jueves, 29 de octubre de 2020

La mosca

 

Siempre me han disgustado los insectos, de todas las familias, géneros y especies, pero lo que menos soporto es la presencia de moscas en casa, algo casi inevitable en verano. Cuando menos te lo esperas, zas, entran por un resquicio de una ventana o por la puerta que da al jardín, salvando cualquier escollo, ya sean plantas repelentes de insectos, cortinas disuasorias o incluso mosquiteras que pretenden hacer de cortafuegos. Da igual, en cuanto llega el calorcillo se nos cuela en casa algún ejemplar de mosca, por no hablar de sus congéneres los mosquitos chupasangre.

Pero con un poco, o mucha paciencia, siempre hemos acabado con esos intrusos, a base de tortazos con la pala matamoscas o, cuando no hay otro remedio, con un buen chorro de insecticida, y que el medio ambiente me perdone.

Generalmente era mi mujer la que se encargaba de la exterminación de todos esos okupas. Le dejaba a ella ese menester porque se le daba muy bien. Y le encantaba, sea dicho de paso. Lo hacía con tanta enjundia que casi me daba miedo mirarla a la cara en pleno trance. Parecía una psicópata asesina.

Como habréis adivinado, si hablo en pasado es porque mi mujer ya no vive conmigo. Me dejó hace cosa de un año. Y todo por culpa de una mosca cojonera, como ella la llamaba.

Resultó que no había forma de matarla. Era muy lista. Estaba por todas partes. Tenía el don de la ubicuidad. Pero, en realidad, no molestaba. Se quedaba quieta sobre cualquier superficie, ya fuera una lámpara, un cuadro, el televisor o cualquier otro mueble de la casa. Inmóvil, como si desde su puesto de observación nos vigilara. Mi mujer se volvió histérica ante la imposibilidad de acabar con ella, bien aplastándola, bien echándola mediante toda clase de aspavientos blandiendo un trapo de cocina u otro objeto que tuviera a mano.

El caso es que, al cabo de unos días, le pedí que abandonara el intento y que la dejara tranquila, que ya se iría cuando quisiera o se cansara de nosotros. Pero no fue así y acabó convirtiéndose en un miembro más de la familia. Hasta el perro se acabó acostumbrando a su presencia y dejó de dar bocados al aire cuando la veía volar. Para mí acabó siendo otra mascota, pero con la ventaja de que no teníamos que cuidarla, se cuidaba sola.

Desde que la dejamos tranquila, me seguía a todas partes. Debió verme como su protector. Cuando me sentaba ante el ordenador, se quedaba junto a mí, posada sobre el marco de la pantalla o bien a una distancia prudencial, pero siempre alerta. Acabé creyendo que su presencia tenía un motivo providencial y no tardé mucho en darme cuenta de cuál era. Y es que desde que apareció en mi vida, mis ideas brotaban con una facilidad pasmosa, rebosaba inspiración y nunca había sentido tantas ganas de escribir. La novela que tenía encallada desde hacía meses, la completé en tres semanas. Increíble pero cierto.

Cuando se lo confesé a mi mujer, me tomó por loco. Nuestras discusiones por culpa de “mi mosca” —así fue como acabó refiriéndose a mi musa díptera— se hicieron cada vez más frecuentes y violentas, hasta que decidió marcharse a casa de su madre. Y encima se llevó con ella al perro. Así pues, como nuestros dos hijos ya hace tiempo que se independizaron, me he quedado completamente solo en casa. Bueno, solo no, con mi mosca. Y es que, ahora más que nunca, me hace mucha compañía. Solo tengo que llamarla y acude veloz a mi lado. Cuando veo la televisión, se posa en mi hombro o en el reposabrazos de mi sillón, y cuando me acuesto en la cama matrimonial lo hace sobre la otra almohada. Somos una pareja feliz. Cuando se lo conté —no sin cierto reparo— a mi mujer, me amenazó con declararme mentalmente incapacitado si seguía con esa historia.

 

Mi novela se publicó y, según mi editor, promete ser todo un éxito. Reservé un ejemplar para dedicárselo a mi mujer. Así vería mi buena disposición y el resultado de tanto sacrificio. Furioso como estaba cuando me dejó, no la mencioné en el apartado que suele utilizarse para las dedicatorias. Solo puse “A mi musa, que me ha acompañado en todo momento a lo largo de esta aventura”. Y, claro, sabría que no me refería a ella. Eso podría soliviantarla todavía más y no deseaba más disputas sino la reconciliación. Tenía que pensar, pues, en una dedicatoria apropiada para doblegar su animadversión hacia mí y mi mosca.

El día del lanzamiento oficial del libro acabé agotado. Demasiadas emociones. El brindis, los beneplácitos, la firma de ejemplares, para terminar con una cena con un reducido grupo de críticos invitados por la Editorial —supongo que los tienen en nómina.

Al llegar a casa, de noche, vino a saludarme mi amiga voladora. Como no estaba para cháchara, me fui directamente a la cama con un ejemplar de mi novela en la mano. Lo abrí por la página donde quería escribir mi dedicatoria personal, pero no se me ocurría nada mínimamente imaginativo y romántico. Se me cerraban los ojos y tenía la cabeza cada vez más turbia. Me había pasado con el Cava. Aun así, hice un esfuerzo y logré escribir: “Para mi querida Isabel, por haber tenido que soportar mis ausencias físicas y mentales a lo largo de la creación de esta obra”. No era precisamente una dedicatoria romántica ni original, pero fue todo lo que se me ocurrió en mi estado de semiinconsciencia. Una vez cumplido mi propósito, cerré el libro, lo lancé sobre la cama y, rendido, apagué la luz.

A la mañana siguiente, cuando fui a la cocina para desayunar, me sorprendió no encontrar a mi querida mosca revoloteando por la cocina o bien posada sobre la mesa, esperando a que sirviera, como cada mañana, las tostadas con mantequilla y mermelada de naranja que tanto le gustan. La busqué por todas partes. Ni rastro de ella. Se había esfumado. Intenté hacer memoria de dónde la había visto por última vez. En el dormitorio, ayer por la noche, recordé. De pronto, me invadió un sobresalto. Un terrible mal presagio me dominó de tal modo que me dirigí corriendo hacia allí ¡No, no, no, por favor, no!, no dejaba de repetir.

En mi cama, todavía revuelta, yacía el ejemplar del libro. Lo tomé con manos temblorosas. Un grito de horror brotó de mis entrañas. ¡No podía ser! Mi mosca yacía espachurrada sobre la colcha. Debí aplastarla al lanzar el libro sin reparar en ella. La pillaría desprevenida; últimamente había engordado mucho, se había vuelto lenta y descuidada. Y eso, en un insecto, se paga caro. ¡Pobre mosca! ¿Qué sería de mí?

A pesar de todo, le envié a mi mujer el libro dedicado. Al poco recibí un mensaje por WhatsApp: “Muy bonita la dedicatoria, pero ¿qué es ese asqueroso manchón negro que hay en la portada? Podrías, al menos, haber tenido el detalle de enviarme un ejemplar inmaculado, ¿no? Por cierto, ¿sigue en casa aquella mosca?” No le contesté. No me sentía con fuerzas para contarle lo ocurrido. Conociéndola, se habría reído y dicho algo así como «¡pobre mosquita muerta!»

Desde ese luctuoso acontecimiento no levantaba cabeza. Caí en un estado depresivo y de una pasividad creativa sin precedentes. Debía buscar una solución sin demora. ¿No dicen que un clavo saca otro clavo? Resultaba mezquino, pero quizá debía ponerlo en práctica. Encontrar una sustituta. A tal fin decidí dejar la puerta del jardín permanentemente abierta. Quizá volvería a repetirse el prodigio. Pero lo único que conseguí fue vivir rodeado de bichos de todo tipo y calaña que no dejaban de importunarme. Mi cuerpo se llenó de picaduras, ronchas e hinchazones. No dejaba de tomar antihistamínicos, que solo me producían más y más somnolencia.

