martes, 13 de octubre de 2015

El actor



Cuarenta años sobre los escenarios, más de cien películas en mi haber y hasta ahora no me habían concedido ni un maldito premio. Dinero y fama me sobran pero ¿quién puede preciarse de ser un gran actor sin un galardón en toda su carrera?

Me han dicho que en la próxima gala de los Premios Emmy me entregarán el de mejor actor por mi papel protagonista en Georgetown Nigthmare, una de las series de televisión de mayor éxito en Norteamérica. Más de diez años en pantalla en prime time, más de quinientos episodios y un share promedio superior al 20 por ciento. Todo un record. Me lo merezco, no cabe duda, pero a estas alturas, cuando mi médico me aconseja insistentemente que me retire, parece una broma de mal gusto. Si me retirara alegando problemas de salud el público creería que se trata de un premio honorífico por toda mi carrera, el típico premio de consolación para quien no ha recibido jamás uno, y no por mi brillante papel en esta serie.

Si alguien supiera lo que le preocupa al bueno del doctor McPherson estaría acabado. Me habla de un síndrome que cree que padezco desde que me impliqué en cuerpo y alma en esa serie. A veces pienso que es él quien no está del todo cuerdo. Debería confiar en su profesionalidad pero últimamente le veo muy alterado y temo que ese vejestorio peque de indiscreción. Por absurda que sea una calumnia, la gente tiende a creérsela siempre que afecta a los famosos. Ah, la envidia.

Reconozco que el papel que interpreto me ha afectado un poco. Me he identificado tanto con el personaje que a veces hasta hablo y gesticulo como él. Pero tiene su explicación. Nunca había interpretado un papel de tanta fuerza durante tanto tiempo. Es lógico que al cabo de más de una década algo se te acabe pegando de tu personaje. Así que no me preocupa demasiado. El único preocupado es mi buen doctor, al que por cierto he invitado hoy a cenar para comunicarle personalmente lo del premio, pues aun no se ha hecho público.

Son las ocho y todavía no ha llegado. Quedamos a las siete y media. Espero que no me dé plantón después del trabajo que me ha llevado prepararlo todo. No ha resultado fácil disponer de lo necesario para esta pequeña sorpresa. Tengo ganas de ver la cara que pondrá el flemático e impertérrito doctor McPherson cuando vea lo que he preparado en agradecimiento a sus desvelos.
 
 
-¿Inspector Gallaghan? Soy el doctor McPherson. Disculpe que le moleste de nuevo pero creo que hoy llevará a cabo lo que ha estado planeando desde hace tiempo. Temo que esta noche acabará conmigo.
-Tranquilícese, doctor. Una cosa es que padezca, según asegura usted, el síndrome de Béla Lugosi y se crea que es el descuartizador de Georgetown o como se llame esa dichosa serie de televisión, pero de ahí a que pueda actuar como tal en la vida real… ¿En qué se basa para creer que hoy pretende acabar con usted?

-Me han llamado de los estudios de televisión. Han desaparecido los utensilios que usa el personaje en la serie para asesinar y descuartizar a sus víctimas.
-Pero serán objetos simulados, no serán sierras y cuchillos de verdad, digo yo.
-Al principio así fue pero últimamente se empeñó en que tenían que ser auténticos, para dar más realismo a las escenas. Incluso amenazó con abandonar la serie si no se hacía como él quería. ¡¿No le digo que está perturbado?!
-Muy bien. De acuerdo. Voy a darle un voto de confianza. Iré con usted.
-Pero inspector, si ve que voy acompañado, le alertaremos y no sé cómo reaccionará. Podría acabar con los dos.
-No se preocupe doctor. No me verá. Mientras usted llama a la puerta principal, yo subiré por la escalera de incendios y me introduciré en su domicilio al abrigo de la noche. Además voy armado. Una vez su lunático actor le haya hecho pasar, intente distraerle mientras yo registro el apartamento en busca de cualquier cosa que le delate.
 
 
Tengo el cuerpo entumecido de estar tanto rato de pie mirando por la ventana. Como James Stewart en “La ventana indiscreta”. Pero por lo menos no tengo que estar en una silla de ruedas, jaja. ¡Qué grande Hitchcock! ¡Cuánto me hubiera gustado interpretar a Norman Bates en Psicosis!

