Siguiendo con la tónica del relato anterior, he rescatado este del baúl de los recuerdos. Tiene 6 años de antigüedad, pero creo que sigue siendo vigente, como todos los cuentos de miedo infantiles. Convenientemente desempolvado y ligeramente retocado ha quedado así:
Se proyectaba con tal nitidez que daba
escalofríos. Una forma humana en movimiento. Cada noche, a la misma hora.
Aterrorizado, me arrebujaba bajo la sábana para no verla ni que ella me viera a
mí. No me atrevía a contárselo a mis padres. Siempre me decían que tenía que
ser valiente y que si veía algo que me asustaba, debía hacerle frente,
plantarle cara, y vería cómo desaparecía.
Así pues, a la
noche siguiente, salté de la cama dispuesto a descubrir el origen y significado
de aquella silueta fantasmagórica que, desplazándose por la pared de mi
habitación, me resultaba tan aterradora. Me flaqueaban las piernas, pero tenía
que hacerlo.
Antes lo
hubiera hecho. La imagen que tanto me perturbaba no era más que una sombra, la
que proyectaba un individuo desde el otro lado del patio de vecinos. Nuestras
galerías daban una enfrente de la otra. El hombre —mis padres me habían hablado
de él—, era un sastre que tenía el taller en su casa. Al parecer, pues, hacía
horas extra aprovechando la tranquilidad nocturna. Una potente luz proyectaba
su sombra justamente hacia la pared de mi cuarto, aprovechando que nada
interceptaba el rayo luminoso en una calurosa noche de verano de ventanas y
puertas abiertas de par en par. La distancia que nos separaba amplificaba y
distorsionaba los movimientos del sastre, que adquirían una forma aterradora.
Al día
siguiente, aliviado por tal descubrimiento, se lo conté a mis padres. Quise
demostrarles que había sido valiente. Pero, de pronto, palidecí al oír su
respuesta.
—¿El hombre de
ahí delante? ¿El sastre? Pero si está muerto y bien muerto, el pobre. Hace días
que lo encontraron tendido en el suelo de su taller sin vida, ¡Tú y tus
tonterías!
Ahora está
conmigo. No el sastre, sino su verdugo. Hacía tiempo que rondaba por el barrio.
Una vez cumplido su trabajo con ese pobre hombre, nuestro piso era su próximo
destino, pues había observado mi interés por aquella sombra, que fue la que le
dejó entrar en casa. Me ha dicho que ahora es el turno de mis padres. Creo que
no les diré nada, no sea que me tomen por loco.

Caray, menuda historia más aterradora. Ya me parecía raro que fuera todo tan simple como la sombra del sastre cosiendo a latas horas de la noche. Magnífico relato. Está bien eso de rescatar del baúl historias antiguas. Es muy vigente.
ResponderEliminarUn beso.
El pobre sastre, sin saberlo, la lio parda, je, je.
EliminarTe diré que la primera parte de este relato está basada en hechos reales. Lo de la sombra y su origen es cierto y le ocurrió a mi padre, que fue quien me lo contó como una anécdota. El resto, por supuesto, no, ja, ja, ja.
Un beso.
Ja, ja. Vaya susto se llevaría tu padre. Menos mal que ese sastre estaba vivito y cosiendo.
EliminarSabes como tenernos en vilo mientras leemos tus historias Josep. Me ha encantado.
ResponderEliminarAbrazos.
Las historias de terror suelen tener este efecto, je, je.
EliminarUn abrazo, Conchi.
Molt bo, m'has tingut en un ai tot esperant com acabaria. ;-)
ResponderEliminarAferradetes, Josep Mª.
Doncs m'agrada haver-te tingut entretinguda i alerta, he, he.
EliminarAferradetes, Paula.
Observo que en tus relatos de terror los que más miedo dan son los padres.
ResponderEliminarUn abrazo.
Más que dar miedo, son los culpables indirectos del desenlace, je, je.
EliminarUn abrazo.
Este relato si que me ha puesto los pelos de punta. Da que pensar...
ResponderEliminarUn besito y buena semana tengas, Josep.
Los relatos de terror, si logran enganchar al lector o lectora, producen el mismo efecto tanto en niños como en adultos, je, je.
EliminarUn beso y que también tengas una buena semana, sin pesadillas, ja, ja, ja.
Yo pensaba que el sastre se entretenía haciendo sombras chinescas para asustar al niño, y resulta que el origen de la sombra era más tenebrosa. Esto es como lo del cuento de Pedro y el lobo pero al revés. Que no me creen mis padres. pues que se atengan a las consecuencias de lo que se les viene encima.
ResponderEliminarUn abrazo.
Los niños suelen ser muy asustadizos y lo que describes bien podría ser el motivo del terrror que sentía el chaval, pero la historia, efectivamente, va más allá, hacia algo mucho más fúnebre y tenebroso.
EliminarEsos padres tan incrédulos se lo tienen bien merecido, je, je.
Un abrazo.
Buenas tardes Josep, una atmósfera inquietante a partir del un miedo infantil: el temor a las sombras en la oscuridad. Transmite esa angustia íntima y silenciosa que te conecta con su vulnerabilidad. Primero el miedo, luego la decisión de enfrentarlo, y finalmente una explicación aparentemente racional que alivia la tensión… solo para romperla de forma mucho más perturbadora al final. Me encantó y eso que yo sufrí terrores nocturnos en mi infancia.
ResponderEliminarUn abrazo
Efectivamente, el mérito del crío fue enfrentarse a sus miedos descubriendo la verdad, lo que le produjo un efecto mentalmente sanador. Lo que aconteció después ya no encajaba dentro de sus expectativas, je, je.
EliminarSi sufriste terrores nocturnos en tu infancia, sabrás lo angustiosos que son.
Un abrazo, Nuria.