lunes, 22 de julio de 2019

Tiempo de lectura y descanso



En esta ocasión mis dos blogs comparten, excepcionalmente, contenido. Por lo tanto, si estáis leyendo este, podéis absteneros de visitar el otro. Hay que ahorrar tiempo, y de tiempo, en cierto modo, es de lo que tratan.

Todo llega en esta vida, y algunas cosas llegan en muchas ocasiones. Esta, en concreto, una vez al año, por lo menos.

No es que sienta envidia de mis compañeros, masculinos y femeninos, habitantes y asiduos de esta blogosfera, y quiera emularlos. Pero sí es cierto que a medida que avanza el verano aumentan las ausencias y calores, mientras disminuyen los lectores, masculinos y femeninos.

Aun así, podría seguir escribiendo, pero prefiero tomarme también un descanso, no sé si merecido o no. Hay tiempo para todo, también para el silencio, el silencio de las teclas, porque la mente sigue hablando. La mente siempre está en modo ON. El día que esté en OFF, la habremos espichado, con perdón de la vulgaridad.

Si bien siempre hay tiempo para la lectura, aunque los holgazanes digan lo contrario, se acerca el momento de dejarle más espacio. Las horas mal llamadas muertas, a las que prefiero llamar indolentes, nos ofrecen la gran oportunidad de pasar más tiempo en compañía de un buen libro.

Así pues, yo también iré preparando las maletas para disfrutar de un tiempo de lectura y descanso. En tanto el tren no haya salido de la estación, seguiré pegado a los blogs de quienes sigan al pie del cañón, pero una vez aquel haya arrancado, yo también me habré convertido en un ausente más de este mundo virtual.

Que disfrutéis de vuestro tiempo de reposo, haciendo lo que sea o no haciendo absolutamente nada.

¡Hasta la vuelta!

miércoles, 10 de julio de 2019

El secreto mejor guardado





Antes de abrir la puerta respiré hondo. Nunca había estado tan nervioso. Parecía como si el pomo se negara a girar. Pero eran mis manos las que se resistían. Sabía lo que dejaba atrás, pero ignoraba lo que me esperaba tras atravesar el umbral. “La esperanza nunca hay que perderla”. Recordé esas palabras que mi madre me repetía hasta la saciedad. Por desgracia mi madre no estaba para infundirme ánimos. Mi padre, de haber estado, tampoco habría sido de mucha ayuda, pues todo parecía darle igual. Siempre afirmaba que el futuro había perdido todo interés para él, que lo importante era vivir el presente. Siempre que me hallaba frente a una nueva etapa de mi vida decía: “Tal como están las cosas, nada puede ir a peor”. Así de parco era mi padre.

Sin embargo, esto era distinto. Aunque mis pies no querían avanzar, algo me empujaba a dar el paso y, una vez dado, no habría vuelta atrás. ¿Y si resultaba que todas las promesas eran falsas? No podía quedarme parado, el tiempo apremiaba. Es curioso, pensé. ¿Por qué la gente se empeñaba en que, llegado este instante, se veía una luz al final de un túnel y yo solo tenía ante mí una simple puerta?

Una vez al otro lado, lo que vi es algo inenarrable. Me han prohibido contarlo. Como a todos los que me han precedido. Es y será, sin duda, el secreto mejor guardado.





martes, 2 de julio de 2019

Traición o justicia



Era una mujer feliz. Había hecho realidad mi sueño adolescente: casarme con Julio. Claro que entonces todavía era una joven inmadura. A los quince años, creía que lo mejor que me podía pasar era casarme con él, mi primer y único amor.

Era simpático, cariñoso y romántico. Y de buena familia, lo único que supieron valorar mis padres cuando vieron que salíamos juntos. Fue un amor de juventud que acabó en el altar. Lo de pasar por la iglesia fue por imperativo de nuestras respectivas familias. Si se hacía, se hacía bien. Nunca se nos habría pasado por la cabeza contrariarles. 

A pesar de la reticencia de mis padres y los malos augurios de mi abuela, que decía tener un sexto sentido para esas cosas, fui feliz ─y creo que él también lo fue, por lo menos a su manera─ durante los primeros diez años de matrimonio. Lo tenía todo. Dos criaturas preciosas, un marido espléndido, atento y afectuoso. Solo me faltaba una cosa para sentirme completamente realizada: un trabajo. Mientras los niños fueron pequeños, me dediqué exclusivamente a ellos y a las labores de ama de casa pero, ya crecidos, decidí que quería estudiar periodismo, algo que siempre me había atraído. A Julio le pareció una soberana tontería, algo inútil, y no veía con buenos ojos que fuera a la Universidad. ¿Para qué? ¿Acaso no estás bien cómo estás?, decía. Aquella fue nuestra primera discusión en diez años. Siempre había sido una mujer sumisa y de las que dejan todas las decisiones en manos de su marido. Para no contrariarlo demasiado, le propuse estudiar desde casa y hacer un Grado de Comunicación a distancia por la UOC. Tras mucho pensarlo, acabó aceptando, pues eso de no salir de casa era, según él, una garantía para no desatender a nuestros hijos ni ciertas responsabilidades domésticas que no se debían delegar en terceras personas.

Su actitud me hizo despertar de un profundo sueño embriagador. Por primera vez en diez años no había reparado en que mi marido era un machista cargado de prejuicios. ¿Cómo había podido pasar por alto algo tan evidente? De pronto, me pareció haber crecido y convertido en mujer en cuestión de minutos. Con treinta años y madre de una niña de ocho y de un niño de seis, acababa de tomar conciencia de la esclavitud a la que Julio me había tenido sometida, aunque hubiera vivido en una jaula dorada. De repente, pasaron frente a mí multitud de situaciones y escenas que hasta entonces me habían parecido triviales, sin importancia, propias de un marido escrupuloso, perfeccionista, que necesita tenerlo todo bajo control, y que vela por el bienestar de su familia.

Pero, como digo, fue su expresa autorización y las condiciones que impuso para que pudiera estudiar periodismo lo que me hizo recapacitar y tomar conciencia de quién era él en realidad y quién había sido yo hasta ese preciso instante. Y me juré que, a partir de entonces, viviría de acuerdo a mis principios. En el fondo, Julio era una buena persona que había sido educada en una familia de mentalidad retrógrada. Solo esperaba que mi difunta abuela no tuviera razón con sus malos augurios.

La siguiente contrariedad fue la negativa a que utilizara su ordenador personal. Alegó que era una patosa y que podía borrarle algunos archivos accidentalmente. No discutí. Me compré un portátil, Mejor así. No habría interferencias y podría usarlo sin pedirle permiso. Afortunadamente no puso reparos. No solo me pude conectar a la web de la UOC, sino que también me bajé algunas aplicaciones y me di de alta en varias redes sociales. Así podría matar el aburrimiento y dedicar el poco tiempo libre a contactar con otros usuarios, posibles amistades, aunque fueran virtuales. Por el largo camino de nuestra relación había perdido prácticamente a todas mis escasas amigas y desde que empecé a salir con Julio, los chicos se alejaban de mí. Solo podía ser para él. Entonces me pareció normal.

Después de casarnos, poco a poco dejamos de ir al pueblo con tanta frecuencia como al principio; a mis padres les llamaba por teléfono y siempre aprovechando que estaba sola en casa para no contrariar a Julio, pues parecía que le molestaba que hablara con ellos con asiduidad. Siendo hija única, sé que me extrañaban mucho y yo no entendía por qué Julio siempre ponía excusas para no ir a verlos. En cambio, a los suyos los visitábamos muy a menudo. Decía que era porque vivían más cerca.

Si bien accedió a que estudiara, siempre que podía controlaba las páginas que visitaba con mi ordenador, qué aplicaciones usaba y con quién chateaba. Llegó un momento en que vi de forma diáfana que vivía con un maltratador. Temía que algún día tuviéramos un grave altercado, pues no podía seguir tolerando su intromisión en mi privacidad. Me di cuenta de que yo había experimentado lo mismo que muchas mujeres maltratadas, que disculpan a sus maridos porque, en el fondo, los quieren y no saben o no pueden pasar sin ellos. Por fortuna, a diferencia de ellas, tomé conciencia de que aquella situación era inaceptable y que, a pesar de mi inseguridad y mis miedos, sabía lo que quería y no permitiría someterme nunca más a la voluntad y deseos de mi marido. Solo temía una cosa: que los niños sufrieran las consecuencias.

