jueves, 12 de mayo de 2016

El destino


 
A Elisa nunca le importó en demasía la marcha del negocio familiar, que había heredado de sus padres. Hija única y consentida de un hombre que fue padre a las puertas de la vejez, no le faltó nunca de nada. Para ella, el dinero brotaba de un manantial inagotable: el bolsillo de su padre, hombre generoso donde los hubiera. A la muerte de sus progenitores, en un accidente automovilístico, Elisa, con solo quince años, heredó un imperio fruto de muchos años de esfuerzo familiar. Sus padres fueron los artífices de que aquella modesta sastrería de barrio se convirtiera, con los años, en una cadena de grandes almacenes.

De acuerdo con las disposiciones testamentarias, la tutoría fiduciaria recayó en el tío Mario como así llamaba Elisa al mejor amigo y asesor fiscal de su padre, y padrino suyo. Al alcanzar la mayoría de edad, el bueno del tío Mario, a petición de su ahijada, se ocupó del negocio familiar. De este modo, mientras ella disfrutaba de los placeres terrenales, su padrino y protector desviaba cantidades ingentes de dinero a paraísos fiscales.

Es sorprendente cómo le puede cambiar la vida a una persona en un brevísimo lapso de tiempo. Para quien ha tenido dinero a espuertas, ha estado rodeado de comodidades, se ha permitido los caprichos más sofisticados, ha sido, en definitiva, feliz haciendo lo que le venía en gana, debe resultar insoportable perderlo todo. Esto es lo que le ocurrió a Elisa, con el agravante de que el causante de esa pérdida fue quien debía amarla y protegerla. 

Un día infausto Elisa tuvo conocimiento de que su grupo empresarial había presentado suspensión de pagos y que el tío Mario había desaparecido de la faz de la tierra. Los proveedores se le echaron encima y a duras penas se pudieron satisfacer las deudas con la venta de todo el patrimonio empresarial. A Elisa, el juez la declaró insolvente pero también irresponsable, pues aun habiendo sido objeto de engaño por la persona de su mayor confianza, había desatendido sus obligaciones como empresaria. Y lo pagó muy caro.

Desde entonces, Elisa vivía en la más absoluta miseria. Los años de vida regalada quedaban muy lejos, al igual que su tío Mario, del que tendría noticias, dos años después, cuando su cuerpo apareció en un chalé de lujo de Panamá con veinte cuchilladas en el vientre. Una mano anónima acabó con su esplendoroso retiro. En el cabezal de su cama, unos dedos ensangrentados habían escrito cuatro palabras: “cien años de perdón”.

La policía panameña no logró descubrir la autoría del asesinato. Solo pudo comprobar un hecho: el dinero del que se había apropiado el finado, había desaparecido de las cuentas bancarias que este había abierto mucho antes de su llegada al país.

Elisa tuvo conocimiento de ese desenlace por la prensa. Uno de los periódicos que usaba para resguardarse del frio le dio la noticia: “Mario Duque, antiguo tutor y padrino de Elisa Monforte Rubio, la que fuera heredera del imperio Monforte & Rubio, a quien presuntamente arruinó abusando de su confianza y parentesco, ha sido hallado muerto en una villa en Panamá donde había fijado su residencia”.

Sin saberlo, su vida estaba a punto de dar otro giro inesperado cuando, unas semanas atrás, conoció a aquel hombre enigmático que una noche se interesó por ella. Elisa aun recuerda las palabras que le dijo tras contarle lo que la había llevado a vivir entre cartones: “Ten paciencia. Un día se hará justicia. A todo cerdo le llega su San Martín”. Entonces no entendió su significado.

Al poco de conocer el trágico final de su padrino, Elisa volvió a ver al misterioso personaje. Esta vez, a la luz del día, su cara le resultó familiar. Los profundos surcos que festoneaban su cara, así como sus oscuras ojeras, habían adulterado su identidad, pero su voz, grave y profunda, fue más reconocible cuando le dijo: “Ya has visto que tenía razón. Aquel ladrón ha pagado por sus pecados. Quien lo haya hecho tiene cien años de perdón”.

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Ensimismada con sus recuerdos, Elisa se sobresalta cuando Fermín, su hombre de confianza, entra en su despacho.

―¿Querías hablar conmigo? –inquiere este.
―Sí, Fermín. Quiero preguntarte algo que hasta ahora no me había atrevido a preguntar.
―Tú dirás –dice el hombre, con su voz grave y profunda, intuyendo lo que seguirá.
―Tú sabes quién mató a mi padrino, ¿verdad? –le espeta Elisa.
Fermín, con una sonrisa socarrona, que hace proliferar esos surcos faciales que le caracterizan, solo acierta a decir:
―El destino, mi niña, el destino.

Y sin esperar la reacción de su protegida, Fermín se dirige a la puerta desde donde le sonríe y le guiña un ojo ojeroso.