Ahí está. Por fin ha llegado. Ese es su coche. Lo reconocería a un kilómetro de distancia. No sé cómo puede ir con ese trasto ni cómo todavía funciona. Debe tener tantos años como él. Pero… veo que no viene solo. ¡¿Cómo se atreve a traer a un desconocido?! ¿Quién será el intruso? ¡Pero si es el inútil de Gregory M. Hayes, el agente de Scotland Yard empecinado en darme caza! No le había reconocido sin su capa y su bombín. Mira cómo corre a esconderse. ¡Será iluso! No importa, tendré que adecuar mi plan a la nueva situación. Me llevará más tiempo despedazar dos cuerpos pero ya no hay vuelta atrás. The show must go on.
 
 
 

martes, 6 de octubre de 2015

Todo empezó y acabó en verano (2ª parte)


Aun la veo subiendo por las escaleras que daban al dormitorio, contoneándose como una modelo en la pasarela y a cada paso despojándose de alguna prenda, la pashmina de seda, el cinturón de piel, los zapatos de talón de aguja, lanzándolas indolentemente a lo largo del camino.

La voluptuosidad de sus movimientos al desnudarse me puso al borde del colapso emocional. No sé si sería por el efecto del alcohol o de la sobreexcitación que me embargaba pero sentía todo mi cuerpo arder y temblar a la vez. Su desnudez superó con creces mis expectativas. La rotundidad de sus formas, hasta entones mal disimuladas por su ceñida vestimenta, superaba lo que mis ojos habían vaticinado, Allí, sentado al borde de la cama, observaba embobado una escena que me recordaba a Siete semanas y media pero sin banda sonora. No puedo describir con palabras lo que siguió. Dos cuerpos en uno, agitándose y vibrando a la par en una danza lasciva y feroz hasta la extenuación, hasta que el último clímax mitigó nuestras urgencias, dando paso al sosiego y a la luz del día. Fue…. Sublime, quizá sería el término más apropiado.

Todavía tengo grabada la escena de mi marcha: su cuerpo desnudo, medio oculto por la sábana, mostrando la espalda tersa y dorada por el sol y una pierna asomando por un costado; el brazo izquierdo acomodando su mejilla derecha y dejando su hermoso perfil cubierto por el pelo enmarañado; los labios entreabiertos como pidiendo ser besados. Esa imagen era, en la penumbra envolvente, una  visión dulce y erótica a la vez. Le di un beso en la sien susurrando un “hasta luego”, emitió un leve gemido, y abandoné la casa con sigilo, esperando volver a verla, al cabo de unos días, en su despacho.

Al llegar a casa me acosté para liberarme de la resaca que todavía me aturdía. Dormí hasta el mediodía y al despertar mi primer pensamiento fue hacia ella, desando ya volver a verla. De repente caí en la cuenta. Según me había dicho la noche anterior, volvía esa misma mañana a Barcelona para reanudar sus quehaceres profesionales y, imbécil de mí, no tenía su dirección ni el número de teléfono de su oficina. ¿Cómo iba a verla sin saber su paradero? Quizá Joan sabría darme razón de ella y dónde podría encontrarla.

-¿Ágata? ¿Aquella morenaza despampanante de ojos verdes con la que te vi tan embelesado? –contestó Joan cuando le pregunté por ella, no sin un deje de desafecto-. Ni idea, pero si quieres puedo preguntárselo a nuestro anfitrión.

Al cabo de unos días –dejé pasar un tiempo que me pareció prudencial- me presenté en la dirección que Joan me había facilitado no sin antes advertirme que fuera con cuidado con aquella mala pécora. Tras preguntar por Ágata a la recepcionista de lo que resultó ser, para mi sorpresa, un bufete de abogados, ésta me hizo aguardar en una sala de espera. Si bien me extrañó esa circunstancia -¿qué podía hacer una agente literaria en una oficina de picapleitos?-, no pensaba en otra cosa que volver a verla. Al cabo de unos minutos apareció por la puerta, mucho más informal pero igualmente elegante, con un semblante turbado. Yo, que esperaba una expresión de alegría por la sorpresa del grato encuentro, me encontré ante una mujer que parecía querer asesinarme con la mirada.

-¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Cómo conseguiste esta dirección? –me espetó sin apenas darme tiempo a saludarla.
-Yo, pues… venía a verte –contesté abrumado por sus inesperados modales.
-¿Para qué? ¿No me dirás que te creíste que era una agente literaria? –preguntó con sorna.
 
Y como viera que mi expresión confirmaba su sospecha, añadió:

-¿De verdad? No te creía tan ingenuo. Solo fue una forma de entrarte, vamos, de ligar. Siento haberte defraudado pero, si quieres, puedo darte la dirección de un par de agentes que…

Ya no oí nada más, mis oídos se negaron a seguir escuchándola. Di media vuelta y me marché de allí como huyendo del diablo. ¿Mala pécora? Joan se había quedado corto. Algo debió oler que yo no supe apreciar.

A Joan no le conté la verdad, por supuesto; temía que se burlara de mí y, aun peor, que aprovechara para tirarme los tejos.

Todavía sigo buscando quien se interese por mi novela y ya no frecuento mucho Palamós, así que he perdido la pista de Joan y, por supuesto, de Ágata. Pero al menos me queda el recuerdo de aquella experiencia apasionante y apasionada. En las noches de soledad, me recreo en la imagen de aquel cuerpo de ninfa que me dio tanto placer aunque solo fuera por unas horas. Acabo de empezar una nueva novela que titularé “Todo empezó y acabó en verano”. Supongo que adivináis en quien me inspiraré.

 
FIN
 
 

viernes, 2 de octubre de 2015

Todo empezó y acabó en verano (1ª parte)



Nunca le he contado a nadie mi frustrado inicio como escritor. Solo a ti, lector, porque no me conoces. Aun recuerdo aquel verano, aquella noche y aquella fiesta. Y a Ágata, por supuesto.

Asistí al evento gracias a Joan, mi vecino y amigo, que conocía mis flirteos con la literatura y que -entonces todavía no lo sabía-, estaba secretamente enamorado de mí. Me convenció porque, según me aseguró, asistirían personas que podrían dar un espaldarazo a mi incipiente carrera literaria. “Quizá sea tu noche de suerte, pues seguro que entre los invitados hay algún editor”, fue todo lo que me dijo. Y eso fue más que suficiente para que aceptara la invitación.

La velada la organizaba un famoso empresario, cuyo nombre omitiré por prudencia, y a la que solo invitaba a sus amigos -entre los que Joan se vanagloriaba de poderse contar-, solos o acompañados de sus respectivas parejas. Era la cena de despedida de las vacaciones de verano que se celebró, en aquella ocasión, el dos de septiembre, en su casa de Palamós.

Siempre recordaré la escena al descender por las escaleras que daban al jardín. Serían las ocho, ya había oscurecido y los cientos de farolillos que iluminaban el lugar le daban un ambiente mágico, realzado por una música cautivadora. Todos los invitados reunidos alrededor de la piscina iban vestidos de etiqueta, los hombres de esmoquin y las mujeres con vestido de noche, a cual más espectacular. Yo iba, en cambio, en plan casual aunque (yo era un “pijo” por aquel entonces) con ropa de marca. “No te preocupes, estás guapo te pongas lo que te pongas” –me había dicho Joan.

Era, con mucho, el más joven de los allí reunidos, lo cual me hizo sentir inseguro, no sé muy bien por qué. A los pocos minutos de llegar, Joan me dejó un momento solo, lo que aproveché para tomar una copa de cava de una bandeja que llevaba en alto un estirado camarero. Cuando tuve la copa en la mano y miré a mi alrededor, me sentí abandonado. No conocía a nadie, excepto a mi amigo y acompañante que no veía por ninguna parte. Mis ojos recorrieron docenas de caras esperando –algo absurdo- encontrar alguna conocida. Pero no fue así. Todo el mundo estaba enfrascado en sus charlas. Nadie me miraba, nadie me prestaba atención. Excepto ella. Desde un rincón del jardín una mujer morena me observaba como si hubiera descubierto un espécimen extraordinario para su colección de insectos. Solo que su mirada iba acompañada de una sonrisa que me cautivó de inmediato. Mis piernas, sin que yo les diera permiso, se pusieron en movimiento hacía aquella mujer que, sentada sola, me atraía como un imán.

