lunes, 2 de diciembre de 2019

Los golpes de la verdad



No podía afirmar quién tenía razón. Padre estaba muy alterado. Hacía dos semanas que madre nos haba dejado. Yo tenía entonces ocho años. Lo recuerdo porque se fue el día de mi cumpleaños. Hay cosas que nunca se olvidan. Ana, mi hermana, que solo contaba con cinco, ya casi no la recuerda.
Vivíamos en el pueblo, al que nunca he querido volver. De aquello ya hace más de treinta años y si lo recuerdo es porque he encontrado la carta o, mejor dicho, lo que queda de ella, que me llevé, chamuscada, sin que padre se percatara.
Recuerdo los golpes en la puerta. Era una pareja de la Guardia Civil, acompañados por el tío Tomás, el hermano mayor de mi madre. Padre nos mandó salir a la calle, pero la pared, por muy gruesa que fuera, quiso hacerme partícipe de lo que allí dentro sucedía. Ana todavía era muy pequeña para entenderlo.
La atronadora voz de mi tío daba miedo. Siempre lo había querido, pero lo que decía de mi padre no era posible. Padre quería a mi madre con locura. Si ella se fue, no era culpa suya. No tenía nada que ver con ello.
Nunca supimos qué fue de ella. Debió marcharse muy lejos y no quiso decírselo a nadie. A pesar de que no entendí los motivos, quise creerlo así en aquel momento. Padre no podía mentir. Hasta que encontré los restos de la carta en el hogar.
Nunca se aclaró la verdad y me siento culpable de ello. De haberse sabido, ¿qué habría sido de nosotros?  Nunca abrí boca. No tuve el valor suficiente.
Padre hace años que murió. Ya lo puedo juzgar abiertamente. Aunque era un buen padre, tenía un temperamento muy fuerte, era posesivo y rencoroso, ahora me doy cuenta. Siempre tuve mis dudas de lo que realmente ocurrió y que nunca he querido compartir con mi hermana. Me tomaría por loco. Pero ahora, cuando vuelvo a leer aquellas líneas que salvé de la quema, lo veo claro y siento una angustia y una rabia indescifrables. Pocas palabras, pero suficientemente duras como para desatar una tormenta: «Ya no te amo.»



jueves, 21 de noviembre de 2019

Ella y yo



—¿Me oyes? Si me oyes, haz el favor de manifestarte.
—(¿?)
—Te digo que te manifiestes.
—Te… ¿te refieres a mí?
—¡Por fin! Ya era hora de que aparecieras. Me temía lo peor.
—Pe… pero es que no me lo puedo creer. ¡No es posible!
—De hecho, yo también tenía mis dudas.
—Es muy extraño. Me dijeron que nunca podría comunicarme directamente contigo, que mi labor era la de hacerme notar lo justo y necesario…
—¿Cómo que lo justo y necesario? ¡Ahora veo que has sido la culpable de todas mis desgracias!
—No exageres. Yo solo he hecho mi parte, con mayor o menor fortuna, pero el responsable final de todas las decisiones has sido tú. Así que no me líes.
—Bueno, vale. Yo habré tenido parte de culpa en todo lo que he hecho y me ha pasado, pero tú también has jugado un papel muy importante, lo cual, en cierto modo, me alivia.
—Pero ¿exactamente para qué me has llamado? ¿Para darme la culpa de todos tus fracasos? Si de eso se trata, doy media vuelta y me voy por donde he venido.
—Te he llamado para salir de una duda, digamos que existencial.
—¿Cuál?
—Quería saber si realmente estabas ahí.
—Y ¿por qué dudabas?
—Porque últimamente son muchas las veces que me han dicho que no existías.
—¿Y quién te ha dicho esa majadería?
—Sin ir más lejos, Olga, esta mañana, cuando le he dicho que no quería volver a verla. «No tienes conciencia», me ha replicado.
—¿Esta mañana?
—Sí, al poco de levantarme me ha llamado por teléfono.
—Ah, es que esta mañana me he despertado más tarde de lo habitual. Ya sabes, tus resacas me dejan fuera de juego. ¿Y qué le has contestado?
—Nada. He colgado. Me he sentido aliviado. Y entonces he sonreído.