Elisa todavía le recuerda, de niña, jugando con ella en la portería de la enorme casa familiar. Siempre atento y vigilante, no fuera que le ocurriera algo malo. Le recuerda al volante de un coche negro, acompañándola a la escuela y volviendo a recogerla para llevarla de nuevo a la seguridad de su hogar. Le recuerda haciéndole compañía cuando sus padres todavía no habían regresado del trabajo y la niñera debía ausentarse. Le recuerda llevándola al médico cuando sus padres no podían. Y recuerda aquellas palabras que siempre le decía, con aquella voz tan grave y profunda, cuando ella sentía miedo por algo: “No temas, niña, nadie te hará daño. Pase lo que pase, yo siempre estaré cerca para protegerte”.

Fermín desapareció de su vida al quedarse huérfana, cuando más le necesitaba. Por mucho que preguntó por él, su tío Mario siempre le contestaba con evasivas. “Ya no le necesitamos, Elisa. Le he dado dinero más que suficiente para que viva como un Rey hasta que muera”, fue su última respuesta a sus insistentes preguntas.

¿Cómo volvió el dinero robado por su padrino a las arcas familiares? Eso ya no le importa a Elisa. Lo que realmente le importa es que aquel buen hombre, el hombre de confianza de su padre, ahora es el suyo. Cosas del destino.
 
 

viernes, 29 de abril de 2016

La tarde en que cambió mi vida



Una tarde de primavera estaba tumbada en la cama viendo una película cuando una llamada insistente de teléfono me obligó a interrumpir ese grato momento de ocio para atender al impertinente que pretendía incordiarme desde el otro lado de la línea.

Al oír su voz me temí lo peor. Marcos siempre me había traído complicaciones, incluso después del divorcio. De eso hace ya cinco años y todavía no he podido librarme de él. Siempre me llama o se presenta sin previo aviso para pedirme lo mismo: dinero y favores.

No sé qué pude ver en él cuando decidí unir mi vida a la suya. Su físico, su simpatía y labia me cautivaron. Al principio me reía mucho con él, hasta que me di cuenta que las tonterías que hacía y decía no eran fruto de una comedia sino de su forma de ser. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que algo no andaba bien en su cabeza de chorlito.

Por si fuera poco, era un perfecto inútil. Gracias a mis habilidades siempre era yo quien tenía que arreglar lo que él estropeaba, que no era poco. Yo era su “arréglalo-todo”, su manitas, su salvadora, como solía llamarme.

Nadie diría que bajo esa planta de aventurero se escondía un majadero y un insensato impulsivo. Era capaz de hacer cualquier estupidez para impresionarme. Era peor que un niño. Siempre necesitaba a alguien que le dijera lo que debía hacer y lo que no. Desde que nos divorciamos, anda más perdido que una gamba en el desierto. Más de una vez le he tenido que sacar de un apuro por su mala cabeza. Al principio me daba pena. Le veía desorientado, sin rumbo, malviviendo a base de trapicheos y negocios turbios. Pero hace tiempo que decidí que ya no me haría cargo de él. Es lo suficientemente mayorcito como para espabilarse solo y acarrear con las consecuencias de sus actos.

Con el auricular en el oído, estaba decidida a negarle lo que fuera que me pidiera cuando, antes de que pudiera articular una sola palabra, oí que me decía:

―Marta. Por fin lo he conseguido. Soy rico, muy rico.

Ante mi mutismo, de puro asombro, continuó:

―Voy a devolverte todo el dinero que me has prestado y mucho más. Te dije que un día la suerte me sonreiría y que entonces te compensaría por todo lo que hacías por mí. Y ha llegado el momento. En menos de media hora estoy ahí. No te muevas.

No me dio tiempo a rechistar que ya había colgado.

Nunca imaginé que Marcos pudiera llegar a tal grado de imbecilidad.

Su presunta riqueza se esfumó tan pronto como la policía nos detuvo, es decir en menos de media hora, el tiempo que tardó Marcos en llegar. Su idiotez me ha arrastrado con él a la cárcel. Sin posibilidad de fianza. El juez consideró que había riesgo de fuga y mi abogado dice que, en el mejor de los casos, me pueden caer diez años por cómplice.

¿A quién se le ocurre robar un furgón blindado y venir a mi casa para que le ayudara a abrirlo?
 
 

martes, 19 de abril de 2016

La familia Sanjurjo



Joaquín Sanjurjo era hijo único. Nacido en el seno de una familia adinerada, había sido criado con todo tipo de comodidades. Mimado por sus padres y abuelos, creció rodeado de caprichos, le concedían todos sus deseos y le toleraban toda clase de excentricidades. Cuando terminó los estudios, decidió tomarse un año sabático y dar la vuelta al mundo antes de incorporarse al negocio familiar.

Tuvo, sin embargo, que volver precipitadamente a casa cuando, por Skype, su madre le informó que su progenitor había caído enfermo y estaba muy grave.