Tuve que acabar adoptando una decisión drástica y pragmática: fumigar toda la casa. Ya no habría más puertas ni ventanas abiertas. Decidí olvidar todo ese increíble episodio y concentrarme única y exclusivamente en la escritura siguiendo el consejo de mi editor: “Escribe, escribe y escribe. Cada día, a todas horas. Algo bueno acabará saliendo. Debes confiar en ti”. Pero, por mucho que me esforzaba, no lograba escribir nada decente.

Por si fuera poco, unos días más tarde hallé una araña en una esquina del salón. Debió colarse sin que me diera cuenta. Iba a liquidarla cuando recordé que días atrás había leído que existe la creencia de que las arañas dan buena suerte y que, por ello, no hay que matarlas. No sé cuánto tiempo debía haber estado el animalillo en ese rincón, pero ya había tejido una pequeña red, desde la cual me observaba atentamente con sus cuatro pares de ojos. Me miraba y tejía a la vez. Muy hacendosa ella. Me cayó bien. Quizá también tenga el don de inspirarme, pensé, esperanzado.

Como, lógicamente, no podía seguirme a todas partes, decidí trasladar mi lugar de trabajo al salón. Tras dos días y sus noches ante el teclado no se me ocurría absolutamente nada. Quizá mi nueva inquilina necesitaba aclimatarse y tomarme confianza. Pero lo único que noté en ese tiempo fue que el tamaño de la telaraña había aumentado considerablemente. ¿Y si solo es una vulgar araña? Debería tener a mano, por si acaso, una escoba y el insecticida, me dije.

Consulté la Wikipedia y se trataba, por su morfología y tamaño, de una hembra de la especie Araneus diadematus, conocida también como araña de jardín o araña de la cruz. Es una especie bastante inofensiva, no suele picar a menos que se sienta acorralada y, aun así, su picadura, aunque molesta, es inocua. Menos mal, pensé.

Pero con lo que yo no contaba es que, la muy pícara, había copulado antes de buscar refugio en mi salón, pues me percaté, de pronto, que había tejido un capullo, que protegía celosamente y del que emergerían en breve vete tú a saber cuántas arañitas tocapelotas. Muy a mi pesar, no tuve más remedio que echar mano de mis armas mortíferas. Y si eso me traía mala suerte, pues que así fuera. Peor ya no me podía ir. ¡Qué ingenuo fui! Creer que podía repetirse el prodigio…

 

A falta de mi mosca viva, enmarqué una de las fotos que le hice cuando todavía gozaba de buena salud. Podría ser un buen sucedáneo, mi amuleto de la suerte, pensé. Y si algún día venía a verme mi mujer, solo tenía que esconderla y ya está. Pero han pasado ya tres meses y las ideas siguen sin fluir. ¡Cuánto echo de menos a mi mosca! Y también me pregunto si hice mal cargándome a aquella pobre araña y a toda su prole. Quizá sí que, a la larga, me habría traído suerte. Estoy hecho un lío. No sé qué hacer ni a quién recurrir. No sé…, quizá podría escribir una historia sobre todo lo que me ha ocurrido. ¡Qué gran idea!  Siempre me ha fascinado el género fantástico. Nadie tiene que saber que está basada en hechos reales. Y si llega a publicarse, espero que mi mujer sepa mantener la boca cerrada.

 

jueves, 15 de octubre de 2020

Mambrú se fue a la guerra

 


Su padre siempre quiso que siguiera su oficio de alfarero. «Los artesanos no se hacen ricos, pero son gente respetada y siempre tendrás un plato en la mesa», le repetía. El pequeño Humam, quería, en cambio, ser soldado.

—Pero, ¿por qué quieres ser soldado, hijo?

—¿Acaso mi nombre no significa “el valeroso”, padre?

—Sí, hijo, pero se puede ser valeroso de muchas formas, sin necesidad de empuñar un arma. Las armas solo traen dolor y muerte, recuérdalo siempre.

 

Ahora, diez años después, Humam recuerda, como si fuera ayer, esas palabras que pronunció su difunto padre cuando él todavía no había llegado a la adolescencia.

La noche es muy fría, está aterido y acurrucado en un rincón de un edificio medio derruido que huele a heces, orina y sudor. A lo lejos se oye el estruendo de las bombas. Por las rendijas de las contraventanas no se ve ni un alma. O todos han abandonado la ciudad o están, como él, agazapados en algún escondrijo invisible a ojos del enemigo.

Para mitigar el miedo y la soledad se pone a tararear aquella cancioncilla popular que tantas veces había cantado de niño y por la cual sus compañeros de escuela le habían puesto el apodo de Mambrú: «Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor qué pena…» Y ahí se detiene. Ya no le resulta tan grata esa canción que tiene un final tan triste. Él no quiere acabar como su protagonista.

¿Volveré algún día a casa o acabaré como Mambrú?, se pregunta.

Las pilas de su destartalada linterna flaquean arrojando una luz débil e intermitente sobre el ajado calendario, en el que ha ido tachando, uno a uno, los días de cautiverio, pues se siente cautivo por esa guerra indeseada e indeseable a la que le han forzado a participar. Ahora reniega de su deseo infantil.

Lleva seis meses en ese infierno y solo le falta una semana para cumplir los veintiún años. No tuvo ocasión de pedir la mano de Amina, cuyo nombre hace justicia a su forma de ser. Significa mujer calmada, leal, sincera y fiel, en la que se puede confiar. Seguro que le estará esperando, tal como le prometió la última vez que se vieron, él de uniforme y ella secándose las lágrimas. Todavía la recuerda de pie, diciéndole adiós con la mano y haciéndose cada vez más pequeña a sus ojos, mientras el camión se alejaba hacia la línea de fuego, dejando atrás una estela de polvo.

 A Humam, el frío y el cansancio le producen una somnolencia que le hace dar cabezadas. Tiene que dormir, no soportará otra noche en vela. Está solo y en cualquier momento puede aparecer un soldado enemigo y acabar con él y con todos sus sueños. Cierra los ojos intentando descansar y dejarse llevar por la ensoñación, que es el único recurso que tiene para no desesperar.

 

—¿Cómo te llamas? —le preguntó aquella chiquilla a la que solo conocía de vista, pero de la que se prendó desde el primer día que la vio llenando una jarra de agua en la fuente de la plaza donde él vivía.

—Mi nombre es Humam —le contestó, azorado, pues nunca una niña le había dirigido la palabra—. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Amina. ¿A que es bonito? Significa…

—Mujer bella de ojos claros —se adelantó el chico, sonriendo tímidamente y haciendo alarde de una osadía que no sentía.

—Pero ¿qué dices? No significa esto, significa que soy, hum… ¿cómo te lo diría?, una chica buena y formal, que se puede confiar en mí. Leal, ¡esa es la palabra! Mi padre dice que me pusieron ese nombre porque el nombre hace que una persona se convierta en lo que significa. Y el tuyo ¿Qué significado tiene?

—Humam quiere decir valeroso.

—¡Qué bien!, así, de mayor serás un hombre muy valiente. Yo quiero casarme con un guerrero fuerte y valeroso —le dijo la niña mientras se alejaba con la jarra apoyada en una de sus caderas, perdiendo agua a cada paso. Y así, siguiendo el rastro húmedo que Amina fue dejando en el suelo arenoso de aquel barrio de Alepo, supo donde vivía esa hermosura de tez morena y ojos claros.

