Mi amigo Juan siempre ha sido un hombre de
guardar muchos secretos. Nunca ha revelado nada que considerara personal, ni
siquiera a sus amigos, entre los que me cuento. Siempre nos ha tenido muy
intrigados sobre su vida privada. Nunca le conocimos novia alguna. Hasta que un
día acudió a una comida que habíamos organizado con una chica de la que nunca nos había
hablado. Nos la presentó como Olga, una nueva compañera de trabajo con quien
había conectado de un modo muy especial — nos dijo aprovechando que ella había
ido al servicio.
—¿Y cómo de especial es
esta conexión? — le inquirió Pedro, con una sonrisa libidinosa.
—¿Crees que estarás a
la altura? Tiene pinta de ser una fiera en la cama —terció Ramón, siempre tan
bruto, soltando una carcajada.
—Es guapa y simpática,
espero que dure vuestra relación —fue todo lo que añadí.
—Olga es, es… distinta.
No es como las demás —afirmó Juan, un tanto incómodo.
—Yo, vestidas, las veo
todas iguales —dijo Ramón, volviendo a soltar una risotada.
—Dejadlo ya, sois unos
cretinos. No sé por qué la he traído.
—Para darnos envidia,
porque está realmente buena y como siempre nos hemos mofado de ti por no tener
pareja… —remató Pedro justo cuando Olga volvía del servicio.
—Seguro que habéis
estado hablando de mí —nos dijo, sonriente.
Supongo que nuestras
caras y el mutismo general con algún que otro carraspeo, confirmó sus sospechas.
Desde luego, Olga era
una chica muy especial. Aparte de su simpatía arrolladora, demostró ser muy
culta e inteligente, algo que nos incomodó, pues no cesó de sacar a colación
temas que puso en evidencia nuestra ignorancia.
Pero tras ese encuentro,
Juan volvió, sin explicación alguna, a su secretismo habitual. No volvió a
hablarnos de Olga a pesar de nuestros intentos. Parecía que se arrepentía de
habérnosla presentado. Se limitaba a decir que todo iba bien entre ellos. Eso
me intrigó. Llegué a pensar que habían roto y no quería que lo supiéramos, pues
se avergonzaba de su revés amoroso y tampoco deseaba ser el centro de nuestras
burlas o reproches.
Sin temor a
equivocarme, a pesar de sus rarezas, siempre me he considerado el mejor amigo
de Juan, de ahí que esta vez me preocupara por él de un modo especial. No era
normal, ni tan solo para él, pasar de la euforia a la indolencia. Así pues, me
dispuse a descubrir lo que fuera que le sucedía, costara lo que costase.
Como el día que nos
presentó a Olga, esta nos contó dónde vivía, decidí presentarme en su
apartamento para conocer de primera mano qué ocurría —si es que ocurría algo—
entre ellos. Seguro que, si habían roto, me lo diría sin tapujos.
Cuando me disponía a
cruzar la calle, parado enfrente de su domicilio, vi salir del portal a Juan.
Se le veía bien, incluso diría que feliz. Supuse que acababa de visitar a Olga,
por lo que ella debía estar en casa. Dudé. Si todo parecía discurrir con
normalidad, ¿para qué hablar con ella? Si Juan no nos quería contar nada de su
relación sería porque había vuelto a las andadas y había decidido encerrarse de
nuevo en su caparazón hecho de secretos. Pero ya que me había desplazado hasta
allí, ¿por qué no mantener una charla con Olga y contarle lo que me tenía
intrigado?
Subí hasta el quinto
segunda y llamé al timbre. Tardó mucho en abrir la puerta. Quizá no estaba
presentable y se estaba vistiendo, pensé. Cuando por fin lo hizo, se extrañó de
verme.
—Hola, ¿qué haces aquí?
—me preguntó, intrigada. Parecía que la había pillado por sorpresa. Me olí algo
extraño. Aun así, me invitó a pasar.
Cuando le dije lo que
me traía hasta allí, acabó admitiendo que su relación con Juan no era una
relación normal y que probablemente por ello no nos quisiera revelar en qué
consistía.
—Si él no desea que lo
sepáis, yo no lo voy a desvelar. Somos felices con la vida que llevamos y no
hay nada de qué hablar.
No quise insistir, pero
lo dicho por Olga me intrigó todavía más. ¿Qué secreto guardaba Juan sobre la
naturaleza de su relación con esa mujer? Desde luego no era asunto mío. Aun así,
perseveré en mis pesquisas y fui a verle con la intención de sonsacarle la
verdad.
Siempre tan servicial,
me invitó a unas copas. Si lograba emborracharle —pensé— todo sería más fácil. Mi
plan funcionó. Acabó extralimitándose con la bebida y cuando apenas se tenía en
pie, le pregunté qué tipo de relación mantenía con Olga.
—Sé que no es asunto
mío, pero me preocupa tu comportamiento. Has vuelto a encerrarte en ti mismo y creo
que tiene algo que ver con Olga. Si realmente me consideras tu amigo, cuéntamelo.
—Si tanto insistes
—dijo balbuceando—, espera un momento, pero no sé cómo te lo vas a tomar.
—Hombre, Juan, si para
mí eres como un hermano —Estaba ansioso por conocer su secreto.
—Júrame que no se lo
dirás a nadie. Será un secreto entre nosotros.
Tras encerrarse en su
dormitorio, volvió a aparecer al cabo de un buen rato. Lo que ahora tenía ante
mí era un humanoide que habría espantado al más valiente.
—¡Eres un
extraterrestre! —exclamé.
—Y, además, he acabado encontrando
a mi media naranja. Olga y yo somos iguales. ¿Lo entiendes ahora? —me dijo,
mientras yo me desplomaba en el sofá.
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