―Un tumor cerebral muy agresivo, un glioblastoma creo que le llaman, está acabando con su vida a pasos agigantados -le dijo intentando sofocar el llanto.
―¿Así, de repente? –fue todo lo que acertó a preguntar Joaquín.
―Sí hijo. Hace unos días tuvo un mareo y le empezaron a fallar las piernas. En el hospital le practicaron una resonancia magnética cerebral que arrojó este horrible diagnóstico. Le dieron un mes de vida pero creo que no llegará a vivir tanto. Ven cuanto antes. Quiere verte.

Ante el lecho de muerte de su padre, Joaquín no pudo reconocer a aquel hombre que tan solo hacía dos meses estaba lleno de vitalidad. Tenía ante él a un despojo irreconocible, carcomido por la enfermedad, y que al verle levantó con gran dificultad una mano haciéndole señas para que se acercara.

Su debilitada voz era casi inaudible. Aproximando su oído a los labios del moribundo, Joaquín pudo, a duras penas, captar el mensaje que su padre quiso transmitirle antes de morir.

Tras un instante de vacilación, el joven, transmudado y más pálido que la sábana que cubría aquel cuerpo esquelético, se irguió como si le hubiera impulsado un resorte invisible y salió precipitadamente de la estancia, dejando a su madre boquiabierta.

Salió al jardín y se sentó bajo el árbol al que tantas veces había trepado de pequeño y cuyas hojas le protegieron de la lluvia que acababa de hacer aparición como si derramara las lágrimas que Joaquín era incapaz de verter.

¿Sería cierto lo que acababa de confesarle su padre o solo era fruto de las alucinaciones propias de un moribundo? Tarde o temprano lo averiguaría. De momento, no diría nada a nadie. Si su madre le preguntaba por el motivo de su reacción, le diría que había sido la emoción del momento.

Tras las exequias, oficiadas una semana más tarde, Joaquín se propuso comprobar la veracidad de aquellas palabras. Al día siguiente, al despuntar el alba, Joaquín se encaminó, provisto de una pala, hacia el bosque donde se suponía que descubriría la verdad o la farsa de aquel sórdido asunto.
 



Siguiendo las turbias indicaciones de su agonizante padre, Joaquín halló lo que buscaba. Unas piedras dispuestas en forma de cruz sobre un pequeño montículo señalaba el lugar. Cuando hubo terminado de cavar, jadeante y sudoroso, Joaquín descubrió lo que temía: un bulto del tamaño de una persona, burdamente cubierto por una sábana deshilachada. Lo que contenía aquella mortaja era lo que le había confesado su padre en un arrebato de arrepentimiento: un cuerpo descompuesto cuya calavera dejaba a la vista dos dientes de oro.

La visión de aquellos dientes le retrotrajo a su infancia. Recordó a su querido abuelo alzándole en volandas. Y dos dientes de oro asomando de su boca siempre que reía a carcajadas. Recuerda la repentina desaparición de su abuelo paterno. Nadie supo dar cuenta de su paradero. Todos creyeron la versión de su padre y de su tío que sugería un suicidio debido a la depresión que el hombre padecía a causa del fallecimiento repentino de su hermana melliza, con la que estaba tan unido. Nunca se halló el cadáver y el caso se cerró sin más pesquisas.

Ahora Joaquín sabía la verdad y por qué su padre y el hermano de éste habían heredado toda la fortuna familiar en contra del resto de miembros que componían el numeroso clan Sanjurjo. Para atar cabos, encargaría, con absoluta discreción, un estudio grafológico del testamento manuscrito en el que su abuelo lo dejaba todo a sus dos hijos varones. Este estudio revelaría si la letra era la de su padre o la de su tío. ¿Habían asesinado ambos al abuelo para quedarse con el imperio que éste había levantado con sus propias manos, dejando a sus cuatro hermanas fuera del negocio?

Solo quería saber la verdad porque así debía ser. No le gustaba dejar cabos sueltos. Fuera cual fuera el resultado, guardaría silencio. A fin de cuentas, si trascendiera la verdad él se vería privado de una gran fortuna. Su tío paterno no había tenido descendencia. Él sería el heredero universal. Por cierto, ¿cuántos años tenía su tío? ¿Y cómo andaba de salud?
 
 

 

miércoles, 6 de abril de 2016

Ildefonso


Ildefonso Murillo, a sus treinta y tantos años, era un individuo gris, de esos que pasan desapercibidos, de los que nadie se fija ni aunque tropiecen con ellos en la calle.