 

El eco de una ametralladora devuelve a Humam a la realidad. Mira a través de la grieta de la pared que hace tan solo dos días un obús ha dejado, como cicatriz incurable. Huele a pólvora y la noche sigue siendo negra y fría. Calcula que los disparos se producen, por lo menos, a un kilómetro de distancia.

«¿Dónde estará mi destacamento?, se pregunta angustiado. Hace días que no sé nada de él. ¿Por qué se fueron sin avisarme? Me dejaron de guardia y me dormí. Debieron tener que marcharse rápida y sigilosamente y no repararon en mí o bien no tuvieron reparos en abandonarme por haber sido tan negligente. Por lo menos tengo un arma, aunque con escasa munición. Si los soldados del ejército rebelde llegaran a descubrirme sería mejor entregarme que luchar. Mientras tanto, sobrevivo milagrosamente al hambre y la sed sin salir de este agujero, como una rata asustada. No puedo engañarme, nunca he sido valiente, mi única heroicidad fue vencer mi terrible timidez para declararme a Amina. Su solo recuerdo llena mis horas de soledad y me anima a sobrevivir. Su fotografía dedicada que llevo en el bolsillo es como un bálsamo que me ayuda a superar estos momentos de angustia.  Sueño que regreso con vida y que me recibe con los brazos abiertos, llorando de alegría porque, por fin, seremos felices convertidos en marido y mujer, como nos prometimos antes de separarnos».

 

Cuando Amina cumplió la edad de ser entregada en matrimonio, su padre convino la boda con un tal Mahdi, que significa “el salvador”. Y, en efecto, casarse con ese hombre, veinte años mayor que ella, significaba la salvación de su familia, que estaba en la bancarrota. Los negocios del padre de Amina se fueron al traste. Con la guerra a las puertas. ¿quién quería comprar ropa, alfombras, cortinas y todo tipo de baratijas? Los campesinos, en cambio, se estaban enriqueciendo. La fruta y las verduras se habían convertido en un bien escaso. Los precios habían subido exageradamente, la gente no tenía más remedio que pagar lo que se les pedía. Solo los ricos podían permitirse el lujo de comer carne. Y Mahdi, no se sabía cómo, tenía ese privilegio. Nadaba en la abundancia. Nadie se atrevía a preguntar de dónde salía todo ese dinero que gastaba a espuertas, como ostentación ante su futura familia.

Cuando Humam se enteró, se quería morir. Todavía era aprendiz de alfarero en el taller de su padre y nunca podría aspirar a ser tan rico como aquel viejo. Amina, por su parte, no sabía el modo de impedirlo. Su madre hacía oídos sordos a sus súplicas y su padre le habría dado una paliza al mostrarse reacia a aceptar su mandato. La entregaría a un hombre desconocido, un viejo para ella, y que, con toda seguridad, la trataría como a una esclava. Amina llegó a rogarle a Humam que se la llevara lejos de Alepo, aunque tuvieran que vivir de la mendicidad, corriendo el riesgo de ser juzgados y castigados por haber faltado al dictado de las leyes, cuyo primer precepto es respetar a los progenitores.

 

        «Ojalá lo hubiera hecho. Ahora seguramente no estaría aquí, no me habrían arrastrado a esta guerra que no siento mía. Viviríamos muy lejos de este infierno que solo depara sufrimiento y muerte».

«Esta noche procuraré dormir, porque de seguir así, ni siquiera seré capaz de levantarme y andar cuando me tomen preso».

«O mis oídos me engañan o los disparos suenan cada vez más cercanos. Tengo que tomar una determinación por arriesgada que sea. No puedo seguir así, sin comida ni agua. Si no ha sido destruida por el último bombardeo, había una fuente junto a la vieja escuela. Comida, en cambio, no podré obtener si no logro llegar hasta donde estén las tropas, aunque sean las enemigas. Si es necesario, me entregaré, cambiaré de bando, a cambio de cobijo y alimentos. Cuando amanezca, saldré de aquí, a esas horas nunca se producen escaramuzas».

 

Entre el silencio y la oscuridad de una noche sin luna, a Humam le parece oír un silbido que va repitiendo el mismo estribillo una y otra vez. Poco a poco, se hace más perceptible, hasta que despierta al joven de su duermevela. Presta atención. Reconoce esa canción. «Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor qué pena», repite la melodía. ¿Quién puede ser? ¿Será casual? A fin de cuentas, es una canción muy antigua y tradicional, muchos la conocen. Pero a qué viene silbarla ahora, de noche, y aquí, en un lugar como este. ¿Y si es un compañero que le conoce y sabe que se ha escondido allí sin atreverse a salir? Quizá sea una llamada de alguien que quiere identificarse como amigo.

Humam se yergue y saca la cabeza hasta la nariz por el hueco de lo que queda de una ventana. Usa sus prismáticos de visión nocturna y los enfoca hacia donde cree que está el silbador. Ve un casco que se mueve. Es él, sin duda. Le devuelve el silbido de la cancioncilla. Ahora parecen dos aves nocturnas tratando de comunicarse y paliar así su desamparo y soledad. Pero ese soldado le conoce, sabe que es Mambrú y de ahí que silbe esa canción de su infancia. Ahora que ya se han identificado, su nuevo vecino le hace señales con una linterna. Por fortuna, Humam sabe leer morse. Entiende que le pide que vaya a su encuentro, que se halla malherido y casi no puede caminar. Pero dispone de agua y unos pocos víveres. Le dice que al día siguiente llegarán tropas de refuerzo. Humam le pregunta quién es. El desconocido se identifica como Marwan Eljal. ¡Marwan!, su mejor amigo de la escuela. ¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Cómo y cuándo habrá llegado hasta allí?

Marwan fue quién le enseñó a usar el tirachinas y a pescar. Aún recuerda sus escapadas para avistar aves nocturnas y las correrías por las que Humam fue castigado por su madre en más de una ocasión. Fue él quien le bautizó como Mambrú para mofarse y que acabó siendo su apodo para siempre entre sus compañeros. No había sabido nada de él desde que se separaron al ser enrolados por el ejército gubernamental. Si todo iba bien regresarían juntos sanos y salvos.

Tras asegurarse de que la calle está desierta y que no se oyen disparos ni explosiones, Humam sale de su escondrijo. Antes de llegar al edificio en ruinas donde está su amigo, se oye un disparo. No se sabe de dónde ha salido el francotirador. Los debía de haber oído silbar y estaba esperando la ocasión. Humam cae tendido de espaldas sobre un montón de cascotes. Sangra abundantemente. Entre las sombras aparece un soldado, pero no es de los suyos. Es del ejército rebelde. Se acerca, se pone de cuclillas junto a él y se quita el casco, que deja en el suelo. Acerca su cara a la de Humam y parece que esboza una sonrisa irónica. Es Marwan. Si no fuera por esa sonrisa, parecería que siente la muerte de su antiguo amigo, pues menea la cabeza de derecha a izquierda, negando la evidencia. «¡Quién lo iba a decir!», parece dar a entender.

—¿Por qué no te pasaste al bando rebelde, Mambrú? ¿Ves lo que he tenido que hacer? Llevaba días acechándote. El viejo Mahdi murió en un bombardeo de la casa donde tenía su negocio. Ahora el camino ha quedado despejado. Cuando vuelva, le presentaré mis respetos a los padres de Amina y les pediré su mano. Ahora mi familia tiene mucho dinero. La guerra ha sido su mejor aliado. La suya está en la ruina, pues todo lo que poseía aquel viejo asqueroso desapareció pasto de las llamas. Ahora es mi turno. Siempre estuve enamorado de esa preciosidad de tez morena y ojos claros, como tú la llamabas. Lo siento, amigo. —Añadió algo más, pero fue enmudecido por una gran explosión.