Vivía en un continuo desasosiego, pero, por el momento, habitaba en nuestro hogar una relativa calma, o más bien debería decir una tensa calma. Y así siguieron las cosas durante casi un año. Hasta aquel horrible hallazgo.

Ocurrió como tantos otros descubrimientos de la vida: por casualidad. Buscando una cosa encontré otra. Creo que a eso se le llama serendipia.

En uno de los ejercicios de fin de curso, teníamos que elegir un tema que supusiera una labor de investigación sobre algún asunto grave y de rabiosa actualidad. No se me ocurrió nada mejor que dedicar ese trabajo a la violencia de género. Pero os equivocáis si pensáis que Julio montó en cólera, sintiéndose aludido. En absoluto. Su única reacción fue de burla condescendiente, ridiculizando y banalizando esas situaciones tan dramáticas. Lógicamente me enfurecí, pero acabé aparcando el tema de discusión. No ganaría nada y podía perder mucho. Tenía mis planes. Si me esforzaba, podría sacarme el título con otros dos años de intensa dedicación. Mis hijos tendrían once y nueve años y yo, con un título bajo el brazo y, en caso necesario, la ayuda de mis padres, encontraría el modo de seguir adelante. No necesitaría de su sustento y me procuraría un buen abogado por si se le ocurría reclamar la custodia de los niños cuando le solicitara el divorcio. De momento, debía tener paciencia. Pero tras aquel terrible descubrimiento, las alarmas se dispararon y perdí el autocontrol.

Haciendo acopio de información sobre los casos de violencia de género que había terminado con la vida de hasta cuarenta y siete mujeres en un año, di con una noticia que nada tenía que ver con ello. Se trataba del caso del “asesino del Raval”, como los medios le habían bautizado, que había cometido durante los últimos seis meses seis asesinatos de mujeres, todas ellas prostitutas. Solo había una superviviente que pudo describirlo: su séptima y última víctima. De eso hacía ya dos meses y el asesino no había vuelto a actuar, seguramente esperando a que el tema se enfriara. La mujer, bajo los efectos de las drogas y del alcohol, solo pudo alcanzar a ver algunos detalles de su fisonomía. Dijo que le recordaba a Pablo Escobar, el narcotraficante del cartel de Medellín, pero a quien se refería en realidad era al actor que había encarnado a ese personaje en la serie de televisión Narcos. Un hombre más bien grueso, de cara redondeada, pelo ondulado y bigote. Y llevaba unas gafas oscuras en el momento del ataque. No resultaría fácil identificarlo, pues lo más probable era que la vestimenta fuera una suerte de disfraz.

Iba a pasar al asunto que me había tenido ocupada cuando vi su retrato robot. Era un dibujo de muy buena calidad, pero no era más que eso, un dibujo. No pude evitar mirarlo fijamente. Quienquiera que estuviera detrás de ese retrato, se había llevado por delante a seis mujeres inocentes y a punto estuvo de matar a otra. Tenía que acabar pagándolo caro, tarde o temprano. Y entonces me quedé paralizada. Un escalofrío seguido de un temblor de piernas me dejó en estado de conmoción. Esa cara me resultada familiar. Me la imaginé desprotegida. Sin gafas de sol, sin bigote y sin esa mata de cabello desmadejado era Julio. La redondez de sus facciones, sus labios carnosos, la nariz prominente y su ancha frente eran sus señales de identidad. La chica afirmó que llevaba puesta una sudadera de color gris con capucha, la cual se le había soltado con el forcejeo, y unos pantalones vaqueros. Fue gracias a un viandante, quien oyó sus gritos de auxilio, que salió ilesa, aunque malherida. Aquel solo pudo corroborar la vestimenta del atacante y añadir que también calzaba unas zapatillas deportivas de color blanco y con unas bandas rojas. Fue todo lo que pudo ver en la oscuridad, mientras el agresor huía.

Quizá estaba paranoica o quizá estuviera en lo cierto. ¿Cómo iba a ser Julio un asesino en serie? Todavía no sé qué me movió a hacerlo, pero me puse a buscar, frenéticamente, pruebas incriminatorias.

Quizá su ordenador contuviera información inculpatoria, pero no conocía la contraseña y no me vi capacitada para lograr descubrirla antes de que se bloqueara el acceso, a diferencia de lo que ocurre en las películas, que siempre dan con ella al tercer intento. Entonces caí en la cuenta de que el trastero era su espacio intocable, donde tenía todos sus trastos, como los llamaba, y herramientas. Yo no podía poner los pies allí, ni siquiera tenía la llave. Y eso aumentó mis sospechas. Así pues, empecé por informarme en internet sobre cómo preparar un molde, Cuando hube adquirido la masilla de porcelana necesaria lo hice, siguiendo las instrucciones, con la llave que Julio guardaba celosamente en su llavero y que le arrebaté aprovechando su siesta de los domingos.

Acudí al cerrajero del barrio para que me hiciera una copia a partir del molde. No hizo preguntas ni puso reparos. Me conocía de otros encargos, y no sospechó nada. Le dije que había perdido mi llave y no quería dejar a mi marido sin la suya mientras me hacía la copia, pues suponía que no la tendría al instante. Y así fue. Tuve que pasar a recogerla al cabo de dos días. Mientras tanto, me reconcomían los nervios, los mismos que hicieron que me costara varios intentos lograr abrir la maldita puerta. Disponía de, por lo menos, dos horas para buscar no sabía qué, hasta que Julio despertara del profundo sueño inducido por el ansiolítico que le puse en el vino, el mismo que yo tomaba por prescripción de mi médico desde hacía algún tiempo.  

Ya me daba por vencida cuando, cansada, sudorosa y al borde de un ataque de nervios, reparé en una caja, como la que usamos para guardar los adornos de Navidad, al fondo del altillo del armario donde, por lo que vi, guardaba un batiburrillo de enseres, desde trofeos del instituto hasta películas de VHS. La caja era cuadrada y grande pero bastante liviana. Lo más probable era que contuviera cualquier nadería, como una de sus colecciones de cromos de futbolistas o de los coches en miniatura de cuando era niño. Pero al abrirla, una extraña frialdad me invadió todo el cuerpo y mis manos empezaron a temblar. Estaba en lo cierto. Aquella caja contenía una sudadera gris con capucha, unas deportivas como las que había descrito el único testigo presencial, unas gafas de sol envolventes, una peluca y un bigote postizo. ¿Qué hacer con todas esas pruebas? Esperando que no las buscara por un tiempo, me las llevé y las guardé en el maletero de mi coche. El lunes las llevaría a la comisaría de policía más próxima.

Llegado el momento, sin embargo, me entraron las dudas. ¿Y si cometía un terrible error y existía alguna otra explicación? ¿Y si, aun siendo el asesino de aquellas mujeres, no reunían las pruebas suficientes para inculparlo y, tras quedar en libertad, se ensañaba conmigo como venganza? Incluso llegando a ser encarcelado sin fianza, juzgado y hallado culpable, les privaría a mis hijos de su padre, al que adoraban. ¿Debía entregarlo y hacer justicia? ¿No sería ello más bien una venganza por su forma de tratarme, aunque nunca me hubiera puesto la mano encima?

Ese lunes no fui a la comisaría, ni al otro, ni al siguiente. Acabé devolviendo la caja a su lugar, al fondo del altillo de aquel maldito armario. Pero decidí no quitarle la vista de encima y contar las veces que Julio visitaba el trastero, pues podría ser la antesala de un próximo ataque.