No se había casado, vivía con su madre viuda –todo un carácter-, y era funcionario de Correos y Telégrafos. Empezó a trabajar de cartero cuando dejó los estudios secundarios y seguía ocupando el mismo cargo. Llevaba casi veinte años en la misma oficina de correos de su localidad y todavía no se había granjeado las simpatías de sus compañeros. Le llamaban “el caballero”, pero no penséis que ello se debía a sus modales, que eran sin duda los de un perfecto “gentleman”, sino que era una alusión a “el caballero de la mano en el pecho”, el famoso óleo de El Greco. Y es que Ildefonso era el vivo retrato de ese retrato, valga la redundancia. Delgado, muy serio, con unas orejas un poco prominentes y una frente despejada. Y para acabar de rematar la similitud, un mostacho y barba picudos.

Si su vida laboral era anodina, la familiar era un infierno, motivo por el cual prefería pasarse casi todo el día fuera de casa. Su madre era su polo opuesto. En este caso, sin embargo, los polos opuestos no se atraían. Más bien se repelían. La madre de Ildefonso, Filo para los -pocos- amigos, doña Filomena para los vecinos, era de armas tomar. Consideraba a su hijo un pusilánime, un débil de carácter, y como tal le trataba.

―Claro que no has encontrado novia. Si eres tan soso y tan poca cosa, ¿cómo se van a fijar en ti? –le repetía su madre hasta la saciedad.
―Ya sabes que nunca he querido encontrar pareja. No sirvo para estar casado. Quiero hacer lo que se me antoje y no depender de nadie –replicaba aun a sabiendas que vivía en contradicción con esos falsos anhelos.
―Ya, ya. Ya conoces la fabula de la zorra y las uvas, ¿no? Pues eso, solo que tú de zorro no tienes nada, más bien eres un corderito  –le contestaba desdeñosamente la mujer.
―Y tú una viuda amargada. Eso es lo que eres –decía él para sus adentros. ¿O acaso os habíais imaginado que lo había expresado en voz alta? Jamás se atrevería a contrariar a su detestable madre.

Ildefonso jugaba a la lotería nacional, a los ciegos, a la primitiva y hasta hubiera jugado al tres en raya si eso le hubiera proporcionado dinero suficiente para meter a su madre en una residencia y largarse bien lejos. También frecuentaba el Bingo de la calle Urgell. Iba todos los sábados para pasar el rato y sentirse acompañado, aunque fueran unos desconocidos aquéllos con los que compartía mesa. Solía ganar, a lo sumo, un puñado de euros. Poca cosa. Simplemente le gustaba el ambiente. Y la chica rubia que cantaba los números. Rossi, oyó que la llamaban. Era su amor secreto. Casi podría decirse que era un amor platónico pues se limitaba a contemplarla y suspirar. Parecía muy joven, por lo menos debía tener diez años menos que él. Y era muy guapa. Demasiado joven y guapa para él, pensaba.

Una noche, al cerrar el local, la siguió de lejos. Nadie la esperaba a la salida y se fue sola andando hasta la que supuso sería su casa, a cuatro calles más abajo. Desde entonces, Ildefonso hacía lo mismo cada sábado. La seguía y se la imaginaba a su lado, caminando juntos cogidos de la mano. Esa ensoñación se la llevaba a casa y al trabajo. Cuando quería abstraerse de su madre o de algún problema laboral, pensaba en Rossi.

En asuntos del amor Ildefonso era un incompetente pero en el trabajo se mostraba muy meticuloso. No era ni afortunado en el juego ni en amores. El trabajo era lo único que tenía seguro.

Desde hacía un par de días su mayor problema no era Rossi ni su odiosa madre sino un paquete postal. Había pasado todo el fin de semana dándole vueltas. Pero del lunes no pasaba. Se lo comentaría a su jefe. Aunque éste pudiera pensar que no tenía iniciativa, no quería tomar una decisión precipitada. 

El lunes, al llegar a la oficina de correos, se dirigió al despacho de don Javier Portillo, su superior inmediato.

―Don Javier, disculpe que le moleste por una nimiedad pero resulta que hemos recibido un paquete certificado dirigido al señor alcalde que no podemos entregar correctamente porque contiene un error en su NIF –le informó de corrido temiéndose una respuesta airada, dado el mal carácter del interfecto.
―¿Pero el nombre y apellidos son correctos? –le preguntó don Javier.
―Sí, eso sí pero la letra que sigue a los ocho dígitos es incorrecta. Figura una ene donde debería haber una eme.
―Eso habrá sido un error de quien rellenó el impreso del envío certificado. El señor alcalde sabrá si está esperando un paquete y conocerá el remitente, digo yo –replicó, impaciente, el jefe con cara y tono de jefe.
―Pues ahí está el problema: que el señor alcalde no quiere aceptar el paquete porque no se fía, ya que no conoce a quien lo envía.
―Pues devuélvanlo al remitente, que es lo que procede y que él se apañe. ¿O es que después de tantos años todavía no conoce el procedimiento, señor Murillo?
―Sí, claro, pero es que el remitente ya no existe. Lo he comprobado.
Y antes de que  el señor Portillo pudiera decir esta boca es mía, Ildefonso soltó lo que llevaba todo el fin de semana sospechando.
―Creo que se trata de un paquete bomba.
―Pero ¿qué dice usted, hombre de Dios? ¡Cómo va a ser un paquete bomba! Usted ha visto muchas películas, eso es lo que ocurre. Mire, vuelva a casa del señor alcalde y le dice que lo abra y si lo que contiene no es de su incumbencia, pues se destruye y santas pascuas.