Humam, o Mambrú, qué más da, antes de perder la consciencia esboza una sonrisa de pena y de satisfacción a la vez; pena al comprender que no volverá a ver a Amina, y satisfacción al ver cómo desde lo más alto caen sobre ellos grandes bloques de piedra que los sepultará para siempre.


martes, 6 de octubre de 2020

Cuestión de principios

 


Veinte años de servicio y un historial impecable. No habría llegado a comisario de no haber demostrado mi valía. Desde que entré en el cuerpo de policía quise formar parte del departamento de homicidios. Enseguida vieron que tenía un ojo clínico para desenmascarar al más escrupuloso de los asesinos. Mario, mi compañero de fatigas durante todos esos años, me decía, con sorna, que, de haber vivido en el Londres de 1888, sin duda habría descubierto la identidad de Jack el destripador. Pobre Mario. También prometía, y mucho. Habría llegado muy lejos de no haber sido por aquel inesperado y desgraciado incidente. Gajes del oficio. Es lo malo de meterse en asuntos turbios sin la debida preparación y sin nadie que te cubra las espaldas. Quería hacer méritos muy deprisa y eso le hizo demasiado intrépido y negligente. Ante los psicópatas, toda precaución es poca, pues son astutos e inteligentes. Por mucho que se lo repetí, no hubo forma de que me hiciera caso.

Mario y yo nos disputábamos el honor de ser el policía con más casos resueltos. Pero siempre le ganaba por goleada y creo que eso espoleó su ego y lo llevó a sentir una evidente antipatía hacia mí. De colega amistoso se convirtió en mi peor enemigo. Se convirtió en mi sombra, siempre buscando un fallo o desliz con el que pudiera desprestigiarme.

No dejo de pensar en él. Su muerte fue un daño colateral que nadie pudo evitar. No sabía a lo que se enfrentaba. Pisó el acelerador demasiado a fondo y no pudo frenar a tiempo. El hecho de actuar solo lo llevó a la tumba y a mí me dejó con un sentimiento de culpabilidad que los años me han ayudado a superar.

Su envidia por mis logros se disparó cuando empecé a gozar de la admiración de todo el departamento. Había resuelto uno de los casos más complicados a los que habíamos tenido que hacer frente. En una semana se habían cometido cuatro asesinatos. Cuatro prostitutas habían aparecido degolladas en unos descampados cercanos a la carretera donde ofrecían sus servicios. El modus operandi era el mismo: un corte en el cuello producido por un cuchillo de filo serrado y una carta del Tarot junto al cadáver, la carta de la Muerte. No había duda de que se trataba del mismo autor. El comisario de entonces me había encargado el caso, solo yo podía resolverlo, me dijo. Mi estimado predecesor confiaba mucho en mis cualidades de sabueso. De él aprendí mucho, prácticamente todo lo que sé sobre mentes criminales.

El caso es que a los pocos días de iniciar la investigación di con el asesino. Mario lo achacó a un golpe de suerte, pero fue en realidad mi astucia lo que me llevó al éxito. Mario no supo digerirlo.

El asesino resultó ser un alcohólico, un sintecho que había ido entrando y saliendo de varios centros de rehabilitación que solo consiguieron convertirlo en un sociópata. Su cerebro estaba tan trastornado que ni tan solo fue capaz de explicar por qué tenía en su poder el cuchillo del crimen, con sus huellas, y cuatro barajas del Tarot, a las que le faltaba la carta de la Muerte.

Aquello me valió mi primer ascenso. Me nombraron inspector jefe.

Pero ahí no acabaron mis hazañas. El siguiente caso fue todavía más llamativo. En esa ocasión, los asesinados eran tres indigentes como el que había acabado con la vida de aquellas cuatro mujeres de la calle. Habían sido quemados vivos mientras dormían arrebujados entre cartones. Los habían rociado con gasolina y prendido fuego. Mario se apresuró a conjeturar que se trataba de alguien que quiso vengar la muerte de aquellas prostitutas, una compañera sin duda. Pero yo demostré que estaba totalmente equivocado, lo cual exacerbó su inquina hacia mí.

En esta ocasión también di en el clavo en menos que canta un gallo. Mis sospechas recayeron en un tipo perteneciente a un grupo neonazi que hacía poco había protagonizado varias agresiones a mendigos que también dormían al raso. Por la descripción que hicieron de él, todo apuntaba a ese hijo de puta, pero el juez no quiso firmar una orden de registro por falta de pruebas y porque —todo hay que decirlo— era el hijo de un magistrado amigo suyo.

Pero para mí no había obstáculos y me las ingenié para conseguir esa orden. Tuvimos que echar la puerta abajo. Cuando entramos en su piso lo encontramos muerto. Sobredosis. Y también hallamos algunos bidones de gasolina. 

Gracias a ese nuevo éxito, otro ascenso vino a recompensarme. Sucedí a mi jefe que, por un desafortunado accidente automovilístico, dejó vacante el cargo.

Todo había resultado perfecto. Hasta que Mario se inmiscuyó. No sé cómo lo descubrió. Debió de seguir mis pasos, día y noche, sin que yo me percatara, algo muy extraño en mí. En eso debo reconocerle el mérito. No pude evitar eliminarlo. Sin duda me habría delatado. Después de lo que me había costado encontrar a aquellos dos chivos expiatorios y preparar las pruebas incriminatorias, por no mencionar mi perfecta imitación de la firma del juez. Manipular los frenos del coche de mi predecesor fue, en cambio, coser y cantar. 

No podía permitir que todo se fuera al garete. Mario no quiso atenerse a razones, por más que intenté convencerle de lo correcto de mis actos.

Siempre he detestado la prostitución y la mendicidad. Es cuestión de principios.



900 palabras

Ilustración: Anthony Hopkins en el papel de Hannibal Lecter en "El silencio de los corderos"

miércoles, 30 de septiembre de 2020

No está en venta

 

Acabo de cumplir setenta y nueve años y llevo dos viviendo una guerra sin cuartel. Estoy ya muy cansado de batallar, pero todavía me quedan fuerzas para seguir resistiendo.

Esta pequeña ciudad ha sufrido una transformación que me resulta devastadora. Casi no la reconozco. Acepto la modernidad como algo inevitable, pero no la inhumanidad. Sé que las grandes capitales han experimentado este mismo cambio desde mucho antes y también sé que otros, antes que yo, han vivido el mismo conflicto y acabaron claudicando. Pero eso no es óbice para que yo quiera mantenerme firme como una roca.

—Señor Aguilar, sea realista. No tiene nada que hacer. El plan de remodelación del barrio hace años que fue aprobado por el Ayuntamiento y es imparable. Siga el ejemplo de sus vecinos y acepte nuestra más que generosa oferta, de lo contrario tendremos que tomar medidas drásticas, cosa que a ninguna de las dos partes nos conviene. Nadie en el vecindario dudó ni por asomo. Con lo que obtuvieron han cambiado a un lugar muchísimo mejor.

—Por cuarta o quinta vez, ya he perdido la cuenta: ¡Váyanse a la mierda!

De esa conversación, si así puede llamarse, hace dos semanas. Desde entonces, el ruido ensordecedor de las máquinas me vuelve loco de día y la imagen de lo que van dejando tras de sí no me deja pegar ojo por la noche. Es un suplicio, pero esos mentecatos no me conocen bien.

 

—Ramón, por el amor de Dios, mira cómo te has puesto. Venga, sube a lavarte, que tu padre está a punto de llegar y ya sabes que quiere cenar pronto.

—Ya voy, mamá, una última tirada y subo.

—Joder, tío, tu madre es un sargento, y de tu padre ya no digo nada.

