdad entre ellos.

En la cocina, su cuidadora también suspira deseando que, si llega a la edad de María, conserve la lucidez hasta el último momento de su vida.


 *Imagen: Stara, pintura de Escha Van Den Bogerd

jueves, 11 de abril de 2019

Un acuerdo verbal



Querida Elena,

Durante todo el tiempo que llevo en este estercolero humano, he estado dudando si escribirte o seguir callado. Pero, por fin, he decidido revelarte la verdad. Seguramente tampoco tu comprenderás mis razones, como hicieran quienes me juzgaron. Aun así, necesito contarte lo que ocurrió y por qué ocurrió.

Cuán lejos queda esa época en la que el honor era el pilar de la sociedad y faltar a la palabra dada era la peor de las vergüenzas, el descrédito moral y una falta merecedora de un castigo ejemplar, como el que yo infligí a quien no supo cumplir nuestro acuerdo.

Reconozco que soy como un caballero andante, perteneciente a un mundo muy distinto al actual, pues lo que hice fue simplemente vengar una mentira, una falta deshonrosa. Perpetré un crimen por el que me han condenado a un largo e injusto encierro, pero no me arrepiento. Lo que se ha dicho de mí solo se basa en las apariencias, pues nunca quise revelar el verdadero motivo de mi acto. Aquellos insensatos no merecían conocer algo tan íntimo. Sus afirmaciones contra mí fueron execrables. Nadie en su sano juicio mata a un amigo por una mujer, dijeron. ¡Ignorantes!

Quizá hubiera tenido que llevarme este secreto a la tumba, pero mi honor no me permite guardar silencio ni un día más, porque lo que hice, lo hice por ti. Aún recuerdo tu cara de espanto y de recriminación. Tus lágrimas me torturaban y me siguen torturando, pero callé y acepté mi castigo, por muy inmerecido que fuera. Y aunque mi acto te parezca algo horrible, confío que con el tiempo acabes entendiéndolo. De ahí que haya decidido escribir esta confesión. No espero, pues, tu perdón, pero sí tu comprensión.

Todo comenzó con un acuerdo verbal, un pacto entre caballeros. Yo cumplí con mi parte del trato, pero él no. Me mintió, me traicionó. Y tu fuiste el motivo de nuestro ajuste de cuentas.

Tu marido tuvo la desfachatez de jugar con mis sentimientos. Sabiendo que siempre he estado enamorado de ti, me tentó con una oferta difícil de rechazar. Había perdido mucho dinero en una de esas timbas ilegales que organizaba. Seguro que nunca te lo contó. Su vida corría un grave peligro si no liquidaba pronto lo que debía. Me ofreció tu cuerpo a cambio de esa gran suma de dinero. Me pareció un trueque moralmente repugnante, pero me aseguró que estabas de acuerdo y no pude resistirme. Así que accedí. Una noche contigo bien valía ese trato. Una vez hubo saldado la deuda gracias a mí, me dio las llaves de vuestro apartamento, asegurándome que me esperabas. Tembloroso por la emoción e inquieto por esa infidelidad consentida, me dirigí, sin pérdida de tiempo, en tu busca, esperando yacer entre tus brazos en la que, sin duda, sería la noche más maravillosa de mi pobre existencia. Y en lugar de eso, me encontré con una vivienda vacía y a mis espaldas unos matones que exigían el pago de una deuda de juego. Me confundieron con tu marido y querían el dinero que yo ya le había entregado a cambio de su tentadora oferta.

Afortunadamente, siempre he sido un hombre de recursos y gracias a ello logré salir indemne, salvo por unas costillas rotas y la cara hecha un pingajo. Vosotros dos habíais volado. Creo que no llegaste a descubrir cómo se desarrollaron los hechos. Prefiero creerlo así, que estuviste totalmente al margen. Por un lado, me complació saber que Anselmo fue lo suficientemente honesto como para no entregarte a mí a cambio de unos billetes, pero por otro, comprobar que había faltado a su palabra me rebeló hasta el punto de desear su muerte.