Pero Ildefonso no podía hacer tal cosa. En lugar de esa barbaridad –imagínese que explota al abrirlo, le había replicado a su jefe antes de que éste le enviara a freír espárragos- se fue directamente a las dependencias de la Policía Local.

―Aquí no tenemos ningún escáner ni ningún detector de metales con el que comprobar lo que usted dice –le interpeló el cabo de guardia.
―¿Y no podrían reclamar la presencia de un artificiero?
―¿Un artificiero? ¿Está usted de broma? ¿Qué prueba tiene de que haya un  explosivo dentro de ese paquete, eh? ¿Y si luego resulta que hay unas cajas de turrones, por poner un ejemplo, qué?
―Pero es que pesa mucho para ser turrones, por poner el mismo ejemplo –insistió Ildefonso viendo que tenía la batalla perdida.

Dada la situación de incomprensión y desamparo, Ildefonso se adentró en un bosquecillo cercano a su casa  y dejó el paquete sospechoso en el centro de un claro. ¿Cómo iba a abrirlo sin resultar herido o, peor aún, muerto?, pensó.

Y en estas estaba cuando vio aproximarse a un jabalí -animal harto frecuente por aquellos parajes-, seguramente en busca de alimento. Harto estaba su tío Ambrosio de los desmanes perpetrados en su huerto por esos parientes salvajes de los cerdos. Pero Ildefonso, un defensor a ultranza de los animales, no podía permitir que ese pobre jabalí sufriera daño alguno.

No hubo tiempo de ahuyentar al mamífero artiodáctilo de la familia de los suidos. Un brutal estruendo acompañado de una llamarada lanzó al animal, o debería decirse a los pedazos de lo que había sido hasta bien poco un animal, por todo el contorno. Algunos pinos quedaron seriamente dañados. Lo único positivo de aquella explosión fue que no quedó ni rastro de la procesionaria del pino que traía de cabeza a los guardas forestales y al ayuntamiento en pleno.

A Ildefonso solo le quedaron unos rasguños y quemaduras sin importancia en cara y manos, las únicas partes del cuerpo desprotegidas en el momento de la deflagración, la cual fue audible a varios kilómetros a la redonda.

Los telenoticias se hicieron rápidamente eco de lo sucedido.

Cuando se aclararon los hechos, siendo el alcalde, destinatario de tal misiva, el primer interesado en ello, Ildefonsso pasó de ser un don nadie a un héroe local, en primera instancia, y nacional en segunda. Las pesquisas apuntaron a una célula islamista durmiente que se había instalado en la pequeña localidad de Villa Molinos de los Reyes, célula que fue desmantelada y sus integrantes detenidos.

De este modo, Ildefonso vería sus sueños hechos realidad. El primero de ellos, escribir un libro, no se hizo esperar. Le llovieron ofertas de las más prestigiosas editoriales del país. Lo tituló “el hombre que no tuvo miedo”  En él contó, con más exageración y menos pericia de las necesarias, su heroica experiencia. Fue un éxito de ventas.

El segundo de sus sueños cumplidos fue el de ser famoso. Obtuvo el reconocimiento público, le otorgaron la medalla al valor y le nombraron hijo predilecto de la Villa.

El tercer sueño materializado fue el de ser rico, o medianamente rico, o ligeramente rico; no era excesivamente ambicioso. Recibió una sustanciosa recompensa económica que invirtió en su cuarto sueño: acomodar a su madre en una residencia para la tercera edad y ser, por fin, libre.

El quinto y último sueño no esperaba poder verlo cumplido. Si antes era desafortunado en el juego y en amores, su suerte cambió radicalmente. No sabríamos decir si fue la fama, el dinero o ambas cosas, pero se hizo con el corazón o, por lo menos, con el afecto y buena disposición de Rossi. Gracias al aumento salarial derivado de su fulgurante ascenso y al nuevo cargo de concejal de Seguridad Ciudadana, cambió el pisito con olor a rancio por un moderno y acogedor apartamento que compartiría con su amada.

Pero de todo ello, de lo que más disfrutó, más incluso que el amor que decía profesarle su querida Rossi, fue de la seguridad en sí mismo, de su recién estrenada autoestima. Ya no era el pusilánime de antaño, el don nadie, ese con quien la gente se cruzaba sin verlo. Ahora era otro hombre, un hombre maduro –algunas canas le habían surgido del susto  de la explosión- e interesante. Ahora, cuando se miraba al espejo le parecía que éste reflejaba la imagen de un hombre incluso atractivo. El patito feo se había convertido en un bello cisne.