 

¡Qué equivocado estaba Juanito! Mi madre era la mejor madre que un niño como yo, malcriado y avieso, podía tener. Siempre me decía que era un diablillo. Aunque yo le quitaría el diminutivo. Y mi padre… ¿qué decir de él? Un hombre muy recto y autoritario, eso sí, pero noble. Trabajador como pocos y pluriempleado como muchos. Solo le veía un par de horas al día, al volver de su trabajo vespertino. Estaba con él lo que duraba la cena y durante un breve descanso en su sillón orejero, leyendo el periódico del día anterior, que muy gentilmente le guardaba el señor Ramón, el vecino del piso de arriba. Luego se acostaba, pues tenía que madrugar para ir a la fábrica. Nos daba un par de besos a mi madre ya mí, y hasta el día siguiente.

Ese viejo sillón de cuero, ya entonces bastante ajado, es lo único que conservo de él, aparte de los recuerdos, que son muchos. Se lo compraron sus compañeros de trabajo como regalo de bodas. De eso debe de hacer… En fin, qué más da. El caso es que estos días está siendo mi mejor compañero de piso. Me paso horas sentado en él mientras observo lo que va quedando del barrio.

Llevo varias semanas enclaustrado voluntariamente. No pongo los pies en la calle para que no me atosiguen los periodistas, y mucho menos esos buitres de la inmobiliaria. Pero lo que peor soportaba cuando todavía llevaba una vida hasta cierto punto normal, era el modo en que me observaban los obreros. En sus rostros advertía una mirada lastimera, al pensar —supongo yo— que este viejo chocho acabará, lo quiera o no, en la calle, o bien un rictus de incomprensión del que piensa que se tiene que estar loco para no aceptar marcharse de este cochambroso lugar, cuyos únicos vecinos que aún quedan son las ratas y algún que otro perro callejero.

—A su edad y viviendo solo, para qué quiere un piso tan grande que, además, se cae a pedazos. Con lo que le ofrecemos puede comprar un piso mucho más acogedor y prácticamente nuevo. Nosotros mismos le podemos buscar uno que esté cerca de aquí, si tanto apego le tiene a este barrio —fue la última intentona de aquel mequetrefe, que decía ser abogado de la empresa.

—Aquí nací y aquí moriré. Solo me sacarán con los pies por delante —fue mi última respuesta.

Cuando se marchó, con evidentes señales de enfado, antes de cerrar la puerta, me observó como si viera un insecto asqueroso y, balanceando la cabeza, suspiró a la par que salía al rellano dando un portazo. 

 

—Papá, papá, ¿jugamos al escondite?

—Vale, Alberto, pero solo un ratito, que luego no hay quien te pare. Anda, que cuento hasta diez.

—Jo, cuenta hasta veinte, que no me da tiempo a esconderme.

—Mamá, ¿me ayudas a hacer los problemas de matemáticas?

—Pídeselo a tu padre, cariño, que de eso sabe más que yo.

Y Amalia venía rauda hacia mí con la libreta y el bolígrafo en las manos, mientras Juani se metía en la cocina para preparar la cena y, de paso, mi bocadillo para el día siguiente.

 

¡Tantos recuerdos encierra este lugar! El día de la boda de Amalia. Parecía una princesa vestida de blanco, saliendo de su habitación junto a su emocionada madre. ¡Cuántas lagrimas derramó mi Juani cuando su “niña” dejó el hogar familiar! Se suponía que debía ser yo quien más se emocionara. El padre que ve partir a la niña de sus ojos. Pero me negué a que aflorara mi pena en un día en el que solo cabía la alegría.

Con Alberto, en cambo, fue muy distinto. Se me hizo un nudo en la garganta al verle allí, de pie, esperando a la novia. No pude contener alguna que otra lágrima descarriada. Creo que fue porque me vi a mí mismo cuando, nervioso y emocionado, vi entrar por la puerta de la iglesia, del brazo de su padre, a mi Juani, la que ha sido una madraza tan paciente y abnegada como lo fue la mía. Las estrecheces económicas del principio, las letras que pagar, los dos partos con dolor, las noches prácticamente en vela por culpa de unos cólicos o de unas fiebres catarrales, porque yo tenía que levantarme de madrugada, como hizo mi padre durante más de cuarenta años. Tantos desvelos y tanta felicidad en común truncada por un cáncer de pulmón, ella que nunca fumó.

Los jóvenes no entienden el valor que para un viejo tiene el hogar que le vio nacer, donde creció y donde formó una familia. Y los empresarios solo saben ver un buen negocio. Para ellos, esos recuerdos representan un problema para sus planes, que no pueden ser obstaculizados por un viejo testarudo como yo. Pisos nuevos, edificios nuevos, barrios nuevos. Todo nuevo, menos la vida. Porque mi vida en otra parte no sería nueva. No me rejuvenecería, al contrario, me moriría de añoranza. Todos mis recuerdos están aquí, entre estas cuatro paredes. Ni siquiera mis hijos lo comprenden, a pesar de que también vieron la luz por primera vez en este lugar.  

 

—Pero, papá, si hasta huele a rancio —me dijo Amalia, arrugando la nariz.

—Y las paredes tienen más grietas que tú arrugas en la cara —añadió Alberto, siempre tan guasón.

—Además, ¿acaso no recuerdas que mamá ya te dijo en vida que preferiría vivir en un piso más moderno? —añadió mi hija.

—Lo decía porque no tenemos ascensor y cada vez le costaba más subir las escaleras —repliqué—, pero desde que nos dejó, eso ya no es un inconveniente. Todavía me siento con fuerzas para subir los tres pisos a pie.

 

La verdad es que no es del todo cierto. La artrosis cada vez me limita más el movimiento y los huesos me crujen como si se quejaran del maltrato al que les tengo sometidos. Pero como ya no salgo a la calle, tema solucionado, al menos mientras Pedro, ese joven tan amable del supermercado, siga haciéndome el favor de traerme la compra. El pobre llega resoplando y eso que solo debe de tener veintitantos años.

El único precio que debo pagar por mi cabezonería es la propina que le doy a ese chico. Y solo es una vez a la semana.

Durante todo este tiempo he llegado a la conclusión de que la soledad será a partir de ahora mi mejor amiga. No necesito a nadie. Estoy acostumbrado a vivir solo desde que mi Juani nos dejó. ¡La echo tanto de menos! Y también siento añoranza por mis antiguos amigos del trabajo, de los que me he ido distanciando. Ni tan solo sé si todos siguen vivos. 


—Papá, no puedes seguir así, vente a vivir conmigo. Marta está de acuerdo, sabes que te quiere como a un padre. Tenemos espacio de sobra, pero si lo prefieres, podrías ir alternando, una temporada con nosotros y otra con Amalia y Jorge. Ya lo hemos hablado. —me dijo Alberto en una ocasión.

Por toda respuesta le dije que muchas gracias, pero que prefería seguir viviendo solo, que a mi edad los cambios no son buenos y nos volvemos un estorbo para los jóvenes. Una excusa como otra cualquiera. Prefiero estar aquí, sin apenas moverme, que estar haciendo la maleta cada treinta días. Me sentiría como un bulto que va de aquí para allá. Ni hablar.

Acabo de encontrar una nota que alguien me ha pasado por debajo de la puerta. Me dan cuarenta y ocho horas para desalojar el piso. De lo contrario, la Policía Municipal ya tiene orden para echarme a la fuerza si es necesario. Nadie se ha movilizado en mi defensa. ¡Mira que ha habido protestas por situaciones idénticas a la mía! Pero ya no quedan vecinos que puedan movilizarse a mi favor. Si todos aceptaron marchase, ¿cómo van a oponerse a mi desalojo?


