Parece mentira que una lectura sea capaz de
evocar unos recuerdos que habíamos eliminado de nuestra mente, como si
despertáramos de una letargia o de un sueño placentero para darnos de bruces
con una angustiosa realidad.
Aunque he visto alguna
película y serie televisiva basadas en la novela de Robert Louis Stevenson,
titulada El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, nunca había tenido la
oportunidad de leerla y si lo he hecho ahora ha sido porque me la regaló mi
hermano estas pasadas navidades.
Al principio era reacio
a hacerlo, pues la trama me era muy conocida, pero como las novelas suelen ser
mejores que las películas a las que dan lugar, me dije que bien valía la pena
destinar unas horas a su lectura para comprobarlo.
Pero algo extraño obró
en mí. A medida que avanzaba en la lectura, me vi cada vez más inmerso en los
acontecimientos que se narran, sintiéndome inevitablemente atraído por ese
doctor que de día es un hombre respetable y de noche una bestia salvaje. Lo más
curioso es que, al margen de la fantasía, veía en esa historia un atisbo de
realidad, una realidad que me resultaba muy familiar. De algún modo, me vi
reflejado en las andanzas de ese personaje de dos caras.
De pronto, como si de
una revelación se tratara, recordé que de niño tenía un comportamiento que
alarmó a mis padres y que un especialista diagnosticó como un trastorno
bipolar. Ello les alivió relativamente. «Existe un tratamiento muy eficaz para
esta afección. Su hijo podrá llevar una vida totalmente normal»,
afirmó el médico. Y digo relativamente porque mi querida madre, que se preocupa
en exceso por todo, y mi padre, que es de naturaleza pesimista, no dejaron,
desde entonces, de controlar mis movimientos y me observaban constantemente
como si fuera un loco peligroso del que tenían que protegerse. Solo mi hermano,
inmune a cualquier espanto, me trataba con aparente normalidad, aunque creo
que, en el fondo, también me consideraba un bicho raro.
Para los que no lo
sepáis, la bipolaridad se manifiesta por cambios repentinos e intensos del
estado de ánimo, pasando de una actitud eufórica a una irritable o depresiva.
Tuve que asumir, por lo tanto, que tenía una enfermedad mental que requería un
tratamiento farmacológico constante, que no debía abandonar bajo ningún concepto.
Consciente de la preocupación de mis progenitores, me esforcé en controlar
algunos impulsos de tipo maníaco que les habría alarmado.
Creo que esa represión
férrea que me autoimponía de día, hizo que, por la noche, con el ánimo más
relajado, los arrebatos me asaltaran de una forma mucho más agresiva,
desarrollando así una dualidad de comportamiento: de día aparentaba ser una
persona normal y por la noche me convertía en un ente fuera de todo control. Esa
agresividad nocturna, imposible de detener, me obligó a escabullirme de casa
para que mis padres no se percataran de lo que pasaba, pues temía que pudiera
destrozar todo a mi alrededor y quién sabe si hacerles a ellos un daño físico.
En el primer arrebato que tuve de este tipo, solo llegué a destrozar mi
ordenador, porque mis padres, alertados por el ruido, acudieron raudos a mi
habitación. No sé qué excusa les di porque apenas me acuerdo de lo ocurrido. Sí
sé que estos episodios iban siempre precedidos de un aviso, como dicen que les
ocurre a los epilépticos. Así pues, tan pronto notaba que se iba a producir uno
de ellos, sin saber cuán agresivo sería, salía de casa y merodeaba por los alrededores,
pensando que el aire fresco y el cambio de ambiente me calmarían. No obstante,
a veces me despertaba tumbado sobre un banco o en mi cama sin recordar nada de
lo sucedido durante esos lapsus mentales. Por suerte, siempre había podido
volver a casa sin despertar a nadie.
La cosa empezó a
preocuparme cuando aparecieron en el vecindario gatos y perros con los huesos
quebrados y, en alguna ocasión, abiertos en canal. Enseguida corrió la voz de
que había un perturbado sádico que atacaba a esos pobres animales como lo haría
una alimaña, alertando de ello a todos los propietarios de un animal de
compañía.