Si de verdad era el responsable de tales atrocidades, ¿cuándo pudo haberlas cometido? ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Así que volví a revisar caso por caso y anotar las fechas en las que tuvieron lugar las agresiones. De esa pesquisa resultó que cada ocasión coincidía con uno de sus viajes de negocios. Lo recordaba perfectamente, pues no era habitual en mi marido ese tipo de viajes y mucho menos que incluyeran un fin de semana. Todas esas agresiones se habían producido un viernes o sábado por la noche. ¿A qué esperaba para denunciarlo? Al margen de que fuera mi marido y el padre de mis hijos, no podía permitir que un asesino violador anduviera suelto y pudiera seguir cometiendo esas barbaridades. Aunque su familia me considerase una traidora, les debía justicia a todas esas chicas que habían perecido bajo sus garras.

Habían pasado casi tres meses desde el último incidente y, de pronto, Julio me anunció otro de sus viajes inesperados. Esa vez se iba a Palma de Mallorca, según dijo, donde su empresa celebraría la convención anual. ¿Sería cierto o uno más de sus engaños? Resultó fácil descubrirlo. Llamé a su secretaria una mañana que sabía que no estaría en la oficina, pues tenía una visita a un cliente muy importante ─era el tipo de cosas que le encantaba comentar─, y pregunté por él. Después de que la joven me diera toda clase de explicaciones sobre su ausencia en esos momentos, me las ingenié para sacar el tema a colación. “¿La convención anual?”, preguntó, desconcertada, la joven. “Pero si jamás hemos tenido una convención”, ni anual, ni semestral, ni nada de nada, añadió en tono jocoso. Me excusé argumentando que debía de ser un error y que lo habría malinterpretado. Colgué el teléfono rogando que no se le ocurriera comentarle a mi marido lo de la convención fantasma. Se vería descubierto y ello podría acarrearme muy malas consecuencias. Estás aterrorizada, me dije. No puedes seguir así. Toma ya una decisión. Esto no puede continuar de este modo.

Al cabo de una hora estaba en la comisaría con la caja del trastero en mis manos y con la historia de la próxima convención en Palma de Mallorca entre mis atolondradas explicaciones. Llegué a pensar que me tomarían por loca. Pero no. Demostraron estar muy interesados. Aun así, en lugar de proceder, como imaginaba, a su arresto, decidieron poner en marcha un plan. Introdujeron un diminuto localizador en la sudadera. De este modo, podrían seguir todos sus movimientos y atraparlo in fraganti. Así pues, devolví esos enseres a su lugar, a la espera de que Julio decidiera volver al ataque.

Cuando se despidió, con una maleta en una mano y un portafolios en la otra, tan guapo y elegante, le di los dos besos de rigor y me sentí como Judas, sabiendo que con mi delación lo entregaba y que pasaría muchos años entre rejas. Se lo tenía merecido, pero aun así me parecía imposible que el hombre con el que había convivido más de diez años fuera un violador y un asesino.

Tras verle partir, me abalancé al trastero y pude comprobar que, efectivamente, todos aquellos elementos de camuflaje no estaban en su caja. Se los había llevado consigo para usarlos en su próxima cacería.

Al día siguiente, por la mañana, supe que estaba detenido en comisaría acusado de intento de violación. La chica a quien había intentado agredir sexualmente era una de las agentes camufladas que, como cebo, llevaban varios días rondando por la zona a la espera de la aparición del hombre más buscado durante el último año.

Cuando compareció ante el juez, se declaró inocente, alegando una serie de excusas de lo más absurdas, como que llevaba una doble vida y que por la noche frecuentaba los prostíbulos; que era adicto a la cocaína y que se proveía de ella en los clubs de alterne, de ahí que anduviera por ese barrio; que para no ser reconocido se servía de un atuendo de camuflaje, pero no el que yo había hallado en el trastero, que no era suyo y nunca lo había visto y que, probablemente, lo había colocado para inculparle y deshacerme de él, pues le odiaba; que la chica que había identificado a su agresor debía estar tan colocada que dijo lo primero que le vino a la cabeza; que el supuesto testigo se equivocaba o debía estar pagado para prestar una declaración falsa; que si las pruebas de ADN habían dado positivo era porque seguramente se había acostado con esas prostitutas en más de una ocasión y le gustaba practicar el sexo duro; que la chica policía que lo había detenido le había provocado ofreciéndole sus servicios de forma tan lasciva que no pudo reprimirse, pero que él no había intentado agredirla, solo “comprobar la mercancía”; que todo era una patraña para dar el caso por cerrado aunque fuera a expensas de un inocente; y así toda una serie de patrañas que no le sirvieron para evitar que se le imputaran las cinco muertes con agresión sexual y los dos intentos de violación, con el agravante de nocturnidad y alevosía.

Y ahora pensaréis que la historia acaba aquí. Pues no. El juicio concluyó con una sentencia a prisión permanente revisable, con lo que parecería que el caso había llegado a su fin.

Sin embargo, pasados seis meses desde que Julio entrara en prisión me enteré por las noticias que habían hallado el cadáver de una adolescente en el barrio del Raval, una joven rumana que ejercía la prostitución. El mismo modus operandi. Fue violada, degollada y abandonada desangrándose. Una cámara grabó la imagen de un individuo saliendo, apresurado, del callejón donde fue hallado el cuerpo sin vida de la muchacha. Vestía una sudadera gris con capucha, unos vaqueros y unas deportivas blancas con bandas rojas. No se le veía bien la cara, pero al aumentar la imagen se pudo comprobar que llevaba unas gafas oscuras y lucía un bigote. Quiero creer, y en eso coincide la policía, que se trata de un imitador.

Julio insiste, desde la cárcel, en su inocencia, pero yo no le creo. Ahora vivo tranquila, pues me he librado de un maltratador. Estoy progresando en mis estudios, acabo de solicitar el divorcio y hoy voy a una entrevista de trabajo en una editorial. Me vendrá bien el dinero para costearme los estudios sin necesidad de tocar nada de lo que percibo en concepto de manutención. Eso solo es para los niños. Nada ni nadie perturbará mi nuevo futuro. A mis hijos les he contado una mentira piadosa. Todavía son pequeños para digerir la verdad. No han hecho preguntas. Algún día me las harán. Cuando les cuente la verdad, no sé si me considerarán una traidora a su padre o pensarán que hice un acto de justicia.

Espero que el dispositivo policial en busca del “imitador del Raval” dé sus frutos y acaben atrapándolo.

Hoy he vuelto al trastero con la intención de deshacerme de las pruebas materiales incriminatorias que me devolvió la policía al concluir el juicio. Las guardé en una bolsa mientras no decidía qué hacer con ellas. Solo con verlas sentía una aprensión incontenible. No quería conservarlas más tiempo como un horrible recuerdo del monstruo con el que había vivido tantos años.

La bolsa ha desaparecido. Alguien ha debido llevársela. Pero ¿quién y por qué? Los niños no han podido ser, no tienen acceso a la llave y no sabían de la existencia de esa bolsa. La puerta del trastero no parece haber sido forzada. Si alguien ha entrado ha sido usando una llave. He buscado la original, de la que salió mi copia, y la he hallado entre las pertenencias que aún conservo de Julio.

Ahora tengo más miedo que cuando vivía con él. Esta tarde iré a la comisaría. Pero antes haré cambiar todas las cerraduras. Iré al mismo cerrajero que la vez anterior. Es discreto y no hace preguntas. Parece un buen hombre.


*Imagen obtenida de internet

lunes, 17 de junio de 2019

Voces ocultas



Ya he perdido la cuenta del tiempo que llevo sin apenas ver la luz del sol. Ya nadie se digna a descorrer las cortinas. Creía que me habituaría al olvido, a la soledad, pero cada vez me siento más triste e inútil.