300 palabras




martes, 12 de noviembre de 2019

El indiano



Me llamo Felip Pujol y nací en Barcelona un 12 de octubre de 1950, el llamado día de la Hispanidad. En casa siempre lo celebrábamos porque, me decían, mi bisabuelo, Ramón Pujol, había hecho las américas. Le llamaban “el indiano”, como a todos los que volvían a su tierra después de haber amasado una fortuna en las colonias españolas. De él heredamos esta mansión, que mi abuelo primero y mi padre después conservaron como el primer día. Yo la heredé al fallecer mi progenitor, hace ya siete años. Sin embargo, no he podido disfrutarla, como propietario, hasta que no me he jubilado. No podía dejar mis negocios en manos de mis dos hijas hasta que no hubieran demostrado verdaderas dotes de liderazgo, cosa que no se aprende de un día para otro.
Elisa, mi mujer, falleció poco después que mi padre, por lo que el trabajo ha sido hasta hace poco mi única ocupación y consuelo. Ahora, ya liberado de penas y obligaciones, puedo dedicar mi tiempo libre a hacer lo que me plazca, y lo primero que me vino a la mente fue hurgar en el árbol genealógico familiar.
La historia de mis padres y abuelos era bien sabida y datos no me faltaron para reconstruirla en poco tiempo, no así la rama anterior a la de mi abuelo paterno. De la vida de mi bisabuelo, su padre, no había constancia más que lo que todos sabíamos. Hombre emprendedor, viajero, aventurero y mujeriego ─se decía que había tenido algún hijo bastardo fruto de un amor prohibido con una negra en Cuba. Eso ya lo indagaría más tarde—, pero solo me interesaba conocer la vida como comerciante en aquella isla caribeña y cómo amasó su fortuna. ¿Una plantación, quizá? ¿Cacao, azúcar de caña, café, tabaco? ¿Con qué comerciaba Ramón Pujol que le reportó tantos beneficios?
Lo único claro y constatable era que fue un hombre de gran reputación entre la burguesía catalana y que llegó a ocupar varios cargos municipales de relevancia. Incluso se le concedió una medalla por su filantropía.
Después de varias semanas de constante estudio de los papeles familiares y de los archivos del ayuntamiento, seguía sin obtener resultados.
Visto lo visto, como tiempo me sobra y dinero también, sea dicho de paso, y además soy una persona que no se arruga frente a los obstáculos y que cuando empieza una cosa no la deja a medias, decidí trasladarme a la isla de Cuba. Me dije que si al cabo de dos semanas no obtenía ningún resultado entonces sí tiraría la toalla, pues seré terco, pero no insensato. Siempre he calibrado la eficiencia en todo lo que he hecho. Si algo no da el fruto esperado tras invertir el tiempo y dinero necesarios, hay que abandonarlo.
Una vez en Cuba, toda mi actividad se desarrolló en las dependencias del Archivo Nacional, en la Habana Vieja. Con la debida autorización expedida a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, pude hacerme con abundante material de la época en que mi bisabuelo estuvo comerciando en ese país, entre 1880 y 1900, aproximadamente.
Cuando casi estaba a punto de expirar el plazo que me había marcado, encontré lo que buscaba, pero nuca me imaginé lo que encontraría. Bajo el nombre de Ramón Pujol y Muntaner, figuraba una larga exposición de hechos y fechas, con la descripción de una única actividad comercial: esclavista. No lo podía creer. ¡Mi abuelo traficó con esclavos! Durante casi veinte años. Él era uno más de la extensa lista de esclavistas catalanes. Había oido hablar de ello, pero nunca me imaginé que aconteciera en el seno de mi familia, la honorable familia Pujol. También había leído sobre famosos esclavistas españoles que luego acabaron formando parte de la élite aristocrática, como Antonio López, el Marqués de Comillas. Pero uno nunca piensa que algo tan deleznable pueda haber anidado en su propia familia y, aun menos, que haya sido el origen de todos sus bienes, pasados y presentes.
Una vez de nuevo en casa, me asaltó una terrible duda: ¿debía informar de mi hallazgo a mis hijas o sería mejor enterrar el secreto conmigo?
Contrariado como estaba, llegué a pensar en vender todas nuestras propiedades y donar el dinero resultante a los más necesitados. Pero ¿de qué vivirían mis hijas? ¿Y mis nietos? ¿Qué culpa tenían de lo que había hecho uno de sus antepasados? Y yo ¿qué culpa tenía? Otra de las preguntas que me hice fue si mi padre supo de las andanzas de su abuelo allende los mares. Mi abuelo sí debió saberlo. O no. Nació un año después de volver su padre de Cuba. Muy probablemente nunca se habló del tema en su presencia. Pero ¿nunca se lo preguntó mientras vivía? ¿Nunca le picó la curiosidad por saber qué había hecho su padre para hacerse tan rico?
En fin, quizá le dijeron lo que yo creí, que comerció con frutas y especias y ahí quedó la cosa. Y si llegó a descubrirlo, quizá prefirió correr un tupido velo y olvidarse del tema.

***

Acabo de encargar en el Centro de Estudios Genealógicos un documento sobre el árbol genealógico familiar. Va a costar mucho dinero, pero vale la pena el dispendio a cambio de limpiar la imagen de mi ancestro. Ha costado mucho convencerles, pero finalmente han aceptado. No puedo permitir que un periodista metomentodo investigue mi pasado familiar, ahora que me acabo de meter en política, y arruine mi incipiente carrera en el Parlament. Una vez disponga del documento, ya me encargaré de hacerlo llegar a las manos adecuadas. No sé en qué estaría pensando cuando me planteé tirarlo todo por la borda. Hay que pensar en la familia y mirar al frente, nunca al pasado.



