lunes, 21 de marzo de 2022

El ascensor

 

 

Rodrigo se acababa de comprar un ático de lujo. Solo había una pega: el ascensor. Nunca le habían agradado los ascensores, de modo que siempre subía a pie. La verdadera causa, que no quería reconocer, era su claustrofobia. Pero diez plantas eran muchas y sus cuarenta años empezaban a pasarle factura. Así pues, tuvo que sobreponerse a su fobia y utilizar ese artilugio.

Era un ascensor en los que una voz femenina indica si está subiendo o bajando y el número de la planta donde se detiene. Rodrigo acabó creyendo que era una mujer real la que le hablaba como si le conociera.

Sospechando que tras aquella modernidad se escondía algo peligroso, decidió volver a usar las escaleras. Así mantendría sanos tanto su cuerpo como su mente.

Pero un día que llegó a casa agotado, decidió pulsar el botón de llamada.

Al cabo de escasos segundos oyó el “cling” que indicaba que al aparato acababa de llegar a la planta baja y acto seguido se abrieron sus puertas.

Rodrigo entró y pulsó el botón de su planta. De pronto, oyó aquella voz sensual que le decía: «Hola Rodrigo, me habías abandonado, pero has vuelto. Te he echado mucho de menos».

Los técnicos no pudieron explicar lo ocurrido. Seguramente había fallado el ordenador de control. Cuando por fin éstos lograron abrir las puertas, hallaron el cuerpo inánime de Rodrigo.

La autopsia reveló un infarto de miocardio sin causa aparente. Sus amigos están convencidos de que Rodrigo falleció debido a su claustrofobia.

(250 palabras)




jueves, 3 de marzo de 2022

Mi nueva creación

 


El 2 de diciembre de 2016 anuncié en este blog, con el título El proyecto llegó a su fin: el libro nacido de un blog, la aparición de una recopilación de 55 relatos que bauticé con el nombre de Irreal como la vida misma. Quien desee recordar esa efeméride que pinche AQUÍ.

En alguna ocasión, tratando el tema de la gran dificultad que entraña hacer llegar una obra de este tipo, autoeditada y de una autoría novel, a un amplio público, afirmé que no volvería a intentarlo, que ese sería el último libro que ponía a la venta.

Pero del mismo modo que, habiendo prometido reiteradamente no volver a incordiar con mis mensajes y recordatorios promocionales, incumplí dicho compromiso —parece ser que en esta cuestión no soy de fiar, también en esta ocasión falto a mi palabra y he caído en la tentación de repetir la experiencia.

Así pues, después de más de cinco años, he parido, concebido, alumbrado, dado a luz a dos nuevos hijos, nacidos con unos pocos días de diferencia, el de papel y su hermano menor, el virtual, el electrónico. Los dos igual de guapos, calcados a su padre.

Esta nueva recopilación, que he titulado, en un derroche de originalidad, Irreal como la vida misma 2, contiene 24 relatos breves, seleccionados de entre los más de doscientos que he ido publicando en este blog desde principios de 2017. Es decir, son la flor y nata de una época en la que, desde un punto de vista muy personal —permitidme la vanidad— creo haber ido mejorando mi estilo narrativo gracias a los conocimientos adquiridos en diversos talleres de narrativa y a la experiencia que, dicen, es un grado.

En esta ocasión, no solo se ha visto reducido el número de relatos sino, consecuentemente, el de páginas, que ahora son 190 en lugar de 300.

Lo más difícil de este ejercicio ha sido la elección de las historias merecedoras, en mi opinión, de formar parte de esta obra, pues he debido desechar algunas a las que les había tomado cariño. Y todo en pro de la manejabilidad del libro en la edición en papel y de cumplir con la finalidad de dejar al lector con ganas de más en lugar de aburrirlo. Quiero y debo señalar que estas dos premisas proceden del criterio de mi buen amigo y consejero Pedro Fabelo, autor del blog Absurdamente (https://pedrofabelo.blogspot.com/). En realidad, Pedro añadió otra razón que no he respetado: el precio. Y es que la carestía de la vida, por una parte, y la relación calidad-precio, por otra, me han obligado a mantenerlo prácticamente al mismo nivel que el de sus predecesores.