Calculé que tendría unos cuarenta y pocos. Aunque yo tenía por entonces veinticinco, me vino a la cabeza la película “El Graduado”, yo interpretando a Benjamin Braddock y ella a la señora Robinson. ¡Qué estupidez! Tal era el influjo que ejercía aquella mujer de ojos verdes sobre mí, un amante todavía inexperto a pesar de mi edad. Pero el motivo de este relato no es contar mi desafortunada y pobre vida amatoria sino mis peripecias como escritor novel.

Cuando estuve frente a ella, me tendió la mano presentándose con un simple “hola, soy Ágata, ¿y tú?” No sé qué fue lo que más me sedujo, si su voz aterciopelada, su boca sensual o sus ojos claros y rasgados que sonreían más que sus labios. Al poco de haberme sentado a su lado me alegré de haber aceptado la proposición de Joan. No sabía qué me depararía aquella noche pero solo por haberla conocido ya había valido la pena. No me explicaba cómo una belleza como aquélla pudiera estar sola. Y eso fue lo que le pregunté justo después de haberle dicho mi nombre.

-Si lo que quieres saber es si tengo pareja, no, no tengo –me contestó con una sonrisa seductora.

En pocos minutos intuí que Ágata iba a ser muy importante en mi vida. Mi atracción por ella iba más allá de lo que nunca había sentido hasta entonces por una mujer en una primera cita.

Me sentía flotar. Me parecía estar soñando. La vista era maravillosa, el intenso olor que despedían los jazmines –todavía en flor en esa época del año- inundaba todo el espacio. La brisa marina balanceaba sus largos cabellos ondulados y, entre sorbo y sorbo, me miraba y me hacía mil preguntas. Cuando le dije que escribía, que tenía una novela esperando a que alguien se interesara por ella, abrió mucho los ojos en clara señal de sorpresa.

-Yo soy agente literaria –afirmó con una expresión de orgullo –pero ya hablaremos de esto en otro momento, ahora disfrutemos de la noche, no quiero hablar de trabajo.

De qué hablamos ya no me acuerdo. Solo recuerdo lo que sentí junto a ella. Recuerdo la imagen de sus interminables piernas, que cruzaba y descruzaba con estudiada sensualidad y que dejaba al descubierto desde lo más alto de sus bronceados muslos.  En su mano derecha sostenía un cigarrillo que apuraba con deleite casi sexual y en la derecha un vaso de Whisky. Cada vez que se inclinaba para dejar el vaso sobre la pequeña mesa rinconera que nos separaba, su generoso escote dejaba ver unos espléndidos senos libres de contención y en cada ocasión me dirigía una pícara sonrisa mientras yo me apresuraba a desviar la mirada de aquella sugerente y profunda abertura para no ser sorprendido en falta. La provocación era para mí tan patente que me sentí como un adolescente antes de su primer lance amoroso. No pude evitar imaginarme desnudando ese cuerpo tan voluptuoso y haciendo el amor como dos posesos. Desde ese instante se me agolpan aun más los recuerdos.

Recuerdo su perfume. Recuerdo su aliento cuando me hablaba mirándome a los ojos mientras bailábamos. Recuerdo sus dedos acariciando mi nuca. Pero su mirada de deseo fue lo que acabó por disparar mi libido. Y también recuerdo el gesto torcido y la mirada dolida de Joan cuando nos descubrió bailando. Yo solo quería que la velada no terminara y acabar en brazos de la mujer más bella que jamás se había cruzado en mi vida.

Todos mis sentidos estaban a flor de piel. El olor que despedía los variados y originales manjares que nos sirvieron, el colorido del entorno, la suave música envolvente bañada por el sonido del oleaje, incluso las risas apagadas de los comensales, todo me resultaba enormemente placentero. Y ello se debía a su presencia.

No sé cómo se las apañó para sentarse frente a mí en una de las largas mesas distribuidas por el amplio comedor que daba al jardín. La mirada furibunda de Joan, sentado a un extremo, me taladraba, aunque su forzada sonrisa, cada vez que le miraba, simulaba ser complaciente. El sabor de las delicadezas culinarias que paladeaba a cada bocado era sazonado con la traviesa mirada de Ágata. Parecía que estuviéramos compartiendo algo más que un lugar en la mesa. Parecía que comía de sus labios. Hasta la forma de llevarse el tenedor a la boca resultaba excitante. ¿Qué tenía aquella mujer que me hacía sentir tan vulnerable a sus encantos?