Y como colofón, sus compañeros dejaron  de llamarle “el caballero” para apodarle “el James Bond de Villa Molinos de los Reyes”.
 
 

 

sábado, 2 de abril de 2016

Microrelato de amor novecentista

Y tras el breve paréntesis, vuelta al romanticismo de antaño, con un microrelato surgido del baúl de los recuerdos
 


Nunca experimentó gozo más efímero que cuando vio que en sus ojos risueños el reflejo de la sorpresa mudaba en el del hastío más desalentador.

Nunca una mirada acabó siendo tan dolorosa, produciéndole un hondo pesar. Él, que esperaba con anhelo mostrarle, de viva voz y no con su ya gastada pluma, cuán profundos y sinceros eran sus sentimientos, sintió al instante una terrible punzada en el costado.

La mirada de indiferencia de su amada, salpicada de desdén, fue la lanza que le hirió mortalmente.

La muerte, sin embargo, no fue instantánea, como hubiera deseado. Le sobrevino, tras una larga agonía, el día en que volvió a verla, feliz y radiante, luciendo, del brazo de su peor enemigo, un bellísimo vestido de novia.
 
 

jueves, 31 de marzo de 2016

Lo prometido es deuda

Permitidme que haga un breve paréntesis, entre relato y relato, y dedique este post al cumplimiento de una deuda que contraje hace algún tiempo con quien tuvo el detalle de nominarme a unos premios. Pasemos, pues, a publicidad.
 
 
O el tiempo pasa volando o mi memoria empieza a volverse perezosa. Supongo que las dos cosas son igualmente ciertas, si bien la primera es mucho más subjetiva que la segunda.

El caso es que todavía tengo un deber por cumplir. Bueno, en realidad tres, y los dos primeros, como no los cumpla ya, van a caducar, como los yogures.

El tema va de premios y la deuda pendiente es mi agradecimiento.

Los dos con mayor antigüedad se los debo a Chari (La voz de las olas), nominándome para The Versatile Blogger Award y para el premio Parabatais el 30 y el 31 de enero pasado, respectivamente. Dos días, dos nominaciones, es todo un record. Y yo sin agradecérselo públicamente (en privado lo hice a su debido momento). Chari es una de mis fieles seguidoras y a quien yo también sigo con asiduidad.

Así pues, sirva el presente post para darle las gracias, con dos meses de retraso, por sus nominaciones. Aunque en ninguno de estos casos se indicaba qué blog había sido el responsable de dichas nominaciones, yo elijo a éste, “Retales de una vida”, como plataforma para expresar mi agradecimiento por ser el más antiguo y querido por su creador, un servidor.
 
 
Más recientemente, el 12 de marzo, fui nominado por las autoras del blog que lleva el curiosos nombre de B∞KSXLAND: http://booksxland.blogspot.com.es/ para el Liebster Award. Fue toda una sorpresa porque no conocía este blog, que recomiendo a todos los interesados por las reseñas literarias, ni a sus jovencísimas propietarias y blogueras: Lía y Mariluz. Muchas gracias a ambas por esta nominación.

Como en ninguno de los dos primeros casos se me formulaba pregunta alguna, me libro de esta dura prueba, no así en esta última nominación que, al aceptarla, me veo en la tesitura de contestar a las once preguntas formuladas por Lía y Mariluz, a saber:

1. ¿Crees que los libros han influenciado de alguna manera en tu vida? Si es así, ¿cómo?
La única influencia de la que soy plenamente consciente es que los libros me han creado una adicción a la lectura y me han enseñado a escribir. No se concibe un escritor que no lea. Leyendo se aprende a leer (aunque parezca una perogrullada) y, si hay un mínimo de interés y aptitud, a escribir.
 
2. ¿Te gusta escribir? ¿Crees que algún día podrías publicar algo?
Me gusta y siempre me ha gustado escribir pero no lo había hecho de un modo “literario” hasta hace unos tres años, cuando dispuse de tiempo suficiente. La posibilidad de publicar algo lo veo casi como una quimera. Lo he intentado y sigo intentándolo sin éxito. A falta de una editorial interesada en publicar una primera recopilación de mis relatos, tuve que recurrir a la autoedición. Ahora acabo de compilar una segunda recopilación y estoy intentando (de momento en vano) captar el interés de alguna editorial de las que dicen estar motivadas para promocionar a escritores noveles.
 