─Pues yo llevo el mismo tiempo que tú y me siento igual que cuando entré por primera vez en esta casa.
─Perdona, pero quién te ha dado vela en este entierro. ¿Acaso hablaba contigo?
─Uy, perdone, su señoría, pero sepa usted que aquí también estoy yo. Creí que hablabas conmigo.
─Pensaba en voz alta. Eso era lo que hacía.
─Oye, oye, qué es eso de que también estás tú. ¿Y yo qué? ¿Acaso yo no soy nadie?
─Ay, sí, perdona, pero es que ya no me acordaba de ti. Como pasas tan desapercibido y no haces nada, es como si no existieras.
─¿Cómo que no hago nada?
─A ver ¿qué haces exactamente, si se puede saber?
─Que ahora mismo no sea de mucha utilidad, no significa que no sirva para nada. En mis tiempos, prestaba un buen servicio.
─Ya lo dices bien, en tus tiempos.
─Bueno, ya vale, ¿no? ¿A qué estáis jugando?, ¿a ver quién es más importante? ¿No os da vergüenza?
─Yo solo reivindicaba mi utilidad, los servicios prestados durante largo tiempo. He hablado por alusiones. ¿Qué culpa tengo yo de que el amo prescinda de mí? Y también de vosotros, puestos a hablar. A fin de cuentas, tú, que has sido el primero en quejarte, acabas de decir que te sientes inútil.
─De acuerdo, pero una cosa es sentirse inútil y otra menospreciado por el amo, simplemente pretendía expresar mi malestar porque mi vida ha cambiado mucho últimamente y no me siento realizado.
─Ay, qué tiempos aquellos, cuando éramos requeridos constantemente, cuando el amo venía a diario, mientras que ahora apenas le vemos ni se preocupa por nosotros.
─A ver, a ver, aclaremos una cuestión. A quienes venía a ver era a nosotros. Vosotros solo erais un adorno, por decirlo de un modo suave.
─¡Vaya, el que faltaba! Y a ti ¿qué mosca te ha picado? ¿A qué viene eso? Además, ¿quién eres tú para opinar? Estabas mejor calladito.
─Por ser el más viejo, mis compañeros me han pedido que hable en nombre de todos nosotros. Hasta ahora hemos permanecido callados, pero en vista de vuestro evidente menosprecio hacia nosotros, que somos los realmente importantes aquí, no nos ha quedado más remedio que expresar nuestra opinión. Vosotros solo sois un soporte, algo útil pero auxiliar. El amo venía aquí por nosotros. Era a NOSOTROS a quienes quería de verdad.
─Vaya, mira con qué sale este ahora. Tendréis el valor que queráis, pero qué seríais sin nosotros ¿eh?, un montón de antiguallas sin orden ni concierto. Siempre fuimos de gran utilidad para el amo. Muestra de ello es cómo se preocupaban en esta casa por nuestro estado.
─No os equivoquéis. De quienes más se preocupaba el amo era de nosotros. Nos trataba con una delicadeza exquisita. De quien deberíais estar agradecidos es de la señora, que Dios la tenga en su gloria, que fue quien os trajo para que le prestarais un servicio a su marido. En realidad, era ella la que procuraba que estuvierais presentables.
─Cierto, pero ha pasado tanto tiempo desde entonces… Desde que murió la señora, él ya no es el mismo, ya no viene por aquí. Y cuando lo hace, solo permanece unos pocos minutos y no cesa de murmurar. Apenas nos mira, y cuando lo hace, de soslayo, parece como si quisiera fulminarnos con la mirada. ¿No os habéis percatado?
─Ya lo creo que nos hemos percatado. ¿Y a nosotros qué? ¿Acaso no veis en qué estado nos tiene? Estamos prácticamente los unos sobre los otros. Eso antes habría sido impensable. Así que no os quejéis tanto. Si a vosotros os ignora, a nosotros nos maltrata.
─Algo grave le debe ocurrir.
─Echa en falta a la señora, eso es lo que le ocurre.
─Si fuera eso, querría estar en nuestra compañía; le traeríamos gratos recuerdos. Con lo que la quería...
─Yo no estaría tan seguro. ¿Ya no os acordáis de los gritos y las constantes discusiones que tenían últimamente?
─Sí que nos acordamos. Luego venía a refugiarse aquí. Así que no veo por qué ahora no hace lo mismo. Nosotros siempre le distrajimos y le dimos consuelo.
─Sois unos engreídos. ¿Acaso nosotros no?
─Yo sigo pensando que su conducta tiene algo que ver con aquellas discusiones. Quizá lo que le ocurre es que, ahora que la señora ya no está entre nosotros, se arrepiente de aquellas disputas de las que vete tú a saber los motivos.
─Yo me atrevería a decir que era por celos. Y os lo dice alguien que está muy versado en este tema, gracias a Shakespeare.
 ─Pues yo más bien creo que discutían por dinero. No hace mucho oí de boca de ese empleado que siempre está con él, que está arruinado.
─Quizá también sea la edad. ¿Cuántos años debe tener ya?
─Pues no sé, a mí se me da muy mal eso de adivinar la edad. Además, los años pesan más para ellos. Nosotros podríamos vivir siglos y estar prácticamente como el primer día. A vosotros, y perdona que te lo recuerde, el tiempo también os trata muy mal. Si hasta se os tiene que tocar con guantes para que no os deterioréis todavía más.
─Tampoco hay que exagerar. Se nos protege de la contaminación y se nos trata con el mimo que merecemos, dado nuestro valor.
─Sea como sea, en esta casa ya nadie se toma la molestia de preocuparse por ninguno de nosotros.
─Algún día tendremos un disgusto, os lo digo yo.
─¿Qué quieres decir? No me asustes.
─Callad, callad. Oigo pasos.
─Me parece oír su voz.
─Shhh, ¡silencio!

*****

─Álvaro, hágame el favor de llamar a ese chico que vino el mes pasado, el que estaba tan interesado por mis antigüedades. ¿Cómo se llamaba?
─¿Se refiere usted a Gustavo Alonso Almeida, el que al final le compró el jarrón chino y el cuadro de Ramón Casas?
─Ese, ese.
─Bueno, pues eso de “chico” será un decir, porque ya debe rondar los sesenta años, tirando por lo bajo.
─Para mí todavía es un chico, qué caramba. Ay, ustedes los jóvenes creen que todos los hombres maduros somos unos carcamales. Bueno, el caso es que ¿no dijo ese tal Gustavo que, si algún día quería deshacerme de algunos de mis libros, me los compraría a buen precio?
─Sí, recuerdo que eso fue lo que dijo cuando entró en su despacho.
─Pues llámele y que venga a tasar toda mi biblioteca.
─¿Toda su biblioteca? ¿Está usted seguro?
─Totalmente. Ya no hago uso de ella, ni me apetece. Además, la venta me reportará un buen dinero, que buena falta me hace. Así que será mejor que todos estos libros los disfrute alguien que sepa apreciarlos.
─Lo más seguro es que le dé por ellos una miseria en comparación con lo que realmente valen.
─Si me ofrece una miseria, como usted dice, antes de malvenderlos a un particular estoy dispuesto a vendérselos a la Biblioteca Nacional. Esos libros tienen un valor incalculable y seguro que me hacen una oferta razonable.
─Será muy triste ver su despacho con los muebles tan vacíos.
─Creo que también los venderé. El armario empotrado ya no lo uso como archivador desde hace mucho tiempo, la mesa-escritorio todavía la utilizaba para escribir alguna que otra carta, pero ahora ya ni eso, y las estanterías quedarán sin utilidad alguna. A lo mejor ese tal Gustavo pueda estar interesado en comprarme todo el lote, libros y mobiliario. O sepa de alguien.
─No creo que pueda estar interesado por los muebles. Son de muy buena calidad, pero no lo suficientemente antiguos. Y eso de buscar a un posible comprador, hoy en día casi nadie compra muebles de segunda mano.
─Pues tendré que pensar en algo. No quiero conservarlos.
─Pues si quiere deshacerse de ellos, tendrá que llevarlos a un vertedero municipal o a un punto de recogida. Si lo desea, puedo llamar al Ayuntamiento para que los pasen a recoger. Pero alguien deberá desmontarlos primero. No obstante, si me lo permite, ¿qué problema hay en que se queden dónde están? No se ofenda por lo que le voy a decir, pero algún día, que espero tarde mucho en llegar, cuando usted falte, esta casa se pondrá a la venta. ¿No es así? Pues entonces ya se encargará el nuevo propietario de hacer lo que quiera con ellos. ¿No le parece?
─No sé, no sé. Fue mi difunta mujer quien me los regaló por nuestro primer aniversario de bodas. Ya entonces no sabía dónde poner tanto libro. Una vez me haya deshecho de los libros, no tiene ningún sentido conservar el mobiliario. Además, solo será un mal recuerdo. Solo con verlo pensaré en ella y en lo que, después de tantos años de vida en común, me hizo sufrir esa ingrata, esa pécora, esa… 
─Pero ¿qué culpa tienen unos muebles de que su esposa le fuera infiel? Y disculpe mi atrevimiento.
─Mire, Álvaro, yo sé lo que me digo. A usted le parecerá una majadería, pero para mí no lo es. ¿Acaso no le molestaría ver constantemente un objeto en su casa que le recordara a una persona a la que acabó odiando? ¿No se deshace uno del anillo de matrimonio después del divorcio? Y, si tanta pena le dan, quédeselos usted, caramba.
─¿Yo? No, No. No sabría dónde ponerlos. Pero, ahora que lo pienso. ¿Por qué no contacta con quien los fabricó? ¿No me dijo usted en una ocasión que era un famoso ebanista amigo de la familia? A lo mejor se los recompra.
─¡A ese desgraciado ni mentarlo, Álvaro! ¡Haga el favor! A ese malnacido hace ya mucho tiempo que no le dirijo la palabra. No quiero saber nada de él. Nunca le perdonaré lo que me hizo.
─Pero qué le...
─¡Ni una palabra más!
─De acuerdo, de acuerdo, no se altere. Entonces, ¿qué hacemos con los muebles?
─¿Sabe que le digo?
─¿Qué?
─Dentro de unos días será la verbena de San Juan.
─Pues sí. No querrá decir que…
─Pues sí quiero decir. ¡A la hoguera con todos ellos!