* Casa de indiano en Begur (Girona). Imagen obtenida de internet.
** Estatua de Antonio López López en Barcelona


sábado, 26 de octubre de 2019

Cuestión de suerte



Hay días que parece que te has levantado con el pie izquierdo y otros en los que, por el contrario, la suerte te sonríe. Y también hay situaciones en las que una desgracia te trae una fortuna y viceversa. Como lo que me ocurrió hace poco más de cuatro años.
Me disponía a ir al trabajo, iba con mucha prisa pues se me habían pegado las sábanas. Tenía el coche aparcado a dos manzanas. Estaba a punto de abrir la puerta de mi Renault Clío cuando, con las prisas, las llaves se me escurrieron de las manos yendo a parar a la alcantarilla que había justo a mis pies.
─¡Mierda, mierda, mierda! ─exclamé en voz alta, presa de la desesperación─. ¿Y ahora, qué coño hago?
─¿Le ocurre algo, señorita? ─oí que alguien me decía a mi espalda. Di un brinco, pues no me había percatado de que tenía compañía.
─¿Qué? ¿Cómo? Es, es que se me han caído las llaves del coche por la alcantarilla ─me apresuré a decir un poco abochornada.
─No se preocupe, mujer, que yo tengo con lo que resolverle el problema ─aseguró con aplomo, mientras sacaba de una mochila una serie de herramientas─. Soy fontanero y ahora me dirigía a un domicilio a hacer un servicio. Aquí tengo de todo, bueno, de casi todo, je, je.
Y, efectivamente, en un plis plas, apartó la rejilla que taponaba la boca de la alcantarilla.
─¿Ve qué fácil? Ahora solo hay que alargar el brazo lo más posible hasta dar con ellas. Eso si antes no me muerde una rata, ja, ja, ja. Es broma, mujer, no ponga esa cara.
La verdad es que no tuvo que esforzarse demasiado porque al cabo de unos segundos esbozó una gran sonrisa y sacó el llavero al que se le había pegado algo.
─Ahí va, se puede decir que he cazado dos pájaros de un tiro. ¿Qué es ese papel de colorines?
No tuve que hacer un gran esfuerzo para ver que se trataba de un boleto del Cuponazo de la ONCE.
─Vaya, vaya, ¡pero si es un número de lotería! A alguien se le debió caer.
No sé cómo ni por qué, pero, de forma un tanto irreflexiva dije:
─Es mío. Es que lo llevaba en la mano y se me cayó junto a las llaves ─lo dije con una soltura que a mí misma me sorprendió. Aun así, noté que el hombre me miraba de una forma que daba a entender que no acababa de creérselo. Pero, tras unos segundos de duda, me tendió el billete y, sin más, se despidió, aunque durante un buen trecho se fue girando como si quisiera observar mis movimientos.
─¡Muchas gracias! ─grité desde la distancia, a lo cual el hombre respondió levantando un brazo.
Antes de arrancar, miré el boleto como quien descubre un tesoro dentro de un cofre, pero enseguida pensé que lo más probable es que fuera un boleto caducado o bien no agraciado con ningún premio. Pero estaba equivocada. La fecha era del viernes anterior y estábamos a lunes. Consulté el número premiado con el móvil. No se trataba del primer premio. Entonces introduje las cifras en la casilla para comprobar los números adicionales premiados y apareció en pantalla “El número 42031 y serie 040 tiene un premio de 100.000 €”. Miré y remiré diez veces la fecha y la numeración y eran correctos. ¡Tenía en mis manos un boleto agraciado con cien mil euros! Quién lo había perdido me importaba un bledo. Allá él o ella por ser tan despistado o despistada ─pensé─, aunque de repente sentí un ligero remordimiento que se fue debilitando a medida que me acercaba a la oficina.
─Lo siento mucho, señor Peña, pero es que he tenido un pinchazo y hasta que un buen samaritano no se ha brindado a cambiarme la rueda no he podido venir ─mentí a mi jefe, quien se lo creyó a pies juntillas. ¿Cómo iba a engañarle su tan apreciada y eficiente secretaria?
Estuve dando vueltas sobre qué podía hacer con ese dinero. Bueno, en realidad solo le di una vuelta, pues hacía tiempo que quería hacerlo, pero no me llegaba la pasta ni de lejos: dejar el viejo piso de alquiler y adquirir uno de propiedad. Ese dinero me serviría para pagar la entrada de un piso de segunda mano y el resto lo haría la hipoteca. Pero antes tenía que cobrar el billete. ¿A ver si quien lo había extraviado lo había denunciado y me pillaban con las manos en la masa? Bueno, siempre podía decir que me lo había encontrado y que, como no sabía a quién pertenecía, pues me lo había quedado.
El caso es que entregué el billete al banco para que lo cobraran en mi nombre y al cabo de un mes ya tenía los cien mil euros ingresados en la cuenta corriente.
─Pues has tenido suerte, chica, de que nadie lo haya reclamado.
─Sí, ya lo creo. No lo tenía muy claro hasta que vi el dinero en mi cuenta.
─¿Y ya has decidido qué vas a hacer?
─Todavía estoy dudando.
─Carla, no le des más vueltas. Decídete ya. He visto no muy lejos de aquí un piso en venta que está muy bien. Es antiguo pero reformado. Tiene unos 60 metros cuadrados y piden 190.000 euros.
─¿Y cómo sabes tú todo eso?
─Pues porque he llamado preguntando.
─Desde luego, Mónica, siempre tan decidida.
─Lo hago por ti, mujer. ¿Acaso no era eso lo que querías? Pues ahí tienes tu oportunidad. Das noventa mil euros de entrada y haces una hipoteca para los cien mil restantes. ¡Si hoy en día los bancos se pelean para conceder hipotecas y a un interés fijo bastante bueno! Por esa cantidad te la conceden al momento. Y encima te quedarán diez mil euros para tus caprichos. Ya verás. Y cien mil euros en treinta años te sale a una mensualidad menor que el alquiler que estás pagando. Y, con la inflación, dentro de un tiempo todavía te resultará más económico.
─¿Me das el teléfono al que llamaste?