Puestos a frivolizar un poco más, ya solo me resta invitaros a leer Irreal como la vida misma 2, que ya está disponible en Amazon en papel y en formato electrónico. Y, por supuesto, desearos que disfrutéis de su contenido. Y ya puestos a pedir, quienes lo hagáis y gocéis de la lectura —bueno, con tal de que os lo paséis bien ya me conformo—, os agradecería que dejéis constancia de ello en el apartado destinado a las opiniones de los clientes. Nunca se sabe quién consulta esta información.

Y ya solo me queda recordar a los que vivís en Cataluña que Sant Jordi, el día del libro y de la rosa, está a la vuelta de la esquina.

¡Ah, se me olvidaba! Para ponéroslo mucho más fácil, solo tenéis que pinchar AQUÍ o sobre la imagen del libro, a la derecha de la portada, para ir por el buen camino.

Esto es todo, amigos.


viernes, 25 de febrero de 2022

Una nueva oportunidad

 


Creo que no exagero si digo que todos, o casi todos, hemos experimentado alguna vez lo que se conoce como dejà vu. Es una sensación fugaz y poco nítida de que ya hemos visto algo o vivido una situación igual con anterioridad, pero nos resulta imposible recordar cuándo y dónde. Hubo un tiempo en que lo experimenté muchas veces, y cada vez con más frecuencia. Cuando se lo comenté a mi amiga Charo, me dijo, con total naturalidad, que esos flashes, aparentemente inexplicables, eran retazos de una vida anterior. Al principio la miré con incredulidad, pero conociendo su creencia en la reencarnación, no me atreví a llevarle la contraria. «Si cada día dedicas unos minutos a la meditación, acabarás conectando con tu yo pasado, con tu otra vida». Y así quedó la cosa. Hasta hace un mes aproximadamente.

No soy creyente, pero me atrae todo lo paranormal. De ahí que interpretara esos flashes como algo que seguramente tendría una explicación psicológica, pero que nadie, de momento, sabía cuál era. Recuerdo que, hace algunos años, la ouija me reveló que en una vida anterior había sido un Marqués, muy apuesto y muy rico, llamado Rodolfo Argüelles. El Marqués de Argüelles. ¡Cómo me reí entonces! Ahora, en cambio, no tengo ningún motivo de burla, todo lo contrario. Y os diré por qué.

Todo empezó, como he dicho, hará aproximadamente un mes. Tuve una visión —ahora prefiero llamarla así— de una duración extraordinaria, en comparación con los flashes habituales. Por fortuna estaba en mi despacho a puerta cerrada y nadie se percató de nada. Recuerdo que cerré los ojos para relajarme de la tortura que estaba resultando ese día. No estoy completamente seguro, pero debieron pasar unos diez minutos, al menos eso me dio a entender mi reloj cuando lo consulté al volver en mí.

En esa visión iba en un carruaje cerrado, de dos plazas, tirado por un caballo. Según la imagen que todavía guardaba de él al despertar, pude averiguar que se trataba de un ómnibus, probablemente del siglo XVII. En el pescante iba sentado un cochero vestido de librea y me acompañaba una bellísima dama vestida y acicalada como una noble que se dirige a un baile en la corte. Sin entrar en detalles sobre la vestimenta de ambos, cosa que no viene a cuento, el caso es que esa mujer me miraba a los ojos con un asomo de tristeza y a la vez de un amor indescriptible. Me sonrió y yo, como respuesta, le acaricié el rostro. Al hacerlo, me besó la palma de la mano antes de retirarla. A continuación, el carruaje se detuvo y oí cómo el cochero nos decía que ya habíamos llegado a nuestro destino. Al abrir la puerta para descender del coche vi que ante mí se erigía un inmenso edificio en el que, según todos los indicios, se celebraba un gran acontecimiento social.