No sé qué explicación te daría al ser descubierto y detenido con tal cantidad de billetes falsos en su poder. Supongo que, llegado a este punto, ya habrás adivinado quién le dio esos billetes y luego le denunció. Dirás que yo también actué maliciosamente, pero tenía que asegurarme. También he sido siempre una persona precavida. No podía darle el dinero sin tener la certeza de que cumpliría su palabra. Te aseguro que, de haberlo hecho, le habría confesado la verdad y habría recibido lo prometido. Pero él me engañó primero, así que tuve que mantener el engaño hasta sus últimas consecuencias. Yo no te tuve y él no obtuvo lo pactado. Estábamos en paz. Pero con lo que yo no contaba era que me devolvería el golpe, corregido y aumentado. Me denunció por blanqueo de dinero. Bien conocía él la procedencia del dinero que me pidió para salvarle el culo y al que no le hacía ascos. Y, de este modo, me traicionó por segunda vez.

Ponte en mi lugar. Los sicarios que envió el tipo a quien tu querido marido le debía tanto dinero, creyéndome él, me dieron una paliza de la que todavía no sé cómo salí medianamente ileso. Supongo que saben lo que se hacen y me querían vivo. Cuando les conté la verdad, no me creyeron y me llevaron a rastras ante su jefe. Ese sí que me creyó, pero me hizo responsable subsidiario. “Si no recibo lo antes posible lo que se me debe, pagarás con tu vida”. Eso fue lo que dijo, ¿Te imaginas? Tuve que acabar liquidando la deuda que contrajo el cabrón de tu marido ludópata, mientras os dabais la gran vida en el país vecino. Tuve que denunciarle por falsificación. Yo también tengo mis contactos, pero de mejor talante que los de él. A un amigo mío no le resultó difícil seguir vuestro rastro. En la policía también hay alguna que otra oveja descarriada, a la que tuve que dar de comer un sabroso bocado. Y esa misma oveja hambrienta fue la que me salvó el culo cuando tu apuesto galán me devolvió el golpe. Eso me costó una mordida todavía mayor.

Llegado a este punto creerás que le maté por haberme puesto en el punto de mira de la policía. No es así. Ya te he dicho que soy un hombre de recursos, y esta no iba a ser una excepción. Se me da bien mover los hilos y así lo hice. Si acabé con él, me creas o no, fue por haber faltado a su palabra. Los acuerdos entre caballeros no pueden romperse.

No sé cuánto tiempo me queda por seguir encerrado, no me lo quieren decir, pero intuyo que pronto me dejarán en libertad. Tengo mis contactos y han prometido echarme una mano. Son gente poderosa. No puedo decir más. Espero que hayas comprendido qué tipo de marido tenías y que, como dije antes, todo lo hice por ti. También espero que podamos vernos y reanudar el acuerdo que él no llegó a cumplir. Solo tendrás que acceder a lo que se comprometió en vida y tuyo será el dinero. Sé que lo estás pasando mal económicamente y que los acreedores te amenazan con embargar los pocos bienes que te dejó aquel desgraciado. Incluso podríamos ser felices. Intenta olvidar el pasado y piensa en el futuro. Ya sé que dirás que el dinero no hace la felicidad, pero contribuye a ella, te lo aseguro. Sigo siendo rico y lo tengo todo a buen recaudo, esperando el gran día.

Piénsalo bien. Estaré esperando ansiosamente tu respuesta. Pero no me la envíes por correo. Aquí lo intervienen todo. Mejor ven a verme, te lo ruego. Ya sabes dónde encontrarme. Y avisa antes, que a lo mejor me pillas en la sesión de rehabilitación, como aquí la llaman. Estos loqueros no tienen remedio. Les cuentas la verdad y ya piensan que uno no anda bien de la azotea.

Siempre tuyo,

Enrique

***********


Creía que no lo haría, pues habían pasado varias semanas desde que le escribí, pero hoy ha venido a verme, como le pedí. No quiero que nadie hurgue en mi correspondencia.

Estaba bellísima. Parece como si el tiempo transcurrido y haberse librado de aquel sinvergüenza le hubieran favorecido. He llegado incluso a pensar que se había acicalado especialmente para mí. Sigo siendo un ingenuo.

Al principio parecía retraída, indecisa. Al cabo de unos interminables segundos, ha entreabierto su boca para decir algo. Yo no he podido desviar mi mirada de esos labios carnosos que pedían a gritos ser besados, pero de ellos no salía nada, solo un ligero temblor que he interpretado de emoción. Hasta que, por fin, se ha atrevido a hablar.