Hoy vence el plazo que me han dado. Nunca creí que tuviera que utilizar el plan B, como se suele llamar. Pero no tengo otra opción. No me queda otro remedio que aceptar lo inaceptable.

Los espero sentado en mi viejo sillón. Si mi padre levantara la cabeza… Solo lo siento por si alguien paga las consecuencias de mi acto.

Jamás hubiera imaginado que algún día mi experiencia como técnico en explosivos me sirviera para esto.

Ya oigo el barullo en la calle. Ha llegado el momento. Los agentes de policía están subiendo por la escalera. Ya no hay otra salida. La cuenta atrás ha empezado.

—Diez, nueve, ocho, siete… —ya están en el rellano—, seis, cinco, cuatro —están aporreando la puerta para echarla abajo—. tres, dos, uno…


martes, 15 de septiembre de 2020

El profesor chiflado

 


Acogiéndome a las reglas de este reto, el argumento que me ha tocado en suerte (por decir algo) es el siguiente:

"Un profesor de literatura al que le gusta regalar lo que lleva a los demás y un diseñador de moda aficionado a cantar en karaokes, se contagiarán de una extraña enfermedad, pero todo será diferente con la presencia de una maquilladora de cadáveres, donde el terror a lo desconocido y la importancia de la amistad estarán presentes en una historia de amor"

Para resumir en 250 palabras un argumento como este, me he permitido seleccionar, tal como indican las normas del reto, los personajes a mi antojo. Y esto es lo que ha quedado:

El profesor chiflado

A Manuel Argüelles sus alumnos le tenían por un chiflado porque los obsequiaba con todo tipo de objetos.

Un día le tocó el turno a Luisa, una estudiante que guardaba un secreto: se ganaba un dinerillo como maquilladora de cadáveres.

El objeto con el que la obsequió fue un pintalabios de color rojo sangre.

Una noche, Manuel estaba tomando unas copas en un karaoke que solía frecuentar cuando la casualidad hizo que allí estuviera también Luisa. Acabaron compartiendo mesa y charla. Tras unas copas de más, ella le confesó a qué se dedicaba en su tiempo libre. Movido por la curiosidad, él quiso conocer su lugar de trabajo. Los muertos le provocaban un cierto morbo.

A pesar de las reticencias de la joven, acabaron en el local donde ella acudía al salir de clase.

Luisa le mostró su último trabajo, una mujer a la que solo faltaba pintarle los labios. Sin pensárselo dos veces, sacó de su bolso el pintalabios que Manuel le había regalado. Rojo sobre blanco. Acto seguido, ante la sorpresa de la joven, él se lo arrebató para retocar los de ella. Luego, empujado por un impulso irracional, la besó apasionadamente. Cuando se retiró, vio cómo Luisa lo contemplaba atónita. Los labios de Manuel estaban inexplicablemente contraídos en un rictus de dolor. Los de la finada, en cambio, parecían sonreír.

Al día siguiente, ambos estaban en el Instituto Anatómico-Forense. Habían caído fulminados por una extraña enfermedad. Nunca se supo la naturaleza ni el origen de la misma.



miércoles, 9 de septiembre de 2020

El beso

 


Todo empezó un mes de octubre de hace dos años. Estaba en Viena por motivos de trabajo. Dos semanas de estancia me permitirían emplear mi tiempo libre para hacer turismo, pensé. Solo llevaba una semana en la capital del Danubio cuando fui al museo Belvedere. Quería contemplar El beso, o Der Kuss, en alemán, el famoso cuadro de Gustav Klimt. Desde que vi la película “La dama de oro”, en la cual aparece otra célebre obra de este mismo autor, El retrato de Adele Bloch Bauer, actualmente expuesto en la Neue Galerie de Nueva York, no podía dejar pasar la oportunidad de disfrutar de una maravilla equivalente y más cercana.

A las diez de la mañana del primer domingo de mi estancia vienesa, tan pronto como abrieron las puertas del museo, me encaminé, presuroso, hacia la sala donde se expone esta obra pictórica, cuyos reflejos dorados parecen querer salir de la tela. Quedé extasiado.

Pero lo que nunca olvidaré de aquella visita no es la obra del insigne pintor alemán, sino la voz que oí a mis espaldas y, sobre todo, la imagen que la acompañó cuando, al girarme, la vi.

Parecía salida del cuadro que estaba contemplando. Alta, esbelta, cabellos cobrizos, piel rosada, labios rojos, y una sonrisa misteriosa. Parada a pocos centímetros de mí, casi rozándome, me miraba fijamente.

 —¿Te gusta? —me dijo casi al oído.

—¡Y tanto! —fue todo lo que supe contestar, turbado como estaba por la inesperada visión de aquella diosa hecha mujer.

—¿De dónde eres? —volvió a preguntar.

—De Barcelona —dije, tragando saliva.

—¿Y qué haces por estas tierras lejanas? —dijo sonriendo abiertamente y con una mirada deslumbrante.

—Trabajo para una empresa austríaca y tendré que estar unos cuantos días en Viena. Así pues, aprovecho mi tiempo libre para hacer turismo cultural —ahora fui yo quien sonrió, ya más distendido.

—Pues, si quieres, puedo hacerte de guía por la ciudad. Conozco Viena como la palma de mi mano.

—¿Acaso no eres de aquí? —quise saber. Por toda respuesta, otra sonrisa intrigante.

Desde aquel momento y hasta que tuve que regresar a casa, solo nos separamos el tiempo justo y necesario para atender mis obligaciones profesionales. Éramos inseparables. No nos conocíamos de nada, pero no importaba, nos compenetrábamos estupendamente bien, como una pareja de enamorados. Bien, yo era, en todo caso, el enamorado. Ella no lo sé, no supe en todo ese tiempo que pasamos juntos qué sentía por mí. Lo que sí puedo asegurar es que el primer beso que nos dimos, una noche, junto al teatro de la ópera, ha sido la experiencia más inolvidable de mi vida. Si alguien nos hubiera hecho una fotografía, seguro que habría parecido una réplica del famoso cuadro.

El momento del adiós fue como me lo imaginaba, triste para ella y doloroso para mí. No pude reprimir decirle lo que hacía días quería, pero temía por miedo al rechazo, al ridículo: «te quiero». Su respuesta fue, de nuevo, aquella sonrisa misteriosa que la caracterizaba. Un beso selló nuestra despedida, una despedida que esperaba fuera transitoria. «Volveré pronto», le dije. «No me olvides», contestó.

Tan pronto como llegué a casa, quise escribirle, pero me di cuenta de que no conocía su dirección. Nunca quiso que fuéramos a su casa; siempre nos citábamos en mi hotel o en cualquier otro lugar de su elección. ¿Cómo no había reparado en ello? Tampoco tenía su número de teléfono. A ella sí le había dado el mío, pero nunca me había tenido que llamar. ¿Acaso no quería que supiera el suyo? Estaba hecho un lío. De pronto, la imagen deslumbrante de aquella chica que me había robado el corazón se enturbió en mi mente. La venda caía de mis ojos mientras la decepción más profunda se apoderaba de mí. Todo había sido un juego, pensé.

 

Al cabo de un tiempo volví a Viena. Por todas partes me parecía verla: en los restaurantes, en la calle, en el hall del hotel… Pero solo eran fantasmas del pasado o como un espejismo en medio del desierto. Fui de nuevo al museo para rememorar aquel encuentro. Cuando llevaba un buen rato delante del cuadro que nos dio a conocer, noté un soplo frío en la nuca y un susurro que me hizo estremecer. «¿Te gusta?», me pareció oír. ¡Era su voz! ¡Era ella! Pero al darme la vuelta comprobé que no había nadie en la sala, a excepción de un vigilante.