Ahí acabó mi primera visión de envergadura, una visión que me resultó muy real y familiar, y que me dejó muy turbado.

Desde aquel día, cada vez que me relajaba, se iban sucediendo nuevos episodios, como si de una serie televisiva se tratara. Se encadenaban cronológicamente, pero con saltos en el tiempo —semanas, meses quizá—, de modo que en cada ocasión me sentía perdido en un ambiente nuevo y extraño en el que tenía que improvisar y adoptar un papel lo más natural posible para no ser descubierto. Y así, poco a poco, fui viviendo una historia que, para no entrar en muchos detalles, os la voy a resumir.

María Luisa de Villa-Cisneros, que así se llamaba la joven, era una rica heredera de apenas diecinueve años cuando la casaron con el Marqués de Argüelles, es decir conmigo, o mejor dicho con mi anterior identidad. Nuestros respectivos padres concertaron la boda, una boda de conveniencia a cuya unión yo aportaba un título nobiliario y ellos mucho dinero, algo que beneficiaba a ambas partes, pero sobre todo a mi familia, arruinada desde hacía tiempo. Pero no penséis que la joven heredera se vio forzada a aceptar el acuerdo. Al contrario. María Luisa llevaba años enamorada de mí, mientras que yo, diez años mayor, era un calavera y solo pensaba en yacer con mujeres “experimentadas”.

Con el tiempo llegué a tomarle cariño, pero no había ni rastro de amor. En esta situación, ella empezó a marchitarse, y el hecho sobreañadido de no quedar embarazada, viendo así truncada su ilusión de ser madre, la llevó a una melancolía enfermiza, lo que hoy conocemos como depresión clínica.

Tras diez años de convivencia, viviendo una existencia triste y solitaria debido a mis largas y cada vez más frecuentes ausencias, en las que había cabida para otros amores y otras camas, Luisita, como la llamaban cariñosamente sus padres, tocó fondo y acabó suicidándose. Una noche se lanzó al vacío desde lo más alto de nuestra mansión. Murió en el acto, o al menos es lo que nos hizo creer nuestro médico. No sufrió, dijo. Quienes sí sufrieron, y mucho, por la pérdida de su única hija, fueron sus padres. Los míos ya habían fallecido, así que no pudieron reprocharme nada de mi conducta para con ella. La verdad es que tampoco se interesaron mucho mientras vivía. Mis suegros, por su parte, sospechando que yo era el culpable del deterioro anímico y mental de María Luisa, me odiaron hasta el punto de querer verme muerto. Algo que acabó ocurriendo.

Mi última visión así lo demostraba. De noche, volviendo a casa desde un lupanar, un hombre embozado y armado con un cuchillo de grandes dimensiones me sorprendió y me degolló en plena calle, dejándome tendido mientras la sangre brotaba de mi garganta.

 

Toda esta historia, que no he contado a nadie —ni siquiera a mi amiga Charo— y de la que solo dejo constancia en este diario, me perturbó hasta tal punto que no había momento en el que no me asaltara un inmenso sentimiento de culpa y una angustia que, de no hallar el modo de resolverla, acabaría también con mi salud mental. Sería como hacer justicia después de más de tres siglos.

Así que decidí hacer un viaje en el tiempo, recurriendo a un psicólogo que practicaba regresiones y que, según había leído, había hecho retroceder a sus pacientes hasta etapas de sus vidas anteriores. Verdad o mentira, me puse en sus manos, a pesar de que, cuando le conté lo que pretendía, me aseguró que eso no sería posible.

—Una cosa es que pueda retroceder hasta momentos pasados y ver personas y escenarios conocidos muchos años, e incluso siglos atrás, en otras vidas, y otra muy distinta que pueda revivir esos momentos, actuando como el protagonista de los mismos.