Mirándome fijamente ─Dios, qué ojos, qué mirada, ahora era yo quien temblaba de emoción─, me ha dicho:

─He estado a punto de no venir e ignorar las barbaridades que escribiste en tu odiosa carta, pero he decidido que lo mejor, para zanjar este asunto, era acudir a este lugar, donde espero que te pudras, y darte mi versión de los hechos, la única versión real, a ver si, por lo menos, te das cuenta de lo enfermo que estás.

Y como ─según me ha dicho─ lo que tenía que decirme era excesivamente largo para el poco tiempo que le habían otorgado, ha preferido ponerlo también todo por escrito para que lo leyera en la intimidad de mi celda. Y sin darme tiempo a reaccionar, a pedirle que se quedara unos minutos más, se ha levantado, me ha entregado esta carta, que no puedo dejar de leer una y otra vez, y se ha ido sin siquiera despedirse, la muy ingrata. No sabe que, como yo la amo, no la amará nadie mientras viva.

No he podido esperar a tener un momento de paz y sosiego para conocer el contenido de su misiva. Necesitaba saber cuanto antes lo que Elena me decía en ella, aunque no auguraba nada bueno por cómo se había expresado y por su actitud tan arisca. Tan pronto he llegado a mi celda, me he tumbado en la cama, he abierto su carta y he dedicado los siguientes cinco minutos a leerla con la máxima atención. Hasta su letra me ha parecido preciosa.

*********

Enrique:

Reconozco que Anselmo era un jugador empedernido. Pero yo le quería y él a mí, y nunca me habría entregado a ti, por muy desesperado que estuviera y por muy amigos que fuerais. Estaba enterada, aunque debo reconocer que no con el detalle suficiente ─nunca quise inmiscuirme en sus negocios─ de que tenía entre manos asuntos turbios de los que quería deshacerse en cuanto superara el bache por el que estaba pasando. Los problemas económicos le acuciaban y esperaba ─ingenuo e irresponsable─ que el juego le salvaría de la ruina.

Debes de estar muy mal de la cabeza o ser un embaucador compulsivo para cambiar de tal modo lo que realmente sucedió, para no admitir que a quien Anselmo debía una gran cantidad de dinero por culpa del juego era a ti y que fuiste tú quien le propuso saldar la deuda lanzándome a tus brazos. ¿Realmente creías que mi marido aceptaría ese asqueroso acuerdo? Al parecer sí.

Y no solo insististe, sino que, además, le chantajeaste amenazándole con que, si no aceptaba el trato, le contarías a la policía ─supongo que a ese amigo corrupto tuyo─ las irregularidades fiscales de sus negocios. Anselmo me lo contó todo, entre asqueado y atribulado. Y entonces planeamos una solución: hacerte creer que aceptaba tu propuesta y marcharnos a París, donde conservaba un pequeño negocio, esperando poder salir a flote. Por eso te facilitó las llaves de nuestro piso, un apartamento que al cabo de una semana iba a ser expropiado.

La historia de los sicarios que se presentaron en nuestro domicilio buscando a Anselmo y confundiéndote con él, y el posterior encuentro con su supuesto jefe, es pura invención u obra de tu mente enferma, seguramente al verte burlado. No existieron billetes falsificados ni nada por el estilo. Todo es pura patraña. Lo único cierto es que alguien ─seguramente el poli a quien hiciste creer toda esta historia inventada─ le denunció por falsificación y que fue detenido por ello. Evidentemente lo soltaron a los pocos días por falta de pruebas. Realmente no sé qué pretendías con ello. Supongo que solo asustarle y putearle. No veo otra explicación. Pero ya conoces ─o conocías─ a Anselmo. Era un trozo de pan hasta que le tocaban los cojones. Perdona mi lenguaje, pero no creo que, dadas las circunstancias, tenga que ir con sutilezas y buenos modales. El caso es que, furioso como estaba, decidió vengarse de ti, devolviéndote el golpe y denunciándote por tus negocios sucios y el blanqueo de dinero, algo que no habría hecho jamás por la amistad que os unía. Entonces vimos claro que no estabas en tus cabales, pues ¿quién, teniendo tanto por ocultar, se expone de ese modo? Y no me digas que lo hiciste por mí, malnacido, porque lo que le hiciste a él me lo hiciste a mí.