 

Cuando se lo conté a un buen amigo, solo supo decirme: «No te obsesiones. Te lo pasaste de puta madre y sin compromiso alguno. ¿Qué más quieres, tío? Ya encontrarás a otra»

Decididamente, mi amigo no sabe lo que es estar enamorado. Ahora solo me pregunto si aquella chica alta, esbelta, de cabellos cobrizos, piel rosada, labios rojos y sonrisa misteriosa llegó a existir o todo fue una alucinación. El caso es que la añoro y no puedo pensar en Viena ni ver ningún retrato de Gustav Klimt sin revivir aquella breve, pero bella y misteriosa historia de amor.


jueves, 23 de julio de 2020

Nadia



Nadia. Qué nombre tan bello, nombre de diosa, nombre del Este, nombre de hada, nombre probablemente falso, porque estas chicas siempre utilizan nombres que resulten sensuales a sus clientes.
Nadia. Cuando te vi por primera vez, sentí deseos de sacarte de allí. ¿Qué hacía una chica como tú entre tanta inmundicia y tanto canalla? ¿Pero y yo? ¿Acaso no había acudido para hacer lo que muchos otros? ¿Acaso no estaba dispuesto a pagar por tus servicios? Y pagué. Pero solo hablamos. Y volví, semana tras semana, solo para estar contigo, oír tu voz y escuchar tu historia.


Un gélido mes de febrero, a orillas del Moscova, del brazo de tu novio, Alexei, os dirigíais, presurosos, hacia un restaurante donde creías que te iba a pedir en matrimonio. Ya te imaginabas la escena: él, de rodillas, con una cajita de terciopelo conteniendo un anillo con un brillante, eso sí, pequeño, porque Alexei era cualquier cosa, menos rico. No sabias a qué se dedicaba ni qué eran esos negocios que siempre decía tener entre manos. Era atento y cariñoso, y eso era lo que contaba.
Nunca pudiste imaginar que esa cena que se prometía tan romántica terminaría de ese modo. Aquel tugurio no era el restaurante que esperabas, ni la clientela, muy escasa, era de la clase que suponías. Te dejó sola con la excusa de ir al baño. Mientras esperabas, las miradas que te dirigían aquellos hombres desde la barra, alguno con muchas copas de más, no auguraban nada bueno. Alguna sonrisa burlona te enfureció. ¿Acaso pensaban que eras una furcia a quien le pagaban la cena a cambio de sus servicios? Estabas a punto de plantarles cara cuando, de repente, aparecieron tres hombres que, sin mediar palabra, se te llevaron en volandas hacia un patio trasero. Por el camino, mientras gritabas, aterrada, viste a tu querido Alexei en un rincón. Contaba, ávido, un montón de billetes. Cuando levantó la cabeza y vuestras miradas se encontraron, la tuya suplicante, la de él sonriente, solo se encogió de hombros.  «Lo siento, nena, el negocio es el negocio».
¡Cuántas lágrimas derramaste desde aquella aciaga noche! Durante días apenas viste la luz del sol. Te transportaron, como un fardo, de un vehículo a otro, y siempre con la cabeza cubierta por una capucha maloliente. ¿A cuántas mujeres les habrán puesto aquella misma capucha inmunda?
Los primeros raptores hablaban ruso, pero luego te pareció oír hablar serbio. ¿O era búlgaro? No lo sabes. Qué más da. El caso es que habías caído en manos de unos traficantes de personas. ¿Qué sería de ti? Qué iba a ser, sino ejercer la prostitución. Acababas de cumplir los dieciocho. Tus padres te estarían buscando angustiados. Alexei les diría que os habíais peleado y no sabía nada de ti.
El único consuelo, si puede llamarse así, era que no estuviste sola. Otras seis jóvenes, aproximadamente de tu misma edad, formaban parte del “lote”. Y todas ellas habían sido “reclutadas” con engaños. A dos de ellas les habían ofrecido un trabajo bien remunerado en una discoteca frecuentada por rusos, motivo por el cual las preferían de su misma nacionalidad. Al resto las había traicionado, como a ti, un supuesto amigo.
Cuando, por fin, llegasteis a vuestro destino os llevaron a un piso franco donde os aleccionaron. Si no cumplíais con el mandato, que no era otro que satisfacer a los clientes, sabían el paradero de vuestras familias y serían ellas quienes pagarían vuestra transgresión. Más os valía no intentar escapar porque la represalia les saldría muy cara. Siempre debíais pensar en vuestra familia. Si os portabais bien, algún día os dejarían volver a casa. Pero antes debíais sacar provecho de vuestros atributos físicos y rentabilizar el negocio. Habían invertido mucho en vosotras. Los favores y los sobornos salen muy caros.
¿Cuántos años pasarías en aquel antro al que te habían destinado?, te preguntabas. ¿Diez, veinte? ¿Hasta que perdieras tu atractivo? ¿Cuándo hubieras dejado de ser rentable?


Llevaba dos años ejerciendo la prostitución cuando conocí a Roberto. Tenía, según me dijo, veinticinco años y nunca había tenido novia. Su minusvalía —la típica secuela de la poliomielitis en su pierna derecha— le había impedido tener una relación con las chicas de su edad y por ello se refugiaba en los “brazos de alquiler”, como lo llamó.
Todavía recuerdo nuestro primer encuentro. Era un sábado por la noche. Lo primero que hizo fue preguntarme mi nombre, cosa que raramente hacen los clientes habituales. Y recuerdo su expresión al decirle que me llamaba Nadia, un nombre inventado, por supuesto, como me habían aleccionado mis carceleros.
Y recuerdo que mi primer servicio con él consistió en charlar. Ni se atrevió a tocarme. Estuvimos una hora hablando de nosotros. Él me contó su vida y yo le conté la mía. Tan pronto abandonó la habitación me arrepentí. Había sido una imprudente. ¿Y si todo había sido una trampa para poner a prueba mi discreción? ¿Y si se lo contaba a Erik y luego la emprendía conmigo como hizo en aquella ocasión en la que me resistí a “recibir” a aquel bruto maltratador que disfrutaba pegándonos una paliza para ponerse a tono?
Pasaron los días y nada ocurrió fuera de lo normal. Hasta que llegó el sábado siguiente y volvimos a vernos. Pidió por mí, según me comentaron. Solo quería estar conmigo. Y aunque le dijeron que estaba ocupada, insistió en esperar lo que fuera necesario. Le cobraron el doble por ello. No me lo contó, pero sé que esa es la costumbre cuando un cliente exige estar con una chica en concreto. Desde entonces, todos los sábados por la noche le tenía en mi cuarto. Hacíamos el amor como si fuéramos amantes. Y nos despedíamos como si fuéramos pareja.
Llegué a sentir cariño por él. Era tan dulce… Esperaba que pasara la semana para volverle a ver. Incluso pensaba en él cuando lo hacía con cualquier otro. Dentro de lo horrible de mi situación, él era como un bálsamo que aliviaba mis heridas. Su ternura y su forma de hablarme me hacía sentir importante, una mujer amada, no solo deseada.
Un día, mientras me abrazaba, se le escapó una palabra que me hizo estremecer. «Te quiero». Le salió de muy adentro, quizá del alma. No supe qué decir. Me quedé paralizada. Debió notar mi azoramiento o pensó en las posibles consecuencias de aquellas palabras, porque se vistió apresuradamente y se marchó sin volver la vista atrás. Una vez hubo cerrado la puerta, con el sigilo de siempre, me eché a llorar. ¿Y ahora qué?, pensé.