A lo largo de varias semanas, asistiendo regularmente a esas sesiones de regresión, solo lograba trasladarme mentalmente hasta esos momentos y lugares de mis visiones. Hasta que un día experimenté un desplazamiento físico, una experiencia extracorporal. Me vi volando, tras separarme de mi cuerpo físico, tal como había leído que ocurría en los llamados viajes astrales, a diferencia de que no vi ningún cordón de plata, ese hilo plateado, como lo describen los expertos en la materia, que mantiene unidos el cuerpo astral y el físico.

Así fue cómo pude desplazarme, no solo en el espacio sino también en el tiempo, lo que me brindó una segunda oportunidad para llevar a cabo un acto de redención: salvar a María Luisa de la muerte, evitándole el suicidio y dándole todo el amor que merecía.

Pero el destino volvió a ser cruel con ella. Un día, cruzando la calle, un carruaje, cuyos caballos se habían desbocado, la arrolló sin que el cochero pudiera evitarlo. Solo llevábamos dos años casados.

Os parecerá una paparrucha, un cuento, una alucinación o una trampa de mi mente. Eso es lo que dice mi psiquiatra. Según me cuenta, estuve dormido varios días. El psicólogo que me había sometido a la regresión, al ver que no despertaba, alarmado, llamó al 112 y enviaron una ambulancia. Parecía estar en coma. Estuve ingresado una semana sin recobrar la consciencia. Hasta que una nueva visión me despertó. Tenía ante mí, a los pies de la cama, a María Luísa que, sonriente, me dijo «Gracias, Rodolfo, por el tiempo de felicidad que me has regalado. Ojalá consiguieras repetirlo para que en esta nueva ocasión pudiéramos desafiar a la muerte y ser definitivamente felices. Te esperaré». Eso tampoco se lo he contado al psiquiatra, pues me encerraría de por vida.

Ahora no hay momento de descanso que no vuelva a ser el Marqués de Argüelles y vivo felizmente casado con María Luisa de Villa-Cisneros. Esta pasada noche hemos asistido a una fiesta organizada por el Archiduque Carlos, de la casa de Austria, que se postula como el nuevo rey de España tras la muerte de Carlos II. Otros, en cambio, apuestan por Felipe, el nieto del Rey de Francia. Hay quien prevé un enfrenamiento entre ambos aspirantes a la corona. Yo sé que habrá una guerra de sucesión y sé quién la ganará. Pero debo mantener la boca cerrada. No he venido a meterme en conflictos políticos sino a aprovechar esta nueva oportunidad para ser feliz junto a mi joven amada.


viernes, 11 de febrero de 2022

La leyenda del lago

 


Los acontecimientos que se relatan en mi diario se remontan a las postrimerías del siglo XI. Es la historia de un joven soldado que, habiendo servido fielmente a las órdenes de Guillem Ramon I, Conde de Cerdanya i Berga, uno de los pocos nobles de la Marca Hispánica que acudieron a la llamada del Papa Urbano II para luchar contra el turco, se detuvo, al volver de Tierra Santa, en esta aldea de las tierras altas.

Un día, Onofre, que así se llamaba el joven, contó a los lugareños que la noche anterior, dando un paseo por la orilla del lago, vio aparecer de sus aguas a una joven bellísima y de larga melena oscura que, en medio de una especie de nube, se le acercó y le dijo, sin siquiera mover sus labios, algo que no paró de repetir mientras que, asustado, corría de vuelta a la posada: venga mi muerte, venga mi muerte.

Cuando refirió aquel suceso en la taberna del pueblo, tras la estupefacción inicial de los allí presentes, todos declinaron hacer comentario alguno y, por sus miradas, unas avergonzadas y otras recelosas, Onofre entendió que sabían qué había tras aquellas tres palabras. Así pues, ante lo que el joven juzgó como la aplicación de la ley del silencio, decidió averiguar por su cuenta lo ocurrido a la muchacha de su aparición y resarcir, en la medida de lo posible, la afrenta que pudieran haber cometido contra ella.