Al conocer esa horrible
noticia, instintivamente la relacioné con mis salidas y ausencias mentales nocturnas.
Me horroricé ante la posibilidad de que yo fuera el autor de esas muertes, que
mi trastorno mental me hubiera convertido en un monstruo peligroso para la
sociedad, pues ¿quién me decía a mí que una noche no la emprendería del mismo
modo con un sintecho o un transeúnte cualquiera? ¿Qué podía hacer para
evitarlo? ¿Atarme a la cama? Yo solo no podía hacerlo, necesitaría ayuda. Y
entonces decidí confesárselo todo a mi hermano, pues de haberlo sabido mis
padres, seguramente me habrían internado en un centro psiquiátrico.
De este modo, todas las
noches, sin excepción, mi hermano me ataba de pies y manos a la cama, y a la
mañana siguiente, muy temprano, me soltaba. Para él todo eso le resultaba
divertido, como si de un juego se tratara; por ello, seguramente, nunca puso ningún
impedimento. Pero esa situación no podía alargarse indefinidamente. Mi hermano
empezó a cansarse de todo ese ajetreo y yo tampoco soportaba mis ataduras. No
podía vivir así de por vida. Por lo tanto, decidí visitar al psiquiatra que me
había instaurado el tratamiento, argumentando que este ya no hacía el efecto
deseado y temía que mi enfermedad se agravara. Aquel decidió, pues, cambiarme
la medicación por otra más reciente y probablemente más eficaz, como así resultó
ser, pues mis episodios se redujeron sustancialmente hasta desaparecer.
Y fueron pasando los
años, hasta que llegó el día en que decidí empezar una nueva vida fuera del
cobijo familiar. Cuando terminé mis estudios superiores, con mi primer sueldo,
alquilé un piso no muy alejado de la vivienda paterna. Nunca se sabe cuándo uno
puede necesitar la ayuda de la familia. Ya no necesitaba que nadie me atara a
la cama y aunque llevaba tiempo exento de síntomas, corría el riesgo de que mis
delirios asesinos reaparecieran. Pero,
para mi tranquilidad, nada anormal ocurrió. Reinaba la calma y aquellos
episodios tan desagradables pasaron a la historia, olvidándolos por completo. Hasta
hoy.
Este mediodía, después
de diez años de mi emancipación, me ha asaltado una terrible duda. En el
Telenoticias han informado que se han descubierto cuatro cadáveres enterrados
en un solar en obras del barrio, que han sido hallados por unos operarios al
remover la tierra con una excavadora. Según el forense, aunque todos ellos
presentaban múltiples cuchilladas, la muerte les sobrevino por un fuerte golpe
en la cabeza, con hundimiento del cráneo y pérdida de masa encefálica. El arma
del crimen tuvo que ser un objeto pesado y con el extremo romo.
Según han hecho saber
las autoridades, los cuatro sujetos llevaban muertos una o dos semanas. La
autopsia lo acabará de confirmar. Un portavoz de la policía ha afirmado que,
con toda probabilidad, los hechos ocurrieron de madrugada, pues la zona suele
estar muy concurrida hasta altas horas de la noche y no ha habido testigos oculares.
Como no se ha encontrado ningún documento que pueda identificar a las víctimas,
la policía está revisando todas las denuncias de desapariciones recientes.
De pronto he sentido un
fuerte mareo y me he desvanecido. Al volver en mí, he intentado sosegarme
infructuosamente. Todavía no era la hora de tomarme la medicación, pero lo he
hecho, por si acaso tenía una recaída. Mi nerviosismo sobrepasaba con creces la
calma que reclamaba mi cuerpo y mi mente. ¿Podía ser yo el autor de esos asesinatos
como lo fui presuntamente, años atrás, de aquellos pobres animales? Reconozco que,
con la lectura de esa maldita novela, mi mente ha volado, en más de una
ocasión, por un sendero maligno, imaginándome actuando como ese Míster Hyde. Incluso,
en una ocasión, recordando alguno de los pasajes más violentos, he sentido una malsana
excitación. Pero una cosa es la imaginación y otra la realidad. Yo no podía ser
el asesino de esos cuatro desgraciados. ¿Acaso esa novela me había trastornado
tanto como para adoptar, sin darme cuenta, la doble personalidad de su
protagonista? Tenía que ser casual que esas cuatro muertes se produjeran
justamente durante los días que invertí en la lectura de la misma.