***

Al cabo de tres meses, ya estaba instalada en el nuevo piso con vistas al paseo del Born, una zona que estaba siendo remodelada y que iba convirtiéndose en una atracción turística, especialmente para bohemios noctámbulos y jóvenes de todas las clases sociales.
Por fin tenía un piso de propiedad. Ya no tenía que temer un aumento abusivo del alquiler ni que ningún especulador comprara el edificio para luego echar a los inquilinos que no podrían hacer frente a las nuevas condiciones económicas, como empezaba a ocurrir en aquel barrio.
El piso estaba bastante bien pero no tanto como me había dicho Mónica. Tuve que hacer algunas reformas. Pero para eso estaban los diez mil eurillos que me habían sobrado. Y esas reformas volvieron a favorecer mi suerte, pues en un armario empotrado descubrí un tesoro. El altillo se negaba a abrirse de lo oxidados que estaba los goznes. Con una palanca lo conseguí. Dentro, junto a unas mantas que olían a naftalina, había una caja de madera y dentro de ella un objeto que al principio no supe identificar. Cuando lo observé a la luz del día, vi que era como un duende tocando la flauta. Era realmente bello, pero ¿qué iba a hacer yo con aquella estatuilla que parecía de yeso? Lo primero que pensé fue que algo que estaba tan celosamente guardado debía tener bastante valor. Otra vez me encontraba con la disyuntiva de quedarme con un objeto ajeno o intentar devolvérselo a su propietario. Pero en este caso el antiguo propietario del piso había fallecido y fue su heredero quien firmó la compra-venta. Era de suponer que antes de la venta, se había cerciorado de que no dejaba nada de valor. De hecho, no dejó ni una cortina, ni una bombilla, nada de nada. Así pues, deduje que no sabía de la existencia del duendecillo flautista.

***

─Vaya, vaya, eres una mujer afortunada. Ahora resulta que igual has descubierto una obra de arte de gran valor y, de la noche a la mañana, te conviertes en millonaria. Ya veo a esa figurita en una subasta de Christie’s.
─Desde luego, Mónica, eres muy imaginativa.
─Y tú, Carla, una incrédula. ¿Por qué no intentas averiguar su valor aproximado en el anticuario que hay al final de la calle?
Cuando el anticuario le echó un vistazo, noté que su expresión cambiaba de repente y me observó como quien tiene delante a un ladrón de guante blanco que se ha hecho con una obra de arte y pretende venderla en el mercado negro. Me preguntó de dónde la había sacado y le dije otra de mis mentiras: que mi padre había fallecido y me la había dejado en herencia, pero que como estaba necesitada de dinero, quería saber su valor, por si me interesaba venderla.
─¿No tiene usted factura? ¿No le dijo nunca su padre dónde la consiguió?
─Pues no, mi padre y yo hacía años que no nos hablábamos ─¿por qué me liaba de esa manera? Solo faltaría que ese hombre llamara a la policía creyendo que tenía ante sí a una estafadora.
─Mire, vuelva mañana y podré darle una valoración exacta. Antes tengo que hacer unas consultas. Pero déjeme hacerle una fotografía a la estatuilla, si no tiene inconveniente.
Le hizo, no una sino diez fotografías por lo menos, desde todos los ángulos posibles. Nos despedimos con un hasta mañana y volví a casa con un leve dolor de estómago. ¿Sería de fiar ese individuo? Muchos anticuarios están metidos en negocios turbios o bien son confidentes de la policía.
─Por lo que cuentas, parece que ese objeto tiene bastante valor. Seguro que lo revende en el mercado negro y te da una miseria.
─Ahora eres tú la negativa. Menos conseguiré quedándome con ese lo que sea que toca la flauta.
─Eso es cierto, pero ve con cuidado. No sé por qué, pero creo que ese tío no es de fiar.
─¿Por qué no me acompañas mañana, a ver qué me dice?
─Vale, no problem.
***

─Lo he estudiado detenidamente y lo he consultado con un colega y esta obra parece ser del siglo XIX. En un principio pensé que sería más antigua. No hemos llegado a identificarla, así que no sabemos quién fue el autor, cosa que es fundamental para valorar una obra de arte. Está bastante bien conservada, eso sí, lo cual corrobora que no es demasiado antigua.
─¿Y cuánto podría valer? ─se me adelantó Mónica, pues yo permanecía sin saber qué decir.
─Pueees ─empezó a pensar rascándose la perilla─, podría ofrecerle unos cinco mil euros, siendo muy generoso. Tenga en cuenta que sin factura ni conocer su procedencia no resulta fácil introducir una obra de arte en el mercado.
Mónica me miró con expresión interrogativa y yo le respondí encogiéndome de hombros. No sabía qué hacer, pero esa cantidad era superior a lo que esperaba.
─Si quiere consultar a otro anticuario…
─No, no, da igual. Me fio de usted. ¿Y podría abonarme esa cantidad en metálico y ahora?
─Pues claro. Espérese y cerramos el trato.
Al cabo de quince minutos estábamos de vuelta en el piso y yo contando una vez más los billetes.
─¡Cinco mil euros, tía! ─exclamé. Todavía no podía creérmelo.
─Um, no me extrañaría que valiera diez veces más y ese viejo te ha tomado el pelo.
─No seas aguafiestas, por favor. Teniendo en cuenta cómo he obtenido esa figurita, mejor eso que nada, y mejor no ir armando jaleo. Esos cinco mil euros me servirán para amortizar parte de la hipoteca. Ahora solo deberé noventa y cinco mil euros.
─Sí, claro.