Aún recuerdo aquel aciago día. Tardaba más de la cuenta y no solía retrasarse tanto del trabajo. Lo supe por la policía: dos individuos le habían disparado en plena calle. Murió en el acto. Eso me dijeron y quiero creer. Pero hubo testigos. La policía se entregó a fondo y lograron detenerlos. Los dos sicarios acabaron confesando. Los habías contratado tú, supongo que por mediación de tu amigo.

Aunque los expertos así lo constataron, no sé hasta qué punto estás loco o eres un sádico, pero sí sé que este es el mejor lugar donde puedes estar y ojalá te mantengan encerrado hasta el fin de tus días.

No sé si serás capaz de poner tu mente en orden. Yo, por lo menos, espero rehacer mi vida. Lo único que se me atraganta es que a ello contribuirá la indemnización millonaria que obtuve por el vil asesinato de mi marido. Además, acabo de conocer a un buen hombre con el que pienso marcharme muy lejos y tratar de borrarte de mis pensamientos. Estaré mucho más tranquila y segura con él. Da la casualidad de que es un ex policía. Sabrá cuidar de mí.

Ojalá te pudras en el infierno.

Elena.

********


Vaya, vaya, con Elenita. Así que rehará su vida con un buen hombre que, mira por dónde, es un ex policía. No me imaginaba que mi buen amigo fuera tan listo. Si la tuviera todavía ante mí, si me hubiera contado todo esto a la cara, le habría preguntado si ese hombre que la protegerá del mal es alto, moreno y tiene una cicatriz junto a la comisura de los labios.


martes, 2 de abril de 2019

La azarosa vida amorosa de Teodoro Montoro



Una sorpresa amorosa

Teodoro, Teo para los amigos, es un joven singular y este calificativo le viene de lejos. De niño poseía dos cualidades irreconciliables que le hicieron sufrir lo indecible: era tremendamente enamoradizo y extremadamente tímido. ¿Cómo conjugar ambas cosas y no ser desgraciado?

Su primera experiencia amatoria tuvo lugar cuando contaba doce años de edad, un amor de primero de ESO, al que no llegó a conocer hasta que el curso hubo acabado. Y es que ese amor misterioso, anónimo, surgió de la nada después de unas vacaciones de Semana Santa, con lo cual Teo solo tuvo un trimestre para llevar a cabo sus averiguaciones y tratar de descubrir su identidad, tiempo este que le resultó insuficiente. Teo tampoco era, pues, un lince.

Todo empezó una tarde de finales de abril, cuando, justo antes de iniciar la clase de literatura, encontró, al abrir su pupitre, una nota manuscrita en una octavilla convenientemente doblada. Con una letra pulcra y delicada, alguien había escrito:

Teodoro Montoro
No sabes cuánto te adoro

Y ello seguido por un corazón pintado en rojo, con una flecha atravesándolo de lado a lado. Todo un clásico.

─Pero ¿qué es esto? ─dijo para sí el muchacho, asombrado y mirando a su alrededor.
─¿Dice usted algo, señor Montoro? Si tiene algo que decir, hágalo en voz alta y así todos nos enteramos.
─¿Qué? ¿Cómo? Ah, no, no, señorita Pitarque. Buscaba mi libreta de apuntes.
─Pues dese prisa y cierre de una vez el pupitre que la clase ya ha empezado y usted está en Babia, como siempre.

La clase de literatura pasó sin que el aturdido Teo se enterara de casi nada de lo que allí se decía. Solo iba rumiando quién sería la autora de ese poema con aquella letra tan bonita y tan femenina.

─Aunque no es muy original. Es un simple pareado ─volvió a verbalizar sin darse cuenta.
─Pues no. ¿Cómo va a ser un pareado? ─bramó la profesora desde la tarima, mirándole con ojos asesinos mientras señalaba la pizarra con furia─. ¡Es un cuarteto! ¿No ve que hay cuatro versos y el primero rima con el cuarto y el segundo con el tercero? ¡Pero si esto ya lo vimos el curso pasado! En fin, sigamos.

Pero lo que siguió hasta finalizar la clase fue la tarea mental de Teo para lograr adivinar quién le adoraba hasta el punto de escribirle esa nota versada. Por mucho que miró a su alrededor, no observó ninguna cara mínimamente sospechosa. Ningún rubor, ninguna sonrisa ni mirada cómplice. Nada de nada.