Cuando la cena hubo terminado y nos disponíamos a salir de nuevo al jardín pensé que había llegado el gran momento. Deseé con todas mis fuerzas que aquella relación recién estrenada se convirtiera en algo sólido y duradero. Sentía que la amaba. ¿Me habría vuelto loco? Acababa de conocer a una mujer que me superaba en edad más de quince años, de la que no sabía nada, y pretendía amarla? En todo caso me había enamorado, siempre he sido un enamoradizo, pero no debía hacerme ilusiones de mantener con ella una relación más allá de un escarceo amoroso de una noche de verano. Lo que sucediera a partir de aquel momento lo dejaba en manos del azar. No tomaría la iniciativa, no quería malinterpretar unas señales probablemente equívocas que luego me hicieran sentir ridículo. 

Joan, mi vecino y ya menos amigo desde entonces, nos vio partir cuando casi clareaba. “¿Tomamos la última copa en mi chalet?” -me había dicho Ágata. Pero su “chalet” resultó ser una mansión casi tan grande como la de nuestro anfitrión. “El trabajo de agente literaria le debe reportar mucho dinero”, pensé con solo atravesar la cancela. Y entonces caí en la cuenta de que aquella relación, de progresar, podía depararme beneficios no solo sentimentales sino también profesionales. Pero de inmediato me sentí culpable por ser tan materialista en tales circunstancias y decidí aparcar mis ilusiones literarias por un momento y centrar por completo todos mis sentidos a lo que me había llevado hasta allí: vivir una noche de pasión desenfrenada.
 
 

martes, 29 de septiembre de 2015

Mi amigo Stephen



Le conocí en verano de 1974, en Hermon (Maine). Fue por accidente. Yo acababa de cumplir los veinticuatro. Él era tres años mayor que yo. El coche de alquiler, un viejo Buick, que debía llevarme hasta Nueva York, me dejó tirado a las pocas horass de haber cruzado la frontera canadiense. Tuve que ir en busca de ayuda. Así le conocí. Un encuentro casual o causal, no lo sé con seguridad, pero lo que sí sé es que fue decisivo para mí. De aquel encuentro nació una amistad que todavía perdura. Me acogió como si me conociera de toda la vida, como si me hubiera estado esperando. La semana que pasé con él y su esposa me cambió la vida.

A pesar de los años transcurridos sin vernos, seguimos en contacto y no solo epistolar sino mental. No sabría cómo explicarlo pero me une a él una especie de cordón umbilical invisible. Es algo espiritual. Es como si oyera su voz dándome consejos, como los que me daba por las noches de aquella semana de verano, bajo las estrellas, con una lata de cerveza en la mano. O aquellas historias que me contaba, que despertaban mis sentidos y disparaban mi imaginación. Sus ideas e ideales hicieron tal mella en mí que cuando, al cabo de siete días, me entregaron el coche reparado, había decidido cambiar mis planes a corto y largo plazo. 

Cuando recuerdo lo que me contó de su vida, de sus inicios difíciles, experimento tranquilidad y una gran empatía. Tranquilidad porque veo que yo no soy una rara avis, que todavía puedo encontrar mi oportunidad y mi camino. Empatía porque me siento unido a él por un lazo de comprensión y partícipe de sus antiguas miserias. Él logró finalmente alcanzar un lugar preponderante. Yo intento seguir sus pasos pero todavía estoy a años luz de ser alguien. Me queda un largo y duro camino por recorrer. Pero no desisto. Él me enseñó a perseverar.

Cuando me pongo frente al ordenador me imagino viviendo como él en aquella caravana, su hogar por aquel entonces, y pienso que no debo desfallecer con cada carta de rechazo. Todo llegará -me dice con el corazón y con la mente-, ten paciencia. Yo le oigo y le creo. Sigo sus consejos a rajatabla. Trabajo duro mañana, tarde y noche. Tengo fe en él pues fue él quien me metió, sin querer, en esto. Pasó por esto antes que yo y no puede estar equivocado.