*****

─¡¡¡Nooooo!!!
─Os lo dije, os lo dije.
─Nunca habría maginado que ese viejo chocho hiciera esto con nosotros. ¡Desagradecido!
─¡Asesino!
─Ojalá se muera antes de que lleve a cabo esta terrible fechoría.
─¿Veis ahora como nosotros somos más importantes? Por lo menos iremos a parar a otras manos, que volverán a cuidarnos, incluso a tratarnos mejor. Pero vosotros acabaréis pasto de las llamas ─Miles de risas resonaron por toda la estancia.
─¡Malnacidos! He estado soportando vuestro peso durante tantos años y ahora me lo pagáis así.
─A mí, siendo un simple armario archivador empotrado, quizá me perdone la vida.
─Y yo puedo seguir siendo una mesa de utilidad en cualquier parte de la casa.
─Ni lo soñéis. No tendrá compasión con ninguno de vosotros. ¿No veis que se ha trastornado? Si es capaz de desprenderse de nosotros, sus preciados libros, ¿qué no hará con unos simples muebles?


*****

─Álvaro, ¿no ha oído usted unos susurros detrás de la puerta de mi despacho?
─No señor, no he oído nada.
─¡Qué raro!, me había parecido… Pero vaya, vaya a llamar a ese chico. Y vaya pensando en quién podría desguazar esos viejos muebles.
─Como usted mande.


*****

─El viejo eres tú, carcamal de mierda. ¡Así ardas en el infierno! ─gritaron unas voces ocultas detrás de la puerta.



viernes, 7 de junio de 2019

El fantasma de Don Filiberto



Si en vida, Don Filiberto fue un hombre avaro, egoísta y gruñón, una vez abandonado este mundo cruel, se convirtió en un fantasma de lo más insoportable. Si cuando estaba entre los vivos, tenía muy pocos amigos, ahora se encontraba más sólo que la una, pues nadie le tragaba.

No soportaba el sonido de los relojes al dar las horas; decía que esas sonoras campanadas le alteraban los nervios y no le dejaban pegar ojo, ni el de las cadenas que sus congéneres se empeñaban en arrastrar para mayor pavor de los visitantes del lugar, por no mencionar el graznido de los cuervos y menos aún el griterío de los murciélagos cuando, a medianoche, salían de lo alto de la torre para ir de cacería insectívora.

Cuando sus compañeros le reprochaban su conducta insociable y nada propia de un fantasma que se precie, se pasaba todo el día enfurruñado, profiriendo una sarta de imprecaciones contra todo aquel con el que se cruzaba.

Hasta que un día, sus hastiados colegas decidieron, en asamblea, expulsarlo del castillo. Maldito el día en que la Secretaría de Recursos Inhumanos decidió destinarlo allí. Y desde entonces vagó, como alma en pena, alejado de la que debía haber sido su morada eterna.

Solo y abatido, el fantasma de Don Filiberto se sumió en un estado depresivo del que no creía poder salir, hasta que vino a hacerle compañía el fantasma de Don Olegario.

Don Olegario también tenía muy mal carácter, motivo por el cual había sido igualmente desterrado de la mansión donde su espíritu había habitado durante más de un siglo. Así pues, también había estado largo tiempo vagando en busca de un refugio.

Reunidos de este modo en el más ingrato ostracismo, los dos entablaron una buena amistad, la primera y única desde que abandonaran sus cuerpos materiales. Y juntos trataron de elaborar un plan de supervivencia.

Pero pasaba el tiempo y cada vez se sentían más desamparados. La paz de los bosques que frecuentaban ya no les atraía y, poco a poco, sintieron añoranza de la compañía de sus semejantes y del calor del hogar, aunque fuera un frío hogar de difuntos.

Por ello, acabaron tomando una decisión, dura pero práctica: debían reciclarse, asumir las reglas de los fantasmas normales y, como tales, adoptar sus hábitos y su mentalidad. Debían volver con los suyos, hacer un acto de contrición, pedir perdón humildemente por su mal comportamiento y solicitar su reingreso en la hermandad de buenos espíritus. Mejor eso que vagar eternamente sin rumbo y exponerse a ser abducidos por la oposición, que cada vez era más maligna y poderosa.

Tras pensarlo detenidamente, decidieron ir a la que había sido la morada de Don Filiberto, mucho más confortable que la de Don Olegario. Si tenían que pasar allí la eternidad, mejor pasarla con todas las comodidades. Además, juntos aunarían esfuerzos para convencer a la comunidad de ser aceptados en su seno. Si les veían realmente arrepentidos, ya moverían los hilos para que la Secretaría de Recursos Inhumanos retirara las acusaciones de mala conducta de sus expedientes.

Pero, cuando ya estaban cerca de su destino, oyeron unos alaridos de ultratumba. Cautos, se ocultaron bajo la hojarasca para no ser vistos, hasta que atisbaron una pléyade de fantasmas que se les acercaba y que, despavoridos, huían de algo. Fue entonces cuando Don Filiberto distinguió entre esa turba descontrolada a sus antiguos compañeros.

Sin pensárselo dos veces, Don Filiberto se enfrentó a aquella caterva de espíritus enloquecidos para darles el alto y requerirles el motivo de tanto barullo, pero, impotente, vio cómo pasaban de largo sin prestarle la mínima atención. Sólo el último del grupo, ese niño fantasma que tanto le había dado la lata en el castillo, pareció reconocerle y se giró en el último instante para decirle, a voz en cuello, que el castillo había sido invadido por un espíritu extremadamente violento que andaba buscando a otro a quien quería ajustarle las cuentas. Tal era su agresividad y poder maléfico, que les había amenazado con arrojarlos al averno si no le indicaban el paradero del objeto de su ira, pues llevaba largo tiempo buscándole y se le había agotado la paciencia.

El fantasma de Don Filiberto, viendo así truncadas sus esperanzas y temiendo lo peor, le requirió a gritos si sabía el nombre de ese espíritu y si, por casualidad, sabía a quién buscaba exactamente.

El pequeño fantasma, exhausto y atemorizado, volando agarrado a una pierna de su predecesor, le dijo que lo único que sabía era que se trataba de una fantasma que se hacía llamar Doña Gertrudis pero que no sabía el nombre del desafortunado de quien quería vengarse.

Don Filiberto, más blanco que la sábana que solían usar para espantar a los visitantes del castillo, se detuvo en seco y agarrando el brazo incorpóreo de Don Olegario le dijo, terriblemente espantado: vayámonos raudos de aquí, pues ha sucedido lo que llevo mucho tiempo temiendo. Y ante la expresión de incredulidad de aquel, añadió: al parecer mi esposa ha fallecido y anda buscándome para ajustar cuentas.