Me había enamorado de Nadia o cómo se llamase de verdad. Eso era obvio. Pero, a la vez, me pareció irreal. ¿Qué futuro me esperaba con ella? En primer lugar, no sabía qué sentía por mí. Por el modo con que reaccionó a mis dos palabras, no podía albergar muchas esperanzas. Me apreciaba, eso sí, pero de ahí a sentir algo parecido al amor, hay un trecho. ¿Y si solo sentía pena por mi minusvalía? Pero, aunque me correspondiera, ¿cómo iba a sacarla de aquel lugar sin pagar un duro peaje? ¿Podría comprar su libertad? Estaba dispuesto a todo con tal de que me amara. La próxima vez no me iría sin saber si sentía algo por mí. Había sido un cobarde. El miedo al fracaso y a la humillación me habían traicionado. ¿Qué esperaba? Quizá sí que me quería, pero no se atrevía a confesarlo.

—Nadia, te quiero. Ven conmigo, te sacaré de aquí.
—Estás loco, Roberto. ¿Cómo crees que puedo marcharme contigo sin que Erik lo impida?
—Le pagaré lo que dice que le debes.
—¿Acaso tienes doscientos mil euros?
—¿Dos cientos mil euros? ¡¿Está loco?!
—¡Claro que está loco!
—¡Pues recurriré a la policía! ¡Os liberarán a todas!
—¡Ni se te ocurra! Pondrías a nuestras familias en un grave peligro. Serían capaces de cualquier atrocidad con tal de vengarse. ¡No sabes las conexiones que tienen en toda Europa! Déjalo, te lo ruego.

Pero yo no pude dejar de pensar en un futuro en común y a salvo de aquellos traficantes. Urdí un plan sin que Nadia lo supiera. En más de una ocasión me había pedido que enviara una carta a sus padres que había escrito clandestinamente. Conocía, pues, donde vivían. Con el pretexto de un viaje por trabajo, me ausenté durante dos semanas. Fui a Moscú para dar con ellos, que vivían con los dos hermanos pequeños de Nadia, y buscarles un paradero seguro donde nadie pudiera encontrarlos. Más adelante, cuando todo estuviera resuelto, Nadia fuera libre y ellos a salvo, ya podrían volver a su hogar y reencontrarse con su hija.
Con el dinero ahorrado tendría más que suficiente para mi propósito. Y así fue. Al principio me costó convencerles, no se fiaban de mí, a pesar de que les enseñé un selfie que nos habíamos hecho Nadia y yo unas semanas atrás, los dos sentados en la cama, cogidos por la cintura y con una sonrisa forzada, intentando aparentar una normalidad inexistente. Con la ayuda de un amigo de su padre pude encontrarles alojamiento en una pequeña y vieja casa de campo deshabitada. Aun así, tenían que tomar todas las precauciones posibles para no dejarse ver y solo salir de casa para ir al trabajo y a la compra. Lo ideal hubiera sido mantenerse ocultos durante el tiempo que yo necesitaba para poner en práctica mi plan. Pero eso no era posible. Los niños pudieron evitar acudir a la escuela, argumentando haber caído enfermos de gripe. Estando las vacaciones de Navidad a la vuelta de la esquina, podían, incluso, quedarse en casa hasta Año Nuevo.
De vuelta, no hacía otra cosa que pensar en cómo sería ese nuevo año para todos. Si todo salía como era de esperar, Nadia y yo podríamos casarnos y pasar la luna de miel en Moscú. Aunque su verdadero nombre era Irina, para mí siempre sería Nadia.

Tan pronto como denuncié los hechos a la policía, llevaron a cabo una redada relámpago. Solo pudieron detener a tres secuaces de Erik, el cual no estaba en el lugar de los hechos en aquel momento. Liberaron a ocho jóvenes de varias nacionalidades. Como testigo, pidieron mi colaboración para identificarlos a todos y a todas. No debía temer nada, pues lo haría a través de un cristal que no permitiría ver mi imagen. Accedí gustoso, sabiendo que, de este modo, podría liberar a Nadia y que la dejarían en libertad tan pronto como hubiera reconocido a aquellos hombres como sus captores. Desapareceríamos durante un tiempo hasta que el temporal hubiera amainado y Erik hubiera sido atrapado y puesto entre rejas o desaparecido para siempre.
          Todavía siento las palpitaciones que me asaltaron cuando, al identificar a las chicas, no vi entre ellas a Nadia. Y nadie supo dar noticia de su paradero. La última vez que la vieron estaba con Erik.
          Colgué su fotografía por toda la ciudad y por las redes sociales, ofreciendo una recompensa a quien pudiera aportar alguna información que llevara a su hallazgo. Después de tres meses de su desaparición nadie había facilitado una pista fiable. Escribí a su familia, interesándome por ellos y sin desvelar lo ocurrido. No quería alarmarlos innecesariamente. Al no recibir respuesta, tomé el primer vuelo a Moscú. ¿Acaso también se habían esfumado?
En la casa donde los había dejado a buen recaudo no contestó nadie. Pregunté en las casas aledañas, pero no supieron o quisieron decirme nada. Acabé forzando la vieja y endeble puerta. La casa estaba vacía, pero se notaba que había estado habitada hasta hacía muy poco. Todavía olía a seres humanos. ¿Qué había sido de ellos?
Si algún sicario de Erik había dado con aquel escondrijo y había acabado con cuatro inocentes, podría ser yo la próxima víctima. Aun así, decidí quedarme allí por un tiempo. ¿A quién se le ocurriría buscarme en aquel lugar? Pero ¿hasta cuándo?
Estaba tan nervioso y exhausto que no me di cuenta hasta que volví a la casa, ya de noche, tras ir a por provisiones. En un rincón del comedor una gran mancha de color carmín teñía el suelo y parte de la pared. Allí habían asesinado a alguien de un disparo. En la pared había quedado una bala incrustada.  Ello indicaba que solo habían ejecutado a una persona. ¿Y los demás?
Aquella noche no pude conciliar el sueño. A la mañana siguiente, mientras mordisqueaba un pedazo de pan con queso, vi un papel clavado detrás de la puerta de entrada, que la oscuridad reinante hasta entonces no me había permitido descubrir. Corrí a leerlo. Era una nota manuscrita. Estaba escrita atropelladamente, pero reconocí su letra por las cartas que había escrito a su familia desde su encierro forzoso. Nadia me indicaba, en castellano, una dirección. Debió suponer que quien les pudiera estar buscando no tendría conocimientos de este idioma. Me urgía a reunirme con ella.


De aquello hace ya dos años. No queda nadie vivo del grupo de traficantes. Nadia acabó con el último superviviente, Erik, con quien había viajado a la fuerza hasta su Moscú natal y quien la amenazó con acabar con toda su familia si rehusaba ser su esclava sexual. No le resultó difícil dar con ellos. El amigo del padre de Nadia los vendió por una bonita cantidad de rublos. Aquella sangre en la pared era la de Erik. Nadie quiso decirme quién fue la mano ejecutora, ni lo quise saber. Su cuerpo quedó sumergido para siempre en el Moscova, muy cerca del restaurante donde Alexei invitó a cenar a una ingenua Nadia. De ese cerdo me ocupé yo. Fue fácil. Nadia sirvió de cebo. Ella me dio la pistola de Erik.
Cumplimos nuestro sueño. Irina, o Nadia, y yo nos casamos en Moscú y regresamos a España, el país que nos unió, aunque fuera de una forma tan dramática. Sus padres se mudaron a San Petersburgo. Del amigo traidor nadie conoce su paradero. La pistola de Erik todavía la conservo, por si acaso.


Imagen bajada de internet. En caso de tener derechos de autor, la retiraré.

Con este relato doy por terminado el curso académico, que reanudaré, si el tiempo y las autoridades lo permiten, en septiembre. ¡Felices vacaciones!