A la noche siguiente, Onofre volvió al lago y, de nuevo, recibió la visita de aquella presencia misteriosa que parecía estar esperándole. La joven, Fátima era su nombre, le refirió que un año atrás, cuando contaba con dieciséis años, fue ultrajada y asesinada por seis de sus vecinos. Aun siendo cristiana, corría sangre árabe por sus venas, fruto de un mestizaje que, muchos años atrás, tuvo lugar cuando aquellos pagos eran de dominio musulmán, y fue esa sangre y la lujuria de aquellos hombres lo que hizo que acabaran con su virtud y su vida. Ahora sólo reclamaba justicia por lo que habían hecho, primero con ella y luego con los miembros de su familia que intentaron vengar su muerte.

Tras el juramento de Onofre de que haría justicia, aunque con ello le fuera la vida, la joven, en señal de gratitud, le hizo entrega de un anillo de oro y piedras preciosas que había heredado de su madre y esta de la suya.

Pero esa aparición tuvo también otros espectadores, aquéllos que, sabiéndose culpables, habían seguido al soldado hasta el lago y que, apostados tras unas rocas, asistieron boquiabiertos a aquella revelación y no dudaron en cercenarle la garganta para acallar cualquier intento de denuncia al nuevo Conde de Cerdanya, Guillem Jordà, quien, se decía, impartía una justicia inmisericorde para con los asesinos, no sin antes robarle el anillo que le había obsequiado la joven aparecida.

Se cuenta que al poco de la desaparición del soldado, seis vecinos fueron hallados muertos, de madrugada, en la plaza del pueblo, por lo que parecía una profunda herida de espada en el vientre y que junto a ellos se encontró un bellísimo anillo de oro y piedras preciosas manchado de sangre.

Aun hoy, no puedo olvidar ni quiero que se olviden aquellos tristes acontecimientos que he relatado en mi diario. Los hechos, considerados verídicos por unos y legendarios por otros, han ido pasando oralmente de generación en generación, y siguen atrayendo a curiosos, que se acercan al lago con la esperanza de ver a unos fantasmas surgir de sus aguas.

Pero solo yo he conocido la historia de primera mano. Soy el guardián del lago, como me gusta apodarme. Al abandonar este mundo en el campo de batalla, vagué como alma en pena en busca de mi fiel servidor, a quien amé en vida como a un hijo, hasta hallarlo en estas aguas donde su espíritu habita junto a otra alma pura. Fue entonces cuando decidimos dar a conocer su historia y honrar así la memoria de dos jóvenes inocentes cuya vida les fue cruelmente arrebatada a tan temprana edad.

Esos jóvenes no son otros que mi querido Onofre y Fátima. Desde entonces buscamos infructuosamente a un ser limpio y justo a quien pasarle el testigo haciéndole entrega de este anillo de oro y piedras preciosas y dándole a conocer mi diario, como recuerdo de unos actos de fanatismo que dieron lugar a la historia que ha perdurado como leyenda popular hasta el día de hoy.

Por cierto, no me he presentado adecuadamente. Mi nombre es Guillem y un día fui el Conde de Cerdaña y Berga, que murió en el campo de batalla, en 1095, luchando contra el ejército turco en la primera cruzada. ¿Qué me llevó hasta este lugar? Sin duda fue el espíritu de mi fiel Onofre que me atrajo para hacerme partícipe y propagador de esta historia.

Los dos derramamos nuestra sangre defendiendo honor e ideales y nuestros nombres han quedado unidos por los lazos de una antigua y sagrada amistad que no perecerá jamás y cuyo recuerdo permanecerá intacto mientras haya quien mantenga viva la “leyenda del lago”.

       Pero hasta que no surja una generación que practique la justicia y la tolerancia, el anillo seguirá en poder de su legítima propietaria, en el fondo del lago.