3. ¿Qué piensas sobre el hecho de que tengamos que leer según la edad? ¿Opinas que hay  categorías para cada edad o que cada uno es libre de leer lo que quiera sin importar la edad?
Pregunta interesante y de difícil respuesta. No soy pedagogo, así que mi opinión se basa en mi propia experiencia. Por supuesto que hay lecturas que no creo que sean apropiadas para un adolescente sin preparación previa. Leer, por ejemplo, a Kafka, a los diez años se me antoja una, cuanto menos, ridiculez. Hay lecturas apropiadas para determinadas edades pero también hay excepciones. Yo leí a Thomas Mann a los quince o dieciséis años, edad que algunos consideran muy prematura para leer a este autor, y en cambio, con más de sesenta he intentado leer en dos ocasiones a Jame Joyce (Ulises) y a Cortázar (Rayuela) y no he podido pasar de los dos primeros capítulos. En definitiva, creo que el lector se hace leyendo, como el camino se hace al andar. Y para gustos, los colores.
 
4. ¿Cuál es el personaje de un libro que te haya gustado más?
Después de haber leído cientos de libros, no puedo emitir un juicio justo, pero si diré (y quienes leyeron mi post en el blog “Cuaderno de bitácora” dedicado a Henning Mankell lo saben de sobras) que hay un personaje que me resulta especialmente entrañable: el comisario Kurt Wallander, el protagonista de la serie Wallander del mencionado autor sueco fallecido recientemente.
 
5. ¿Qué autor recomendarías que my poca gente conoce?
Es sumamente arriesgado dar un nombre dando por supuesto que no es  muy conocido. Aun así, me arriesgaré a errar el tiro, incluso a hacer el ridículo, y para citar un autor español citaré a Joaquín M. Barrero.
 
6. ¿Tienes un  horario determinado para leer?
Si, habitualmente por la noche, en la cama, cuando más relajado estoy, hasta que me vence el sueño.

7. ¿Por qué razones crees que hay gente que no lee?
Salvo algún caso que calificaría de “especial”, de personas que confiesan no sentir ningún interés por la lectura porque no les aporta nada, yo diría que es por falta de educación, en el bien entendido de que no les han inculcado al amor por la lectura, no les han enseñado a leer o no han visto leer a sus mayores. Siempre he creído que de padres lectores surgen hijos lectores. Yo, por ejemplo, no soy amante de la música clásica y estoy seguro que es por falta de hábito y de formación.
 
8. ¿Tienes alguna manía a la hora de leer?
Diría que más de una. Lo primero que hago cuando empiezo un libro es comprobar cuántas páginas tiene y si, en caso de haberlos, si los capítulos son largos o cortos. Así me hago una composición de cuánto tardaré en acabarlo. Después leo la sinopsis y la biografía del autor, aunque conozca ambas cosas. No empiezo a leer “por dentro” hasta que no he acabado de leer “por fuera” (portada, contraportada, solapas). Soy incapaz de dejar un capítulo a medias por mucho sueño que tenga.
 
9. ¿Qué libro te marcó más?
Sin duda el primero que leí (creo que fue a los diez años): Las aventuras de Tom Sawyer.
 
10. ¿Has probado a leer un libro electrónico?
He leído bastantes, aunque sigo prefiriendo el libro en papel. En esta vida todo tiene sus ventajas y sus desventajas y el ebook no está exento de ventajas (portabilidad cuando viajas, ahorro tremendo de espacio, etc.) pero me gusta el tacto de un libro “de verdad” y verlo en mi biblioteca. Lo puedes prestar (aunque no me gusta mucho prestar mis libros) sin desprenderte del ebook propiamente dicho. Solo compro libros en formato electrónico cuando no espero mucho de la obra, cuando me mueve la curiosidad pero temo que no me acabará de agradar, así no me gasto tanto dinero innecesariamente.

11. Cuenta una anécdota en relación con algún libro
Me ha costado mucho poder contestar a esta pregunta. A bote pronto, la única anécdota que ahora recuerdo es la relativa a Ulises, de James Joyce:
Estaba disfrutando de una semana de vacaciones en Galway (Irlanda) cuando entré en una librería de viejo y salí con un ejemplar de Ulysses bajo el brazo. Me hizo gracia comprar en Irlanda esta famosa obra en inglés de un autor irlandés. Por la noche empecé a leerla y cuál fue mi sorpresa al comprobar que, a pesar de mi nivel avanzado de inglés, estaba totalmente perdido, debiendo abandonar la lectura al terminar el primer  capítulo sin haberme enterado de la misa la mitad. Una vez en casa pensé en comprármela en castellano pero, sensato de mí, la tomé prestada de la biblioteca municipal. Qué alegría sentí al comprobar que no era mi inglés lo que fallaba sino que la obra tenía su enjundia y no había quién pudiera con ella. En la versión castellana, logré terminar el segundo capítulo. En la biblioteca debieron de alucinar al ver que me había leído ese libro en tan solo dos días.
 
 
Y esto es todo amigo/as.
 
 
 

lunes, 28 de marzo de 2016

Lágrimas de color azul

En esta ocasión os invito a hacer un salto en el tiempo y retroceder dos siglos. Podemos imaginar que este relato, al que he intentado dar el toque romántico de la época, transcurre en la segunda década de siglo XIX, en pleno auge de la emigración catalana a Cuba.
 