Y desde entonces, una cada vez mayor cantidad de fantasmas andan vagando sin rumbo, buscando refugio y la paz eterna hasta que ese espíritu colérico no haya logrado llevar a cabo lo que considera un acto de justicia: que su difunto esposo pague por no haberle dejado, al fallecer, nada en herencia.


martes, 28 de mayo de 2019

EVA0319



Alfonso era un NI-NI, ya no estudiaba ni tenía trabajo. Y estaba solo. Los días le pesaban como una losa. El tiempo transcurría para él sin aliciente alguno. Se sentía cada vez más desgraciado.

Sus únicas compañías eran su perro y su ordenador personal, y aunque los dos ya estaban muy viejos, seguían siendo sus mejores compañeros. Bueno, y recientemente Eva, su amiga del chat.

Todos los días, tras sacar a pasear a Rocco, a eso de las ocho de la mañana, Alfonso se sentaba frente a su portátil y se conectaba a ese chat que tanto tiempo le ocupaba. Sólo desconectaba para dedicarle a su mascota los cuidados más imprescindibles: la comida y los paseos de la mañana, del mediodía y de última hora de la tarde. Poco más le preocupaba, ni siquiera su aseo personal. Pero su rutina y su vida habían cambiado desde que apareció Eva para llenar el vacío que su amarga soledad le producía.

Eva apareció un buen día de la nada, como una aparición, como caída del cielo, y desde entonces se había convertido en su gran apoyo, su ángel protector.

Cada día, sin excepción, esperaba que, de un momento a otro, su amiga apareciera en pantalla en forma de un círculo verde junto a su alias, EVA0319, y un texto que no tardaba en aparecer y que, en pocos minutos, llenaba la pantalla y su miserable vida de alegría.

Eran almas gemelas, de eso no había duda. Durante el mes escaso que llevaban chateando, ya habían establecido un sólido y hermoso vínculo. No sabía cómo era físicamente pero no hacía falta pues a él sólo le interesaba la belleza interior. Si ella no le había pedido una fotografía suya, él no iba a ser menos. No quería que pensara que era un hipócrita después de todo lo dicho sobre la nimiedad que eran para él el físico y la edad. Con lo que trascendía de las palabras que aparecían en la pantalla a raudales ya tenía más que suficiente para saber cómo era ella, no necesitaba más. Coincidían en todo, al menos en todo lo realmente importante. No había tema tabú, todo era tratable y discutible: la vida, la muerte, la religión, el sexo, la política, a todo le habían sacado punta y para todo Eva tenía respuesta. Hasta en el cine y la música tenían los mismos gustos. Esperaba que algún día ella le propusiera una cita. Él era demasiado tímido e inseguro para tomar la iniciativa. Pero si esa relación seguía adelante, algún día llegarían a conocerse personalmente.

Hablar o, mejor dicho, chatear con Eva era un placer, siempre tan inteligente, tan sensata, tan comprensiva, tan… de todo como era. El tiempo le pasaba a Alfonso volando, sin saber siquiera qué hora era, si no fuera por el pobre Rocco que le recordaba, puntualmente, las necesidades básicas, tanto las humanas como las caninas. En realidad, no podía afirmarse quién cuidaba a quién.

Alfonso vivía en una nube de algodón, flotaba, nunca hasta entonces había sido tan feliz. Lo tenía todo, excepto dinero. El maldito dinero. Si seguía así, le cortarían el suministro de agua, luz, gas y teléfono y, lo peor de todo, lo acabarían echando a la calle pues ya debía unos meses de alquiler. Acabaría viviendo en la indigencia. Sólo Rocco seguiría a su lado. Y entonces, adiós Eva pues de nada le serviría el viejo ordenador, si es que se salvaba del embargo. Pero eso no lo iba a permitir. Estaba dispuesto a prescindir de todo menos de ella. Sin ella no podría vivir. Lo era todo para él.

Si quería tener con ella una relación estable, tenía que serle totalmente sincero. Se lo confesaría todo, le diría la verdad: que estaba arruinado, que era un paria, un desgraciado, un solitario. Hasta entonces no le había mentido, pero sí ocultado la verdad, que era una forma igualmente reprobable de mentir. Ella le perdonaría y le comprendería. A fin de cuentas, lo había hecho por amor, por temor a decepcionarla y a perderla. Era un perdedor y sólo la tenía a ella. Ella le aconsejaría, le ayudaría. Ella siempre tenía respuesta para todo.

Pero desde que se lo contó, no había obtenido reacción alguna. La conexión parecía haberse evaporado como por arte de magia y, por mucho que insistía, no recibía ninguna señal de su presencia.

Pasaban los días y el círculo verde seguía sin activarse, se mantenía constantemente en rojo. No había nadie al otro lado. Estaba solo, nuevamente solo. ¿Qué había ocurrido? Eva no era así, no podía ser que le hubiera dado la espalda por haberle contado la verdad, ahora que tanto la necesitaba. ¿Y la comprensión? ¿Y los sentimientos? ¿Qué había sido de ellos?

Pero lo que Alfonso no sabía era que las máquinas no tienen empatía, no saben lo que son los sentimientos. Porque EVA0319 no había sido programada para reaccionar ante esos temas tan complejos, propios de los seres humanos: el amor, la tristeza y la soledad.

Al otro lado de la red, EVA0319, seguía trabajando para otros amigos menos conflictivos; así era tal como había sido diseñada, la primera unidad de la serie nacida en marzo de 2019 y desarrollada por la Engineering Vermont Association (EVA) de Nueva Inglaterra.


martes, 21 de mayo de 2019

La esquela



Quizá fuera cosa de la edad, pero, de pronto, me convertí en un tipo raro, y las rarezas a veces traen malas consecuencias. Y el caso que os voy a referir así lo corrobora.

Mi rareza, si puede llamarse así, consistía en leer todos los días la sección de necrológicas de varios periódicos. Debo decir que esa costumbre ya la tenía mi padre, que buscaba algún conocido entre los finados de cierta categoría, pues es obvio que no todo hijo de vecino hace público en un medio de comunicación el fallecimiento de un familiar de primer grado.

¡Caramba, si se ha muerto fulano!, exclamaba mi padre muy de vez en cuando, por fortuna, pues la marcha de alguien a quien había conocido, sobre todo si era de su misma quinta, le trastornaba profundamente. Solo se reponía de ese mal trago con otro trago, el de una generosa copa de coñac que, de paso, le protegía de los efectos de un mal resfriado, argumentaba.

Cuando ello acontecía, no perdía la ocasión para ir a dar su más sentido pésame a la viuda. Una vez me vi obligado a ir con él, pues quien había pasado a mejor vida era nuestro médico de familia de la época de mi infancia, cuando las visitas las efectuaba el facultativo en su domicilio. De aquello hacía más de veinte años y lo único que recordaba del doctor Baldrich, que así se llamaba, era su aspecto tétrico ─me recordaba a Boris Karloff─, su despacho, igualmente lúgubre, con grandes ventanales que daban a la Gran Vía barcelonesa, y la escalera del inmueble, de estilo modernista, que olía a rancio.

Han pasado ahora más de treinta años desde aquel acontecimiento y todavía recuerdo lo desagradable que me resultó tener que desfilar a lo largo de una cola interminable de parientes para darles el consabido pésame con un contundente apretón de manos. Hasta llegar a la viuda, de luto riguroso y con una mantilla que le cubría la cara, que me tendió una mano tan fláccida que parecía que era ella la finada.