        Os preguntaréis cómo pude escribir un diario cuando ya me encontraba entre los muertos. Esto forma parte de la leyenda.

(900 palabras)




sábado, 15 de enero de 2022

Salvados por el resplandor

 


Jack se veía incapaz de escribir una sola línea. Su adicción al alcohol se había convertido en una losa que le impedía concentrarse. Su carácter se volvió más irascible de lo habitual y su relación con Wendy empezó a hacer aguas. El pequeño Danny sufría en silencio, lo que se veía reflejado en sus malas notas, cuando siempre había sido un estudiante brillante.

Como la economía doméstica se resentía, Wendy le propuso a Jack que buscara un trabajo a tiempo parcial, que podría compaginar con la escritura, pues con su sueldo no alcanzaban a cubrir todos los gastos.

Aunque a Jack esa idea no le gustó, acabó aceptando un trabajo bien remunerado como vigilante en un hotel de montaña que en invierno cerraba sus puertas. El aislamiento le relajaría y le inspiraría. Pasarían dos meses rodeados de nieve, pero ya buscarían el modo de divertirse. Tendrían todo el hotel para ellos solos. A Wendy la idea no la sedujo, pensando sobre todo en Danny. Que se fuera él, si eso era lo que quería, pero ellos dos se quedarían en casa.

Danny, al conocer los planes de su padre, intentó persuadirle para que no aceptara aquel trabajo. Ese don especial que posee, al que él llama “resplandor”, le decía que algo malo le sucedería. Pero su advertencia cayó en saco roto.

Jack Torrance jamás volvió del hotel Overlook y nadie conoce su paradero. Danny sabe qué ocurrió, pero no lo contará a nadie. Su Don tiene que ser un secreto.

 (250 palabras)



Como habréis deducido, este relato está inspirado en la novela de Stephen King,
El resplandor, que fue llevada a la gran pantalla por el director Stanley Kubrick en 1980. Siendo un admirador de este prolífico autor de novelas de terror, he elegido, como inspiración, una de sus —para mí— mejores obras.

Breve sinopsis de la película: Jack y Wendy son los padres de Danny, un niño dotado de un don paranormal del que no es consciente. Cuando los tres miembros de la familia se trasladan al hotel Overlook, en el que el cabeza de familia trabajará de cuidador durante el tiempo en que aquel permanecerá cerrado, conocen a Dick, el cocinero del hotel y último empleado en abandonarlo. Este se da cuenta de inmediato que comparte con Danny el mismo don, al que Dick llama “el resplandor” y que les mantiene unidos telepáticamente. Al poco de haberse instalado en el hotel, se irán sucediendo hechos extraños, a cual más terrible, empezando por el deterioro mental del padre, que, llegando a la locura, intenta acabar con la vida de Wendy y de Danny.

En esta versión libre de la adaptación cinematográfica, me he valido del “resplandor” del pequeño para salvar, a madre e hijo, de las desgracias que les acaecerían si siguieran a Jack en su encierro.


sábado, 8 de enero de 2022

El carcelero

 


He visto pocos casos en que la cárcel sirva para rehabilitar al preso. Mi caso, sin embargo, es distinto. En primer lugar, tuve la suerte de ver reducida mi condena por buena conduta y por rendición de pena por el trabajo, un trabajo que desarrollé en la biblioteca. Haber cursado bachillerato tuvo mucho que ver con que el director del Centro aceptara mi petición. Aparte de mi servicio como bibliotecario, aproveché para estudiar enfermería a distancia, algo que siempre había querido hacer antes de perder mi libertad. Luego, la concesión del tercer grado penitenciario me facilitó mucho las cosas, pues pude asistir tanto a las clases teóricas como a las prácticas. Ya había quedado en libertad cuando obtuve mi licenciatura en enfermería. Lo más difícil fue conseguir trabajo. Mis antecedentes penales eran suficientes para disuadir a mis posibles contratantes. Solo podía recurrir a los centros de salud privados. Finalmente, conseguí un puesto de trabajo, gracias a la mediación de los servicios sociales, en una clínica de cirugía estética, como ayudante.