***

Pero, como decía al principio, del mismo modo que la suerte aparece cuando menos te lo esperas, las desgracias también te atacan por sorpresa.
Solo habían transcurrido dos años desde aquel hallazgo. Mi empresa llevaba tiempo haciendo aguas y la crisis que asoló todo el país acabó por obligarla a cerrar. Me quedé en la calle después de cinco años de trabajar en ella. Con mi sueldo me correspondió una indemnización ridícula, pero al menos tenía dos años para ir cobrando el paro e ir buscando un nuevo trabajo.
Mónica, como compañera de trabajo, sufrió las mismas consecuencias. Nos pasábamos los días enviando currículums sin resultado, solo la típica y escueta respuesta de “Gracias por enviar su CV. La tendremos en cuenta en caso de que se produzca una vacante”.
Al cabo de otros dos años, seguía igual. Mónica, en cambio, entró a trabajar como cajera en un supermercado paquistaní del barrio. Aun así, tuvo que volver a vivir con sus padres. Yo me quedé sin apenas ahorros y el pago de la hipoteca se me hizo cada vez más cuesta arriba. Hasta que no pude seguir pagando las cuotas mensuales.
Y ahora, sin nadie a quien recurrir, me han desahuciado, me he quedado en la puta calle y sobrevivo gracias a los servicios sociales que me dan de comer y alojamiento donde dormir.
Hoy, en el comedor comunitario, una voz que me ha resultado familiar me ha llamado poderosamente la atención.
─¡Señorita! ¿Cómo usted por aquí? Cómo es la vida, ¿verdad?
Yo todavía no atinaba a saber de quién se trataba. Él seguía hablando mientras sostenía una bandeja de comida en las manos.
─No ha cambiado usted nada desde que nos vimos hace… uf, ya ni me acuerdo ─y como viera que no me inmutaba, siguió con su perorata─. ¿No se acuerda de mí? Claro, no es de extrañar, solo nos vimos unos minutos. Soy aquel fontanero que la ayudó a rescatar las llaves del coche. Bueno y un boleto de la lotería. Por cierto, ¿resultó premiado?



sábado, 19 de octubre de 2019

Cosas de familia




─Yo soy la mayor y cuidé a madre hasta que murió y ahora a padre.
─¿Y eso qué tiene que ver? Eres mujer y no tienes ningún derecho.
─Esto ya no vale. Estamos en el siglo XX.
─Ana, Juan tiene razón. Solo el primogénito puede heredar.
─¿Ah, sí? ¿Y quién va a ser el heredero de vosotros dos, si sois gemelos?
─Yo, pues nací el primero.
─Pero ¿qué dices, Ramón? El primero en nacer fui yo. Recuerdo que madre lo dijo en más de una ocasión.
─Qué va, Juan. Ella me dijo que el primero fui yo. Así que soy el mayor. ¿A qué sí, Ana?
─Yo no me acuerdo.
─¡Anda ya! Eso lo dices para fastidiar.
─Pensad lo que queráis. El caso es que madre ya no está para preguntárselo.
─Pero padre tiene que saberlo.
─Padre hace tiempo que perdió la memoria.
─Pues tenemos que saberlo de algún modo.
─Tengo una idea.
─No me fío de ti, Ana. Seguro que tiene truco.
─Tú, Ramón, siempre tan desconfiado.
─Muy bien, ¿qué propones?
─Que le preguntemos a quién de los tres quiere más. El preferido será el heredero.
─Um, no sé. ¿Tú qué opinas, Juan.
─Por mí, de acuerdo.
─Padre, padre, ¿a quién de los tres quieres más?
─Parece que vuelve en sí.
─¿Quie nes sois?
─Padre. Responda. No nos deje así.
─Está moribundo. No hay nada qué hacer.
─¿Ves lo que has logrado, Ana?
─¿Y ahora qué hacemos?
─¿Por qué no lo echamos a suertes? Ana, trae unas pajitas.