La siguiente clase, la de religión, fue mucho peor. El padre Arrufat, que seguía sin soportar la presencia de niñas en clase, volvió a tratar sobre el pecado original. Era su tema predilecto, hablando de la expulsión de nuestros primeros padres del Paraíso por culpa de la tentación sufrida por el pobre Adán y el modo en que sucumbió a causa de una simple manzana que le ofreció Eva, la tentación hecha mujer.

─Porque, claro, ya sois mayorcitos como para saber que la manzana simboliza otra cosa, no hace falta que os lo diga ¿verdad? ─Y barría con su mirada lasciva toda la clase, mientras Teo, un poco avergonzado, abría la mano, que todavía cobijaba aquel regalo inesperado, y veía cómo el papelito arrugado se transmutaba en una sabrosa manzana que le decía “cómeme”.

Desde aquel día, Teo no dejaba de espiar a sus compañeras de clase. En el patio, en el aula, en los pasillos, hasta en la calle, a la salida, no dejaba de observar sus movimientos. Su mirada las seguía a todas partes, excepto a los lavabos, claro.

Pasó una semana sin novedad en el frente. Hasta que volvió a ocurrir, pues otra nota apareció, por arte de magia, en su pupitre. Sin duda la autora aprovechó un momento de distracción de Teo o, mejor dicho, de aprieto, pues fue al volver del servicio, aliviado de un sorpresivo apretón, cuando al abrir su pupitre la vio. Esta vez, sin embargo, era un papelito rosa y ligeramente perfumado. Lo tomó rápidamente y lo escondió en uno de sus bolsillos antes de que el profesor de matemáticas lo advirtiera. Sólo faltaría que se lo hiciera leer en voz alta.

Pero la fortuna no le sonrió y, al levantarse de su asiento a requerimiento del profesor, que le llamaba al entarimado para que intentara resolver una ecuación de segundo grado, se le cayó el papelito por el camino. Aunque Teo reaccionó rápidamente, un compañero sentado en la primera fila, junto al pasillo, se le adelantó y, visto y no visto, lo agarró al vuelo. A Teo le temblaron las piernas y de su boca salió un lamento estertóreo, a la vez que el señor Herrero, el profesor, exigió que se lo entregaran de inmediato. Pero ya era tarde para el atribulado Teo. El alumno recoge-papeles ya lo había abierto y leído, soltando una sonora carcajada.

El maestro, por una vez en su vida académica se mostró discreto y sin inmutarse y, tras leer la olorosa misiva, se la entregó a su propietario, quien, todavía sonrojado, se la volvió a guardar. Ya la leería después. Pero no hizo falta esperar mucho, pues al término de la clase, tan pronto como el profesor abandonó el aula, quien se había hecho con la misiva voladora antes de tocar el suelo, quiso hacer pública la dedicatoria.

─No os vais a creer qué pone en ese papelito ─dijo en tono de burla─. Léelo, anda, que se enteren todos.

Y viéndose acorralado y que, de no hacerlo, se le avecinaba una sarta de guantazos, el abochornado Teo no tuvo más remedio que acceder y con voz trémula leyó:

Teodoro Montoro,
No sabes cuánto deseo
Que acaricies mis rizos de oro

─Vaya terceto más ridículo y, además, con una métrica de mierda ja, ja, ja.

Y toda la clase coreó la gracia. Risas y pitos resonaron por doquier. Pero Teo resistió como pudo el temporal. Solo quiso ver, entre todas las caras, cuál no se burlaba de él. Pero, aunque vio alguna que solo esbozaba una ligera sonrisa ─¿quizá para disimular?─, no pudo sacar nada en claro.

De camino a casa iba pensando en el modo de desenmascarar a la poetisa en ciernes. Al menos iba mejorando, de un triste pareado se había atrevido con un terceto. Seguía sin ser gran cosa, pero... ¡Rizos de oro! ¿Quién, entre todas las chicas de la clase, era rubia y con el pelo ensortijado? Solo podían ser dos: Adela Candela o Sonsoles Musoles. Lo bueno era que ya solo tenía un margen de error del cincuenta por ciento, pues la lista de sospechosas se había reducido a solo dos. Lo malo era que se trataba de las dos más feas de la clase.