Nunca agradeceré lo suficiente a la diosa fortuna que me llevara hasta aquel lugar y haberme empujado a llamar a la puerta de aquella caravana en busca de ayuda. ¡Vaya si la encontré! No me podía imaginar que aquella cara amable que me sonrió al abrir iba a cambiarme la vida. Aun recuerdo sus palabras de bienvenida: hola, me llamo King, Stephen King. ¿En qué puedo ayudarte?

De eso hace ya diez años y todavía no he logrado publicar ninguna de mis malditas novelas de terror. Esto sí que es una pesadilla y no la de ese Freddy Krueger o como se llame.

Fotografía: Stephen King de niño.Obtenida de internet.


martes, 22 de septiembre de 2015

El donante



La intervención será muy larga y complicada pero piense, señora, que cuando su marido despierte será un hombre nuevo. Ahora relájese y váyase a casa. Ya la avisaremos cuando hayamos terminado.

-Era artificiero. Una bomba le explotó dejándole en este estado. No se pudo hacer nada para salvarle las extremidades –aclara el cirujano a la enfermera instrumentista.
-Pues puede sentirse afortunado por haber podido hallar a ese donante –responde la mujer-. ¡Qué horror! Es muy triste quedar desfigurado pero no me imagino viviendo, además, sin brazos ni piernas.
 
 
-Lo curioso es que no haya preguntado de quién procede las extremidades que le has implantado –comenta, horas más tarde, el director médico exhalando el humo de un cigarrillo.
-Mejor así porque ¿qué le íbamos a decir? ¿La verdad?
-Pero quizás, a la larga, acabe preguntándolo.
-Pues entonces le diremos lo que habíamos pensado: que hay quien por dinero se presta a cualquier cosa; que no tuvimos otra alternativa pues la mayoría de donantes no suele donar sus extremidades, solo sus órganos internos; que aceptamos el ofrecimiento por su bien; cualquier explicación valdrá. No adelantemos acontecimientos.
-No sé si se lo creerá. Sabe que por nuestras manos pasan muchos cadáveres que luego nadie reclama. A fin de cuentas es policía, no es un ignorante.
-Pues no tendrá más remedio que aceptarlo. A fin de cuentas fue su esposa quien nos lo propuso. Además, ¿qué íbamos a hacer? Representamos al Centro con más trasplantes del país, recibimos muchas donaciones privadas y subvenciones millonarias. Sabes de sobra que este caso había adquirido una resonancia mediática sin precedentes. El tiempo pasaba y no había forma de dar con unas extremidades compatibles.

 
 Y sentándose junto a su antiguo profesor y ahora superior jerárquico, aspira el aire del jardín y, mirándole interrogativamente, añade:

-Pero ¿a qué vienen ahora esas dudas? Bien que no las tuvo cuando su mujer nos ofreció toda esa suma de dinero, para nuestros bolsillos, como contraprestación por nuestros desvelos.
-Solo espero que nunca se descubra la verdad. Si nos viéramos obligados a declarar que hemos comprado esas extremidades nuestra reputación y la de este Centro se irían al garete. Pero si se llegara a saber la verdad, estaríamos perdidos.
-Nadie tiene porqué enterarse. Por la cuenta que le trae, su esposa tendrá la boca bien cerrada y nadie más está en el ajo.
-¿Y él? ¿No sospechará nada si sabe por sus compañeros que han encontrado el cuerpo mutilado de un indigente?
-¿El cuerpo? No hay rastro de ningún cuerpo. Se esfumó –contesta el cirujano con sorna, mostrando las palmas de las manos cual mago tras hacer desaparecer la carta de una baraja.
-¿Qué se esfumó? –exclama el viejo, intrigado- ¿Se puede saber qué hiciste con él?
-Engrosar nuestro banco de órganos “particular”. Seguro que aparecen clientes interesados.

Y viendo una expresión de duda en el rostro del director, añade:
 
-Que conste que vamos a medias.
-¿Qué? ¿Cómo?
-Tranquilo. Sabe usted que vivo solo. Nadie más que yo abrirá el congelador.
 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

¿Por qué a mí?