249 palabras
Imagen obtendida de internet


viernes, 11 de octubre de 2019

Las cuitas amatorias de Teodoro Montoro

He aquí las nuevas aventuras amorosas de Teo. Quien no recuerde lo que le sucedió en el primer episodio y quiera refrescar la memoria, puede pinchar AQUÍ



Teodoro se angustió en vano, pues al inicio del nuevo curso Arnaldo Montalvo no apareció en escena. Sus padres lo habían matriculado en el Instituto de Enseñanza Media que había en el barrio. En alguna ocasión se cruzó con él de camino a casa, pero Teo ya había dejado de ser su amor platónico y fuente de inspiración poética. En aquel malogrado verano, mientras que a Teo le atormentaban los retortijones, tanto físicos como mentales, Arnaldo hizo amistad con un chaval del pueblo, un tal Gustavo Cabello Rubio, hijo del alcalde de aquella localidad veraniega, un mocetón alto y fornido como él, nada que ver con el esmirriado Teodoro. Años más tarde, todos dirían que aquellos dos hacían muy buena pareja, tan altos y rubios.

Así que finalmente se cumplió lo de aquí paz y después gloria. Pero solo en parte, porque a Teo le perseguían los problemas del amor adolescente.

Pasaron dos años desde aquel desagradable incidente. Se acababa de iniciar el curso 2010-2011 y Teo estaba a punto de cumplir los catorce años. En su curso se había incorporado una nueva alumna, venida de una ciudad castellana de cuyo nombre no puedo acordarme. Solo recuerdo que se llamaba Ana Quintana, conocida en la clase como “la nueva”, así de simple e inequívoco. Era muy bonita. La chica más bonita de la clase. Puede comprobarse fácilmente por la fotografía colectiva del curso que todavía guarda Teo en una caja de zapatos. Además, era muy simpática. Eso lo puedo asegurar porque la conocí.

A los pocos días de iniciado el curso, la Quintana ya se había hecho íntima de Sonsoles Musoles y de Adela Candela, algo difícil de entender. Ella alta y esbelta como un brioso corcel, y las otras dos como percherones de tiro. Pero no solo se distinguían por el físico, que es lo único en lo que se fijan los chicos a esa edad, sino que, mientras Ana era todo dulzura, la Musoles y la Candela eran dos zopencos. Manolito Cifuentes las llamaba “las tres Gracias”, pero hay que disculparlo porque estaba bastante cegato y era de gustos más que dudosos. El resto de chicos las apodaba “las tres Marías”. Teo, cuando se refería a ese trío tan dispar, simplemente lo llamaba “la bella y las bestias”.

Pero, como decía, los chicos, a esa edad, se fijan mucho más en el físico que en otros aspectos más profundos y en eso Teo no era una excepción. En cuanto vio a Ana se enamoró locamente, o tontamente, de ella. Abandonó de inmediato la idea de hacerse cura, una posibilidad que estuvo valorando al ver lo inútil que era para las relaciones amorosas, permutando así el amor divino por el carnal, desoyendo los consejos del padre Ángel durante las sesiones de adoctrinamiento moral.

Ojalá Ana le escribiera esos poemas que había recibido de su admirador secreto, por cursis que fueran. Pero “la nueva” pasaba olímpicamente de él y, además, las otras dos actuaban como si fueran sus guardaespaldas. Nunca podía acercarse a ella. Ya no solo temía su rechazo, sino también el mamporro que se ganaría si aquellas dos decidían protegerla de cualquier intrusión indeseada.

¿Serían lesbianas?, llegó a pensar. Tenía que urdir un plan para poder hablar con ella, costase lo que costase.

Un día, a la salida del colegio, decidió seguir al trío desde una distancia prudencial. Cuando se separaron y Ana quedó libre de su escolta, Teodoro aprovechó la ocasión y avanzó hacia ella a zancadas intentando llegar a su altura lo más rápidamente posible. Pero un maldito tropiezo dio con su escuálido cuerpo contra el duro suelo. A pesar del desgraciado y bochornoso accidente, la suerte le acompañó, pues aunque el estrépito de su caída hizo que su preciada presa se girara, por fortuna para él, lo único que vio Ana fue a un Teo atolondrado, recogiendo su mochila y limpiándose el polvo de sus vaqueros a manotazos.

De este modo, se cumplió aquello de que no hay mal que por bien no venga, y Teo pudo finalmente disfrutar de la compañía de Ana hasta que llegaron al portal de su casa. Durante el trayecto, que se le hizo muy corto, Teo pudo saber algunas cosas de la vida de su enamorada: sus gustos musicales, sus hobbies, que su padre era policía nacional y le acababan de trasladar a la ciudad, que su madre era maestra ─ojalá la admitieran en su colegio─ y que tenía un hermano menor que iba dos cursos por detrás de ella.

De vuelta a casa, Teo iba cavilando el modo de poder disfrutar de la compañía de Ana por más tiempo y sin tener que esperar a que sus dos guardaespaldas le dejaran libre el camino. Ahora ya sabía donde vivía. Así pues, la esperaría todas las mañanas delante del portal de su casa e irían juntos hasta el colegio. Si los dos zopencos aparecían durante el trayecto, no tendrían más remedio que aguantarse. Y así lo hizo.

Pero el día en cuestión, cuando se abrió la puerta de la calle y asomó la bella y dulce figura de su chica, apareció tras ella un individuo alto y robusto con el uniforme de la Policía Nacional. ¡Su padre! Teo no entendía de grados, pero aquel hombretón lucía unos galones muy llamativos, con dibujos y coronas cuyo significado desconocía, pero que le hizo pensar que ocupaba un cargo muy importante. No le quedaba más remedio que batirse en retirada, pero antes los siguió en la distancia un trecho y comprobó que al poco subían a un vehículo y emprendían la marcha a todo gas, desapareciendo de su vista en cuestión de segundos. El gozo en un pozo.