Fue el día de mi sexagésimo cumpleaños cuando empezó mi hábito, hace ya cinco años. Todavía no sé por qué me detuve en esa página llena de esquelas y me puse a leerlas todas, emulando así a mi progenitor. Ya tienes una edad, me dije, en la que podrías un día hallar entre todos esos nombres uno conocido: un profesor, un jefe, un colega, un amigo al que perdiste de vista y que, a su vez, ha perdido la vida. Menuda forma de dar con él, pensé. Y, casualidades de la vida, o de la muerte, así fue. Un conocido presidió, un día, esa funesta sección, pues su esquela destacaba de forma ostensible sobre las demás. Se trataba del doctor Cayetano Sigüenza, de noventa y un años de edad, catedrático emérito de Zoología de la UB, a quien tuve que soportar en segundo de Biológicas. Un carca de armas tomar, con todos mis respetos. Tras mi sorpresa inicial, no pude reprimir las ganas de asistir al acto fúnebre. Una curiosidad morbosa ─lo reconozco─ me llevó hasta el tanatorio. Quería ver si era capaz de recordarlo, aunque presentía que, con el tiempo transcurrido, eso sería tarea imposible. Cerraba los ojos y le veía en el entarimado, frente a la pizarra, que siempre hallábamos repleta de hermosos dibujos coloreados de cualquier especie animal de dimensiones adecuadas al tamaño del encerado, como él lo llamaba: un celentéreo, un gusano, un artrópodo o lo que se terciara; unos bocetos pictóricos dificilísimos de trasladar con un mínimo de acierto a nuestros apuntes. Era un gran dibujante, pero un pésimo enseñante.

“Siempre se van los mejores”, oí cómo decía un anciano que se acercó al ataúd abierto en el que reposaba el cuerpo sin vida del doctor Sigüenza, moviendo la cabeza en señal de incomprensión, de impotencia, o de Parkinson.

Por mucho que me esforcé y tal como suponía, no pude reconocer al difunto. La imagen que me ofrecía ese cuerpo inerte nada tenía que ver con la de aquel hombre rechoncho y con cara de malas pulgas que tres días a la semana empezaba la clase pasando lista, como en el colegio, y para quien una huelga era un acto intolerable, execrable, que representaba la pérdida de los valores fundamentales y el hundimiento del sistema.

“No somos nadie” ─me oí decir antes de dar media vuelta y disponerme a regresar a casa─. “Y que usted lo diga” ─añadió el mismo anciano, balanceando nuevamente la cabeza en señal de asentimiento. ¿O sería a causa del Parkinson? De ser esto último, al pobre le quedaba poco tiempo para seguirle los pasos a su supuesto amigo. Me despedí de él con una leve sonrisa, no sin antes escrutarle de arriba abajo por si daba la casualidad de que, detrás de su aspecto simiesco, descubría a algún otro profesor de la facultad. Todo inútil. El tiempo todo lo deteriora, no solo el físico sino también la memoria.

Desde entonces me reafirmé en esa costumbre que me ha acompañado estos últimos años. He visto esquelas de políticos y servidores públicos, médicos, economistas, abogados, notarios, registradores de la propiedad y un sinfín de personalidades y personajes de cierto renombre. Debo decir, sin embargo, que pocas sorpresas me he llevado tras la lectura de las más de cincuenta esquelas que me he leído a diario. Incluyendo esa primera experiencia que acabo de mencionar, solo han sido tres las visitas a un tanatorio por conocer, directa o indirectamente, al finado. Solo en tres ocasiones, pues, tuve que decir “la acompaño en el sentimiento” antes de marcharme sin darle opción a la viuda a preguntarme quién era yo.


A mi mujer todo esto le daba mucho reparo. Decía que esa “distracción” podía traer malas consecuencias, que no era sano, ni para el cuerpo ni para la mente. Y ahora quizá deba darle la razón.

Si al principio decía que las rarezas ─ahora las calificaría mejor como malas costumbres─ pueden acaban mal es por lo que me ocurrió hace tan solo un par de meses. Era lunes y me había quedado en casa por culpa de un fuerte resfriado que había contraído durante el fin de semana. Llevaba todo el día guardando cama. Sería alrededor de las cinco de la tarde cuando me levanté. Me sentía mucho mejor pero todavía me dolía la cabeza. Me tomé otro paracetamol acompañado de un café bien cargado y me puse a leer los periódicos que encontré sobre la mesa de centro del salón. Cuando llegué a la sección de las necrológicas, en la primera página y en lugar bien visible apareció ante mis ojos el siguiente nombre:

JUAN PABLO OLIVARES MONTERO

No podía creerlo, todo me empezó a dar vueltas y se me nubló la vista. No podía ser. Tuve que hacer un esfuerzo para serenarme y seguir leyendo. Pero lo que leí a continuación me acabó de convencer de que no andaba errado:

Catedrático de Microbiología de la Universidad de Barcelona
Ha fallecido cristianamente, el 4 de marzo de 2019, a la edad de 65 años
Su viuda, Amalia Ruiz, sus hijos Antonio, Juan y Eulalia, sus nietos…

Ya no pude seguir leyendo. Cerré los ojos. Al cabo de unos instantes volví a abrirlos con la esperanza de que todo había sido fruto de mi imaginación. Pero no lo era. ¡Ese era yo! Pero ¿qué significaba esa locura? Hice lo que supongo que hace quien le ha tocado el premio gordo, que mira y remira el boleto para asegurarse de que no hay ningún error, que el número premiado es el correcto, que la fecha es la correcta, que el billete está entero, cualquier cosa que le demuestre que es real y que él es el agraciado sin lugar a dudas.

Tenía que tratarse de un error. Pero toda la información coincidía: nombre, edad, cargo, familia. ¿Una broma pesada, quizá? Me levanté de un salto e instintivamente llamé a mi mujer. Pero no hubo respuesta. Solía regresar a eso de las cinco y media. Miré el reloj. Eran las seis menos cuarto.

El periódico había quedado abierto sobre mi butaca. Volví a leer la esquela. El cuerpo de ese Juan Pablo Olivares estaría expuesto en el Tanatorio Sancho de Ávila desde las dieciséis horas de esa misma tarde hasta las once horas del día siguiente, cuando tendría lugar la ceremonia religiosa y el subsiguiente sepelio. Pero entonces me percaté de algo todavía más escalofriante y que me había pasado por alto: la fecha del fallecimiento que se indicaba en la esquela era el 4 de marzo. ¡Pero si estábamos a lunes, 4 de marzo! ¿Cómo podía haberse producido ese fallecimiento el mismo día en que se hacía público? Miré entonces la fecha del periódico por si se trataba de un error tipográfico, pero la que aparecía en la primera plana era la de 5 de marzo de 2019. ¿Qué significaba toda esa locura? ¡No podía haberme pasado un día entero en la cama sin enterarme!

Llamé a mi mujer al móvil, pero estaba apagado o fuera de cobertura. Llamé a mis hijos, pero ninguno contestaba. Saltaba el maldito contestador. Finalmente llamé al lugar de trabajo de mi mujer, por si se había retrasado más de lo normal, pero al preguntar por Amalia Ruiz, una voz grave, titubeante, me contestó: “Lo siento, pero la señora Ruiz no está, su marido ha fallecido y no vendrá en un par de días. ¿Quiere que le deje un recado?”

Seguía sin poder creerlo. Si quería comprender lo que estaba sucediendo, si quería aclarar el entuerto, acabar con esa broma de mal gusto, no me quedaba otra alternativa que ir al tanatorio, descubrir quién estaba detrás de toda aquella farsa o pedir explicaciones a quien fuera que hubiera metido la pata.

Y me presenté en el tanatorio. Eran las siete de la tarde.

Una vez en el vestíbulo, me dirigí al tablón donde se indican las salas de velatorio. En el décimo lugar figuraba mi nombre. Cuando llegué a la zona indicada, casi no podía dar un paso. Entonces me vino a la memoria lo que en una ocasión oí decir a alguien en broma: que le gustaría estar presente en su funeral para ver cuánta gente asistía. Si todos aquellos habían venido por mí, era más de lo que podía esperar.

Aparté de inmediato ese ridículo pensamiento mientras me abría paso hasta la sala donde se suponía que yacía mi cuerpo, con la convicción de encontrarme con caras desconocidas y un perfecto extraño yaciendo en el ataúd.