 
Sus ojos marchitos otean el horizonte en busca de aquellos momentos e ilusiones de cuando todavía era una joven bonita, de buena familia y con toda una vida feliz por delante.

Aun ahora, después de tantos años, Eulalia tiene dos espinas clavadas en su resquebrajado corazón: la de la impotencia y la del rencor. El rechazo de los suyos y las burlas crueles de los demás no consiguieron, sin embargo, doblegarla y, mucho menos, hundirla. Marchó lejos para olvidar pero el olvido no entiende de distancias. Cuando volvió al pueblo para dar el último adiós a su madre, creyó que podría resistir la tentación. Pero después de muchos titubeos hoy ha vuelto al muelle, al atardecer, cuando solo lo llena el rumor de las olas, para recordar el día que, de pie en este mismo lugar, miraba el mar que le tenía que devolver al hombre de piel morena y cabellos negros a quien amaba.

Parece como si fuera ayer que sus ojos, entonces vivos y enamorados, le buscaban con deleite a pesar de saber que no le podían ver. Todo un océano los separaba. Hasta que llegara el momento del reencuentro.

Él le juró que volvería y ella le creyó. Siempre se habían dicho la verdad. Por muy lejos que hubiera ido en busca de fortuna, no habría obstáculo en el mundo que le impidiera volver a su lado. Rico o no, le prometió que se casarían tan pronto estuviera de vuelta, a pesar de la oposición de su padre, quien no había permitido esposar a su única hija, su heredera, con un desarrapado sin futuro. Nunca entendió que la riqueza no se aloja en los bolsillos sino en el corazón.

Desde su exilio voluntario, él le escribió muchas cartas poniéndola al corriente de sus penas y de sus logros. Ella, prudente y temerosa, solo le contaba lo que él deseaba saber.

Pero por fin había llegado el momento del reencuentro. Se lo había escrito desde ultramar y ella contaba los días.

A bordo del barco que lo conducía hacia los brazos de Eulalia, se la imaginaba esperándole en el puerto de llegada, la piel blanca y pecosa la cara, y le hablaba desde alta mar, el viento azotándole el rostro. Ella miraba el horizonte desde el muelle, esperando el momento de abrazarle, jurándose no dejarlo marchar nunca más.
 
―Ten paciencia, mi amor, que no tardaré en llegar –decía él, desde la cubierta, la vista fija en el mar y la espuma blanca.
―Te esperaremos el tiempo que haga falta –le contestaba ella, de pie junto al agua.
―Me muero de ganas por volver a verte –gritaba él contra el viento huracanado y la mar encolerizada.
―Seremos la envidia de todos cuando nos vean de la mano por las calles del pueblo –gritaba ahora ella, acallando a las gaviotas.
―Nos casaremos tan pronto tengamos donde cobijar nuestro amor, pese a quien pese –clamaba él, los cabellos negros arremolinados.
―Unas nupcias, las nuestras, largamente aplazadas. Te espera un regalo que seguro te llenará de gozo –le decía ella ansiosa y sonrojada, jugando con los rizos de sus cabellos del color del fuego.
―Se acerca el gran momento. Ya vislumbro la costa lejana –celebraba él, la mar cada ver más airada.
 
Un diálogo éste del que solo el mar y un niño, asido a la mano de su madre, fueron testigos mudos de un amor y de unos anhelos exaltados por la distancia. Una conversación a millas de separación angustiosa. ¿Cuánto más debería soportar aquel barco surcando el mar furioso? ¡Qué larga se hace la espera cuando el deseo es tan intenso! ¿Quizá la mar brava no quería que se reencontraran, celosa del amor que se profesaban?

Eso pensó Eulalia entonces y lo evoca ahora que, triste y ajada, ya solo le queda el recuerdo de la ilusión, rota a oleadas, y el dolor todavía vivo que le provocó la visión del maderamen que, flotando por la bahía, parecía haber venido a darle sus condolencias.

Como la leña cortada a hachazos, así acabó aquel viejo barco cargado de esperanza. Como un árbol arrancado de cuajo por la tormenta, así se sintió Eulalia al ver frustrados sus más preciados deseos.

Nunca quiso descubrir a su amado aquel secreto tan bien guardado para no agobiarlo durante su ausencia, un regalo que él no llegó a conocer. Aquel naufragio se llevó al fondo del mar la posibilidad de entregárselo. Un mar que ahora recibe sus lágrimas, tiñéndolas de azul. Lágrimas que brotan de una herida profunda y amarga que jamás se cerrará.

Eulalia nunca perdonará al mar su condena a cuarenta años de dolor y de añoranza. Un dolor y una añoranza que solo ha podido aligerar gracias al fruto de aquel amor prohibido, que sacó la piel morena y los cabellos negros de su padre.