Pero esta no fue la única desgracia emocional que tuvo que soportar Teodoro Montoro. Cuando ya vislumbraba el edificio del colegio, una pandilla de chicos mayores se le interpuso en el camino.

─Así que tú eres Teodoro “el pupas” ─le dijo el más alto y con nariz de aguilucho.

Teo quiso esquivarlos sin responder a la pregunta, pero el trío buscabullas se lo impidió, acorralándolo.

─Te he hecho una pregunta, canijo ─insistió el aprendiz de matón.
─Sí, me llamo Teodoro, por qué lo preguntas ─acabó diciendo con una voz aflautada por el miedo.
─Porque no quiero darle una paliza al chico equivocado.
─¿U…, una paliza? ¿A mí? ¿P…, pero por qué? ─contestó, ahora temblando, mientras los tres reían a carcajadas.
─Porque nadie me levanta a la novia, ¿te has enterado?
─¿Tu, tu, tu novia? Pero ¿quién es tu novia?
─Quién va a ser, imbécil. Esa preciosidad con la que te vi ayer de camino a su casa, la hija del comisario de policía, para que te enteres, “pringao”.

Teo llegó a clase quince minutos tarde y con un ojo hinchado y amoratado. La excusa de que había tropezado y chocado contra un árbol no acabó de convencer al profesor de matemáticas, pero no insistió. Antes de ocupar su puesto, miró a la concurrencia. Todos lo miraban con cara de asombro, menos tres personas: la Musoles y la Candela sonreían por lo bajini, y Ana lo observaba con cara de pena, ¿Sabría alguna de ellas lo que realmente había sucedido?

Cuando llegó a casa, su madre se alarmó, por mucho que dijera que estaba bien, que solo había sido un accidente, pero su padre le sacó la verdad bajo una amenaza ante la cual Teo no pudo resistirse y acabó contándolo todo con pelos y señales. ¿Cómo iba a soportar una semana sin el iPhone que le habían regalado por Reyes? Y más ahora, que había conseguido el teléfono de Ana y necesitaba hablar con ella más que nunca.

Don Isidoro Montoro, que en su juventud había practicado boxeo en plan amateur, le conminó a hacer frente a aquellos matones del tres al cuarto, por mucho que un amedrentado Teodoro le asegurara que a su lado él era prácticamente un enano.

─Eso no es excusa para no plantarles cara ─le aseguró su padre─. Además, el tamaño no importa en boxeo. Yo era peso-pluma y todavía sería capaz de derribar a un gigantón. Todo es cuestión de técnica y de un buen derechazo dado en el momento oportuno. Yo te enseñaré.

Aquella noche, Teo no pudo pegar ojo, pensando en lo que se le avecinaba. La parte positiva fue que Ana, a la que llamó de inmediato tras la pequeña pero tensa conversación con su padre, le confirmó que no sabía de qué novio le hablaba. Ella no tenía novio y por la descripción que le dio del chulo que le había zurrado se trataba de un tipo que no dejaba de importunarla, un tal Germán. Ese trío eran unos gamberros de cuidado, conocidos en el barrio por sus bravuconadas. Su padre les tenía puesto el ojo y solo esperaba una pequeña excusa para hacerles pasar una noche en comisaría.

Saber aquello animó a Teodoro. Se entrenaría a fondo gracias a su padre y les daría su merecido a aquellos tres. Se veía como el chaval de la película Karate Kid que acababa de ver en el cine. Pero quizá sería mejor hacerlo ante la presencia de Ana y de su padre. Pero debería parecer que actuaba en defensa propia, no como el provocador. Debía establecer un plan.

Al día siguiente, tras darle los buenos días, le preguntó a su padre:

─Papá, ¿cuánto tiempo necesitaré para estar en forma y poder tumbar a esos gamberros?
─Pueeesss, entrenando una hora diaria y suponiendo que esos chavales no tengan ni idea de boxeo, unos tres meses.
─¿Quéeee? ¿Tanto?

A Teodoro Montoro se le pusieron los pelos de punta. ¿Qué haría mientras tanto si se cruzaba con aquellos tres? Tendría que pensar en algo. Y rápido.

Pero la agilidad mental de Teo no era su fuerte y al cabo de tres días de entreno pugilístico intensivo volvió a darse de bruces con el Germán de marras. Por fortuna iba solo, pero con ganas de bronca.

Aunque Teo intentó evadir por las buenas un nuevo encontronazo violento, argumentando que Ana le había dicho que él no era su novio y, por lo tanto, no tenía ningún derecho a meterse con él, que tan solo era un compañero de clase, ello soliviantó todavía más al energúmeno, que, sin mediar palabra, intentó propinarle un puñetazo. Teo todavía no dominaba las técnicas más básicas del boxeo, pero había aprendido a esquivar los golpes directos a la cara. De este modo, cuando el chaval intentó romperle la nariz con el brazo izquierdo, Teo se encogió espontáneamente hacia la derecha haciendo perder el equilibro a su oponente pugilístico. Solo tuvo que hacerle la zancadilla para que aquel se abalanzara contra un coche aparcado justo detrás de Teo y quedara KO por unos segundos, tiempo que aprovechó para poner pies en polvorosa. Ya vería cómo se las apañaría en la siguiente ocasión.