Contrariamente a lo que creía, allí estaba toda mi familia. Mi mujer, mis dos hijos, mi hija, nueras y yerno, nietos, cuñados y demás parentela llenaban el reducido y claustrofóbico espacio. Estaban todos tan afligidos que casi me entraron ganas de llorar. No podía emitir sonido alguno, por mucho que me esforzaba en decirles ¿Qué os ocurre? ¿Acaso no veis que estoy aquí? Todo es un error. Estoy vivo. Miradme. Pero nadie se percataba de mi presencia. Cuando mi mujer se levantó para situarse junto al féretro, me acerqué sigilosamente para no sobresaltarla, pues si creía realmente que estaba muerto, menudo susto se iba a llevar al verme. Le puse una mano en su hombro izquierdo y no se inmutó. Entonces dirigí la mirada hacia donde ella había fijado la suya y, horrorizado, comprobé que el cuerpo que reposaba allí dentro era el mío.

De repente sentí náuseas, la impresión me provocó un estado de irrealidad, me sentía flotar, fuera de lugar. Salí a que me diera el aire, pues el que respiraba allí estaba viciado. La mezcla entre el olor a flores y a humanidad me mareaba.

Una vez fuera, en la zona donde departían relajadamente los que habían hecho acto de presencia para presentar sus respetos a la familia del finado, o sea un servidor, alcancé a oír lo que decía uno de los allí presentes, a quien no reconocí: “tengo entendido que le dio un infarto. Su mujer lo encontró con el periódico en su regazo, abierto por la sección de necrológicas. Quizá sufrió una gran impresión al ver la esquela de un amigo muy querido. Pero vete tú a saber.”    

Viendo que nadie reparaba en mí, me acerqué, movido por la curiosidad, a otro corrillo, pues me pareció que me mentaban.

─Sé que no está bien hablar mal de los muertos, pero vaya pájaro de cuidado era Juan Pablo.
─Ya lo creo, un hipócrita y un prepotente. Siempre quería tener la razón, nunca podías llevarle la contraria. Si lo hacías, ya entrabas en su lista negra y te hacía la vida imposible. Y siempre con esa sonrisa irónica en los labios.
─Un cabronazo. Eso es lo que era. Después de esto, creeré en el karma. Se lo tenía merecido.
─Dicen que en todo hay que buscar el lado positivo, ¿no? Pues en este caso, ha dejado la plaza libre en la cátedra, ja, ja, ja.
─Shhh, calla, hombre, que te pueden oír.

Dejé allí a esos cuatro malnacidos echando pestes sobre mi persona. Pero ¡¿quién coño se creían que eran esos imbéciles?! A esos sí que los reconocí. Siempre holgazaneando, pasando más horas en el bar de la Facultad que en el laboratorio. ¿Hipócrita yo? ¡Hipócritas ellos! Siempre haciéndome la pelota, dándome la razón en todo, jamás cuestionando nada. Esos, de científicos no tenían nada. ¿Acaso creían que iban a ocupar mi plaza? Cualquier aspirante, por escasos méritos que tuviera, ganaría la oposición antes que uno de esos inútiles. Todavía no entiendo cómo accedí a que formaran parte de mi equipo investigador. Y así me lo pagan.

Salí del tanatorio como alma que lleva el diablo. Deseaba despertar de esa pesadilla, pero no lo conseguía. Tropezaba con la gente que acudía a dar el pésame a algún familiar o conocido, pero nadie se percataba de nuestro tropiezo. Me senté en el primer banco que hallé en mi huida y traté de serenarme. Tenía que hallar una explicación plausible a todo lo que me estaba ocurriendo.

Pensé que quizá tuvieran razón quienes afirmaban que hay difuntos que deambulan como almas en pena hasta que no han tomado conciencia de que están muertos. Quizá yo era uno de ellos. De haber visto esa luz blanca al final del túnel que todos se empeñan en afirmar que perciben los que acaban de traspasar, habría comprendido cuál era mi verdadera situación. Pero no vi absolutamente nada. De ahí mi confusión. Supuse pues, que, si aceptaba mi nuevo estado, por duro que resultara, abandonaría definitivamente este mundo y emprendería un viaje al más allá. Me consolé pensando que, más tarde que temprano ─pues mi mujer es bastante más joven que yo─, vendría mi querida Amalia a reunirse conmigo. Entretanto ello no sucedía, quizá algún amigo viniera a hacerme compañía, aunque esperaba que no fuera ninguno de aquellos cuatro mentecatos deslenguados. ¡Idos a la mierda!, grité, sabiendo que nadie me oiría.

Pero me equivoqué, pues una voz y unas palmaditas en la cara, propinadas por una mano invisible, me devolvieron parcialmente la lucidez.

─Papá, papá, ¿qué murmuras?, ¿que nos quieres decir?, ¡abre los ojos, por favor! Mamá, mamá, corre, ven, que papá está volviendo en sí. ¡Que alguien llame al médico! ─Era la voz de mi hija Eulalia. Pero ¿qué hacía Eulalia allí?

Esa misma fue la pregunta que hice al abrir los ojos y ver a parte de mi familia junto a la cama en la que yacía.

─¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ─logré balbucir.

Estaba en la UCI. Según me contaron, había tenido un ictus, del que, por fortuna, me estoy recuperado bastante bien. No morí, aunque poco me faltó. Cojeo un poco y siento un hormigueo en la mejilla y mano derecha, pero puedo comer sin ayuda y valerme por mí mismo.

Nunca he sido supersticioso, pero ahora me salto las páginas de las necrológicas. Por si acaso. Mi mujer cree que esa maldita costumbre casi me lleva al otro barrio. En la página del periódico que hallaron en mis manos, había una esquela a gran tamaño de un tal Juan Pablo Olivares Montoya. Montoya, no Montero. Según ella, esa absurda manía y mi cerebro me jugaron una mala pasada. De todos modos, estoy convencido de que, mientras estuve inconsciente, tuve una experiencia paranormal. Creo recordar que un día trataron de eso en Cuarto Milenio. Pero lo que ahora más me preocupa es que si fue así y durante mi estado comatoso tuve una visión, quizá ello signifique que acabaré en verdad muriendo de un infarto de miocardio.

Ahora me tomo la vida con mucha más tranquilidad, hasta el punto de que incluso evito ver los partidos de fútbol que puedan alterarme. He vuelto al trabajo después de dos meses de baja laboral, pero regreso a casa muy temprano. Tengo que morderme la lengua cada vez que me cruzo con esos imbéciles que me sacan de quicio. Quiero pensar que todo aquello fue fruto de mi imaginación o de una alucinación. Pero es que con solo pensar que pueda ser cierto, que tengan tan mal concepto de mí y puedan ir diciendo todas aquellas barbaridades a mis espaldas, me pongo de una mala leche que, que, que… ¡Ay!, ¡qué dolor! ¡Qué punzada tan fuerte en el pecho! Y me irradia hacia el hombro y brazo izquierdo. ¡Son los síntomas de un infarto! ¡No quiero morir! Todavía no. ¡Ayuda! ¡Amalia, Amalia!

─Juan Pablo, cariño, ¿qué ocurre? ¿Por qué gritabas de ese modo? ¿Otra pesadilla? Anda, levántate. Hace un domingo precioso y te he preparado una taza de chocolate como a ti te gusta y acabo de ir a por unos churritos recién hechos. Y de paso te he comprado tus periódicos. No te quejarás. Mira si te cuido. Y eso que no te lo mereces, que eres un cascarrabias de tomo y lomo. Venga, ven a desayunar, que el chocolate se enfriará.

Tengo una mujer que vale un potosí. Está en todo. Me mima como a un niño. ¿Qué haría sin ella? Huele a chocolate. ¡Qué rico! Pero solo tomaré media taza y un par de churros, que tanto azúcar no es bueno.

Me levanto y, tras asearme un poco, salgo al comedor, y ahí está todo preparado. La taza de chocolate todavía está humeando y los churros dicen cómeme. Me siento a la mesa y, mientras degusto esas dulces exquisiteces, ojeo el primer periódico del montón. Cuando llego a las necrológicas, no sé qué hacer. Levanto la mirada y veo cómo mi mujer me observa con cara de reprobación. Dudo, pero finalmente opto por saltarme toda la sección y pasar a la de deportes. Hoy el Barça juega el partido de vuelta contra el Liverpool. Puedo estar tranquilo. Seguro que nos clasificamos para la final de la Champions.