Nunca imaginé que algo así me ocurriría a mí. Me habían hablado de casos parecidos pero como eran muy aislados y alejados de nuestra comunidad resultaba remotamente probable que algún día pudiera caer víctima de esa extraña enfermedad para la que no hay cura. Cuando se dieron los primeros casos en Europa, empezamos a temer por nuestra seguridad y nuestra vida, aunque siendo casos muy infrecuentes nadie le dio la importancia debida. Nadie cree que lo que les ocurre a los demás, le va a ocurrir a él.

Quién me iba a decir a mí lo que me esperaba en aquel bosque junto al lago y a plena luz del día. Salió de la espesura sin darme tiempo a reaccionar. Cuando me mordió no presagiaba por lo que tendría que pasar. Quizá hubiera tenido que contarlo a mis compañeros cuando llegaron al lugar de los hechos atraídos por mis gritos. Quizá ellos me habrían ayudado. Pero me dio vergüenza. Les di una excusa: que me había lesionado al caer sobre una roca. No dejé que vieran las señales de la mordedura. Quizá por eso ahora pago las consecuencias.

Ha pasado un mes desde aquel incidente y ya empiezo a notar los efectos de esa terrible enfermedad. Mi compañeros me miran ahora con recelo y se alejan de mí. Creo que sospechan que he enfermado y temen contagiarse. No sé qué hacer ni qué será de mí. Ahora vivo apartado de los demás, no quiero ver a nadie. Temo por ellos y por mí.

Lo peor acontece por la noche y da igual la fase en que se halle la luna. No es como aquellos casos que me contaban de pequeño en que la luna llena inducía la transformación. Cada maldita noche sufro unos terribles espasmos que hacen retorcerme de dolor. Hasta que la transformación no ha culminado, no puedo ni respirar. Sufro unos dolores atroces mientras mi cuerpo muda de forma vertiginosa hasta convertirme en un depredador incapaz de dominar sus instintos más primarios.

Cada vez permanezco más tiempo con mi nueva identidad. Ya no es solo por la noche cuando deambulo escondiéndome de todos y de todo, ahora mi nuevo estado se mantiene hasta bien entrado el día. Pronto me transformaré para no volver a mi estado original y no podré refugiarme entre los de su especie, en la que me habré convertido, pues tampoco soy exactamente como ellos y temo que acabarían conmigo. ¿Por qué me ha ocurrido esto? ¿Por qué a mí? ¿Qué puedo hacer? ¿Quién o qué soy en realidad?

Si a los hombres afectados por esa transformación les llaman hombres-lobo, yo soy un lobo-hombre. ¡Con lo feliz que era hasta hace poco con mi manada!

martes, 1 de septiembre de 2015

El balancín


Es tan viejo como yo pero luce como el primer día en que reparé en él. Se lo regalaron a mi madre cuando nací. Ella me arrullaba al compás de su vaivén cadencioso las noches en las que temía quedarme dormido por si las pesadillas me atrapaban. Ese balancín me ayudó a vencer el miedo a la oscuridad y los temores infantiles. Ha ocupado un lugar prominente en mi hogar desde que mi madre tuvo que dejarlo a mi cuidado pues allí donde fue no le hacía ninguna falta. A mí, en cambio, me ha seguido acompañando en esos momentos de sosiego que tanto mi cuerpo como mi mente necesitaban. Verlo a él es como verla a ella. Yo ocupo ahora su lugar pero ya no tengo a nadie a quien sostener en mi regazo excepto a mis amigos más preciados: los libros.

¿Cómo es posible sentir cariño por un elemento más del mobiliario? ¿Cómo puede un objeto de madera formar parte de una vida? Puede parecer absurdo, fruto de una mente trastornada. Pero es que más que un simple balancín mil veces barnizado ha sido un compañero de consuelo, sueños y fantasías. Él ha hecho de mi desasosiego algo llevadero. Ha sido mi confidente y fuente de inspiración. Ha oído y sentido mis penas y mis alegrías y me ha consolado en los peores momentos de mi vida.

Desde que mi corazón se ha debilitado y mi médico me ha recomendado descanso, paso mucho más tiempo con él. Me abstrae del presente con sus recuerdos que también son los míos. No se lo he confesado a nadie porque creerían que he perdido la cordura pero a veces oigo cómo me susurra, con una voz dulce y melodiosa, esas historias que solía contarme mi madre para ayudarme a conciliar el sueño y que yo conté luego tantas veces a mis tres hijas.