Pero esta vez la suerte volvió a sonreírle, pues Ana fue testigo de su proeza, cuando, junto a sus dos acompañantes inseparables, se disponía a cruzar la calle para entrar en el colegio. El padre de Ana Quintana, que todavía no había arrancado el coche desde que la dejara en los aledaños de la escuela, también vio la escena y, hombre recto como era, salió del vehículo para poner orden tras la reyerta que acababa de presenciar. Cuando Ana se percató de las intenciones de su padre, se apresuró a justificar el comportamiento de Teo explicándole quien era ese intruso y cuáles eran sus pretensiones. Germán, el malo de la película, después de las amenazas proferidas por el comisario, nunca más hizo acto de presencia por aquel barrio y Teodoro se convirtió, de la noche a la mañana, en el héroe particular de Ana y en la admiración de la clase tan pronto como corrió la voz.

Al poco llegaron las vacaciones de Semana Santa y el enamorado Teo no podía posponer por más tiempo su declaración de amor, que daba por correspondido después de aquella hazaña y de ganarse el aprecio de su amada. Como era corto en palabras y no se le daba bien la improvisación, decidió entregarle una nota a la salida de la última clase antes del paréntesis académico.

Emulando a aquel aprendiz de poeta que tanto le había atormentado, escribió lo siguiente:

Ana Quintana
Te quiero semana tras semana
Dime si soy correspondido
Para que pueda vivir tranquilo

No era gran cosa, la poesía tampoco era su fuerte, pero era la pura verdad. Ahora solo faltaba recibir una respuesta afirmativa.

Llegó a casa con el corazón hecho una locomotora de carbón. Esperaba que la respuesta le llegara de un momento a otro, de modo que no se separó de su iPhone ni para ir al baño. Finalmente, justo antes de cenar, oyó el sonido característico de la entrada de un mensaje. Había un SMS procedente de Ana. Respiró profundamente y lo abrió, temblando por fuera y por dentro. El mensaje decía así:

Pobre Teodoro Montoro
Te aprecio, pero no te adoro,
Tanto como tú a mí, por lo que veo.
Espero que no te ralles si te digo
Que solo podemos ser amigos
P.D.- Ya sé que no es un quinteto como debe ser, pero es todo lo que me ha salido. Lo siento. Además, hay un chico que me gusta, aunque todavía no lo sabe.

Otras vacaciones que Teo pasaría en la cama, argumentando que tenía retortijones. Debía haber comido algo que le había sentado mal. Lo que les extrañó a sus padres es que le durara toda la Semana Santa. Tampoco entendió su padre por qué se negaba a seguir con las clases de boxeo.

 CONTINUARÁ ALGÚN DÍA 

jueves, 3 de octubre de 2019

Por culpa del amor





Creo que no debería arrepentirme de nada. O quizá sí. No lo sé. Podría decir aquello de que fue bonito mientras duró. Yo la amaba de verdad. Me pilló en horas bajas, vulnerable a sus encantos. Me acababa de divorciar y me sentía solo y abatido. Pero si me entregué a ese amor desenfrenado no fue por la necesidad de llenar el vacío que sentía tras una relación de más de diez años con Isabel, sino porque me enamoré perdidamente de ella.

Trini apareció cuando menos lo esperaba ─pues era reacio a iniciar una nueva relación cuando solo habían transcurrido unas pocas semanas desde el divorcio─ pero quizá cuando más lo necesitaba. La diferencia de edad ─era quince años más joven que yo─ no fue un impedimento para nuestro amor. Era todo lo contrario de Isabel: divertida, despreocupada, atolondrada, como la niña que llevaba dentro. Venía de otras relaciones, pero nunca quise conocer su pasado. ¿Para qué? Se convirtió, de la noche a la mañana, en una droga de la que no podía prescindir. En su ausencia sentía que me faltaba el aire. Su presencia era lo único que aliviaba mi angustia. Y ella lo sabía. En más de una ocasión me dijo que, una vez hubiera superado el trauma de mi divorcio, una vez recuperado de ese fracaso sentimental, la dejaría, porque ya no la necesitaría para que me consolara.

Aunque le juré que jamás me apartaría de ella, que mi amor era sincero, nuestra vida en común duró muy poco. Fue ella la que un día, sin mediar explicación alguna, me abandonó. Ni una nota de despedida ni una dirección. Desapareció. Y ahora creo entender por qué. Yo salí perdiendo, pero ¿qué ganó ella?

Aunque quiero pensar que lo ignoraba, tengo serias dudas. Si lo sabía, ¿desde cuándo? Posiblemente me dejó al enterarse y no quiso o no se atrevió a confesármelo.

Afortunadamente esta enfermedad, aunque no tenga todavía curación, ha dejado de ser mortal. Pero ha cambiado drásticamente mi vida. Sin embargo, no me queda más remedio que resignarme. Soy seropositivo y debo tomar ese maldito coctel antirretroviral hasta el día en que se halle una cura definitiva. Y todo por culpa del amor.