Así pues, haciendo caso a su escasa intuición, decidió no arriesgarse y olvidarse del tema. Fuera quien fuese la que suspiraba por su amor, no le apetecía ser la burla de la clase por bailar con la más fea.

De este modo, pasaron los días con absoluta normalidad, hasta que otro poema hizo aparición en el mismo lugar de siempre. En esta ocasión se trataba de un cuarteto y, aunque más elaborado, no tenía muy buena pinta. Decía así:

Teodoro, no me seas timorato
Sígueme buscando con mucho más tesón
Solo conmigo conocerás la emoción
A menos que quieras pasar un mal rato

¡Ahora resultaba que se ponía agresiva! ¿Qué significaba lo de pasar un mal rato? ¿Era una amenaza? ¿Sería una acosadora?

Los últimos días de curso, el pobre Teodoro pasó no solo uno sino muchos malos ratos escudriñando a las dos rubias con pelo rizado de la clase, intentando ver un atisbo de malicia en sus ojos, sorprendiendo a alguna de las dos dirigiéndole una mirada perversa o una sonrisa irónica, cualquier cosa que sugiriera que era su peculiar hostigadora. Quizá lo mejor habría sido ir de frente y preguntarles a la cara quién de las dos le escribía aquellos mensajes. Pero si esa primera parte ya le resultaba violenta, mucho peor sería tener de rechazar a su pretendienta. Además, las dos eran unas chicas más altas y robustas que él, lo cual aumentaba aún más su extrañeza. ¿Cómo podía, quien fuera su enamorada, haberse fijado en él? Un bofetón de cualquiera de esas Valquirias podría hacerle morder el polvo y despojarle de la poca seguridad que tenía.

El curso llegó a su fin y con él también terminaron las cuitas de Teodoro. El curso que viene ya se habrá olvidado de mí, se dijo. Al cabo de pocos días marcharía de vacaciones al pueblo donde vivían sus abuelos. Hasta primeros de septiembre. Así pues, aquí paz y después gloria.

Pero al poco de haberse instalado en el pueblo llegó una carta. Era para él. El sobre y el papel eran de color rosa y ambos desprendían un aroma empalagoso que Teo recordó de inmediato. Subió corriendo a su habitación para leer, en la intimidad, lo que en ella ponía. Volvía a ser un simple pareado escrito con la misma letra primorosa que en las otras tres ocasiones.

Ya que mi identidad no has adivinado
Ahora seré yo quien corra a tu lado

 Esta vez el poema llevaba firma. Solo ver de quién se trataba, en oso Polar se convirtió, blanco por fuera y frío por dentro, y comprendió que aquellas vacaciones no serían tan pacíficas y gloriosas como esperaba. No se lo podía creer. En una semana, a lo sumo, estaría allí. Con él. Y no tendría escapatoria.

Teodoro nunca tuvo el don de la adivinación ni la cualidad de observador. Y por lo visto, la memoria tampoco era precisamente su punto fuerte. Esos tres defectos le habían llevado a cometer un grave, aunque comprensible, error de cálculo. Nunca habría imaginado la identidad de quien había escrito todos esos poemas que ahora se le antojaban ridículos y embarazosos. Nunca pensó en tal posibilidad. En ese mismo pueblo también solía veranear el nieto del aguacil, Arnaldo Montalvo, el alumno más gamberro y bravucón de la clase. Era alto, muy corpulento y su cabello era muy rubio y rizado.

Una súbita y aguda gastroenteritis hizo mella en el delicado cuerpo de Teo. Unos terribles vómitos y una imparable diarrea obligaron a sus padres a llevarlo de inmediato a un hospital, donde estuvo unos días ingresado, y, de allí, de vuelta al hogar paterno, donde tuvo que hacer reposo y seguir una dieta muy estricta. Nadie se explicó lo ocurrido. Nadie más en la familia ni en el pueblo enfermó ni sintió unas mínimas molestias estomacales o abdominales. Aquel verano se le hizo a Teodoro eterno, contando los días que faltaban para reanudar las clases. Por fortuna no recibió ninguna carta más. Pero, ¿qué le depararía el próximo curso? Solo con imaginarlo le volvían los retortijones.