A veces veo cómo se balancea solo bajo el porche que da al jardín, impulsado por la brisa del atardecer, aunque ahora a su vaivén sincopado le acompaña un leve crujido como el de los huesos de un viejo. ¡Han pasado tantos años! Cuando lo miro me veo transportado a años más felices, cuando tenía a toda la familia a mi lado. ¡Añoro tanto a Susy! A veces  veo su cara entre brumas, sonriéndome con una ternura infinita. Susy, hija mía. Hace siete años que ya no estás entre nosotros y parece que fue ayer que te fuiste víctima de una meningitis. Recuerdo cuando era yo quien te acunaba en este mismo balancín y entonces vuelvo a ser el padre y esposo feliz que fui.

Ahora solo tengo a mi lado a Olivia, mi esposa, pero a veces pienso que será por poco tiempo pues parece que este clima de Florencia, adonde nos trasladamos por recomendación de nuestro médico, no le sienta todo lo bien que esperábamos.

Temo perderla también a ella. Clara y la pequeña Jean vienen a visitarnos de vez en cuando, pero sospecho que no será por mucho tiempo. Presiento que será algo más que la distancia lo que nos separará. Temo quedarme completamente solo. Solo con mi balancín, haciéndonos mutua compañía. Cuando yo muera, se lo dejaré a mi gran amigo Henry, si es que me sobrevive, para que le acompañe como me ha acompañado a mí. Siempre le ha gustado.

Acabo de cumplir 68 años. No creo que viva muchos más. Vine al mundo con el cometa Halley y volverá dentro de siete años. Espero marcharme con él.
 
 
 
-Samuel, eh Samuel, despierta –le dice Olivia zarandeándolo con suavidad.
-¿Qué, cómo? ¿Qué hora es?
-Pues ya son casi las siete. ¿No deberías estar trabajando en tu novela?
-Caramba, pues sí; no sé qué me ha ocurrido. Me he quedado traspuesto. Será el calor. Cariño, ¿puedes prepararme un té helado, por favor, y llevármelo a mi despacho? Tengo mucho trabajo por delante.

Y Samuel, todavía sentado en su viejo balancín, intenta recomponer ese sueño que acaba de tener pero no logra desentrañar su significado. ¿Será una premonición? Siente miedo y nostalgia. Se levanta y deja que su balancín siga meciéndose por inercia. Lo detiene. Acaricia su suave respaldo. Suspira. ¿Cuántos años seguirá acompañándome ese viejo trasto?, se pregunta. Hasta que la muerte nos separe, se dice.

Una vez en su despacho, se sienta ante el montón de papeles esparcidos por su mesa de trabajo. Esta obra se le resiste, una obra que a su mujer, su editora y censora implacable, no le acaba de gustar pero que él se siente en la obligación de concluir de una vez por todas. De momento la ha titulado El forastero misterioso. Toma su pluma y, antes de reanudar su trabajo, proyecta su mirada hacia el jardín. Observa el balancín, solitario, bajo el porche. Quizá pueda dedicarle algunas líneas en una autobiografía que tiene en mente.
 
 
 
En memoria de Samuel Langhorne Clemens, conocido por el seudónimo de Mark Twain.(1835-1910). Entre 1906 y 1907 publicó Chapters from my Autobiography. Estuvo trabajando en El forastero misterioso de 1897 a 1908 y fue publicada, como obra póstuma, en 1916. Falleció de un ataque al corazón el 21 de abril de 1910, un día antes del retorno del cometa Halley.
En sus últimos años de vida, Twain sufrió una depresión profunda, lo que quedó reflejado en sus trabajos. Su hija mayor, Susy, falleció en 1896 a causa de una meningitis; en 1904 murió su esposa, Olivia, en Villa di Quarto (Florencia) adonde se trasladaron, tras enfermar en 1903, buscando un clima más cálido; Clara, su hija mediana, se casó en 1909, pero la pequeña, Jean, murió la Nochebuena de ese mismo año a causa de un ataque epiléptico; unos meses antes, en mayo, su gran amigo Henry Rogers había fallecido repentinamente víctima de un infarto cerebral.

 

Fotografía: Mark Twain (obtenida de Internet)