Pero mis planes no acabaron ahí, no iba a estar toda mi vida trabajando de instrumentista para un cirujano plástico, un trabajo tedioso y mal remunerado. Se me ocurrió entonces que podía convertirme en funcionario de prisiones. Un trabajo vitalicio sin demasiadas complicaciones. Me veía perfectamente capacitado para desempeñar ese cargo. Cumplía con todos los requisitos oficiales para optar a ese puesto. Tenía una titulación académica universitaria y mis antecedentes penales no se referían a delitos graves ni había sido inhabilitado para el ejercicio de un empleo público.

Una vez tomada la decisión, me presenté a las pruebas de selección y saqué una nota media excelente. Al cabo de cuatro años de haber salido de la cárcel entraba de nuevo en ella como funcionario. Tuve la gran suerte de poder optar por el mismo centro penitenciario donde había permanecido recluido seis años de mi vida, dos de ellos en semilibertad. Si solicité ese destino fue porque allí seguía encarcelado mi antiguo compañero de celda, con quien tenía un asunto pendiente. ¡Es tan fácil fingir un suicidio!

Cumplido mi primer objetivo, solo me quedan algunos casos por resolver. De un modo u otro, esos bastardos pagarán por lo que hicieron conmigo. Solo es cuestión de astucia y paciencia. Trabajar desde el otro lado de las rejas proporciona grandes oportunidades y ventajas. Mis conocimientos de cirugía me serán, además, de gran utilidad.


viernes, 24 de diciembre de 2021

Volar

 


Siempre había deseado volar. Desde que era un niño, soñaba que se elevaba hasta tocar las nubes y planeaba como la más ligera y libre de las aves.

De adolescente, quería emular a los hombres-pájaro, que surcaban el aire a la velocidad de un proyectil, pero un desgraciado accidente cortó de raíz toda esperanza de ver cumplido su deseo.

Con el paso del tiempo, viendo que la ansiada recuperación no llegaba, tuvo que aceptar que las posibilidades de ver realizado su sueño eran cada vez más remotas. Sus ilusiones fueron a parar al saco de los imposibles.

De joven tuvo que resignarse a ser tratado como un objeto delicado y a contemplar la libertad ajena.

De mayor recuperó parcialmente el movimiento, pero ya era demasiado tarde para poner en práctica su sueño. El futuro no le reservaba ninguna proeza que tuviera lugar a más de dos palmos del suelo. Su único consuelo era que en la otra vida se sentiría, sin duda, más ligero que un pájaro.

Habría querido alzar el vuelo en la tierra, pero marcharía de este mundo sin haber podido cumplir su gran ilusión: sobrevolar montañas y valles, tal como había visto hacer a otros más afortunados que él.

Pero todavía le quedaba una posibilidad, todo no estaba perdido. Sus hijos lo harían por él. Lo dejaría escrito. Sería su última voluntad.

Cuando le llegó la hora del adiós definitivo, esparcieron sus cenizas a más de dos mil metros de altura. Por fin lo había conseguido. Por fin pudo volar.


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Esta es la versión traducida al castellano del relato original en catalán presentado al concurso de microrrelatos organizado por la entidad Castellar per les llibertats, de Castellar del Vallés (Barcelona), cuyos requisitos eran que el texto contuviera la palabra futuro y no superara las 250 palabras. Aunque no gané ninguno de los tres premios, el relato se ha publicado en una antología titulada MICRORELATS amb FUTUR, cuya presentación, a la que asistí, tuvo lugar el pasado día 23 de diciembre en el auditorio municipal de esta población. A continuación, os muestro la portada del libro, mi texto publicado y la bellísima imagen con la que ha sido ilustrado por una artista local.





FELICES FIESTAS!!!