De todos modos, conociendo
mis antecedentes, muy a pesar mío y solo para eliminar toda sospecha sobre mi
más que dudosa autoría, he puesto el apartamento patas arriba para comprobar
que no existe prueba alguna en mi contra.
La búsqueda se ha prolongado
más de una hora, tras la cual solo quedaba por revisar el altillo de mi armario
trastero. Allí guardo recuerdos de mi infancia, olvidados en una vieja caja de zapatos.
La he abierto con manos temblorosas con solo pensar que podía contener alguna
prueba incriminatoria. Pero ¿qué prueba podía haber en una pequeña caja de cartón?
A simple vista no había
nada extraño, pero bajo mis colecciones de cromos, un montón de viejas
fotografías y dos medallas de natación de mi época escolar, he hallado cuatro carteras
que nunca había visto. ¿Pertenecerían a los cuatro hombres asesinados? Aun
intuyendo que así era, no he querido abrirlas, me las he guardado en mi mochila
y he salido raudo a la calle. Tras haber andado un par de kilómetros y
cerciorarme de que nadie me veía, las he sacado, las he limpiado con un pañuelo
para no dejar huellas y las he arrojado a un contenedor.
Lo único que puedo
hacer ahora es seguir atentamente las noticias, aunque no sé muy bien porqué. ¿Por
morbo, como haría un asesino en serie? La novela de Stevenson también la echaré
en el primer contenedor que encuentre, aunque es absurdo. Dudo mucho que
pudiera ser considerada una prueba que justificara mi comportamiento, pues no
soy sospechoso de nada. O quizá se la devuelva a mi hermano. Pero cuando he vuelto
a casa, no ha habido forma de encontrar el maldito libro. Mejor así.
Consternado por lo que
acababa de descubrir, pues imaginaba que mi bipolaridad agresiva estaba
perfectamente controlada y que aquellos episodios que tanto me habían
perturbado ya eran cosa del pasado, me he tumbado en el sofá, sin saber qué
rumbo tomar.
Llaman a la puerta. ¿Será mi hermano? Últimamente
frecuenta cada vez más mi apartamento, del que, poco a poco, está tomando
posesión. Dice que también quiere independizarse, pero que no tiene dinero
suficiente. Empezó quedándose a dormir cuando pillaba una cogorza de aúpa y no
quería que nuestros padres lo vieran en ese lamentable estado. Luego, sus
estancias se han ido prolongando, dice que es para hacerme compañía. Encima,
está utilizando el poco espacio libre que me queda para embutir en él ropa,
enseres personales y algunos trastos, el último ha sido su bicicleta y el bate de
cuando jugaba a beisbol y al que le tiene mucho cariño. Pero ahora que lo
pienso, no lo he visto por ninguna parte durante mi inspección ocular de esta
tarde.
Miro por la mirilla y es, efectivamente, mi hermano. Lleva una bolsa de deporte en la mano. Es la que usa para ir al gimnasio. Me dice que hoy también se quedará a dormir, pues ha quedado con unos amigos y seguramente volverá de madrugada y no sabe en qué estado. Se ha ido a duchar, pues, con las restricciones de agua, las duchas del gimnasio están inutilizables. Mientras está en el baño no puedo dejar de mirar la bolsa de deporte que ha dejado en el suelo. Por las dimensiones, bien podría contener un bate de beisbol. ¿Habrá sido mi hermano quien se ha quedado con la novela? No, si ahora resultará que, además de bipolar, soy un paranoico.






